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César Coca

Divergencias

La puerta del camerino, siempre abierta (sobre el acoso sexual en las orquestas)

Hace apenas unas semanas, una joven empleada de una institución operística muy conocida, recién incorporada a su puesto, recibió un consejo: “Cuando tengas que ir al camerino a tratar algún asunto con el maestro o llevarle algo, vete con alguien o deja la puerta abierta”. En estos días también, un agente artístico no para de recomendar a los directores con los que trabaja que si una mujer (empleada de la orquesta, instrumentista, solista, admiradora…) va a visitarlos, no cierren la puerta del camerino bajo ningún concepto. La misma medida de precaución adoptada por las dos partes. Es la consecuencia del temor al poder omnímodo de los directores por un lado y a las denuncias que se están sucediendo en cadena por otro, en no pocos casos sin que haya procedimiento judicial alguno pero que terminan con el despido del denunciado. Como dice un promotor con larga experiencia en el sector, “también aquí se ha acabado con la presunción de inocencia. Y se juega con las palabras, porque, vamos a ver, ¿qué significa exactamente comportamiento inapropiado?”
El fulminante cese de Daniele Gatti como director de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam es solo el último episodio. Fue acusado de “conducta inapropiada” por varias instrumentistas, y ya está fuera de la orquesta. El músico italiano lo niega todo y hasta el momento no ha trascendido que se haya producido una denuncia judicial. Pero el juicio social –y el de los responsables de la Royal Concertgebouw– ya está hecho y el veredicto, dictado: culpable. Y, como explica el citado promotor, “si ha habido excesos en el pasado, deben pagar el precio debido. Pero una acusación de una conducta que no ha sido una violación ni nada que se le parezca, y que no ha sido probada, ¿es suficiente para terminar con una carrera?”
Este periódico ha hablado con promotores, agentes artísticos, responsables de orquestas, solistas, cantantes e instrumentistas (en estos dos últimos casos, mujeres). Todos han pedido no ser identificados en este reportaje porque el tema ha sido tabú hasta hace bien poco y aún hoy es considerado como “muy delicado”.
Todos también han coincidido en no pocos aspectos del diagnóstico. El primero: aun no siendo extraños los episodios de abusos, son muy minoritarios. Las cantantes e instrumentistas que han aceptado hablar aseguran no haberlos vivido en carne propia ni tener noticia de que hayan sucedido en su entorno más próximo, aunque son conscientes de que existen. Artistas, gestores y técnicos reconocen también con naturalidad que en la música hay mucho sexo… consentido. “La euforia tras una función muy exitosa, la adrenalina y, por qué no, la erótica del poder, la atracción que la figura de un director siempre tiene, lo propician”, explica un promotor. Otra cosa, matizan otros, es quién lleva la iniciativa y el mayor o menor entusiasmo con el que la otra persona acepta el encuentro.
El problema radica en que hay directores a quienes no les basta con su poder natural de seducción y se valen de la jerarquía. Ello es especialmente grave cuando las víctimas de su voracidad sexual son menores, como sucedió en el caso del británico Robert King, condenado a tres años y nueve meses de cárcel por abusar de niños. James Levine, todopoderoso responsable artístico del MET neoyorquino, ya había sido expulsado del Reino Unido por un episodio en un baño público pero cayó en desgracia tras la denuncia de tres hombres, referida a algo sucedido muchos años atrás, cuando eran adolescentes. El periodista y escritor Norman Lebrecht, quizá quien más ha investigado en este mundo, sostiene que la obsesión del director estadounidense por los menores era conocida por todos en la organización, pero nadie se atrevió a denunciarlo. Esa impunidad, reconoce un responsable de una orquesta, “ya se ha acabado”.
Un promotor muy experimentado se pregunta de forma retórica por qué las denuncias apuntan siempre a los grandes. “No aparecen acusaciones contra directores de segunda división”, reitera. Y un agente responde: “La explicación está en el dinero”. Lo que a todos inquieta es que esta oleada de denuncias podría no haber hecho más que empezar. “En muy poco tiempo, puede alcanzar a varios de los digamos seis últimos grandes directores carismáticos que quedan”, advierte un buen conocedor de ese mundo. El temor radica, añade, en que se ha llegado a un punto en el que la palabra de un director negándolo no vale nada frente a la de quien lo acuse aunque no exista prueba alguna; de ahí la recomendación de no cerrar nunca la puerta del camerino. Una precaución, por cierto, que es común en las universidades estadounidenses: desde hace al menos dos décadas los profesores reciben a sus alumnas en las tutorías de esa manera.

Temor por ambas partes. Y la seguridad casi absoluta de que tras la música clásica –y el cine, donde los abusos han sido de tal dimensión que antes de que llegaran las denuncias reales habían proliferado novelas y películas que los trataban con todo detalle– empezarán a conocerse casos en otras disciplinas artísticas. Uno de los entrevistados para este reportaje apunta hacia la danza –”aún no entiendo cómo no ha salido nada ahí”– y el teatro, actividades también muy jerarquizadas y en las que la figura del director está investida de un poder que parecía hacerlos inaccesibles.
¿Y la ópera? En el ámbito lírico, el poder lo encarnan en mayor medida el director artístico y el de escena, por encima del musical. Ahí, apuntan un par de entrevistados, todo son arenas movedizas. Una cantante lo explica de manera elíptica cuando asegura que, de existir casos de acoso –también en este ámbito son muy minoritarios, recuerda– ellas corren menos peligro que sus colegas masculinos. La razón la conocen todos quienes se dedican a ello porque no es ningún secreto: muchos de los responsables artísticos y escénicos de los teatros líricos son gays. Puede que las denuncias a figuras célebres tarden algo más en ver la luz, pero todos consideran que llegarán. Además de la de Levine, ya ha habido algunas más aunque no han afectado a nombres conocidos. De momento, las puertas de los camerinos van a estar abiertas.

 
“Ese instrumento que tiene entre las piernas”

Algunos de los más grandes directores de orquesta del último siglo han sido verdaderos depredadores sexuales. Los biógrafos de Wilhelm Fürtwangler aseguran que su secretaria le llevaba una mujer distinta al camerino antes de cada concierto. Al terminar muchas actuaciones, Leonard Bernstein besaba en la boca a los músicos de sus orquestas. También se sabe que se acostó con muchos de ellos, hombres y mujeres. A Otto Klemperer, el puñetazo de un espectador lo derribó justo al final de una salva de aplausos: era el esposo de una instrumentista con la que el director tenía un affaire. Malcolm Sargent prefería jugar fuera de su campo: su debilidad eran las esposas de sus colegas. También vivía al límite en cuanto al cumplimiento de la ley: a estas alturas se sabe que tuvo sus más y sus menos con una menor hija de un aristócrata amigo suyo.

Solti, Karajan, Maazel y unos cuantos más ejercieron de dueños de la música y del destino y las vidas de quienes estaban a su alrededor, incapaces de negarse a ninguno de sus deseos. En esa generación, lo que sucedía era conocido por quienes estaban más cerca de ellos, pero apenas trascendía. No ocurría igual con las grandes figuras de la primera mitad del siglo XX. Todo el mundo sabía que el volcánico Arturo Toscanini coleccionaba amantes, lo mismo entre las instrumentistas de su orquesta que entre las solistas y las cantantes invitadas. Una de esas artistas se refirió a él durante un ensayo como “Arturo”, a lo que le contestó, ante el centenar de músicos de la formación: “Arturo, en la cama. Aquí, Maestro”.
No era solo una cuestión de alcoba. Los directores también trataban a muchas mujeres de una forma que hoy sería inaceptable. El propio Toscanini se acercó una vez, de nuevo ante todos sus músicos, a una soprano de gran volumen físico que no acertaba a dar una nota y tocando uno de sus pechos dijo: “Si todo esto fuera cerebro…” Pero quizá la agresión verbal –jugando con el doble sentido– más llamativa fue una de Thomas Beecham, conocido por su lengua venenosa. A una violonchelista que no daba la talla durante un ensayo le dijo: “Tiene usted entre las piernas el instrumento más sensible conocido por el hombre, y lo único que sabe hacer es rascarlo”.

 

(Publicado en El Correo)