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De la Eucaristía en cristiano: un apunte

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“Compartir el pan de la eucaristía es un signo que llama a compartir los bienes de la tierra y tus propios bienes esta Navidad”. Por supuesto, y como es sabido, en esta “idea” o convicción, Cáritas se hace eco de la Sacramentum caritatis (2007), de Benedicto XVI, cuando escribe que “la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse pan partido para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: dadles vosotros de comer, (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo” (n 88).

 

Su traducción concreta en vida personal, cada uno con otros debe arriesgarse en ello; y el modo, un discernimiento abierto a los más necesitados y excluidos; por tanto, un discernimiento atento a la repercusión social (¡estructural o política!) de nuestra vida y espiritualidad. Esa incidencia social tiene que ser reconocible a ojos de todos. No podemos participar del deseo de una tierra “sostenible” y, a la vez, de concepciones cerradamente localistas de los derechos y los deberes; o de formas de vida espiritual ingenuamente interiores al alma.

 

            A mí la Iglesia, a la pertenezco, me deja muy insatisfecho en sus prácticas sociales ante el mundo del desarrollismo economicista y plagado de exclusiones en que vivimos. Podemos ser muy austeros como personas, y representar, sin embargo, un discurso teológico y social desarrollista, el que confía en el crecimiento sin límites para salvar la distancia económica entre los pueblos o en la beneficencia para socorrer a los necesitados de ese camino. Podemos depender de espiritualidades tan ajenas al mundo social, en sus reglas y relaciones de injusticia y despilfarro, que sean no más que el incienso de una eterna adoración al “santísimo”. Digo, que podemos.  A mí me parece, en el caso de mi Iglesia, que sus palabras son demasiado formales casi siempre y que quedan lejos de unos compromisos serios con la justicia social y la “sostenibilidad” de la tierra y sus hijos; y así, la espiritualidad y la eucaristía sufren de una inconsistencia insuperable.

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