Durante años, las autoridades sanitarias y los nutricionistas nos han animado a consumir pescado por los efectos beneficiosos para la salud que tienen los ácidos grasos poliinsaturados llamados PUFA y más conocidos como omega-3. Según ha revisado John Stanley, del Colegio de la Trinidad de Oxford, los estudios con ingestión de omega-3 son de los pocos que, en nutrición, permiten asegurar una relación directa de la dieta con las enfermedades cardiovasculares. En el seguimiento de 2033 hombres en Gales, menores de 70 años y no diabéticos, que se recuperan de un infarto de miocardio y a los que se divide en grupos que toman grasas, omega-3 o cereal integral, se encuentra, al cabo de dos años, que el número de muertos es menor en el grupo que toma omega-3 (94 frente a 130) y que las muertes por infarto también son menos (78 frente a 116). Por tanto, las grasas omega-3 ayudan a la recuperación del infarto de miocardio. Y no es un resultado estadístico, de relación entre ingesta de pescado y enfermedad cardiovascular; es un experimento directo que dura dos años. Otros trabajos similares en Japón e Italia dan resultados semejantes.
En su revisión, Stanley asegura que se debería tomar un gramo por día de grasas omega-3, y mejor por consumo de pescado mejor que por suplementos indirectos. Pero añade un problema inesperado, pues con todos los que somos y con la cantidad de personas con problemas cardiacos, los cada más decrecientes stocks de pescado en las pesquerías dificilmente van a soportar la creciente presión para un mayor consumo. Por ejemplo, estamos en medio de una crisis de la pesquería del atún rojo del Mediterráneo que es, por otra parte, uno de los que más concentración de omega-3 tiene.
David Jenkins y su grupo, de la Universidad de Toronto, y según su revisión se sigue promoviendo el consumo de pescado a pesar de que, con un mayor esfuerzo, la pesca ha disminuido desde 1950, el número de pesquerías que han colapsado también ha aumentado y, en este momento, hay más de 100 casos de extinción. Quizá la acuicultura sea una solución. Además, hay que tener en cuenta que los peces que comemos son, en su mayoría, carnívoros y, por tanto, al final de la cadena trófica y por ello acumulan contaminantes, sobre todo metales pesados, PCBs y dioxinas. Jenkins propone como alternativas el cultivo de algunas algas que producen omega-3 o el desarrollo de plantas y levaduras modificadas genéticamente que sinteticen igualmente omega-3.
En resumen, las grasas omega-3 son beneficiosas para la salud pero, quizá, su consumo no sea sostenible al provenir de pesquerías en peligro de extinción.
*Jenkins, D.J.A., J.L. Sievenpiper, D. Pauli, U.R. Sumaila, C.W.C. Kendall & F.M. Mowat. 2009. Are dietary recommendations for the use of fish oils sustainable? Canadian Medical Association Journal 180: 633-637.
*Stanley, J. 2010. How good is the evidence for a favourable effect of very long chain n-3 polyunsaturated fatty acids on cardiovascular disease? Lipid Technology 22: 62-64.