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Carlos Benito

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Invitación a la humildad

Una de las mejores cosas de Internet es que supone una invitación constante a la humildad. El internauta pone a prueba, día tras día, su orgullo e incluso su autoestima. Antes era distinto: uno podía vivir convencido, por ejemplo, de su gran talento literario, atesorado en cientos de folios y decenas de cuentos inconclusos que nadie había leído jamás. Vale, el escritor pagado de sí mismo leía a otros, pero se trataba de individuos lejanos y borrosos que ya habían superado la frontera de la edición para ingresar en otro mundo, así que podía seguir considerándose el mejor de los aspirantes. Ahora, uno se encuentra por la red cosas como ésta, libres de la pomposidad del papel, y sabe que nunca logrará combinar con tanto éxito frescura, profundidad y ausencia de pedantería. Y o se muere de envidia, o se quita el sombrero, o escurre el bulto recomendándolo con un link a la vez resignado y entusiasta.

Con la música sucede algo parecido. Antes uno se podía creer el listo del barrio porque conocía a los Cocteau Twins y tenía un maxi de Liaisons Dangereuses. Ahora echas un vistazo a la carpeta de algunos usuarios del Soulseek y te preguntas a qué has dedicado los últimos veinte años mientras creías escuchar música. Tengo ante mí, por ejemplo, la espeluznante lista de discos compartidos por un sujeto con el nick [LT]odium y les voy a copiar, como muestra, sólo los grupos que empiezan por zeta, que no es la letra más rockera del alfabeto: Zarach Baal Tharagh, Zarathustra, Zwenz, Zwietracht, Zalvarinis, Zeraphine, Zahrim (en la foto), Zyklon, Zargof, Zmrok, Zpoan Vtenz, Zimbabwe y Zas. No, no tiene a ZZ Top, ni a Zwan, ni a Zucchero, porque este tío es un especialista dedicado sólo al metal extremo y oscuro. Similares niveles de erudición, o de psicopatía, se pueden encontrar en cualquier campo: el coleccionismo de expendedores de Pez, las series de televisión de los sesenta, el aprendizaje del coreano, la fabricación de bolas de barro relucientes… Y el aficionado siente que le ponen en su lugar, a menos, claro, que realmente sea el mejor en algo, en cuyo caso seguro que ya tiene una web para humillar al resto del mundo.

Por Carlos Benito

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mayo 2006
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