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César Coca

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Ningún fin de semana sin música: Sinfonía Nº 3 de Brahms

La pasada semana nos quedamos en 1883, el año en que Bruckner terminó de componer su Sinfonía Nº 7, la partitura que más éxito tuvo desde el primer momento, de entre todas las suyas. Les había hablado de la pugna entre wagnerianos y antiwagnerianos, que era algo más que un tema personal. Era el debate entre quienes habían llevado el Romanticismo hasta sus límites y quienes querían volver a lo primordial de la música, sin excesos, buscando la esencia. Bruckner representa a  los seguidores incondicionales del autor de la Tetralogía. En el otro bando está Brahms, un compositor que de alguna manera se considera depositario de la herencia de Beethoven. Quizá por ello, por ese peso enorme de la sombra del sordo de Bonn, no escribió su primera sinfonía hasta una edad bastante tardía para un compositor de su capacidad y talento: 43 años. Por cierto, que esa Sinfonía Nº 1 fue recibida por los críticos como la Décima de Beethoven.

A medida que fue envejeciendo, la música de Brahms se hizo más introspectiva. No hay en él, y menos aún en la madurez, un lirismo a flor de piel, ni exceso de sentimentalismo ni de drama. Todo es mucho más sutil. Sus orquestaciones, ya que hablamos de sinfonías, son más reducidas que las de Bruckner, por supuesto, y la música fluye a mayor velocidad, con mayor ligereza.

Hoy les propongo, como había prometido, otra obra de 1883: la Sinfonía Nº 3 de Brahms. Les dejo con su movimiento lento (el 3º), para que la comparación con Bruckner sea más adecuada. Y con la versión, también, de Wilhelm Furtwängler. Y, ahora confiesen, ¿son ustedes más de Bruckner o de Brahms?

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