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Ausencias que son clamores

2012 enero 29
por IÑAKI CERRAJERIA

 

Mobiliario Urbano por Ángel Resa

No se trata de imitar a Sabina, que de las comparaciones acostumbra cualquiera a salir trasquilado. El poeta de asfalto bajo el sombrero de hongo escribió “Era un sitio con mar, una noche, después de un concierto”. Difícil superar tal enmarque de geografías, tiempos y estados de ánimo. Pero puede valer como esquema para explicar la anécdota de hace una década que define formas de pensar y desprecios. Era una mañana ventosa, a miles de metros de altura, metido el pasaje dentro de una nave zarandeada por los eructos potentes de Eolo.

El avión en el que viajaba quien suscribe por motivos laborales debía aterrizar en la pista de Loiu, hondonada entre montes con vistas al camposanto de Derio, terminal de demanda elevada y sólidos apoyos públicos. Pero el aire adoptó ínfulas de huracán y el comandante escuchó las recomendaciones de los controladores, gremio tan bien retribuido como antipático para los pasajeros varados en tierra. La orden no admitía debate: el aparato tendría que aterrizar en la explanada vasta de Foronda, mucho menos expuesta a los violentos embates del vendaval. Se oyeron imprecaciones propias del fastidio. Después, el silencio que acompaña a la resignación. Ya sobre Vitoria, a vista de pájaro en un mediodía limpio, una mujer se dirigió a su pareja: “Mira, Patatolandia”.

Parece casi incuestionable que nuestra sociología se ha alimentado tradicionalmente con algunas cucharadas de victimismo. Padecemos cierto complejo de inferioridad al que reaccionamos con agravios territoriales, en parte justificados y otros francamente gratuitos. Pero también entendemos que a él contribuyen desdenes ajenos, hechos constatables. Y en apenas una semana se han agolpado dos cuestiones que cimentan nuestro sentimiento de territorio menor, de vagón prescindible en el engranaje del convoy.

El primero alquiló como escenario la capital de la villa y corte, en concreto los pabellones donde Fitur mete bondades turísticas a martillazos sutiles por los ojos. Euskadi, como es natural, acudió a la segunda feria mundial más importante del sector con su propio decorado y continente. (Obsérvese el largo regate para sortear el anglicimo ‘stand’). Allí Bizkaia, Gipuzkoa y Álava vendieron sus productos, muy buenos todos por cierto, para qué nos vamos a engañar. Era el lugar idóneo y el momento adecuado donde y cuando proclamar a los cuatro puntos cardinales de Ifema nuestro reconocimiento internacional de que lavamos más verde que nadie.

Pero he ahí que Bilbao colocó su propio puesto, desde el que sus responsables políticos advirtieron de que todo turista venido por acá tiene como estribillo la capital vizcaína. “Sin mí no sois nada”, venía a decir El Botxo en relación a los territorios hermanos. ¿O hermanastros? El mismo día que leí la noticia escuché por la radio a la mujer encargada de promocionar esta jerarquía. No se cortó la melena para definir la villa de don Diego López de Haro como capital del universo conocido. Sonó al célebre chiste del que pide en la tienda un mapamundi de Bilbao. Los expertos reclaman ‘sinergias’ (qué horror de palabra) entre las tres capitales y una grita su diferencia.

Segundo asunto, la presentación en Bruselas del Hiriko. Nada menos que el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, ensalzó el minúsculo vehículo eléctrico que meterá los impuestos de la gasolina por el tubo de escape. Elogió el modelo alavés, coche plegable cuya carrocería incita a la ternura. La representación del Gobierno vasco en el acontecimiento se redujo a la presencia de un director. ¿Se imaginan el vehículo diminuto de nombre con fonética japonesa ‘made in Bizkaia’? Ya vemos al lehendakari a la vera de Barroso. Pues eso, que el victimismo nos puede venir de serie, pero hay quienes se encargan de nutrirlo. Y la victimitis, como el sufijo indica, es una inflamación. De unos órganos en el caso de los hombres; de otros, si hablamos de mujeres.

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