¿Alguna vez se ha imaginado un montaje multimedia en lo alto de la cordillera del Himalaya, con música, luces y aromas? Supongo que le parecerá cosa de locos, pero un compositor ruso llamado Alexander Scriabin ya había diseñado algo así hace un siglo. Por supuesto, no llegó a verlo hecho realidad.
Scriabin era un creador genial a quien conviene despojar de unas cuantas cosas y quedarse solo con su obra. Seguidor de las doctrinas de la teosofía que en su tiempo causaron furor, con una capacidad para la sinestesia que le hacía ver las notas musicales con distintos colores, eterno buscador de nuevas formas y sensaciones hasta el extremo de estudiar de qué manera podían liberarse aromas en una sala de concierto a medida que avanzaba la interpretación de las piezas… Todo eso era este compositor ruso vinculado por lazos familiares a Mólotov, que dio nombre a eso que ustedes saben. Pero lo más importante es que se trata de un músico innovador y un gran pianista pese a tener unas manos muy pequeñas, que dejó un puñado de obras muy interesantes aunque no demasiado populares en el sur de Europa.
Les dejo una miniatura de enorme interés, creo yo. Se trata del Estudio op. 8 Nº 12, interpretado nada menos que por Vladimir Horowitz, ya octogenario en el momento de este recital.
Van a disfrutar mucho. Se lo aseguro.