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	<title>La ilustraciónmelancolía &#8211; La ilustración</title>
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	<description>La actualidad en  una sonrisa.  Por Iñaki Cerrajería</description>
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		<title>El otoño de las castañas</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Sep 2011 08:52:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>IÑAKI CERRAJERIA</dc:creator>
		                		<category><![CDATA["MOBILIARIO URBANO" por Ángel Resa]]></category>
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		<description><![CDATA[MOBILIARIO URBANO  Ángel Resa Ya ha llegado el otoño y el muy inquilino avisa que viene para quedarse tres meses, aunque en Vitoria las fronteras divisorias de los cuadrantes meteorológicos se difunden como una moral libertina. No hay más que recordar el último julio que decidió hermanarse con noviembre y aquel viejo proverbio que reducía [&#8230;]]]></description>
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<h5><span style="color: #800000;">MOBILIARIO URBANO  Ángel Resa</span></h5>
<p><a href="/inakicerrajeria/wp-content/uploads/sites/29/2011/09/el-oto%C3%B1o-de-las-casta%C3%B1as25-9-11blog.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-2543" title="el otoño de las castañas25-9-11blog" src="/inakicerrajeria/wp-content/uploads/sites/29/2011/09/el-oto%C3%B1o-de-las-casta%C3%B1as25-9-11blog.jpg" alt="" width="600" height="567" /></a></p>
<p>Ya ha llegado el otoño y el muy inquilino avisa que viene para quedarse tres meses, aunque en Vitoria las fronteras divisorias de los cuadrantes meteorológicos se difunden como una moral libertina. No hay más que recordar el último julio que decidió hermanarse con noviembre y aquel viejo proverbio que reducía las estaciones de esta ciudad a dos: el invierno y la de Renfe. <a href="http://www.elcorreo.com/alava/v/20110925/alava/otono-castanas-20110925.html" rel="external nofollow">(+)</a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Melancolía dominical</title>
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		<pubDate>Fri, 08 May 2009 11:39:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>IÑAKI CERRAJERIA</dc:creator>
		                		<category><![CDATA["LA MIRADA DEL PEATÓN" por Carlos Perez Uralde]]></category>
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		<description><![CDATA[POR CARLOS PEREZ URALDE 16/11/2003 Un paseo por el centro de Vitoria cuando oscurece el domingo revela que la procesión laica tiene mucho de penitencial Si usted tiene tendencia al masoquismo emocional y se lo pasa en grande sufriendo episodios de intensa melancolía que pueden llevarle incluso a vaciar los lacrimales en cantidades caudalosas, podemos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color:#666666">POR CARLOS PEREZ URALDE  </span>     16/11/2003</p>
<p>Un paseo por el centro de Vitoria cuando oscurece el domingo revela que la procesión laica tiene mucho de penitencial</p>
<p>Si usted tiene tendencia al masoquismo emocional y se lo pasa en grande sufriendo episodios de intensa melancolía que pueden llevarle incluso a vaciar los lacrimales en cantidades caudalosas, podemos proporcionarle un método infalible para gozar de su problema. Basta con que cuando llegue el anochecer de un domingo otoñal o de invierno salga de sus aposentos protectores y se dé una vuelta por la calle Dato y aledaños.<br />
Es imprescindible que cumpla el ritual sagrado de recorrer el terreno de arriba abajo o de abajo arriba, el orden de los factores no suele alterar el deprimente producto, fielmente acompañado por su señora o su señor, por sus niños si los hubiere, por suegros, suegras, cuñados o cuñadas y bajo la custodia tutelar de cientos de paisanos tan aburridos como usted y con las mismas ganas urgentes de que llegue el lunes de una santa vez.<br />
Procure no olvidar su aparato de radio para estar en todo momento al corriente de lo que ocurre en los campos de fútbol: el tamaño del artefacto es cosa suya, pero le aseguro que he visto mamotretos enormes al hombro de ciudadanos aparentemente en sus cabales. Es de buena nota seguir la norma de que los varones vayan por delante de las damas, a unos dos o tres metros de distancia más o menos, aunque también puede suceder que sean ellas las que preceden a sus cónyuges: de lo que se trata es de que nunca vayan del todo juntos las unas y los otros o las otras y los unos. Tienen intereses diferentes, maneras de ver el mundo diversas, concepciones de la vida a veces incompatibles. El puede estar discutiendo sobre el pésimo juego del Alavés y ella debatiendo acerca de lo bien que le sienta la gomina al conde Lequio o de las razones por las cuáles la prometida del Príncipe escribe su nombre con zeta.<br />
Una vez ejecutado este ejercicio de autoflagelación psicológica ya esta usted listo para incurrir en depresión profunda, sentir deseos difusos de cortarse las venas o ponerse hasta el hipocondrio de barbitúricos fulminantes. Sólo le salvará de esas inclinaciones presuicidas la esperanza iluminada de que mañana es lunes y usted verá ese día de la semana como los conquistadores veían El Dorado o los cruzados el Santo Grial.<br />
<IMG src="/inakicerrajeria/files/tardededomingoblog.jpg" width="587" height="451"><br />
Es falso que los seres humanos odien la llegada del lunes: un paseo por el centro de Vitoria cuando oscurece el domingo revela que la multitud paseante compone una procesión laica de Norte a Sur o de Sur a Norte que tiene mucho de penitencial. Sólo falta el sumo sacerdote.<br />
Para quienes no estamos interesados en los juegos masoquistas emocionales o físicos, la única opción consiste en huir hacia otras zonas de la ciudad durante el trance dominical. Así nos evitamos el trámite de llegar a casa desolados, al borde del llanto tonto, sin ganas de cenar y con el único propósito de meternos en la cama escuchando el &#8216;Requiem&#8217; de Berlioz con cara de funeral prematuro.<br />
Tergiversando bastante los versos de Gil de Biedma, benditos sean a veces los días laborales. Comparado con el tránsito de zombis de la calle Dato una tarde de domingo, comparecer en el tajo es un regalo de los dioses. Y si además uno detesta el fútbol, el regalo es ya suficiente para seguir viviendo una semana más.</p>
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		<title>Un jardín sin duendes</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Feb 2009 12:58:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>IÑAKI CERRAJERIA</dc:creator>
		                		<category><![CDATA["LA MIRADA DEL PEATÓN" por Carlos Perez Uralde]]></category>
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		<description><![CDATA[POR CARLOS PEREZ URALDE 11/01/2004 El parque del paseo de La Senda, con horario fijo, tiene un delicado aroma indescifrabl Hay momentos a lo largo del día en los cuales uno siente un peso abrumador, un amago de dolor de cabeza ingobernable, una tristeza difusa sin causa concreta o con causa demasiado concreta y el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color:#666666">POR CARLOS PEREZ URALDE</span>   11/01/2004</p>
<p>El parque del paseo de La Senda, con horario fijo, tiene un delicado aroma indescifrabl</p>
<p>Hay momentos a lo largo del día en los cuales uno siente un peso abrumador, un amago de dolor de cabeza ingobernable, una tristeza difusa sin causa concreta o con causa demasiado concreta y el presentimiento de que lo que hasta ahora ha ido muy mal es muy probable que vaya aún peor. A esta nómina de calamidades emocionales los médicos le llaman estrés, pero antes le llamaban surmenage o melancolía, y los galenos recomiendan para su curación o mero alivio Prozac, Valium o complejos antidepresivos de variada índole.<br />
Vivimos tiempos duros en los que cualquier inconveniente cotidiano se convierte en causa de dolencia mental. Eche usted un vistazo a la cara de la gente por la calle en un día gris con amenaza de lluvia y se dará cuenta inmediata de lo mal que funciona la serotonina colectiva, ese compuesto químico que todos llevamos encima y cuyo control es fundamental para no incurrir en estados lamentables de desasosiego.<br />
<IMG src="/inakicerrajeria/files/11-1-04blog.jpg" id="img_0" class="imgdcha" width="339" height="555"><br />
Sin embargo, hay procedimientos distintos a los farmacológicos para enfrentarse a los problemas del día. Hay uno sin más componentes químicos que los que desprende la madre naturaleza en sus funciones rutinarias y que no necesita receta: basta con dar un paseo e ingresar en un jardín solitario en cuyo espacio verde no puede ocurrir nada peor de lo que sucede a apenas unos metros. En el paseo de La Senda, y alrededor del edificio que alberga la Fundación Sancho el Sabio, hay un jardín público que parece privado y en el que casi nunca hay nadie. Usted penetra en él, respira hondo, se da una vuelta, intenta sentarse, aunque lo va a tener difícil en ese aspecto, toma contacto con las hojas muertas del invierno, dedica un saludo conmovido a los árboles desollados por la estación que en primavera y verano estarán espléndidamente vestidos y trata de relajarse sin recurrir al Prozac. Seguro que la operación se salda con un enorme éxito del ánimo, tan maltrecho cuando usted atravesaba la verja del pequeño paraíso.<br />
Este peatón no suele necesitar reconfortantes espirituales que no sean un buen libro, una buena música y la actividad por excelencia que ustedes supondrán, pero reconoce que este jardín público tiene una eficacia calmente muy especial. Por eso le extraña que casi nadie acuda al lugar, quizá porque carece de unos imprescindibles bancos en los que sentarse y por estos lares si no te puedes sentar no eres feliz del todo. Con las aglomeraciones del centro, con el tráfico demente que hay que soportar, con el tedio paradójicamente espídico que causa la espera a que las luces del semáforo cambien de color para los peatones, es inexplicable por qué ese remanso de paz romántica está siempre tan vacío.<br />
Una vez dicho esto, atiendo al comentario que me susurra al oído alguien que mira lo que escribo: si el jardín se volviera territorio popular y populoso, su encanto habría desaparecido. Imaginen la parcela verde con sus árboles gigantes saturada por una muchedumbre impertinente como lo son todas las muchedumbres. El estrés volvería a apoderarse del espíritu, las tensiones provocarían calambres morales de alto voltaje, el espacio quedaría hecho un muladar por culpa de la intervención masiva de seres humanos y el jardín de las delicias íntimas pasaría a ser territorio comanche.<br />
Mejor que la cosa siga así, con su soledad tímida, su condición de oasis urbano y su modesta belleza. No es el de los Finzi-Contini, por fortuna si me mira bien, ni el del Bosco, pero el jardín de La Senda tiene un delicado aroma indescifrable. El de las cosas que a uno le gusta oler sin saber exactamente dónde está el motivo de esa fascinación sensorial. Visítenlo, pero no se amontonen. Lo estropearían todo.</p>
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