Daniel Ruiz García publicó el pasado año Todo está bien, una sátira feroz sobre la corrupción política y su compañera inseparable, la delincuencia económica. Ahora da una vuelta de tuerca a la actualidad en La gran ola, la novela con la que ha ganado el premio Tusquets. Aquí el eje en torno al que gira el relato es ese neocapitalismo de resultados inmediatos, competencia entre compañeros y sueldos muy bajos aliviados por retribuciones complementarias por objetivos. Todo ello bajo la supervisión de un gurú del buen rollo y la motivación.
De nuevo estamos ante una novela coral. Por sus páginas pasan el viejo propietario de la firma (una empresa de detergentes); un jefe de división en sus peores horas; un comercial prescindible; un arribista que llega a la empresa procedente del paro y dispuesto a todo (y todo quiere decir todo); una ejecutiva que es familiar del propietario y que resuelve de una manera peculiar sus problemas; la ayudante de esta, una friki a la que todos llaman La Monja y que con su aspecto místico oculta su sueño de volar la empresa con todos sus trabajadores dentro… Dicho de otra manera, un universo laboral no demasiado distinto al que muchos lectores conocen.
Cada personaje tiene, además, un drama personal a sus espaldas: una esposa en plena batalla contra el cáncer, un divorcio nada amistoso, una madre desquiciada con la que compartir los pocos metros cuadrados de una vivienda… Son aspectos que matizan el tono despendolado que la novela adquiere en algunos de sus capítulos, dándole un tinte amargo que también tenía su libro anterior. Como toda comedia, por negra que sea, siempre debe haber episodios que conducen a la compasión. Porque la vida no es solo un contraste crudo entre blancos y negros.
(Publicado en elcorreo.com)
Ningún fin de semana sin música: ‘Nessun dorma’ de ‘Turandot’ de Puccini
Hace unos días, una persona que sigue este blog me preguntó si alguna vez había recomendado en esta serie el aria Nessun dorma de Turandot de Puccini. Muy alegremente dije algo así como seguro que algún viernes había caído, pero luego miré en el histórico y descubrí que no era como había supuesto. Así que voy a saldar esta deuda. Ya saben que Turandot es una de esas grandes obras musicales que quedaron incompletas y que, por ello, ha sido objeto de más de una reconstrucción. Se trata, además, de una ópera que de alguna forma cierra un ciclo. Estrenada en fecha tan tardía como 1926 (apenas tiene 90 años, por tanto, mucho menos que la casi totalidad del repertorio más conocido) a título póstumo, tras Puccini ya nadie compuso con ese lenguaje. Las óperas del siglo XX tienen otro tono, otros ritmos, unas partes solistas bien diferentes y una música mucho más próxima a las corrientes de vanguardia que ya apuntaban entonces. En realidad, por lenguaje musical, Turandot podría haber sido estrenada treinta o cuarenta años antes. Lo que no le resta ni un ápice de belleza, por supuesto.
Aquí tienen, por tanto, la última aria célebre de un tipo de ópera muy concreto (y muy popular). Se la dejo en la voz de Luciano Pavarotti, que ha sido para muchos el mejor intérprete de esta pieza. No duerman. Escuchen a Puccini.
Un libro cada semana: ‘La hora de despertarnos juntos’ de Kirmen Uribe
La hora de despertarnos juntos (el título surge de un verso de Ezra Pound) es el relato detallado de la vida de Karmele Urresti, que el autor oyó por primera vez cuando era niño. Entonces no prestó mucha atención a lo que contaba aquella anciana, madre de una amiga de la propia madre del escritor. Pero pasado el tiempo, la historia terminó por imponerse y Uribe emprendió la tarea de indagar en una peripecia vital que transcurre a lo largo de un tiempo crucial para la historia de Euskadi, España y el mundo.
La novela se centra en la pareja formada por Karmele y quien pronto será su marido, un músico a quien sus ideales llevarán a trabajar para el Gobierno vasco presidido por José Antonio Agirre, afrontando riesgos y pagando un altísimo precio por ello. Pero La hora de despertarnos juntos es, ante todo, una novela coral por la que desfilan numerosos personajes, muchos de los cuales están en la Historia: desde el mismo lehendakari a Manu Sota, descendiente de la familia más rica y poderosa del País Vasco hasta la Guerra Civil, pasando por el pintor Gezala, el alcalde Lequerica y muchos más.
Hay política e Historia, pero la novela va más allá. Se trata de un relato de enorme humanidad, con seres de carne y hueso, soñadores y perdedores, como dice Uribe, que dibujan un tiempo oscuro en el que sin embargo nunca cedieron a la desesperanza. Todos ellos configuran un relato que atrapa al lector y le hace entender, más allá de los trabajos académicos, lo que sucedió en la parte central del siglo XX y cómo algunas de las cosas ocurridas no hace tanto tiempo tuvieron entonces su origen.
(Publicado en elcorreo.com)
La propuesta musical para este fin de semana no es casual, evidentemente. Y se la voy a dejar sin apenas comentario alguno. Ustedes saben de mi debilidad por el Bersntein personaje y por el divulgador musical. Tengo algunas reservas sobre determinadas interpretaciones de obras del gran repertorio, quizá porque no las he escuchado lo suficiente, lo reconozco. Pero aquí no se trata del Bernstein director (o pianista), sino del compositor. Les dejo una pieza maravillosa en lo musical: América, de West side story. Disfruten, aunque se hayan llevado un disgusto con el resultado de las elecciones en EE UU.
En estos tiempos de dominio claro de los autores escandinavos –y vascos, en nuestro territorio– en la novela negra, nunca está de más darse una vuelta por lo que se sigue escribiendo en EE UU, el país que dio carta de naturaleza al género. Y Michael Connelly es uno de los grandes por su éxito pero también por la solidez de sus personajes y el grado de elaboración de las tramas.
Los seguidores de las novelas protagonizadas por Harry Bosch saben que ha tenido que dejar la Policía de Los Ángeles con una jubilación anticipada que no deseaba y por la que ha demandado al cuerpo. Lleva unos meses haciendo una vida tranquila, dedicándose a reparar una vieja motocicleta con la que quiere –algún día– recorrer el país y preparándose para el abandono del nido por parte de su hija, a punto de irse a la Universidad.
Esa tranquilidad se rompe cuando su hermanastro, el abogado Mickey Haller –otro personaje habitual de Connelly– le pide que investigue algunos aspectos oscuros de la acusación contra uno de sus clientes a quien le atribuyen el violentísimo crimen de una mujer que ocupaba un cargo en la administración municipal y que estaba casada con un policía. Bosch no quiere pasarse al otro lado, al de quienes, mediante artimañas de todo tipo, tratan de evitar que un culpable pague sus delitos. Si finalmente acepta es porque, en efecto, ve algo extraño en el expediente y porque pone la condición de que si encuentra pruebas de culpabilidad no serán ocultadas al tribunal.
En esta novela están los ingredientes habituales de Connelly: un personaje solvente, íntegro y eficaz; una Policía corrupta y enmarañada en no pocas burocracias; la defensa de la verdad y la justicia; una investigación muy bien contada y la dosis justa de violencia para que no falte nada. Los seguidores de Harry Bosch no se verán defraudados en esta nueva faceta de investigador frente a la Policía.
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Ningún fin de semana sin música: ‘Variaciones Diabelli’ de Beethoven
La pasada semana, en esta misma serie, les hablé de las Variaciones Diabelli de Beethoven, así que me parece oportuno proponerles esa obra en esta ocasión. Se trata de la última gran composición del compositor de Bonn para el piano, posterior a la Sonata Nº 32 y fue escrita más o menos al tiempo que la Novena Sinfonía. La historia de la partitura es conocida: el editor Diabelli, que también hacía sus pinitos como compositor, escribió un vals y lo propuso como punto de partida para que un importante grupo de músicos, los más relevantes de ese momento, hicieran cada uno de ellos una variación. La seria completa sería publicada luego como un conjunto. Atendieron a esta llamada más o menos medio centenar de compositores, incluido un jovencísimo Franz Liszt. Todos cumplieron disciplinadamente su parte del acuerdo: enviaron a Diabelli una variación más o menos larga y compleja. Todos… menos Beethoven.
El sordo de Bonn vio tantas posibilidades en el vals (que, por otra parte, no es nada del otro mundo), que construyó en torno a él una pieza gigantesca, de una hora de duración, con un total de 33 variaciones. La maestría que demuestra es absoluta y la pieza, deslumbrante. No es de los trabajos más conocidos de Beethoven, pero merece la pena. Y mucho. Estoy seguro de que van a disfrutar con estas variaciones que les dejo, en la versión de Glenn Gould.
Ferdinand von Schirach tenía una larga experiencia como abogado penalista cuando debutó en la literatura. Tras dos volúmenes de relatos llegó su primera novela y ahora ve la luz la segunda: Tabú. Se trata de una novela aparentemente sencilla por las características del estilo con el que está escrita pero bastante más compleja si nos adentramos más allá de la forma.
Porque Tabú puede ser leída como una novela policial, como el relato de la dificultad de distinguir entre realidad y ficción, como un debate sobre la distancia entre verdad y justicia, o como la narración de lo que sucede en la cabeza de un artista y sus indagaciones sobre la esencia del arte. Es cada una de esas cosas, pero también la suma de todas ellas.
Explicar el argumento sin desvelar demasiadas claves no es sencillo. El texto comienza contando los años de infancia y adolescencia de Sebastian, descendiente de una familia aristocrática cuyos oropeles quedan ya muy lejos. Su singular percepción del color y los juegos que con él pueden hacerse lo llevará convertirse en fotógrafo y pronto conseguirá un notable éxito en galerías europeas. Pero todo se viene abajo cuando un día es acusado del asesinato de una joven que ha desaparecido. Y entonces entrará en acción un veterano abogado que deberá formar parte de un juego que no es el habitual en las salas de vistas, porque la persona a la que defiende no es precisamente un asesino convencional.
Novela que sugiere más de lo que cuenta, Tabú puede decepcionar a quien busca un relato policial, y en cambio gustará a quienes piden a los libros algo más que un juego de pistas verdaderas y falsas.
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Ningún fin de semana sin música: ‘The people united will never be defeated!’ de Rzewski
Frederic Rzewski es un compositor completamente atípico. No lo es en el sentido de que compagina composición e interpretación: muchos otros antes que él, de su misma generación y seguro que de las siguientes se ganaron la vida con sus conciertos mientras como actividad paralela tenían la de la escritura de música. Vale para Liszt, Chopin, Thalberg, Paganini, Bruckner y tantos otros. Si digo que es atípico es porque se trata de un compositor cuya obra tiene un marcado carácter político, algo que en el ámbito de la llamada música clásica no es tan común. Por supuesto que hay numerosas obras en el conjunto del legado de los grandes que tienen esa característica, pero si se mira a los catálogos más importantes uno por uno hallamos que son una minoría verdaderamente pequeña.
En el caso de este compositor y pianista estadounidense no es así. Al contrario: abundan entre las suyas las piezas que tienen clara intencionalidad política. Una de las más célebres es este conjunto de 36 variaciones sobre una célebre canción de Sergio Ortega que popularizó, ya hace muchísimo tiempo el grupo Quilapayún. Muchos estarán pensando que se trata de un tema bastante simple como para plantearse una obra así. Cierto. Pero no se trata tampoco del primer caso en la historia. El tema de Diabelli sobre el que Beethoven construye sus famosas Variaciones es bastante anodino, y el sordo de Bonn lo convierte en un imponente edificio musical. No quiero poner a Rzewski a la altura de Beethoven, tampoco es eso, pero su obra no está nada mal. Les dejo las primeras cinco variaciones interpretadas por su autor.
La serie Alatriste aún no ha terminado. Van siete entregas y, si hacemos caso a la relación de títulos que figuraba en la primera entrega, faltarían al menos dos más. Antes de que el falso capitán muera en Rocroi, en el último volumen de la serie, Arturo Pérez-Reverte ha creado un nuevo personaje: Falcó. Lorenzo Falcó. Un espía que trabaja para los servicios de inteligencia de Franco en los primeros meses de la Guerra Civil, pero que antes traficó con armas, sirvió a la República y vivió algunas experiencias al límite en escenarios conflictivos de la vieja Europa.
Falcó comparece ante el lector como un cínico con una elemental tabla de valores: primero, él; después, él; y si aún le queda espacio libre para ocuparse de otros asuntos, indagará en sí mismo para ver si es posible hacer algo más por Falcó. Su jefe es el Almirante, que lo reclutó ya hace unos años tras debatirse entre si debía hacer que lo mataran o contratarlo para que hiciera para él determinados trabajos. Sucios, por supuesto.
En esta primera aventura debe encaminarse de Salamanca, donde está el mando central de los rebeldes, a Cartagena, zona republicana. Allí, junto a un grupo de falangistas movidos por sus ideales pero con poca experiencia de combate, ha de organizar la liberación de un famoso político que está preso en la cárcel de Alicante. Y no hace falta dar más datos porque ustedes ya saben de quién se trata.
El personaje evoluciona a lo largo de la novela y el lector descubre que tras el tipo duro y sin escrúpulos hay algo más, un espíritu revertiano que aflora en algunos momentos de manera muy evidente. Falcó es una novela de aventuras con diálogos cortantes al mejor estilo de las películas de Humphrey Bogart, que termina conteniendo algunas reflexiones sobre la amistad, el poder y el valor de ciertas reglas, por pocas que sean. Un Reverte en estado puro, identificable en cada página de la novela, que gustará a sus muchos lectores. Y que no tardaremos en ver llevado al cine.
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Hay algunos músicos con los que se han cometido notables injusticias. Lo han hecho el tiempo, el azar, sus contemporáneos, y a veces los críticos o grandes aficionados a la música que, por aquello de las rivalidades, desprecian a los competidores de sus favoritos. Haydn es uno de los que más las sufrió, porque tuvo la mala suerte de coincidir con Mozart y Beethoven. Eso habría sido suficiente para ensombrecer la obra de cualquier gran compositor. Milagrosamente no pasó así con la suya, que gozó de popularidad mientras vivió su creador y luego ha seguido figurando como uno de los grandes, aunque en un escalón inferior al de los dos citados y a algún otro.
En varios de sus libros, García Márquez se suma a una de esas injusticias con el bueno de Haydn, aunque es cierto que en sus últimos textos reconoce su error y se confiesa maravillado por algunas de sus obras. Pero antes de eso, repite en varias ocasiones una frase que ha escuchado a alguien y que no puede ser más tremenda: dice que cree que Mozart no existe porque “cuando es bueno es Beethoven; y cuando es malo es Haydn”. Seamos justos con Haydn. Escuchen este último movimiento de su Sinfonía N º88, alegre y lleno de energía, y apreciarán el valor de su música. Disfruten escuchando y viendo cómo Leonard Bernstein no-dirige la Filarmónica de Viena.

