Hay algo que fue muy especial para casi todos los componente de esta campaña antártica de la que todavía no os he hablado. Si mi memoria no me falla, creo que este era el segundo año que realizaban algo similar y la verdad es que tuvo mucho éxito. Os estoy hablando de las videoconferencias que realizábamos con colegios de toda España. Durante esta campaña se han hecho exactamente 30 videoconferencias. Quizás el año que viene, alguno de vuestro hijos también puede participar en una experiencia tan positiva para todos.
Para nosotros, militares y científicos, que estábamos en la base era como un soplo de aire fresco, una inyección de energía positiva. Y supongo que para los niños con los que hablamos era algo exótico, y es que todos los días no se habla con la otra parte del mundo. Lo que más me gusta de los niños es lo impredecibles que son, esa espontaneidad que tienen que desgraciadamente perdemos con la edad la mayoría de nosotros.
Casi siempre realizábamos las videoconferencias a la hora del desayuno, las 9 para nosotros, pero la 13 del mediodía en España. Algunas veces teníamos que madrugar un poquito más, pero merecía la pena. Bea y Fer, los de comunicaciones, dejaban todo listo la noche anterior y utilizábamos todo el ancho de banda del que disponíamos para que tuviéramos los mínimos cortes posibles.
Comenzamos…
Antonio, el jefe de base, siempre hacía una pequeña introducción sobre nosotros y procedía a explicar dónde estaba la Isla Decepción, cómo era el viaje hasta llegar allí, hablaba sobre la fauna que tanto llama la atención… Y a continuación uno a uno íbamos explicando cuál era nuestra labor en la isla. Siempre había algún militar que contaba que vivíamos en una ciudad en miniatura y hablaba sobre el equipo humano. Los científicos hablábamos un poco sobre nuestros proyectos y dábamos paso a los niños y a sus preguntas.
Tuvimos de todo: grupos grandes y grupos multitudinarios, niños muy pequeñitos y otros más grandes…pero siempre, fuesen grandes o pequeños, siempre tenían alguna pregunta que nos hacía sonreír. Bien fuese porque se habían confundido un poquito o porque nos pillaban y ninguno de nosotros tenía respuesta. Fue una experiencia muy bonita, ya no sólo contestar las preguntas, sino sobre todo hacerles ver a los niños que dentro de unos años pueden estar ellos haciendo videoconferencias con otros colegios de España, animarles a estudiar y a inculcarles un poquito de amor por la ciencia.
A todos los niños, y no tan niños, con los que hicimos tantísimas videoconferencias a lo largo de la campaña me gustaría mandarles un beso muy grande.
Fue todo un placer hablaros sobre nuestro trabajo.
PD. Si os apetece, cuando empiece la nueva campaña podéis sugerirle al colegio de vuestros niños que organicen una videoconferencia, ¡seguro que no lo olvidan!
Una vez medio instalados en la rutina diaria, hay varias cosas que debemos hacer antes de dar por terminada la campaña antártica 2011-2012.
Lo primero que hay que hacer es redactar los informes finales. De esta tarea siempre se encarga el IP (Investigador Principal), pero nosotros que hemos estado en la isla debemos de facilitarle la tarea lo máximo posible. Nosotros, los de sísmica, como somos los últimos en llegar, tenemos algo menos de tiempo que el resto, pero al final siempre lo entregamos a tiempo. El informe final consta de varias cosas, en primer lugar debemos de describir todas las actividades que hemos llevado a cabo en la isla, es decir, si el día 4 de febrero fuimos a refugio chileno a cambiar baterías, eso debe de estar reflejado en el informe, es como si dijéramos un diario de campo en toda regla. Todas las incidencias, problemas que hemos tenido, ese es el lugar de presentarlas. Nosotros además debemos incluir un boletín sísmico donde viene recogida toda la actividad sísmica que ha habido durante la campaña, con la localización de aquellos terremotos si los hubiese habido. Yo aún no había llegado a la isla, pero el día 15 de enero hubo un terremoto de una magnitud de 6.6 en Isla Elefenta, en la Antártida, nuestros sismómetros lo registraron, aunque no fue sentido, y eso también hay que incluirlo en el informe. Este año también hemos tenido que añadir todo relacionado con la estación a la que accedíamos mediante un terminal satélite: el montaje y la instalación, la ubicación del sensor, las placas solares…
La UTM (Unidad Tecnológica Marina) tiene un gran almacén en Cartagena, ya que es allí donde atracan nuestros buques oceanográficos cuando regresan de la Antártida. Allí nos guardan los equipos y tenemos que ir a por ellos. Alfonso, José Ángel y yo fuimos a recogerlos precisamente el jueves pasado, ¡toda una aventura! Ir en una furgoneta gigante y que tus compis desayunen caracoles picantes a las 10.30 de la mañana, ¡no tiene precio! Yo fui más tradicional y me comí mi tostada con zumo de naranja…
Una vez que tenemos los equipos debemos de deshacer las cajas y volver a hacer un nuevo inventario. Es como una mudanza, ¡una mudanza que empezó en la Antártida! Tenemos que comprobar que todo ha llegado bien, lo primero, y que todos los bultos que embarcamos, los tenemos. Lo primero que sacamos son las bases de datos y los ordenadores. El Comité Polar Español nos exige que junto con el informe adjuntemos los datos que hemos obtenido durante la campaña. Y después el vaciado de las cajas es poquito a poco: por una parte separamos los equipos para que sean revisados por nuestro técnico, separamos las cajas de herramientas y vemos que necesitamos para el año que viene, completamos los repuestos que teníamos de las estaciones,… Todo esto se alarga prácticamente hasta el inicio de la próxima campaña, hasta el día antes de volver a embarcar todo en Las Palmas para que vuelva a la Antártida, es verdaderamente un trabajo bastante tedioso.
¿Pensabais que aquí acaba todo?
El día 4 tuvimos la reunión de final de campaña en Madrid y ahí sí, ahí le dije el adiós definitivo a la campaña antártica 2011-2012 y le pasé el relevo a mis compañeros del año que viene, pero eso: ¡¡ya os lo contaré!!
Aprovechando que estos días parece que ha vuelto el invierno con tanto frío y tanta lluvia, yo os voy a trasladar a Iguazú, al calorcito, casi hasta los 40ºC…¡casi nada!
Tengo que confesaros que mi viaje a Iguazú no comenzó muy bien. Había un novato en la recepción del hotel que olvidó decirme que el guía contactó con el hotel para que me informaran de que pasaría a recogerme a las 9.30 de la mañana. Así que como no sabía a qué hora pasarían a recogerme, me tuve que levantar a las 5 de la mañana, que eran las 9 de la mañana en España, para contactar con mi agencia para que me diera el nombre de la agencia con la que hacía el viaje e intentar localizar al guía. Al final todo se resolvió y pude visitar las cataratas, ¡menos mal! Aunque bueno, si mi guía no aparecía tenía un plan B que era coger un autobús urbano que me dejaba en el mismo parque…
Así que después de respirar hondo durante un buen rato me monté en el coche con mi guía (sí, tenía un guía para mi sola, porque yo lo valgo, jeje). Nos fuimos a visitar el lado argentino de las cataratas de Iguazú. Antes de nada deciros que no penséis que iba aún con mis botas de monte y mi cortavientos rojo que de tanto frío me ha salvado en la Antártida, ¡nooooo! Metí en la maleta unas sandalias y unos pantalones cortos que me salvaron de morir achicharra en Iguazú, ¡menos mal!
El parque es espectacular. Yo que había estado durante casi dos meses sin apenas ver un árbol, meterme de repente en la selva, eso sí que fue un cambio radical… En el parque existen dos trenecitos que te llevan desde la entrada al parque a la zona de las cataratas y otro que te lleva a la garganta del diablo. Evitamos el primer tren y fuimos por una senda por mitad de la selva que la verdad mereció mucho la pena y luego cogimos el tren a la garganta, que ese sí que es imprescindible. Tuvimos que pasar por varias pasarelas de metal antes de llegar, mientras nos cruzábamos con gente que venía empapada. ¡Qué raro! ¿Se habrán dado un baño? No, bueno sí… No literalmente pero es tal el volumen de agua que tiene la garganta del diablo, que con un poco de aire que se levante…acabas empapado tú y tu cámara, ¡doy fe! No tengo palabras para describir ese salto de agua, es de verdad una garganta, una garganta de un gigante bebiendo agua, o algo así…algo espectacular. Saqué un montón de fotos, porque en ninguna me salía la garganta entera, si hay algo que la define es que es impresionante.
Después de ver la garganta volvimos a coger el tren y fuimos a ver los demás saltos. Que si os digo la verdad, hubiera preferido ver los saltos antes, porque ahora todos me parecían chiquititos… Pero la verdad es que el paisaje es impresionante también. La única parte del parque que no visitamos fue una isla que hay en mitad del río. Era un poco rollo porque había que coger una zodiac, después subir un montón de escaleras y únicamente se veía el salto San Martín, aunque seguro que por las fotos que he visto, merece mucho la pena.
Me quedó por ver la parte brasileña de las cataratas de Iguazú, pero…
¡lo dejamos para el próximo viaje!
Justo hoy hace un mes que regresé del continente helado. Atrás dejé Isla Decepción, los pingüinos barbijo que nos visitaban a la hora del desayuno y los lobos marinos que nadaban con nosotros mientras íbamos en la zodiac. Un mes que me ha servido para darme cuenta de dónde he estado, lo afortunada que he sido y hacer una recopilación de todo lo vivido.
Cómo ya sabeis cerramos la base el día 2 de marzo, nuestra base a diferencia de otras que se encuentran en el continente antártico sólo está abierta durante el verano austral. Este año ha estado abierta desde el 23 de noviembre hasta el 2 de marzo. ¡Casi nada!
Después de cerrar nuestra base y a bordo del BIO Las Palmas nos fuimos a la Isla Livingston, ya que teníamos que colaborar en las tareas de cierre de la otra base española: Juan Carlos I. Y una vez terminamos allí nos fuimos… ¡Al continente! Sí, sí… ¡Otra vez! La verdad es que si ir al continente antártico es una suerte, poder ir dos veces es algo que jamás hubiera imaginado. Además tuve la suerte de poder visitar bases diferentes a las de la primera vez, así que volvió a ser una experiencia genial. Pero eso ya os lo contaré más adelante…
Lo único malo que tuvo este viaje por el sur es que me resfrié y no pude disfrutar del todo del viaje. Además me quedé afónica así que no podía ni hablar, ni gritar, ni nada, ¡con lo que yo hablo! Pero bueno, fue una cosa insignificante y aproveché los días que pasamos en Ushuaia para recuperarme. Y de Ushuaia me fui a Iguazú, al calorcito. Pase de estar a bajo cero a 38ºC, ¡qué calor! La verdad que fue un cambio radical, pero por visitar las cataratas de Iguazú, mereció la pena. ¡Ya os contaré!
Y el día 14 de marzo muy muy a mi pesar embarqué en el vuelo Buenos Aires – Madrid, que me trajo de vuelta a casa…
PD. Os dejo una foto de la base ucraniana Verdansky, la más austral de todas las que hemos visitado: ¡65º 15′ S!
En el post de presentación, os hablé de que mi tarea aquí en Isla Decepción era establecer el semáforo volcánico. ¿Por qué? Pues porque esta isla es uno de los principales focos volcánicos de la Antártida. Y, durante los meses en que hay gente aquí -desde finales de noviembre a principios de marzo, entre personal científico y turistas que vienen en cruceros- es importante saber si en algún momento el volcán podría despertar. Os voy a explicar cómo lo hacemos el doctor Alfonso Ontiveros, profesor de la Universidad de Jaén e investigador principal del proyecto, y yo.
Las actividades de la jornada las organizamos el día anterior en una reunión que tenemos con el Jefe de la base. Como yo soy la que me quedo hasta el cierre de la campaña, decidimos que yo participaría en esta reuniones como “responsable” del grupo. Lo primero que hago es mirar el calendario para ver si tenemos un cambio de baterías programado (cambiamos baterías cada 4 días) y se lo comunico al jefe de la base.
Después de desayunar vamos al módulo científico, miramos el ordenador donde recibimos los datos en tiempo real (es el único de la base que permanece 24 h encendido, para que, en caso de que se produzca un terremoto, dirigirnos allí cuanto antes). Si hay alguna estación caída, es decir, de la que no recibimos datos en tiempo real, primero reiniciamos el programa, por si hubiera habido algún fallo. Si sigue sin funcionar, interrogamos la estación, y, si tampoco responde, posiblemente es que se han agotado las baterías. Si teníamos pendiente hacer la ruta de las estaciones para el cambio de las baterías, no hay problema. Si no, se lo comunicamos al jefe para poder embarcarnos en alguna zodiac para hacer el cambio. Las actividades en zodiac o a pie nos llevan casi toda la mañana.
Si todo está tranquilo y no tenemos que salir siempre hay cosas que hacer por la base: como por ejemplo, la preparación de una estación que vamos a dejar aquí en el invierno y que vamos a poder interrogarla mediante satélite o sino, ahora que se acerca el final de la campaña, tenemos que ir organizando el material.
Normalmente realizamos el conteo de eventos para establecer el semáforo volcánico a las 18 horas, antes de la reunión, y analizamos las últimas 24 h, es decir, desde las 19.00 horas del día anterior a las 18.59 del día presente. Dependiendo de la cantidad, tipo y localización de eventos establecemos el semáforo volcánico. Si todo está bien, marcamos el verde. Si está en rojo, es decir, si se registra tanta actividad que indica que el volcán va a entrar en erupción, habría que evacuar la base. Si está en naranja, los científicos y el jefe de la base deciden qué hacer. Por suerte, durante toda esta campaña, ¡no hemos cambiado el color verde!
En ocasiones, cuando no tenemos que revisar material y/o hay eventos que requieren un seguimiento mayor, antes de comer solemos hacer un conteo de 12 horas más o menos, para saber si ha habido alguna evolución. De igual manera, a veces, encontramos algunos eventos que tenemos que procesar para saber si tienen alguna importancia o no. Por ejemplo, el otro día registrado un evento que debido al ruido no sabíamos muy bien lo que era y tuve que analizarlo y realizarle el espectrograma para saber qué era. Este procesado lo hacemos o por la mañana si tenemos tiempo o sino por la tarde antes de realizar el conteo.
A las 20.15 tenemos la reunión con el jefe de la base. En esta reunión todos los proyectos informamos al jefe de la evolución de nuestros proyectos y, como os decía al principio, si necesitamos algún apoyo para el día siguiente, como la zodiac, por ejemplo. Media hora después se reúnen los militares con el mismo objetivo y una vez que terminen, cenamos.
Un poquito más tarde nos vamos a dormir… Creo que todos dormimos del tirón hasta que a las 8.00 suena la música que han elegido las ‘Marías’ ese día y vuelta a empezar…
Ya os comenté en el post sobre el Ejército de Tierra, que gestiona la base científica Gabriel de Castilla en Isla Decepción, que, entre todas sus tareas, está la de prepararnos la comida a todos los que allí vivimos, científicos y militares. Los cocineros, como ya os comenté, son David y Mari, y les ayudan las dos personas a los que cada día les toca las tareas de la casa, a los que llamamos ‘Marías’.
Como creo que os podréis imaginas, desgraciadamente hay muy pocos productos que puedan ser frescos, más allá de la fruta y alguna verdura. Carne y pescado tienen que estar congelados para que aguanten, y hemos de ir con mucho ojo con los productos con fecha de caducidad, como por ejemplo los yogures.
Sin embargo, no hemos tenido ninguna limitación a la hora de comer. Cada vez que llega el buque oceánico ‘Las Palmas’ nos trae productos para llenar la nevera. Cuando los frescos se acaban, y pasamos días sin poder tomar una ensalada, por ejemplo, la echamos de menos, pero para hacerlo más llevable, disponemos de las manos de David y Mari, ¡¡que son unos artistas y nos han cuidado mucho!!
Os he estado hablando desde la primera entrada del blog que el objetivo principal de nuestro proyecto es la vigilancia sismovolcánica del volcán, porque como ya os he contado muchas veces, Isla Decepción no es más que la parte emergida de la caldera de un volcán.
Para poder establecer ese semáforo necesitamos “escuchar al volcán”. Los ruidos que se producen en el volcán, ya sea por pequeñas fracturas, o las vibraciones que se producen cuando un gas viaja a través de un conducto, que no son perceptibles para el oído humano, pero sí lo perciben nuestros sensores: los sismómetros. Para lograr esta monitorización de la actividad sísmica tenemos una red formada por 4 estaciones sísmicas desplegados por la isla: en colina sísmica, en obsidianas, en cráteres del 70 y en refugio chileno. Estas estaciones están enlazadas vía wifi con un ordenador en el que se visualizan los diferentes eventos que se producen en tiempo real lo que se registra en cada estación, para en caso de terremoto acudir allí rápidamente y ver qué ha ocurrido.
A última hora de la tarde y antes de la reunión con el jefe de la base, nos descargamos los datos que han ido registrando las estaciones en las últimas 24 horas y realizamos el “conteo”. Lo llamamos así porque “contamos” cuántos eventos han ocurrido en estas 24 horas. Tras el conteo y la evaluación de los mismos y el análisis de estos resultados se determina el color del semáforo volcánico. El color del semáforo indica precisamente el nivel de alerta al que nos enfrentamos.
Como veis el semáforo es una herramienta con la que asesoramos al jefe de la base diariamente sobre el nivel de emergencia volcánica. Si todo sigue con luz verde, como ha ocurrido durante toda la campaña, podemos realizar nuestras actividades con normalidad. Pero en caso de encontrarnos en otra situación de alerta o de riesgo, el jefe de la base evalúa la situación y en caso necesario, pone en marcha el plan de emergencia volcánica que tiene como objetivo evacuar la isla eligiendo la ruta de evacuación y el campamento temporal más adecuado en función de la situación del volcán, el lugar de la erupción y la deriva de la nube de cenizas si existiese. Esta ruta de evacuación se decide con el responsable de montaña, el Cap. Barba, quien además nos repartiría una mochila de supervivencia a cada uno, con ración de comida para 3 días, un saco de dormir, una tienda de campaña… A la espera de que algún barco pueda venir a rescatarnos.
Pero como os he dicho, al volcán no se le han subido los “colores” en toda la campaña.
Cómo sabéis yo llegué a la isla la madrugada del 19 al 20 de enero a bordo del BIO Hespérides. Llegué a mitad de campaña porque veníamos a relevar al Dr. José Antonio Peña y la Dra. Teresa Teixidó, que habían estado realizando la vigilancia sismovolcánica durante la primera mitad de la campaña. Ellos fueron los que “abrieron” la base e hicieron algo de suma importancia que es el protocolo de apertura.
Todo comienza con un reconocimiento visual desde el barco. El barco da una vuelta a la isla y se comprueba que no existe ninguna evidencia de que el volcán esté en erupción (fumarolas, columnas de ceniza, fuentes de lava…). Una vez que se comprueba esto, se procede al desembarco de los responsables de sísmica y al jefe de base y a otro militar de apoyo para establecer el primer semáforo volcánico. Para obtener información suficiente para dar este primer semáforo se realizan dos acciones: por una parte se instala una estación sísmica para tener un registro de la isla en tiempo real y por otra, se descargan los datos de la estación permanente, aproximadamente del último mes y se procesan para ver que ha ocurrido en este tiempo y saber si hay un incremento de actividad sismovolcánica.
Entonces, una vez que se tienen todos los registros, el actual y el del último mes, se establece el semáforo. Si está verde, si hay luz verde, se procede al desembarco de todo el personal, del material y se comienza a abrir la base.
Lo mismo pasa al final de la campaña, por eso debe de quedar como mínimo un responsable de sísmica y por eso me he quedado yo hasta el final de la campaña. Si los registros sísmicos son normales, no hay problema. Pero si comienza a haber una reactivación del sistema, si el número de eventos aumenta o empiezan a haber signos de una posible erupción, debería de comunicárselo al jefe de la base para que adelantásemos el cierre de la base o, en el peor de los casos, empezásemos a pensar en una evacuación.
Este año y por primera vez (y yo como responsable del cierre de la base también tengo este objetivo) se va a dejar una estación sísmica durante el invierno y estará conectada vía satélite. La idea es que la estación “se despierte” unos días antes de la apertura de la base. Mediante satélite se conectará con la estación y se observará en tiempo real el registro, es decir, lo que está pasando en la isla. Así, días antes de la apertura sabremos cuál es el estado del volcán, lo cual supone un gran adelanto a la hora de la apertura de la base y por supuesto, es una medida de seguridad. Este año es el primero, así que aún estamos en fase de prueba, veremos a ver si funciona. Ahora mismo no es factible una estación que registre y se pueda interrogar a tiempo real porque no hay manera de alimentarla.
Yo ya me estoy despidiendo de la base Gabriel de Castilla… En unas horas acabará mi aventura en la Antártida, pero os seguiré contando cómo ha sido esta gran experiencia que nunca podré olvidar.
Os decía hace unos días que uno de los días más especiales fue cuando visité la pingüinera de Morro Bailey. Y no puedo pasar por alto explicaros lo que sucedió al día siguiente, algo que, sin duda, nunca podré olvidar. Y es que el 27 de enero… ¡Cumplí 27 años en la Antártida! Tuve que madrugar, tuve que trabajar, fue un día como otro cualquiera, pero el hecho de pasarlo en la Antártida, ese simple hecho, ya lo hacía especial. Podría parecer un día duro, pasar el día de mi cumpleaños sin mis aitas, sin Sergio… En otras circunstancias seguro lo hubiera sido, pero no aquí.
Me despertaron con el cumpleaños feliz de Parchís a todo volumen (¡gracias a las Marías!) y mis compañeras de habitación empezaron a gritarme ¡Feliz cumpleaños! Siguieron haciéndolo en el baño, en el comedor, en el módulo científico… Ese día cada vez que me cruzaba con alguien: ¡Feliz cumpleaños, Janire! Y a la hora de comer, sin que yo me esperase nada vino la gran sorpresa… Mari, la cocinera me había preparado una tarta gigante por mi cumpleaños. La tarta era verde, como si fuera hierba y encima tenía un volcán riquísimo de flan y chocolate. Además con la ayuda de Bea habían hecho una ‘mini Janire pingüina’, ¡hasta una estación sísmica!
Fue increíble, un gran detalle de parte de todos. Pero no quedó ahí la cosa. El jefe de base, en nombre de todos los participantes de la campaña, me regaló un reloj precioso con el símbolo de la base. Sin duda, ocupará un lugar especial en cuanto llegue a casa. El día 27 también ocupará un lugar especial en mi corazón a partir de ahora.
Hoy os quiero explicar cómo son las instalaciones de la base Gabriel de Castilla, una de las dos bases científicas que existen en Isla Decepción. ¿A que es bonita esta imagen? La ha tomado Eduardo, el ‘Doc’ de la expedición y que cómo podéis observar se ha convertido en el fotógrafo oficial de la campaña.
Como podéis ver, la imagen está formada por una docena de módulos. Los que más utilizamos son el de vida, el dormitorio y el científico. En el módulo de vida convivimos: ahí desayunamos, comemos y cenamos todos juntos, y hacemos vida. Normalmente la cena suele ser más relajada, ha terminado la jornada de trabajo y estamos más relajados, aunque muchas son las noches que tenemos que volver al módulo científico para terminar un trabajo o para preparar algo para el día siguiente. Entonces, en aquellos días que tenemos todo preparado y nos sobra un poco de tiempo antes de irnos a dormir, ponemos una película. Tengo que reconoceros que apenas hemos puesto 3 o 4 películas, porque casi no nos queda tiempo libre y, a veces, si nos queda preferimos irnos a descansar a la cama. Aún así y sobre todo los sábados, como los domingos nos levantamos un poquito más tarde, solemos hacer alguna actividad más lúdica, como organizar un campeonato de futbolín, de mus, de karaoke… Yo no estaba aquí pero el día de Reyes, ¡organizaron una cabalgata! Cualquier cosa, por pequeña que sea, sirve para salir de la rutina y la verdad que es una inyección de aire fresco que nos ayuda a todos a olvidarnos del trabajo.
En el módulo dormitorio comparto habitación con otras 3 chicas más. En la habitación tenemos 2 literas y además tenemos un armario pequeño para cada una, con un perchero y un montón de baldas para poner todas nuestras cosas. En el mismo módulo dormitorio tenemos 5 baños y 4 duchas y son indistintamente para hombres y para mujeres. Además, cerca del módulo científico hay tres iglús amarillos, y dos de ellos los han habilitado para que sean dormitorios. Tenemos agua caliente durante todo el día. Eso sí, cómo el calentamiento del agua tiene un coste energético tan alto, nos piden que nos demos duchas rápidas y que aproximadamente nos duchemos una vez cada dos días. Pero es muy flexible, los buceadores por ejemplo, siempre pueden ducharse después de una inmersión y hay gente que se ducha todas las mañanas porque si no, no se despiertan del todo, no tenemos verdaderos problemas.
Esos son los módulos que más utilizamos, pero en realidad hay muchos más. Tenemos una incineradora, donde Aitor, el veterinario, incinera todo el material orgánico y el papel y el cartón, y varios contenedores donde guardar los residuos, ya que, quitando los que incineramos, los demás vuelven a salir tal y como han entrado. También disponemos de un ‘mercadona’, el almacén de comida, y un ‘chino’, donde tenemos de todo un poco. Tenemos también un contenedor congelador, donde a parte de congelar la comida, muchos proyectos congelan allí sus muestras, y en otro módulo guardamos todas las cosas relacionadas con la navegación y los trajes viking. Tenemos una enfermería, hogar del ‘Doc’. No me puedo olvidar del taller, con todas las herramientas que puedas imaginar y tampoco del gimnasio.
¡Como una ciudad en miniatura!





















