
Muchos años atrás, escuché en un rincón de Praga a un cuarteto de cuerda que bordaba una obra de Beethoven. Luego he podido ver muchas estatuas vivientes, pintores de pavimento, músicos de todo pelaje y en otro contexto -el de las playas-, escultores en arena.
Pueden ser mejores o peores pero en bastantes casos (no en todos, algunos son muy malos incluso aunque tengamos el listón de la exigencia por los suelos) realizan su trabajo con gran dignidad. Y me surge la duda de si entre el éxito y el fracaso, entre la fama y el anonimato, a veces no hay más que una pequeña diferencia en cuanto a talento y una gran distancia en cuanto a suerte, contactos o capacidad de cada uno para vender lo suyo.