Maria Joao Pires vuelve a Bilbao. Un acontecimiento. Será el martes en el teatro Arriaga y la pianista portuguesa tendrá a su lado, en una parte del programa, al violonchelista Pavel Gomziakov.
Si pueden, no se lo pierdan porque seguro que será uno de los conciertos del año. Pires es una de esas artistas que pone alma a sus interpretaciones. Además, su mirada ha cambiado y se ha hecho aún más profunda desde que hace un par de años viera a la muerte de cara por un accidente cardiovascular. Su último disco, con las obras postreras de Chopin (y también Gomziakov de chelista a su lado), está dedicado a los especialistas del Hospital Universitario de Salamanca que la atendieron y le salvaron la vida.
He entrevistado en una ocasión a Maria Joao Pires y lo recuerdo como uno de esos momentos mágicos que los periodistas a veces tenemos la suerte de vivir. Recorrí media península en coche hasta llegar a la escuela que instaló en lo que era una antigua granja en Belgais (muy cerca de Castelo Branco, próximo a la frontera con España), que también era su hogar. La secretaria de la escuela me había conducido hasta allí por un camino forestal. Luego, ya en el salón de su casa-escuela, vi llegar a la pianista con una cesta de mimbre en la que llevaba unos tomates que había recogido del huerto.
La conversación fue una charla tranquila junto a la chimenea, sentados a una mesa sobre la que había varios libros de poetas españoles (recuerdo a García Lorca y Machado). Hablamos de música y religión, de política y arte. Durante la conversación cayó un enorme aguacero y tuvo incluso el detalle de sugerir que me quedara allí si pensaba que iba a tener dificultades para circular por aquellos caminos que se estaban poniendo imposibles por el barro con cada minuto de lluvia. Días después asistí a su concierto en Bilbao y pude oír una sonata Claro de luna verdaderamente fantástica.
Les dejo este vídeo para abrir boca.