Días de malas noticias. Muy malas. El pasado fin de semana se batió el récord de la menor recaudación en los cines españoles desde que hay registros fiables. Hace unas semanas cerró Harmonia Mundi Ibérica. Las ferias del libro están echando la persiana con resultados discretos. Los festivales de música de este verano han presentado programas caracterizados por una oferta muy modesta en cuanto a solistas, directores y orquestas. Y hay grandes museos (El Prado, sin ir más lejos, pero no es el único) que están registrando descensos notables en el número de visitantes.
Por supuesto, las razones no son las mismas en todos los casos, pero en buena parte sí. La crisis. La puñetera crisis. La tremenda subida del IVA. El desapego, me temo que creciente, de la sociedad española hacia la cultura y hacia quienes la hacen posible, manifestado en el hecho de que muchos deben de creer que quienes se dedican a ello no tienen derecho a vivir de su actividad.
De este período de crisis tan mal gestionado por unos cuantos políticos ajenos al sector que han entrado como un elefante en una cacharrería (por suerte, quedan algunos que no lo hacen nada mal, pero son minoría) saldrá una cultura adelgazada en su dimensión, con menos agentes y más comercial. Preparémonos para ello. No lo sentiremos por algunas ofertas artificiales, que se han mantenido a golpe de clientelismo sin que su calidad ni su originalidad justificaran su pervivencia. Pero sí por otras que aportaban justamente eso y que ahora, carentes de apoyo público, se están quedando sin suelo bajo sus pies. Y se van a caer al vacío.
¿Cultura pobre? No. Pobre cultura.
Samuel es uno de esos cuarentones que tienen aún una faceta adolescente y que están afectados por una especie de aburrimiento vital de dudoso origen. Un día recibe una llamada extraña: alguien a quien no conoce le comunica la muerte en un accidente de Clara, su amante. Un golpe doloroso si no fuera porque él nunca ha conocido a ninguna Clara. Por curiosidad, Samuel va al tanatorio y allí se ve enredado en una historia de la que no puede o no quiere salir: el marido de la muerta lo mira con despecho y la hermana de la chica quiere que le aclare cómo fue su relación. Entonces, el protagonista, quizá por el interés que siente por la hermana, empieza a inventar y el embrollo crece y crece.
La invención del amor ha ganado el premio Alfaguara y tiene la virtud de colocarnos ante una frontera muy débil: la que separa la realidad y la ficción. Porque a medida que Samuel inventa sus momentos con Clara, las vivencias que nunca se produjeron, está cambiando la percepción que sus próximos tuvieron de ella y al tiempo está acercándose a la intimidad de una mujer a la que no conoció.
Ovejero escribe con un estilo muy fácil una historia que tiene su punto de complejidad, porque se entremezclan los relatos de la verdad de Clara con la ficción, hasta llegar a un momento en que ya no puede separarse una de otra. Pero es que eso sucede en la vida cotidiana: creamos recuerdos de manera involuntaria, modificamos imágenes del pasado, estamos convencidos de que vivimos escenas que no se han producido. Samuel empieza a fabular a conciencia pero enseguida estará preocupado por la verosimilitud de su relato y más tarde por su veracidad. La vida imaginada termina por ser más auténtica que la propia vida.
Una historia curiosa, que hace sonreír en ocasiones pese al dramatismo del punto de partida, pero que tiene una segunda lectura inquietante.
(Publicado en elcorreo.com)
Este fin de semana, la obra es inevitable. A punto de cumplirse 200 años de la batalla de Vitoria, combate decisivo para la derrota francesa en España y principio del fin de la hegemonía napoleónica en Europa, no debemos eludir la obra con la que Beethoven ilustró lo sucedido en el campo de batalla. Un par de apuntes: el primero es que casi cualquier ciudad del mundo habría pagado porque un compositor de la talla del sordo de Bonn escribiera una obra en cuyo título figurara su nombre. Es decir, que la publicidad recibida es enorme. Segundo, La victoria de Wellington en la batalla de Vitoria es una obra menor. Muy menor. Apenas hay rastro del genio en esta partitura. Mañana lo explico en Territorios, el suplemento cultural de EL CORREO. Hoy les dejo con la pieza, dedicada muy especialmente a mis amigos vitorianos.
William Ospina se puso a escribir su primera novela cuando tenía casi 50 años. Hasta entonces, se había dedicado a la poesía y el ensayo, géneros en los que había obtenido un puñado de premios, algunos de ellos los más importantes en su categoría en América Latina. Para su primer empeño en la ficción narrativa, Ospina se propuso abordar nada menos que la historia de algunas de las expediciones de los conquistadores españoles por América Latina, en los primeros años del siglo XVI.
Una aventura literaria tan gigantesca –en consonancia con la historia que quería contar– requería de muchos centenares de páginas, así que el proyecto ha cobrado cuerpo en tres libros: Ursúa, El país de la canela (que ganó el premio Rómulo Gallegos) y La serpiente sin ojos. Los dos primeros fueron relatos de guerra y lucha contra la naturaleza. El tercero, que acaba de llegar a las librerías, es una historia que recrea la expedición de Ursúa en busca de Eldorado, acompañado por su amante Inés de Atienza. Es decir, de nuevo la guerra y la naturaleza, pero en este caso acompañadas por una historia de amor que termina por convertirse en el motor del relato.
Ospina sigue fielmente los hechos históricos, así que no se desvela ningún secreto si se recuerda que la aventura de Ursúa terminó a manos de Lope de Aguirre, actor secundario en La serpiente sin ojos. El escritor colombiano cuenta todo ello, poniéndolo en boca de un superviviente de la expedición. De esta forma, el lector asiste a la evolución de los españoles que llegaban a América y se transformaban en salvajes en contacto con la naturaleza desbordante y sus amenazas. Como desbordante es por momentos el lenguaje, de una belleza enorme y una riqueza difícil de encontrar en la literatura que se hace ahora en España.
(Publicado en elcorreo.com)
Uno de los directores de cine que mejor ha utilizado la música clásica en sus películas ha sido, sin duda, Stanley Kubrick. A veces, en mis clases de Periodismo Cultural en el Máster de Periodismo de EL CORREO y la UPV/EHU, cuento que en su última película, Eyes wide shut, da un magnífico ejemplo de cómo con la música que uno de los protagonistas pone en un reproductor de discos en una escena del comienzo (Nicole Kidman termina de arreglarse para una fiesta y Tom Cruise ameniza la espera) da un carácter distinto a la escena. Esa pieza es el Vals de la Suite de Jazz Nº 2 de Shostakovich.
Pues bien, en Barry Lindon usa el Trío para piano Nº 2 op. 100 de Schubert, concretamente el segundo movimiento. Una música serena, melancólica, de una belleza extraordinaria. Se la dejo para este fin de semana que se anuncia (una vez más) gris y lluvioso.
El Príncipe de Asturias de las Letras ha premiado a un autor español quince años después y se abre de nuevo un debate. No sobre los méritos de Antonio Muñoz Molina, que supongo que nadie discutirá. El fondo del debate es acerca de si ese galardón debe competir con el Cervantes a la hora de distinguir a autores en español.
Veamos: el Cervantes es, por definición, un premio a toda una carrera de un escritor en español. A eso se ciñe. Su famosa regla no escrita de distinguir un año a un autor de este lado del Atlántico y al siguiente a un americano no cambia nada las cosas respecto de su esencia. En cambio, el Príncipe de Asturias no tiene limitación alguna: ni en cuanto a la lengua ni en cuanto al lugar de nacimiento. Sin embargo, entre 1981 (primer año que se concedió) y 1998, se entregó a escritores en español, con la única excepción de 1991, en el que la Fundación distinguió al pueblo de Puerto Rico. En 1999, el galardonado fue Günter Grass, el primero en otra lengua. Al año siguiente, recayó en Augusto Monterroso y desde entonces hasta hoy mismo los elegidos han sido siempre escritores en otras lenguas, con gran preponderancia del inglés.
Cuando el premio abrió su ámbito, se dijo que detrás había un interés de no competir con el Cervantes. De hecho, varios galardonados con un premio lo fueron luego con el otro. Durante años, la Fundación ha presumido, y con razón, de que su galardón es algo así como la antesala del Nobel y que el hecho de traer a Oviedo a escritores de proyección planetaria ha contribuido a darle resonancia internacional. Incluso han presumido de tener más peso que el Cervantes, algo que me parece discutible, pero entramos en el terreno de lo opinable.
¿Tiene sentido volver a premiar a autores españoles? Luego lo matizaré, pero creo que, en general, no. No, porque es obvio que la competencia con el Cervantes no lleva a ninguna parte. No hay tantos grandes escritores en español. Y hablamos, no se olvide, de premios a una trayectoria, no a una obra. Otra cosa sería que el Príncipe de Asturias premiara a escritores en otras lenguas, y que entre ellas estuvieran el euskera, el catalán y el gallego, cuyos autores no pueden optar al Cervantes. Eso sí me parecería mejor. Pero creo que entrar en una competición entre ambos premios es un error.
Y ya para terminar: ¿hay alguna razón por la que ninguno de los hermanos Goytisolo haya recibido nunca alguno de los grandes premios de literatura española? No me digan que no les resulta llamativo.
Javier Marías es uno de los escritores más veteranos de la literatura española pese a que tiene solo 61 años. La razón es que comenzó muy joven: su primera obra, La travesía del lobo, llegó a las librerías antes de que cumpliera los 20 y no ha parado desde entonces. Por eso, tiene tras de sí una trayectoria de más de cuatro décadas de literatura, algo que muy pocos autores en activo pueden decir.
Junto a su faceta literaria, que tantos rasgos personales presenta –esos relatos en primera persona, ese lenguaje hipnótico, esa mezcla de relato y ensayo–, ha desarrollado también una más que interesante carrera como columnista. Tanto es así que puede asegurarse que es una de las tres o cuatro firmas de lectura imprescindible que hay en España en ese ámbito.
Este libro recoge un centenar de columnas –la última es de comienzos de este año–, donde están todas sus preocupaciones, sobre todo políticas y sociales. Cada una de las piezas es un ejercicio de lucidez, perspicacia e independencia a ultranza. Marías mira la realidad y la aborda desde puntos de vista que eluden el tópico. Y en estos ‘tiempos ridículos’ que dan título a la colección tiene críticas para todos: los nacionalistas de cualquier tipo –incluidos los españoles, por supuesto–, la izquierda y la derecha, la Iglesia y los sindicatos, la patronal y unos cuantos gobiernos impresentables de aquí y de allá, algunos entrenadores de fútbol y responsables de programas de televisión. De vez en cuando se permite también una mirada al pasado, a personajes de su infancia o recuerdos de lugares y costumbres que ya no volverán.
El retrato que hace Marías de este tiempo que nos ha tocado vivir –aquí, pero también fuera– es desolador. La inteligencia parece haber huido de nuestra vida pública por el mismo camino que han tomado la sensatez y las buenas maneras. Por suerte, todo ello, inteligencia, sensatez y buenas maneras, permanece en sus textos.
(Publicado en elcorreo.com)
Habrán comprobado ustedes que ha cambiado el diseño de la cabecera del blog. Un estupendo trabajo de mi compañero Luis Alfonso Gámez, jugando con esos lomos de libros antiguos, de la época barroca, y el color verde de las letras que forman el nombre del blog. Todo un guiño.
Pues bien, entro al juego. ¿Cómo estrenar el nuevo diseño? Pues teniendo en cuenta que nos toca una música para el fin de semana, proponiéndoles una obra de John Dowland, el compositor británico que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII, por tanto durante el arranque del barroco. La divisa de este compositor que vagó por Europa porque una cuestión de fe lo alejó de algunas cortes era Semper Dowland, semper dolens, y eso refleja muy bien el carácter melancólico de su música, sobre todo sus canciones.
Les dejo una de ellas, la titulada Flow my tears. Probablemente, la más célebre. Bellísima.
Tiene la verdad mucho éxito. O la presunción de la misma. Gusta la gente que dice que va con la verdad por delante. Y las novelas en cuyas primeras páginas se advierte que lo narrado está basado en hechos que realmente sucedieron, o en personajes de carne y hueso. Sin embargo, qué quieren que les diga, me parece que abusar de la verdad es contraproducente. Es más, estoy convencido de que resultaría muy difícil la convivencia en esas circunstancias.
Vayamos por partes. La verdad siempre es maquillada, moldeada, desmontada y recompuesta cuando se utiliza en literatura. Y al hacerlo, deja de ser verdad desnuda para convertirse en otra cosa. Ficción basada en la realidad, por ejemplo. Pero ficción, al fin y al cabo. Lo explican muy bien algunos escritores. Estoy pensando en algo que dijo un día Arturo Pérez-Reverte en una entrevista en la que el periodista le preguntó por la inclusión de algunos personajes reales en su serie del capitán Alatriste, en plan absolutamente anacrónico, porque se trataba de Manuel Rivas, José Saramago y un par de críticos con los que el escritor tenía un viejo contencioso. «Desde el momento en que los meto en una novela pasan a ser personajes de ficción, aunque se llamen como personas reales que todos conocemos», dijo.
Efectivamente, ese contenedor llamado novela lo admite todo, pero lo transforma en cuanto entra en sus páginas. Y lo que sale ya no es la verdad. Es otra cosa. Conviene saberlo.
En cuanto a la vida real, la verdad está muy bien, pero sin fanatismos. La civilización nos ha enseñado a ser prudentes en su uso. Decirle a alguien que padece una grave enfermedad que tiene muy mala cara es un ejercicio de esos de ir con la verdad por delante, pero al tiempo es un ejemplo de crueldad que una persona sensible y bien educada debe evitar a toda costa. Lo dicho vale para casos no tan graves.
¿Significa eso que soy partidario de la mentira? No, en absoluto, salvo que se trate de eso que suele llamarse mentiras piadosas, y creo que también deben ser usadas con mesura. En cambio, me parece muy oportuno el silencio. En muchas ocasiones, ante la verdad hiriente o desmoralizadora y la mentira, la mejor opción es el silencio.
Enrique Alonso es un escritor de éxito que se ha trasladado a vivir a Nueva York porque ha participado en los guiones con los que se han llevado al cine algunos de sus libros. Un día recibe la llamada de Betty, su exesposa, que le invita a acudir a la apertura del museo de San Telmo de San Sebastián, para el que trabaja como relaciones públicas.
Alonso conoce así a un veterano restaurador estadounidense, que además es un estudioso de la obra de José María Sert, de quien hay varios trabajos en el museo. Pocos días después, el restaurador aparece ahogado junto a La Concha, y casi al mismo tiempo Alonso recibe una suculenta oferta para escribir una serie de novelas. ¿Y qué mejor arranque para la primera que la muerte del estadounidense, que puede ocultar un inquietante misterio?
Julián Sánchez construye una intriga que se mira en un espejo. Alonso y su ex investigan la muerte al tiempo que él escribe la novela en la que trata de explicarse idéntico fallecimiento. Y en ambos planos, el real y el literario, la figura de Sert y algo que sucedió en sus últimos años de vida y que ningún biógrafo ha descubierto parecen estar en el centro de todo.
Los personajes centrales de esta novela ya aparecieron en El anticuario (que a su vez sale citada en este volumen, para terminar de completar esa estructura especular) aunque no es necesario haber leído aquella para comprender esta. Sánchez engancha al lector con una trama sofisticada en su complejidad pero que se sigue muy fácilmente, y lo conduce a un ritmo endiablado.
Aquí están los ingredientes típicos del género, y además una serie de escenarios verdaderamente lujosos: Nueva York, Barcelona, París y, sobre todo, San Sebastián. La capital donostiarra está amorosamente retratada y el museo de San Telmo tiene una importancia crucial. Prepárense para pasar un muy buen rato.
(Publicado en elcorreo.com)

