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César Coca

Divergencias

No diga Mozart, diga genio

El 10 de marzo de 1785, en el transcurso de una academia (una función para suscriptores) a la que se habían abonado alrededor de 150 amantes de la música, Mozart estrenó el Concierto para piano y orquesta Nº 21 K. 467. Una música alegre y vivaz, cuyo segundo movimiento es, a juicio del filósofo y estudioso de la música Eugenio Trías, una de las piezas más hermosas que se han escrito nunca. La más hermosa, incluso. En esa obra, como en tantas otras de un catálogo que resulta inacabable pese a que su autor murió con solo 35 años, hay tanta belleza que parece imposible que fuera concebida por un solo ser humano. Y hay algo aún más sorprendente: el concierto fue compuesto según algunos historiadores en una semana y terminado la noche anterior a su estreno.

Muy pocos músicos se pueden comparar en calidad con Mozart; ninguno lo puede hacer en cuanto a la velocidad con la que llevaba los frutos de su inspiración de la cabeza al papel pautado. El festival Musika-Música ofrecerá en esta edición un repaso a algunas de las obras más significativas de este genio absoluto.

La biografía de Mozart (Salzburgo 1756- Viena 1791) está marcada por un talento superlativo. Si Uderzo y Goscinny hubiesen sido austriacos, quizá habrían lanzado un cómic sobre un niño que al nacer se cae en la marmita del genio. No habría sido una exageración. Leer una biografía de Mozart es transitar por su vida en medio del asombro porque la enumeración de sus proezas sonaría a ficción si no estuviera sobradamente documentada: a los cuatro años tocaba con toda corrección el clavicordio y componía piezas que podrían esperarse de un dotado músico veinteañero; a los seis aprendió sin ayuda de nadie a tocar el violín y a partir de ahí no hubo instrumento que se le resistiera ni género en el que no brillara. Testimonios de la época revelan también que era un fantástico improvisador cuando se sentaba al clavicordio. Y las partituras originales que se conservan apenas tienen tachaduras. Es decir, la música salía de su cabeza tan perfecta que no necesitaba corregirla. ¿Ha habido alguien igual?

En la obra de Mozart está todo: la alegría desenfrenada y el drama, el lirismo más profundo y la farsa, el abismo y la fiesta, el carnaval y la muerte. También de todo hubo en su corta biografía: una infancia con juegos en las diligencias y los salones de los palacios, esperando a ser recibido por el noble de turno; el enfrentamiento con su padre y una tardía e insuficiente reconciliación; el éxito infantil y el ninguneo de la época adulta; una vida de lujo y la angustia de las deudas; el amor y las dudas; la admiración y el rencor.

La facilidad del salzburgués para la composición era tal que dominaba todos los secretos del éxito. En más de una carta a su padre le anuncia cómo serán las obras que piensa escribir para ganarse al público. El truco era sencillo para alguien como él: llegaba a una ciudad –pongamos Viena, que tanto amaba y que le dio la espalda tantas veces–, asistía a un concierto y prestaba atención a las obras y los fragmentos con los que el público mostraba un mayor entusiasmo. Y luego escribía sus propias partituras en ese estilo favorito de los aficionados.

El problema es que Mozart era un rebelde que no se resignaba a pasarse toda su vida componiendo lo que gustaba a un público al que en el fondo despreciaba por su escaso conocimiento. Si había dado un portazo al arzobispo Colloredo en Salzburgo, renunciando a la seguridad de un puesto fijo como músico de la catedral –para gran disgusto de su padre–, era improbable que limitara su actividad a componer para la aristocracia y la naciente burguesía centroeuropea.

Y así fue: durante un tiempo, sobre todo después de su matrimonio con Constance –la segunda opción, él en realidad estaba enamorado de su hermana Aloysia–, escribió obras que buscaban el éxito seguro y otras destinadas a ser interpretadas por él mismo, a veces como complemento de piezas más ligeras. Por las primeras, no pocos críticos o detractores –por extraño que parezca, los tiene– lo acusan de músico ‘comercial’. Lo era, pero quedarse solo con esa faceta es muy injusto.

El catálogo de su obra comprende 626 títulos. Para situarse en una dimensión más comprensible: si se interpretaran sus partituras una detrás de otra, sin interrupción ni descanso alguno entre ellas, serían precisos aproximadamente nueve días. Y se escucharía música de todos los géneros, porque Mozart se adentró en todos: misas y otras piezas para la iglesia de dimensiones y ambición diversas; óperas, arias y dúos de concierto; ballets; sinfonías, divertimentos y serenatas para orquesta; danzas y piezas para grupos de viento; obras concertantes para piano e instrumentos de cuerda y viento; música de cámara para las más diversas combinaciones; sonatas y piezas para piano y otros instrumentos; piezas para órgano, arpa y hasta armónica de cristal. Todos los instrumentistas tienen material para la interpretación y todos aman a Mozart. Solo los solistas del violonchelo se preguntan por qué compuso tan poco para ellos, y desde luego ninguna obra para solista con orquesta.

Ni siquiera la leyenda falta a su cita con el genio. La hay, y con versiones para todos los gustos, sobre su carácter de niño prodigio, su memoria prodigiosa –escribió la partitura del ‘Miserere’ de Allegri, unos doce minutos de música, habiéndolo escuchado una única vez–, su oído absoluto… Y la hay también sobre su muerte, aunque a estas alturas está del todo descartado que sufriera un envenenamiento o que tuviera alguna participación en ella Antonio Salieri. Hasta se ha aclarado que el encargo del Réquiem fue obra del conde Walsegg, que quería interpretarlo, como suyo, en un funeral por su esposa.

Esas leyendas –en algunos casos, corroboradas; en otros, pura fabulación– han servido para alimentar obras literarias, teatrales, musicales y cinematográficas en torno a su figura. La película Amadeus de Milos Forman sobre la obra teatral de Peter Shaffer es, pese a algunas notables desviaciones de la realidad, una buena manera de aproximarse a un personaje inacabable. Un filósofo escribió que la música de Bach nos hace llorar por el paraíso, pero la de Mozart nos traslada a él. No digan Mozart, digan genio.

(Publicado en Territorios, 26 de febrero de 2011)

Les dejo el segundo movimiento del Concierto para piano y orquesta Nº 21 interpretado por la inolvidable Alicia de Larrocha, junto a la English Chamber Orchestra dirigida por Colin Davis. Esta debe de ser la música que suena en el paraíso…

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