Lo leo en el siempre interesante artículo de Norman Lebrecht en la última página de la revista Scherzo: el sello discográfico Sony, que en su rama clásica lleva sumido en la oscuridad desde hace años, quiere renacer y ganarse un hueco en el mercado asiático. Para ello, ha fichado al pianista Lang Lang, que era una de las estrellas mayores de Deutsche Grammophon. A su vez, Emi ha contratado a Yundi Li, que también estaba en DG hasta que Lang Lang influyó para que rompieran su relación contractual.
En un momento de crisis discográfica, Sony ha pagado 3 millones de dólares a Lang Lang, cuenta Lebrecht, y cree que podrá rentabilizarlos quedándose con un buen bocado del mercado asiático. DG, para no perder su posición, quiere promocionar ahora al máximo a la jovencísima Yuja Wang, de la que ha publicado hace unos meses un disco (francamente bueno, por cierto).
Todos estos movimientos dan que pensar. Porque los tres pianistas chinos citados son buenos, muy buenos incluso. Pero no son Zimerman, Pollini, Argerich, Barenboim, Pires, Freire o Perahia. Quizá me acusen ustedes de dejarme llevar por la pasión local, pero les aseguro que Achúcarro tiene una forma de tocar más personal, hermosa y meditada que cualquiera de esos tres jóvenes valores. ¿Por qué los grandes fichajes los protagonizan hoy esos artistas jóvenes y no otros que, al menos en teoría, tendrían más cosas que decir? ¿Se está dejando llevar demasiado la clásica por la juventud y una agradable imagen física y está olvidando el fondo: la música? Juzguen ustedes mismos.