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Ningún fin de semana sin música: ‘Canción Nº 6′ de Mompou

2014 septiembre 19
por César Coca

Federico Mompou compuso su ciclo Canciones y Danzas a lo largo de más de cuarenta años. Se trata de una colección de piezas breves, casi todas para piano solo, que muestran a la perfección las características compositivas de su autor: melodías sencillas, desnudas, muy en su línea de hacer música con los menores recursos posibles.

Es probable que la pieza más célebre de la serie sea esta Canción Nº 6 (aunque, en general, se interpretan seguidas cada canción y danza, hasta el extremo de que en no pocos discos incluso forman un solo corte). Una música lánguida, con algunos elementos de folclore catalán y clara influencia de un impresionismo que conoció bien pero que en 1943, cuando escribió esta partitura, ya era historia.

Creo que fuera de Cataluña Mompou no es un compositor demasiado conocido. Y es una lástima. Su colección Música callada, otra serie de piezas breves, es espléndida (les recomiendo la grabación de Javier Perianes para Harmonia Mundi) y este ciclo de Canciones y Danzas, también. Les dejo con la Canción Nº 6 en la versión de un gigante: Arturo Benedetti Michelangeli, en una grabación en vivo del año 1957. Son solo 100 segundos, pero qué música. Van a disfrutar. Muchísimo.

El nuevo sello discográfico de la Orquesta y Coro Nacionales de España

2014 septiembre 17

La Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) ha presentado esta mañana su nuevo sello discográfico. Se une así a una larga lista de formaciones sinfónicas, grupos de cámara y solistas que han optado por editarse sus propios discos. No es cuestión solo de formaciones digamos medias, sin acceso fácil a los grandes sellos. La London Symphony Orchestra lleva unos cuantos años lanzando al mercado grabaciones con su sello (LSO), sobre todo registros hechos en vivo. Alia Vox distribuye las grabaciones de Jordi Savall y sus distintos grupos. Peral ha nacido para distribuir grabaciones de Daniel Barenboim. Y Judith Jáuregui creó Berli Music para hacer la música que quiere. Son solo cuatro ejemplos muy diferentes, pero hay muchos más.

El nuevo sello de la OCNE publicará en primer lugar un registro en vivo de Carmina Burana de Carl Orff, con Rafael Frühbeck de Burgos en el podio. El concierto tuvo lugar el pasado diciembre y fue una de las últimas ocasiones que el fallecido director burgalés cogió la batuta en España. Hace unos días, la orquesta ha grabado piezas de música española, entre ellas las Noches de Falla, con Joaquín Achúcarro al piano y Juanjo Mena en el podio.
Disponer de un sello propio no es mala estrategia para las orquestas. De un tiempo a esta parte, los sellos tradicionales han creado dos tipos de artistas: a un lado, los que garantizan un razonable nivel de ventas que permita amortizar la inversión precisa para hacer un álbum. Son los Mutter, Wang, Pollini, Balsom, Lang Lang, Rattle, Dudamel, Mehta, Barenboim y unos cuantos más. Al otro, quienes no garantizan (o no siempre) que se cubran los gastos, y deben poner algo de su parte para publicar un disco: un patrocinio o la compra directa de un número de álbumes que ayude a llegar a la cifra objetivo. Muchos artistas se quejan de ello y por eso algunos se han lanzado a autoeditarse. Con resultados nada desdeñables, hay que añadir.
Lo importante es que la música se interprete y se difunda en las mejores condiciones artísticas y técnicas que sea posible. Si ésta es la fórmula, adelante. Bienvenido sea el nuevo sello.

Un libro cada semana: ‘A la sombra del árbol violeta’ de Sahar Delijani

2014 septiembre 15
por César Coca

A la sombra del árbol violeta es la primera novela de Sahar Delijani y con ella llamó poderosamente la atención en la Feria del Libro de Londres hace un par de años. El libro cuenta una historia que es, de alguna manera, la suya propia y la de algunos de sus parientes. Y eso sucede desde el primer capítulo, cuando una de las protagonistas del libro da a luz a una niña en la cárcel de Evin (Teherán), donde está presa por su militancia política. Esa niña es la propia autora, que compartió celda con su madre -y con un puñado de condenadas más- durante unos meses, hasta que fue entregada a sus abuelos.

Delijani tuvo suerte: sus padres fueron liberados antes de la gran purga de 1988 y algo después se fueron a vivir a EE UU. Ahora, la escritora iraní relata las historias que oyó contar a su familia y a algunos amigos y las completa con algunas escenas y personajes de ficción para completar un retrato muy revelador del rumbo tomado por la revolución. Y ese rumbo incluye la persecución por parte de los Guardianes de la Revolución de todos los laicos y de izquierdas que habían contribuido a derrocar al sha.

Hay en las páginas de este libro historias estremecedoras de celdas medievales y juicios farsa, de un fanatismo religioso extremo expuesto con claridad meridiana en una escena en la que un preso, en plena vista oral de su causa, va haciendo cómputo de los años que pueden caerle con cada acusación y deja de sumar cuando llega a la de ‘ateísmo’: solo por esa, pena de muerte. Y hay dolor: el de las madres a quienes arrebatan a sus hijos, y el de los hijos privados de sus padres; el de progenitores, hermanos y viudas que un día reciben la peor noticia que cabía esperar: la de que debían ir a la cárcel a recoger un paquete, porque ya sabían que su contenido eran los objetos personales de un ajusticiado; el de los jóvenes cuando descubren que se les ha ocultado la suerte de sus mayores para evitar que ellos mismos sean víctimas de la represión; el de los sueños alimentados entre las paredes del hogar que se desvanecen nada más salir a la calle.

Los personajes de Delijani aman, albergan miedos y son víctimas de los celos, porque la vida continúa. Pese al horror, a las traiciones y a los desvaríos, la vida sigue. De ahí el tono lírico de muchas páginas. Incluso en mitad de la guerra y la represión, cada año florecen los jacarandás, con sus flores de color violeta.

(Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: ‘Fanfarria para el hombre corriente’ de Copland

2014 septiembre 12

Hay un puñado de obras asociadas a guerras. Desde la célebre Obertura 1812 de Chaikovski al Cuarteto para el fin del tiempo de Messiaen pasando por la Sinfonía Nº 7 Leningrado de Shostakovich, por citar algunos ejemplos. La obra que les propongo para este fin de semana es fruto de un encargo que un director de orquesta hoy semiolvidado llamado Eugene Goossens hizo a algunos compositores para arrancar la temporada de la formación que dirigía (la Sinfónica de Cincinnati) con fanfarrias en homenaje a los soldados aliados, allá por 1942. Aaron Copland firmó la más famosa de todas ellas, esta Fanfarria para el hombre corriente.

Solo un detalle para colocar al autor en su sitio: ser uno de los más grandes compositores del siglo XX en EE UU no le libró de ser citado por el Comité de Actividades Antiamericanas en los años cincuenta por haber apoyado la campaña del Partido Comunista dos décadas antes. El drama del hombre corriente (o no tanto, dado su talento), puesto en una lista negra.

Disfruten de esta fanfarria.

Un libro cada semana: ‘El bigote’ de Emmanuel Carrère

2014 septiembre 8
por César Coca

Tras el éxito de Limónov, aparecen en español algunos libros antiguos de Emmanuel Carrère. Uno de ellos es El bigote, escrito en poco más de un mes en lo que debió de ser un verdadero tour de force para el autor, por el tipo de texto de que se trata.

La premisa argumental de la novela es sencilla: el protagonista, un arquitecto de éxito residente en París, decide un día, casi como una broma, afeitarse el bigote. Los problemas comienzan cuando su mujer no reacciona, no muestra sorpresa alguna. Tampoco lo hacen algunos amigos, ni los colegas con los que comparte estudio. Cuando interroga, harto ya de lo que entiende como una broma pesada, a su mujer, esta le sorprende con la última respuesta que esperaba: él nunca ha llevado bigote. Aún peor, poco a poco, las pruebas de que alguna vez lo tuvo van desapareciendo. Y no se puede contar más para no desvelar la esencia de la trama.

El relato, apenas un poco más largo que una nouvelle, deriva por terrenos que sorprenden al lector, en una trama que se enmaraña al estilo kafkiano, y aquí no es gratuito el uso del adjetivo. Carrère se mueve a gusto en la frontera entre realidad y ficción, cordura y desvarío, conduciendo a su personaje y al lector a un verdadero infierno.

No es El bigote –de la que existe una versión cinematográfica dirigida por el propio autor– una novela perfecta. Probablemente con algunas páginas menos habría conseguido una mayor tensión narrativa. Pero sí es un texto desasosegante, que en su momento dejó muy claro que era obra de un autor con el que había que contar.

(Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: ‘Lascia la spina’ de Haendel

2014 septiembre 5

Es sabido que durante la época barroca era habitual que los compositores reciclaran sus obras: un tema que había sido utilizado en una ópera pasaba a un oratorio y podía terminar en un concerto grosso. Ha sucedido en todas las épocas desde que existe la música, pero más entonces, probablemente porque los autores estaban obligados a componer a destajo. Piensen en Bach y su obligación de escribir una pieza prácticamente cada semana mientras estuvo en Leipzig.

La obra que les propongo para este fin de semana es un ejemplo de lo dicho: se trata del aria Lascia la spina, que pertenece al oratorio Il trionfo del tempo e del disinganno, escrito en 1707 por Haendel. Este oratorio tuvo dos versiones más: la última de ellas se estrenó medio siglo más tarde y con el libreto en inglés. No acaba aquí la historia, porque el aria en concreto fue incluida en 1711 en la ópera Rinaldo, con el título Lascia ch’io pianga. Ya ven cómo Haendel se copiaba a sí mismo con entera tranquilidad. Nada que reprochar cuando se sabe de tantos que copian a otros sin que se les altere el gesto.

Les dejo una versión de lujo: la de Cecilia Bartoli. El vídeo recoge una actuación de la mezzo italiana en 1998 en el Teatro Olímpico de Vicenza, un escenario excepcional.

Disfruten.

Vivir para grabarla

2014 septiembre 3
por César Coca

Circula estos días la noticia sobre un pirata informático que ha entrado en teléfonos y archivos digitales de decenas de personas célebres –en general, relacionadas con el mundo del espectáculo– y les ha robado, literalmente, imágenes comprometedoras. En general, fotos de desnudos o vídeos en los que aparecen practicando sexo.

Por supuesto, estamos ante un delito. O más bien dos: robar imágenes invadiendo la intimidad de las personas y difundirlas luego, multiplicando hasta el infinito el daño causado. Por eso, es evidente que el culpable debe ser detenido y juzgado.
Dicho lo cual, creo que merece la pena destacar que este episodio revela un fenómeno creciente: la gente vive –vivimos– obsesionados por grabar los episodios de su vida, como si alguien fuera algún día a hacer una película con todo ello. Le pasa a los famosos y a quienes no lo son.
Me parece que solo esa obsesión explica que todas esas personas a las que les han robado fotos –y muchas más a quienes no se las han robado– guarden imágenes de sí mismas hechas con móviles. ¿Actrices filmadas por los mejores directores, que han protagonizado reportajes en las revistas de moda o de cine más leídas del mundo, necesitan hacerse fotos con un móvil? ¿O cogen el telefonillo y se montan un vídeo casero mientras están en la cama con sus parejas?
Esa necesidad de verse a uno mismo en imágenes digitales nos está convirtiendo en espectadores de nuestra propia vida. Nos gusta más vernos haciendo determinadas cosas o en ciertos lugares que hacer esas cosas o visitar esos lugares. Por eso, ante un monumento célebre es ya muy extraño encontrar a alguien que solo lo contempla: la mayoría de la gente se hace autorretratos (me niego a usar otro término) o filma de manera compulsiva todo lo que hay en el lugar. Este verano, ante uno de esos edificios famosos, vi una auténtica muralla: la formada por una fila de una veintena de turistas que, levantados los brazos, filmaban con sus tabletas cuanto había allí. Su atención se concentraba en la grabación, no en ver lo que tenían ante sí.
Hay otra variante de esta obsesión: la de quienes llegados a un palacio, un jardín o una catedral sacan su tableta y buscan información. Hasta ahí, nada distinto de lo que se ha hecho siempre con una guía de viaje. La diferencia la protagonizan quienes sentados ante el monumento de que se trate ni siquiera lo miran porque están leyendo la información o examinando las fotos del mismo que alguien ha colocado en la red. Terminado ese examen, y tras tomar sus propias imágenes, se van apresuradamente. Es decir, han visto el lugar a través de la pantalla de su dispositivo o las fotos que otros tomaron antes.
Nuestros ojos se están desacostumbrando a ver la realidad tal y como es. La vemos en una pantalla, incluso aunque estemos ante esa realidad. Por eso preferimos dedicar más tiempo a filmar el Coliseo romano o el palacio de Versalles que a verlos. Y nos divierte más contemplar ese vídeo que hicimos de algunas escenas de alcoba que la propia acción. La realidad filmada es ya tan importante, si no más, que la realidad misma. García Márquez tituló hace una década el primer tomo de sus memorias –en breve sabremos si hay más– Vivir para contarla. Hoy las titularía Vivir para grabarla.

Un libro cada semana: ‘Cevdet Bey e hijos’ de Orhan Pamuk

2014 septiembre 1
por César Coca

Con poco más de veinte años, Orhan Pamuk escribió esta novela inédita en español hasta hace unos meses. Un reto singular para un autor con tan poca experiencia que se enfrenta a un texto de más de 650 páginas en letra bien pequeña en el que estrictamente pasan bien pocas cosas, porque lo esencial está en las conversaciones que los personajes mantienen entre sí.

El fundador de la saga, que da título al libro, es un comerciante musulmán que no sin cierta arrogancia coloca en la puerta de su modesta tienda de lámparas un cartel que resulta premonitorio: ‘Cevdet Bey e hijos. Exportación e importación’. Arrogante porque Cevdet Bey no había exportado nada hasta ese momento y porque ni siquiera estaba casado.

Pasan las páginas del libro y Cevdet Bey envejece y se convierte en un gran comerciante. Luego, sus hijos toman el mando del negocio y por último uno de los nietos será quien se convierta en el eje del relato. De fondo, la creación de la República de Turquía, las guerras, el peso creciente del islamismo en Estambul y en todo el país, la caída de un viejo modelo de vida que sin embargo no termina de alumbrar uno nuevo, el deseo de la clase alta de ser, pensar y vivir como occidentales, el desarraigo de tantos…

Cevdet Bey e hijos es un relato moroso, para leer como si fuera uno de esos tomazos decimonónicos en los que el narrador se detiene en pequeños detalles que luego resultan significativos y en diálogos aparentemente insulsos que revelan tanto sobre la personalidad de quienes los mantienen. Como es lógico, no hay en su escritura la maestría que el Nobel de Literatura demostraría muchos años después en El museo de la inocencia, donde detiene el tiempo en un deslumbrante ejercio de virtuosismo literario. Pero sí hay unos cuantos vínculos entre esas dos novelas y el ensayo memorialístico Estambul. Ciudad y recuerdos. Las tres configuran un magnífico fresco sobre la historia reciente de una ciudad fascinante.

 

(Publicado en elcorreo.com)

Ningún fin de semana sin música: Suite de ‘La lista de Schindler’ de John Williams

2014 agosto 29
por César Coca

El verano toca a su fin. No la estación como tal, sino lo que significa. Este fin de semana muchos regresarán a sus casas desde sus lugares de vacaciones y el lunes estaremos todos o casi todos en nuestros puestos. A los más pequeños apenas si les queda otra semana antes de volver al colegio.

Con el período vacacional termina también este ciclo de piezas musicales interpretadas en salas de concierto pero que fueron compuestas para el cine o a partir de obras escritas para la gran pantalla. La serie no podía acabar sin incluir una obra del compositor más laureado: John Williams. En su catálogo figura un centenar largo de bandas sonoras (varias de ellas están en la lista de las mejores de todos los tiempos, según quienes se dedican a estas cosas), pero también hay un buen puñado de piezas clásicas, donde el autor ha dicho que se ha permitido una mayor experimentación.

Reconozco que lo primero que pensé cuando decidí que había que incluir a Williams en esta serie fue seleccionar una obra de cámara, que luego tuvo versión para solista y orquesta, basada en la banda sonora de Siete años en el Tíbet. Pero luego reparé en que el próximo lunes, 1 de septiembre, se cumplen 75 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y eso merece una referencia en este blog. Así que la obra elegida es la Suite que el músico realizó a partir de la banda sonora de La lista de Schindler. Más bien, un fragmento de la misma.

Aquí tienen a Itzhak Perlman (que también lo interpretaba en la película) como solista y al mismo Williams a la batuta, en el tema más célebre de la banda sonora. Lo escucharán como no pudieron hacerlo en el filme, porque allí no suena nunca en su totalidad. He renunciado a incluir algún vídeo en el que la música se acompaña de imágenes de la película porque prefiero que aprecien la belleza y la intensidad de la pieza sin condicionantes emocionales. 

Queremos tanto a Julio

2014 agosto 26

El autor más revolucionario de la literatura en español del siglo XX no publicó su primer libro hasta los 37 años y jamás se tuvo por un profesional de la escritura. Julio Cortázar, el creador de la Maga, Oliveira y Morelli, de Lucas, los cronopios y los famas, el inventor de nuevas formas de narrar que rompen la linealidad, cumpliría cien años hoy, día 26. En uno de sus poemas más célebres escribió que solo dura la efímero pero su obra gana en peso e influencia cada día que pasa.

Nacido accidentalmente en Bruselas (su padre trabajaba en la Embajada argentina), recorrió mundo desde su infancia, vivió en el barrio bonaerense de Banfield, luego estudió Magisterio y ejerció de maestro, escribió sus primeros poemas con el seudónimo de Julio Denis y recibió una gran influencia de Borges, que se advierte con facilidad en Bestiario (1951), un primer volumen de cuentos que le dio cierta notoriedad.

Durante los años sesenta, sobre todo tras la publicación de Rayuela, Cortázar fue a su manera uno de los ejes en torno a los que giraba el boom latinoamericano. Un gigante, y no solo por sus 193 centímetros y su voz grave, que arrastraba las erres. Cuando murió, su amigo García Márquez escribió un artículo de recuerdo oportunamente titulado El argentino que se hizo querer de todos.

Cortázar hizo tantas cosas, su personalidad tiene tantas facetas, que resulta casi inabarcable. Hay un Cortázar activista político que no duda en poner su prosa al servicio de algunas causas que considera justas pero se refugia en la ambigüedad cuando sus amigos lo decepcionan; hay otro que es un músico frustrado; existe un poeta de intenso lirismo; un cuentista perturbador por su capacidad para fundir realidad y fantasía; un novelista experimental y un rebelde contra el tiempo. Era capaz de pasar un viaje en barco a través del Atlántico sin dejar de aporrear su underwood portátil y de consumir noches enteras cantando tangos como si lo hubiera hecho toda la vida.

Murió en París el 12 de febrero de 1984, a los 69 años, víctima de una leucemia, según la versión oficial. Algunas fuentes dicen que fue a causa del sida que contrajo por una transfusión de sangre. Para entonces, ya era un mito de la literatura que había dejado escrito que el silencio es «un desatador de sueños». Los sueños que oculta cada casilla de una rayuela.

(Salta por las casillas de la rayuela y descubre las múltiples facetas de la personalidad de Julio Cortázar).

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