La cara más terrorífica de la mafia ha vuelto a asomar en un pueblo cerca de Taranto, en la región de Puglia, el tacón de la ‘bota’ italiana, con un horrendo atentado la noche del lunes en el que fallecieron un mafioso, su pareja y el hijo de ésta que estaba en sus brazos, de tres años. Se hallaban en un coche que fue ametrallado en una autopista desde otro vehículo, ante los ojos de los otros dos hijos de la mujer, de seis y siete años, que estaban en el asiento trasero y salieron ilesos.
El coche se estrelló contra la valla lateral y cuando llegó la Policía pensó que se trataba de un accidente de tráfico. Hasta que encontraron a los dos niños supervivientes atenazados por el espanto tendidos aún en su asiento. Luego vieron los impactos de bala, un total de 15. El objetivo era Cosimo Orlando, con antecedentes y vinculado a la criminalidad local, aunque para los asesinos no fue un obstáculo su familia, y el ataque se atribuye a algún ajuste de cuentas entre bandas.
Este brutal crimen ha conmocionado a Italia, dentro de la rutina con que ya se asimilan los homicidios mafiosos, que apenas tienen eco en las noticias. También lo ha hecho porque no hace ni dos meses se registró un suceso similar, aunque aún más atroz, y los asesinatos de niños, si bien se cuentan un buen número de casos, no son frecuentes en las organizaciones mafiosas, siempre atentas al consenso social.
En aquella ocasión fue en Calabria, la punta de la ‘bota’, siempre en el Sur, la tierra envenenada por las diferentes organizaciones criminales. Calabria es territorio de la ‘ndrangheta, que en este momento es la mafia más potente y peligrosa y también se extiende hacia Puglia, zona de la Sacara Corona Unita. En el crimen del 20 de enero aún se investiga si hay una conexión mafiosa o es un asunto de traficantes de droga: un hombre de 52 años, su pareja de 27 y su nieto, de tres años, fueron ejecutados en un coche y luego les prendieron fuego. El fallecido se había encargado de la custodia del pequeño porque tanto su padre como su madre estaban en la cárcel por asuntos de drogas.
En el caso de ayer en Taranto la historia de la mujer, Carla Maria Fornari, de 30 años, también revela otro drama del mundo de la delincuencia en el Sur de Italia. Fornari perdió en 2011 a su marido, Domenico Petruzzelli, en otra emboscada. Era el guardaespaldas de un capo y fue asesinado con él, un crimen que fue seguido en directo por la Policía. Había colocado micrófonos en el coche de Petruzzelli, en libertad condicional, pero no tuvo tiempo de intervenir para evitarlo. Sucedió en la misma zona del atentado de ayer. También ayer el compañero de Fornari estaba en libertad condicional, tras una condena por el homicidio de dos jóvenes, pero habría vuelto a mezclarse en el narcotráfico. Fornari le había puesto de nombre al niño Domenico, como a su padre, y con tres años ha muerto igual que él.
El mundo político italiano hizo ayer los aspavientos de rigor. El primer ministro, Matteo Renzi, condenó el crimen y el ministro de Interior envió 60 policías y agentes de los Carabinieri a Taranto a reforzar las investigaciones. Pasada la alarma quedará por ver si el nuevo Gobierno demuestra, como prometió Renzi hace dos semanas, una auténtica voluntad política de combatir la mafia con medidas efectivas. Por ejemplo, contra el blanqueo de dinero. También endurecer los límites de prescripción y el delito de falsedad contable, descafeinados por Silvio Berlusconi para impedir condenas en sus juicios.
(Publicado hoy en El Correo)