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Un libro cada semana: ‘Diarios de la Revolución de 1917′ de Marina Tsvietáieva

2015 agosto 3
por César Coca

La biografía de Marina Tsvietáieva es un compendio de amarguras. Tenía apenas 25 años cuando el Palacio de Invierno fue tomado por los bolcheviques. Entonces ya estaba casada con un oficial del Ejército que, si hemos de creer lo que dice en la selección de notas que se recoge en Diarios de la Revolución de 1917, le prohibía leer novelas y le daba los tomos de El Capital como lectura de cabecera.

 

Tsvietáieva procedía de una familia culta y acomodada. Su padre había fundado el Museo Pushkin de Moscú y ella había comenzado a escribir poesía siendo muy joven. En 1922, el ambiente en la Unión Soviética era tan opresivo para ella que se exilió en Praga. Dos años más tarde se fue a París, pero nunca logró superar la depresión derivada de haber salido de su país. En 1939, cometió el error de regresar a casa, siguiendo los pasos de su marido. Allí presenció como a este y a su segunda hija se los llevaban arrestados. La mayor había muerto en una casa de acogida a la que había sido enviada por la miseria en la que vivía la familia, a consecuencia del ostracismo al que Tsvietáieva fue condenada.

 

Sin piso y sin trabajo, escribiendo sin cesar sus poemas y obras de teatro en hojas sueltas, Tsvietáieva conjuraba la muerte y el olvido. Eludió este último pero buscó la primera: se suicidó en 1941, a los 48 años.

 

Diarios de la Revolución de 1917 es el relato fragmentario y desasosegante de cómo se vive una revolución cuando no se está entre los triunfadores. «Así me quedó grabada esa, mi primera visión de la burguesía durante la Revolución –escribe–: las orejas, ocultas bajo los gorros, las almas, ocultas tras los abrigos, las cabezas, ocultas en los cuellos, los ojos, ocultos tras los cristales». Y más adelante, cuando está en una casa de campo, trabajando como una criada y sufriendo el desprecio de la dueña, que ahora cree que toda persona con un nivel cultural que denota su ascendencia burguesa está a su servicio: «Yo, la verdad es que no puedo fregar el suelo, –¡me duelen los riñones! Usted seguro que se acostumbró de niña. Trago mis lágrimas en silencio».

 

Este es un libro terrible en su sencillez. El relato de un tiempo en el que se beneficiaron de la Revolución gentes sin escrúpulos que aprovecharon para enriquecerse y ajustar cuentas con sus enemigos, reales o ficticios. Anota la autora en su diario, ya en 1919, que ha escrito una carta a un amigo en la que  confiesa estar «desesperada por la miseria de los días, asfixiada por la cotidianidad y la imbecilidad ajena». La utopía bajando a la calle y manchándose de barro con las salpicaduras de las botas de los nuevos dictadores.

(Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: Sinfonía Nº 38 Praga, de Mozart

2015 julio 31
por César Coca

Mozart tuvo una relación muy compleja con Viena: nunca quiso dejar la ciudad pese a que no siempre recibió bien su música. Incluso en algunos momentos, al final de su vida, le dio la espalda de la manera más dolorosa para él. Sin embargo, no lejos de allí, en Praga, todo eran triunfos y admiración. Valga un dato: cuando murió, poco después del pobre entierro al que casi nadie acudió, se celebró en la capital checa un funeral multitudinario por su alma.

No está claro si la sinfonía Nº 38 la compuso estando en Praga o no, pero allí la estrenó. Y la ciudad de Kafka y el golem la considera muy suya. Imposible extrañarse por ello: la obra es espléndida, una muestra más del genio incomensurable del salzburgués. Aquí se la dejo con una bella vista de la ciudad vieja desde la zona del castillo.

Un libro cada semana: ‘Cómo encontrar el amor a los cincuenta’ de Pierre Morin

2015 julio 27
por César Coca

Cómo encontrar el amor a los cincuenta años y cuando se es parisina es el título original de esta novela, que ha sido recortado en su traducción al castellano. La decisión es oportuna desde el punto de vista editorial –el original habría llenado de letras una portada muy atractiva– pero es cierto que deja fuera de foco a una protagonista pasiva de la novela: la ciudad de París.

Catherine es una profesora de instituto que imparte clase de Lengua y Literatura en la periferia de la capital francesa. En el aula encuentra cada día un grupo heterogéneo de muchachos: los hay de aspecto inequívocamente eslavo y de piel negra como el betún. Todos ellos están unidos por un factor de riesgo: el de caer en la marginalidad, o en el lumpen, a nada que se descuiden. Catherine es culta, sofisticada y cincuentona, tiene una hija instalada en California, se divorció hace más de quince años y ha tenido tan pocas relaciones amorosas desde entonces que piensa que está casi retirada de ese mercado.
A su alrededor van a ir apareciendo una sobrina que quiere descubrir aspectos del pasado de la familia, un fontanero de raza negra cuyo padre es un atractivo profesor, un estilista con problemas y una alumna que acaba de quedar huérfana. Todos ellos se relacionarán entre sí, casi como en un juego (metafórico) de puertas que se abren y se cierran, e irán descubriendo el papel del amor y la soledad, y los prejuicios que incluso las personas más inteligentes y liberales muestran a veces respecto del color de la piel. Una comedia suave, con un fino sentido del humor, contada de forma eficaz. Y con el número justo de páginas, en un momento en que a tantos libros le sobran.

(Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: ‘Finlandia’ de Sibelius

2015 julio 24

Jean Sibelius es el compositor finlandés por excelencia. En su obra hay un refinado tratamiento de los ritmos y las melodías propios de su país. Su música y su figura tienen algo de paradójico. Sibelius se identifica con el nacionalismo y el último romanticismo, pero murió en 1957, en un momento en que se hablaba de música concreta, aleatoria, electrónica y demás. El grupo Fluxus estaba a punto de hacer su aparición y eso del romanticismo sonaba irremediablemente antiguo. El hecho de que Sibelius no escribiera nada prácticamente en los últimos treinta años de su vida tampoco explica esa especie de desubicación. Dicho de otra manera, Sibelius es un poco como Rachmaninov: autores de una música maravillosa aunque fuera de su tiempo.

A Adorno no le gustaba Sibelius. Bueno, en realidad le gustaban muy pocos músicos, tan pocos que la lista verdaderamente larga es la de los grandes de la historia a los que rechazaba. Por supuesto, no tienen por qué compartir gustos con el filósofo. Yo tampoco lo hago. Disfruten de esta Finlandia.

Un libro cada semana: ‘El peligro de creer’ de Luis Alfonso Gámez

2015 julio 20
por César Coca

Vivimos en la sociedad más tecnificada que ha existido jamás, y también en la más laica, al menos desde que se tiene noticia histórica. Pues bien, en ese mundo en teoría regido por la razón y sustentado en los avances científicos de todas las disciplinas, hay un elevado número de personas que admiten como ciertas supercherías de tipos muy diversos, poniendo con ello en riesgo su salud o malgastando su tiempo y su dinero.

 

El libro de Luis Alfonso Gámez es un documentadísimo repaso a un puñado de esas supercherías y estafas. Por sus páginas pasan videntes, médiums, sanadores, dobladores de cucharillas y charlatanes y estafadores de la peor calaña. El autor nos muestra que cualquiera puede caer en el engaño, y la prueba más palpable es Steve Jobs, que confió la resolución de un grave problema de salud a un puñado de charlatanes que  por supuesto no dieron la respuesta adecuada a su mal.

 

De todos modos, aunque sea cierto que todos podemos ser engañados, no lo es menos que aplicar un criterio lógico, riguroso y científico ante determinados asuntos nos libraría de cometer errores que pueden tener consecuencias gravísimas. Creer a una médium que asegura tener contacto con un familiar fallecido puede suponer bien poco –el precio por asistir al espectáculo y poco más–, pero confiar ciegamente en medicinas alternativas es una actitud de riesgo.

 

Gámez lo explica con un lenguaje divulgativo, aplicando una estructura narrativa propia del reportaje periodístico. Su documentación es exhaustiva y el libro es el fruto de años de trabajo tratando de desenmascarar a gente que se empeña en vivir (en general, bastante bien) de engañar a los demás.

 (Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: Sinfonía Nº 104 Londres, de Haydn

2015 julio 17
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por César Coca

Haydn compuso nada menos que 104 sinfonías, doce de ellas durante sus estancias en Londres. Fue a la última de esa docena, la que además cerró su catálogo, a la que se puso como título el nombre de la ciudad. Fue estrenada allí mismo por el propio compositor en el King’s Theatre.
¿Cuánto hay de Londres en esta obra? Seguramente está más presente lo que representaba para Haydn, el aprecio que sentía por una ciudad donde su música fue siempre muy bien recibida, que la estética de la urbe y el arte que se producía en ese momento. En cualquier caso, obra y ciudad están ya unidas para siempre. Escuchen el último movimiento de la última sinfonía de Haydn y den un paseo (al menos con la imaginación) por las siempre repletas y agitadas calles del centro de Londres.

Un libro cada semana: ‘La chica del tren’ de Paula Hawkins

2015 julio 13
por César Coca

Paula Hawkins había publicado algunas novelitas románticas con un éxito cada vez menor, y se dio a sí misma una última oportunidad con La chica del tren, que está arrasando en el mercado anglosajón. ¿Es para tanto?

Vayamos por partes. El argumento destaca no tanto por la novedad como por la modernidad del enfoque. La historia es la siguiente: una joven divorciada, con graves problemas con el alcohol, que está en un camino de descenso hacia la marginalidad, coge cada mañana el mismo tren de cercanías que la deja en Londres. Ha sido despedida de su trabajo tras una cena con clientes en la que bebió demasiado, pero mantiene la ficción de que sigue en su puesto y cada día toma el convoy para luego pasar la jornada deambulando por la ciudad.
Todas las mañanas, el tren se detiene en un semáforo, frente a una casa –muy próxima a la misma en que ella ha vivido hasta su divorcio– habitada por una pareja. Cada día, los ocupantes están ahí, visibles para la protagonista, aparentemente felices. Hasta que una mañana, un desconocido irrumpe en escena y a partir de ahí todo cambia. Imposible no pensar en La ventana indiscreta, una de las obras maestras de Alfred Hitchcock.
La novela está articulada mediante tres voces narrativas: la protagonista, la nueva esposa de su exmarido y la joven que la primera ve cada mañana desde el tren. Cada una de ellas va contando episodios de su vida, que terminan por coincidir en el tiempo ya en el tramo final del libro.
El relato está escrito en primera persona, de forma muy ágil, y va creando un ambiente opresivo que crece a medida que el lector descubre que todos los personajes tienen un amplio catálogo de secretos y mentiras. Hay algunas trampas narrativas  (¿qué thriller no las tiene?) y una traducción discutible por momentos, como cuando la narradora dice que la selección inglesa sufrió una «pérdida» ante la de Montenegro (¿no será una ‘derrota’?). Pero el libro engancha. Será uno de los más leídos este verano en las playas.

 

(Publicado en elcorreo.com)

 

Ningún fin de semana sin música: ‘Málaga’ de la Suite Iberia de Albéniz

2015 julio 10
por César Coca

Es verano, tiempo de viajar. Y tiempo de música, por supuesto. Así que con su permiso voy a iniciar un ciclo de propuestas de fin de semana que sean obras referidas a un lugar. Para empezar, esta Málaga de la suite Iberia de Albéniz.

Se trata de la primera pieza del cuarto y último cuaderno de los que forman la Suite, estrenado a comienzos de 1909, apenas unos meses antes de la muerte del compositor. Se trata de una partitura de un ritmo vibrante, repleta de dificultades, lo que tampoco es mucho decir en una obra que en su conjunto está considerada una de las colecciones pianísticas más complejas de todos los tiempos.
La música de Albéniz se recrea en los contrastes y el color. No es difícil en este caso cerrar los ojos y pasear mentalmente por la ciudad, recorriendo su casco antiguo y la placita que se abre a un costado de la catedral. Puede que en tiempo de Albéniz no fueran tan distintos a como son ahora. O al menos no tanto si se compara con otras zonas de la ciudad. Si van a Málaga, no dejen de escuchar esta maravilla. Y si no van, también.

Asesinen a ese músico

2015 julio 8
por César Coca

¿Quién puede querer asesinar a un músico? A un músico bueno, se entiende, no a un perpetrador de serenatas nocturnas de esas con las que se pretende requerir de amores a una mujer que saldrá corriendo en cuanto perciba las disonancias interpretativas. Un músico, un creador de belleza inasible, el artista que ha puesto la banda sonora de nuestras vidas… Pues sí, hay quien quiere matar a un compositor. No piensen en campos de concentración o gulags: allí murieron compositores, escritores, fontaneros, abogados, torneros y administradores de fincas. No se trata de eso: hablamos de asesinatos a personas concretas, no masacres de grupos por razón de su etnia, su ideología política o el capricho del dictador de turno. Hablamos de coger un puñal y clavarlo en el pecho de un compositor concreto, autor de unas obras que están ahí. O de encargar a unos sicarios que terminen con la vida de esa persona a cambio de una bolsa de monedas. Tampoco muchas, que la vida de un músico nunca ha valido demasiado, y en el barroco menos.

 

La Historia de la Música registra los asesinatos de dos grandes compositores, muy conocidos en su tiempo aunque hoy un tanto olvidados salvo para los aficionados más expertos. Dos casos distintos pero unidos por elementos comunes: su pertenencia a la misma corriente compositiva y la novela que se puede construir alrededor de la muerte de ambos.

 

El primero de esos asesinatos fue el de Alessandro Stradella. Es sabido que Gabriel García Márquez se inspiró en una historia real, ocurrida en su país, para escribir la novela Crónica de una muerte anunciada. Pero el título sirve a la perfección para contar lo sucedido con Stradella. Dicho de otra forma: ofendió, estafó, engañó y humilló a tantos poderosos de su tiempo que tenía que saber que alguno de ellos se tomaría cumplida venganza.

Stradella lo tenía todo para haber vivido sin trabajar, dedicándose a la música como un diletante, sin crearse problemas. Nacido en Nepi, en el seno de una familia aristocrática, estudió en Bolonia y no había cumplido aún los 20 años cuando recibió un encargo de la reina Cristina de Suecia. Se sabe que tocaba el laúd y el violín y que escribía versos galantes en latín. Sumen esas habilidades a su fortuna y sus deseos de aventura y tendrán el retrato robot de un seductor de vida azarosa.

 

La vida azarosa cuando se tienen gustos refinados es cara, y a Stradella pronto se le acabaron las reservas. Así que, entre cantata y cantata, se le ocurrió estafar al Vaticano en compañía de dos amigos. Es conocido que los Papas han dispuesto siempre de magníficos servicios de información, de manera que Stradella fracasó en esa aventura y tuvo que dejar Roma durante una temporada.

 

Para entonces, su currículum amoroso era ya tan extenso como el catálogo de sus obras. En el mismo, figuraban cantantes de los grupos que interpretaban sus piezas, criadas, jóvenes doncellas y esposas de ricos aristócratas de varias ciudades italianas. En muchos casos, esas relaciones le supusieron la inquina de maridos engañados, padres ofendidos y hermanos con un estricto sentido del honor familiar. Podrían haber formado un pequeño ejército con un solo enemigo.

 

En 1677 encontramos a Stradella en Venecia, amparado en la larga sombra artística de Monteverdi. Un noble, quizá desinformado sobre el carácter de la persona que estaba metiendo en su palacio, lo contrató para que impartiera clase de música a su joven esposa. Seguro que lo han imaginado. Estaban todavía en las primeras lecciones y la joven y el compositor ya eran amantes. La muchacha se enamoró de verdad del músico, tanto como para aceptar marchar con él a Turín. La salida fue apresurada porque el aristócrata había descubierto lo que pasaba en casa y prometió matar al compositor.

 

No era una promesa vana. Unos sicarios siguieron a la pareja hasta Turín y solo la ayuda del regente impidió, en un par de ocasiones, que consiguieran su objetivo. Stradella fue entonces consciente de que se había salvado casi de milagro, así que abandonó a la mujer y se instaló en Génova. Durante tres años, se dedicó a trabajar. Compuso oratorios y serenatas, asistió a la representación de alguna de sus óperas y por supuesto persiguió a mujeres de toda condición… pero sin maridos celosos. Hasta que un día conoció a una joven de la familia Lomellini, una de las más ricas e influyentes de la ciudad. El músico bajó la guardia y se enredó con ella en otra historia de alto riesgo. Esta vez no hubo regente que lo salvara. Los Lomellini contrataron a un antiguo soldado que lo apuñaló hasta darle muerte cuando cruzaba la plaza Bianchi. Tenía 42 años. Su historia da tanto juego que se han escrito varias óperas y alguna novela sobre la misma. Ninguna ha gozado de un éxito equiparable al de  su música en el tiempo que fue estrenada.

 

La historia de Jean-Marie Leclair es más sencilla pero contiene una dosis mayor de misterio porque no se conoce quién lo mató. Su vida da menos juego para una novela aunque este compositor francés nacido en Lyon en 1697 (quince años después del asesinato de Stradella) tenía un padre con un extraño sentido del humor. Tanto que puso a dos de sus hijos varones el mismo nombre: Jean-Marie. Para más confusión, el otro Jean-Marie también fue músico, de manera que en Francia, donde son más conocidos, se habla del joven y el viejo Leclair.

 

El que protagonizó un crimen sin resolución fue el viejo. En realidad, hasta el día anterior a su muerte no hay nada especial en su biografía. Nada diferente de lo vivido por cualquier otro compositor de su tiempo: estudios en Italia, violinista y profesor de éxito, algunos trabajos para nobles y reyes (entre ellos, Luis XV) y viajes por toda Europa (incluida Madrid, donde atendió encargos del infante don Felipe). Los historiadores de la música creen que la mayor parte de su obra la escribió en un período de tiempo relativamente corto, pero la fue publicando poco a poco.

 

Casado en 1716, a los 19 años, con una bailarina, enviudó en 1728. Contrajo matrimonio de nuevo, y en 1764, el año de su muerte, estaba divorciado. En ese momento, Leclair vivía en un barrio parisino donde la criminalidad era notable. Una noche, el compositor estuvo jugando al billar con un amigo. Fue la última persona que lo vio con vida. Por la mañana, el jardinero se sorprendió al hallar el sombrero del músico entre las flores. Leclair estaba tirado en el vestíbulo de la casa, muerto en medio de un charco de sangre. Había sido apuñalado. La Policía sospechó de tres personas: el jardinero (cualquier seguidor de series policiales sabe que quien descubre un crimen es siempre el primer candidato a autor del mismo); su exmujer, que era también la editora de sus partituras, y un sobrino con quien tenía una mala relación. Nunca pudieron pasar de las sospechas y nadie fue acusado del crimen.

 

Y ahora, pregúntense de nuevo: ¿quién puede querer matar a un músico?

 

(Publicado en elcorreo.com)

 

 

Un libro cada semana: ‘El ejército de piedra’ de Luis Manuel Ruiz

2015 julio 6
por César Coca

A comienzos de 2014 aparecía en las librerías El hombre sin rostro, novela con la que el escritor sevillano Luis Manuel Ruiz rompía con su trayectoria anterior para adentrarse en el terreno del humor despendolado y la ciencia ficción gamberra. Pocos meses después publicó Temblad villanos, otra novela de humor pero en este caso del subgénero policial y ambientada en el tiempo actual, a diferencia de la primera, situada a comienzos del siglo XX.

El ejército de piedra tiene los mismos protagonistas que El hombre sin rostro: el profesor Fo, un científicos brillante pero desubicado; su hija Irene, inteligente, bella y un punto soberbia; y el periodista Elías Arce, que quiere ascender en la jerarquía de su diario con un reportaje que lo saque definitivamente de la sección de crucigramas y pasatiempos en la que tiene su actual acomodo.

Lo que tienen que investigar estos tres personajes es lo que sucede con las estatuas de Madrid, que cobran vida y cometen atropellos de todo tipo: desde el rapto de niños hasta algunos crímenes, pasando por destrozos cuantiosos en distintos lugares. Luis Manuel Ruiz lo cuenta con un estilo ágil que oscila entre la caricatura y el relato naïf, con alusiones a las viejas novelas de aventuras de hace un siglo y una guasa que no deja títere con cabeza.
Los tres personajes dan mucho juego y si el autor opta por continuar con la serie, dejando a un lado sus anteriores novelas de misterio histórico-cultural y aventura, seguramente profundizará en la tensión sexual ya apuntada entre la joven moderna e independiente y el plumilla acomplejado ante tanta inteligencia y belleza reunidas en una sola persona.

(Publicado en elcorreo.com)

 

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