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César Coca

Divergencias

Fin de legislatura: la gestión del ministro de Educación

 

Ángel Gabilondo ha demostrado algo que quizá no todos tuvieran muy claro: que ser una persona inteligente, preparada, con gran conocimiento del sector y experiencia en la gestión no garantiza ser un buen ministro. Gabilondo conoce como pocos la Universidad y su altura intelectual está fuera de toda duda. Y sin embargo el balance de su gestión al frente del Ministerio de Educación es de una pobreza llamativa.

Dos son los puntos negros básicos de su paso por la cartera: no ha afrontado la reforma educativa que este país necesita con urgencia y que todos los colectivos que integran el sector reclaman a voces y ha permitido que Bolonia se aplique en nuestras universidades de la peor forma posible, con una burocracia gigantesca y una rigidez que echa por tierra cualquier logro conseguido en otros apartados.

Es decir, Gabilondo deja la educación primaria, la secundaria y el Bachillerato en un proceso de deterioro avanzado (ya sé que parte de la culpa no es suya, sino de los gobiernos autonómicos) y la Universidad como la encontró o peor. La aplicación de Bolonia ha hecho que muchos buenos  profesores se vayan a casa antes de tiempo porque no están dispuestos a pasar lo que les quedaba de carrera rellenando papeles y cambiándolo todo para que todo siga igual; los alumnos viven desorientados y añorando algunos aspectos del modelo anterior; y los más entusiastas de la reforma son ahora sus más encendidos críticos. Ah, y la sensación general es que el listón de la exigencia ha descendido de forma drástica.

No ha tenido el ministro la misma contestación que su colega de Cultura, de la que hablaba en el post anterior. Simplemente se ha mantenido en un más que discreto segundo plano. Gabilondo no ha roto nada, es verdad. Para otros ministros (de este y de anteriores gobiernos) ya sería un logro digno de tener en cuenta. No para él. A quien llegó con su bagaje era de justicia pedirle mucho más.