¿Cuál es el fundamento común de lo incondicionalmente respetable en la vida de los humanos? Algo así nos preguntábamos en la típica tertulia navideña. Típica por decir algo, pues no pocos me dirán que de típica, nada. La dignidad, he ahí lo que es incondicional en cada uno; ahora bien, siendo la misma en lo demás, no lo es en solitario, sino como dignidad con otros, y por tanto, como libertad condicionada por la de ellos; ellos tienen que poder hacer lo mismo, y en lo concreto, esto supone renuncias.
Bajo el mismo punto de vista, en lo que haces, como en lo que renuncias, para que los demás hagan lo suyo, tienes que tener claro por qué debes actuar así. No es porque sí, ni por pragmatismo, ni por miedo a ellos, sino ante todo por respeto a tu dignidad; tú no aceptas perder tus derechos legítimos, ni tampoco quieres apropiarte de los derechos de los otros. Ya tengo una referencia incondicional, y una razón convincente: tenemos la misma dignidad, la debo respetar en todos, exijo la mía, la respeto al tratarme y tratarlos, y apelo a que somos personas y no cosas sustituibles, etc.
De esa dignidad arrancan los derechos y deberes de todos, y especialmente los de las víctimas, y concretarlos en sus exigencias es la tarea común. Por eso defiendo hace tiempo que la ética es relativa a la dignidad de la persona, – y hay que concretar sus exigencias entre todos -, y no directamente relativa a Dios. No se puede ir a Dios, los que creemos, por atajos que ignoren la razón común y la moral civil. Esto es lo común y de todos, inteligible para todos. Y luego, quien llegue a Dios, dirá qué significados nuevos halla en esa fe, pero no qué normas nuevas; si encuentra normas nuevas, o son de ética, y por tanto, comunes y también de razón, o no son exigencias morales, sino de perfección religiosa o de ordenación eclesial. Es otro nivel; no es el moral (universal), sino el religioso o de otra cosmovisión.
Que la ética humanista no es objeto común de nuestra práctica histórica, eso ya lo sé, pero la cuestión es si cuenta con razones de peso extraordinario para que su postulado básico, “el ser humano es persona con dignidad incondicional, en cualquier lugar y cultura”, sea irrenunciable siempre; con todas las modulaciones que se quiera, pero, al final, nunca se puede negar que los seres humanos, hombres y mujeres, tenemos la misma dignidad, y, por tanto, que nadie puede ser tratado o pensado como un ser inferior a otros en dignidad, o como “medio” y “cosa”. Esto no cambia el mundo, ya y aquí, pero sabemos dónde está el límite de lo intolerable en cualquier lugar e ideología. Este es su valor. Y creo que es un principio ético irrenunciable. Puede traducirse a “libera al empobrecido” en las éticas de la liberación, pero en cuanto al porqué tiene detrás lo mismo.
Entiendo que de lo que digo, y pensando en las sociedades complejas y multiculturales, se puede deslizar uno a la conciencia moral “superior”, la que lo sabe todo para todos, y antes que ellos, lo cual es falso; pero la salida no es negar una ética de fundamento universal en su referencia primera, sino cuestionar a quienes se la apropian y se creen con derecho a traducir esa referencia primordial en concreciones evidentes, aquí y allá, pensando que gozan de un privilegio divino en la filosofía moral natural y en la vida civil. Yo creo que no habría que confundir el mal uso de algo por muchos, con negar ese algo primordial y común: tratarás siempre al otro como una persona con dignidad igual y así respetarás la tuya y tendrás derecho a exigirlo de otros. Como he dicho antes, concretar este valor incondicional en sus exigencias cotidianas, ésa es la tarea común en las sociedades libres. Paz y bien.