Prosigue todavía la digestión, lenta, del último disco de David Gilmour, como una infusión de la que aún no hemos decidido si nos parece digestiva o sencillamente insípida. Han pasado doce años desde ‘The Division Bell’, el álbum que cerraba la última etapa de Pink Floyd, que se confunde con la carrera en solitario de Gilmour. ‘On An Island’ abunda en la perfección formal y la falta de sustancia de aquel disco, pero carece de un broche épico como la canción que lo cerraba, ‘High Hopes’. La ‘isla’ de Gilmour es un hotel de cinco estrellas lleno de jubilados en bermudas, cuyos bolos veraniegos incluyen actuaciones en la plaza de San Marcos de Venecia, el Royal Albert Hall, un castillo austriaco y la plaza della Croce de Florencia. Le da pereza reunir de nuevo al grupo, pero se lleva de gira al Pink Floyd B al completo (Jon Carin, Dick Parry y Guy Pratt), reforzado por uno de los titulares, Richard Wright. Mientras tanto, dicen que The Flaming Lips han publicado el álbum más pinfloidiano del año, ‘At War With The Mystics’, pero esto sólo es evidente en los dos temas realmente épicos, el instrumental ‘The Wizard Turns On…’ y ‘Pompei Am Götterdämmerung’, un grandioso himno sobre una pareja de enamorados que se arroja a un volcán en erupción. Pese a que en España no podemos permitirnos el caché de Gilmour, veremos al menos a la banda de Wayne Coyne en el Primavera Sound de Barcelona, cabeza de un abigarrado cartel donde caben Lou Reed, Motörhead, Yo La Tengo, Stereolab, Sleater-Kinney y La Buena Vida.