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César Coca

Divergencias

El Musika-Música brilla en medio de las turbulencias

Son tiempos de incertidumbre en el sector de la música clásica en Euskadi. Hace apenas unas horas se ha anunciado la marcha de Íñigo Alberdi, que solo continuará al frente de la Sinfónica de Euskadi como director general hasta el verano. Una orquesta que esta temporada está funcionando sin director titular y que casi con total seguridad seguirá así la próxima, hasta que quien ocupe el puesto de Alberdi contrate al sustituto de Orozco-Estrada. En la otra orquesta de la comunidad autónoma, la Sinfónica de Bilbao, están prácticamente despidiendo a Günther Neuhold y tampoco parece muy probable que en septiembre haya director musical. La ABAO se ha visto obligada a reducir en dos títulos su programación de la temporada 2014/5 por la fortísima caída de las subvenciones. La Quincena Musical acusa ya los recortes y lleva al menos un par de años haciendo economías como puede. Y el resto de instituciones, coros sobre todo, capean el temporal a base de apretarse el cinturón hasta quedarse casi sin aire.
En ese contexto, la 13ª edición de Musika-Música ha batido todos los récords. Casi 35.500 entradas vendidas son, se mire como se mire, una enormidad. Pero no se trata solo de aspectos cuantitativos: los cualitativos presentan, si cabe, un balance mejor. A lo largo de estos años, la organización ha sido capaz de descubrir a artistas jóvenes que ya desarrollan una carrera importante en todo el mundo. No es preciso citar nombres: ya hemos hablado de ellos en este mismo blog. Y a esos jóvenes treintañeros o casi se siguen sumando nuevos artistas, con poco más de veinte, que han demostrado su valía este año.
Y, por último, pero no lo menos importante, está la tarea didáctica. Ese público que se acerca por primera vez a un concierto de música clásica y descubre que no hace falta saber leer una partitura para gozar con las obras. Durante el fin de semana estuve en algunos conciertos en el auditorio. En todos ellos, al acabar el primer movimiento de la obra que fuera, un puñado de espectadores empezaba a aplaudir. Enseguida unas cuantas personas les pedían silencio indicándoles que no se aplaude hasta el final. Es cierto. Pero esos aplausos espontáneos (los que pueden no serlo son precisamente los del final, cuando se hace a veces por rutina) son la mejor señal de que en la sala había público nuevo y que le estaba gustando lo que escuchaba. Qué felicidad.
El Musika-Música brilla en mitad de las turbulencias. Los aficionados tenemos que estar muy agradecidos. Y la cultura en su conjunto, también.