El punto de partida de la última (en todos los sentidos, según ha anunciado) novela de Bernardo Atxaga es el de un simbólico silencio: un niño se niega a hablar después de haber vivido un episodio traumático en un colegio del País Vasco francés. El muchachito llega así a casa de unos familiares y allí traba amistad con dos hermanos gemelos. Juntos pescan en el río, juegan en el bosque y construyen el imaginario en el que luego transcurrirá su vida. O parte de ella.
En sucesivos capítulos encontraremos a esos personajes y a quienes los acompañaban en un pueblo de nombre imaginario (Ugarte) en la mili en los últimos tiempos del franquismo, en los años de plomo en los que la reconversión industrial y el terrorismo convirtieron algunas zonas de Euskadi en un infierno, y así hasta la actualidad.
Casas y tumbas es una novela en la que suceden pocas cosas (y casi todas en la segunda mitad), pero en la que el autor levanta a través de diálogos aparentemente triviales, miradas y rutinas un universo muy identificable. Un universo heredero del de Obabakoak, que luego se ha extendido a obras posteriores.
Al igual que en otros de sus trabajos de ficción, hay en este elementos sacados de su propia vida, como el mismo Atxaga explica en un epílogo con el que, en forma de alfabeto, cierra algunas historias secundarias de la trama. Y un aire familiar que todos sus lectores percibirán de inmediato.
(Publicado en elcorreo.com)