El código Keeler | Evadidos - Blog elcorreo.com

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Carlos Benito

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El código Keeler

El post de Arrieta sobre el generador de argumentos de Dan Brown me ha reafirmado en la idea de que, si este hombre no hubiese triunfado, algún día lo reivindicarían como un apóstol de la novela de serie B, como una especie de Ed Wood del thriller literario. Sé que la siguiente frase puede acarrearme el descrédito de por vida y la excomunión de los magonianos, pero yo me lo pasé muy bien leyendo ‘El código Da Vinci’, que me pareció una digna obra pulp, trash o como quieran llamarla, siempre que usen el inglés de los modernos. Como Brown se ha forrado, supongo que el título de Ed Wood literario seguirá en manos de Harry Stephen Keeler, un escritor nacido en Chicago en 1890 que firmó títulos tan reveladores como ‘El caso del trapero enjoyado’, ‘El hombre de los tímpanos mágicos’, ‘La misteriosa bola de marfil de Wong Shing Li’ o ‘Yo maté a Lincoln a las 10:13’. Sólo he leído un libro suyo, ‘El cuarto rey’, y no fue un camino de rosas, pero tampoco me arrepiento.

Como buena parte de la humanidad, tuve mi primera noticia sobre la existencia de este autor a través de un artículo publicado en Mondo Brutto por Alberto Sobórnez, el tipo que tocaba el bajo en ‘Aquí no hay playa’. Sobórnez es un coleccionista y un impresionante conocedor de la obra de Keeler, profusamente editada en España entre los 40 y los 60 por la Editorial Reus. De hecho, hubo una época en la que este señor SÓLO tenía editor en España, ya que el resto del mundo había dado la espalda a sus argumentos imprevisibles, desconcertantes o abiertamente demenciales. Le copio a Sobórnez el punto de partida de ‘El caso del cuerpo loco’: «La Policía saca un ataúd del lago Michigan. En el interior se encuentra un cuerpo desnudo: la mitad superior pertenece a una mujer china y la inferior a un hombre de raza negra». Otros libros empiezan de manera más normal, pero pueden tomar derroteros de increíble osadía, es decir, de camisa de fuerza, aunque eso también ocurre en obras de autores más respetables como Boris Vian. Algún fan tarado ha sido capaz de programar un generador de argumentos de Keeler -en inglés, sorry– e incluso existe una sociedad consagrada al devoto estudio de su obra. A veces, la serie Z prevalece: ¡a ver quién estudia a Dan Brown dentro de cuarenta años!

Por Carlos Benito

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