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Íñigo Domínguez

Íñigo Domínguez

Cosas normales en Italia (22): Justicia de otro mundo

Enero suele ser en Italia un mes demoledor, porque en el ciclo de ritos que se repiten toca a la presentación de balances del año anterior, casi siempre terroríficos. En España, tan viciados con el fugaz bienestar, está todo el mundo como loco en cuanto empiezan a venir mal dadas, pero en Italia llueve sobre mojado. Sin embargo estos informes, con ser apocalípticos, arrojan la luz de esperanza de que no es el fin, porque ocurre todos los años con total normalidad sin que se hunda nada. Uno de los casos más aplastantes es el de la apertura del año judicial, oportunidad para enunciar tremebundas estadísticas. Ríanse de los problemas de la Justicia en España y el caso de Mari Luz. En la imagen, como la fortaleza de Mordor, la mole del Palacio de Justicia de Roma, o ‘palazzaccio’ para los romanos, porque es pesado y feote.

La Justicia en Italia es tercermundista. No lo digo yo, lo acaba de repetir el presidente del Tribunal Supremo, Vincenzo Carbone, y lo dicen los datos que citó sobre la lentitud de los procesos. En la clasificación ‘Doing Bussines 2009’ del Banco Mundial, basada en el tiempo para resolver un litigio comercial, si nos sumergimos hasta el fondo de la lista esto es lo que vemos: puesto 151, Egipto; 152, Angola; 153, Gabón; 154, Guinea Bissau; 155, Sao Tome y Principe; 156, Italia… Siguen: 157, Yibuti; 158, Liberia; 159; Sri Lanka.. Y no continúo porque, total, se acaba enseguida, hay 181 países. Es decir, niveles africanos. Si este año los tribunales italianos consiguen tardar 16 días más ya adelantarán a Yibuti.

El criterio de la lista es el tiempo que una víctima tarda en recuperar un pago. En Italia se suele tardar más de cuatro años. Pregúntense ahora por qué es una osadía pretender hacer negocios en Italia y puede ser suicida aterrizar cándidamente como inversor extranjero. Por si alguien tiene curiosidad, España ocupa en la lista el puesto 54, es el último de Europa. El impagable Gian Antonio Stella, cronista del ‘Corriere’ y co-autor del best-seller del despilfarro ‘La Casta’, pone el ejemplo de Otello Semeraro, un señor de Taranto (sur) que hace poco no se presentó a una nueva audiencia por la quiebra de su empresa. Normal: había fallecido, porque el proceso empezó en 1962. Al final ha recuperado 188.000 euros… quién los hubiera pillado en 1962, cuando sí que era dinero. Una quiebra tarda de media más de ocho años. Pero el patrón se repite en los procesos civiles -una media de tres años y dos meses frente a los 15 meses de Francia- o penales -nueve en Italia y cuatro en Francia-.

Vean la respuesta al discurso de Carbone del delirante ministro para la Semplificazione, Roberto Calderoli (el que hizo la «ley cerdada» del sistema electoral con el propósito declarado de complicar las cosas): «Concreto, sincero, eficaz».

Este fastuoso engendro da de comer a mucha gente. En Italia hay 213.081 abogados, cinco veces más que en Francia (47.765) y muchos más que en España (155.000), que ya va sobrada. Sólo en Roma hay 21.000 abogados, la mitad que toda Francia. Los de Berlusconi, por ejemplo, están especializados en alargar los procesos hasta el infinito (el ínclito Niccolò Ghedini, en la foto). Es la gran paradoja: cuando Berlusconi afronta reformas en la Justicia es para arreglarse sus procesos e intentar alargarlos lo más posible y que prescriban, cosa que ha logrado en varias ocasiones.

Cuando me preguntan qué es lo peor de Italia -lo mejor es muy difícil de decir, porque hay muchas cosas buenas- suelo pensar que es la injusticia. En Italia no hay certeza de la pena, ya es un tópico decirlo, y seguir la vía legal de hacer las cosas parece casi siempre una pérdida de tiempo. Por eso predomina la ilegalidad. Es duro luchar contra el escepticismo y admiro a los ciudadanos honestos. Miren la pobre Eluana, la chica que lleva 17 años en estado vegetal: si su padre, en vez de ser un buen ciudadano y confiar en el cauce legal se hubiera ido a Suiza habría terminado hace años con esta historia. En Italia, teniendo una sentencia del Supremo que le da la razón, no consigue aplicarla. Por no hablar de los recientes casos de violación que tanto escándalo están causando. Se carga contra unos rumanos, pero en el primer caso de esta serie, uno de Nochevieja, el culpable resultó ser un chico de familia bien. El juez le ha puesto sólo en arresto domiciliario.

Las causas de todo esto son muy profundas. Podemos intentar seguir el rastro en una película divertídisma, y perfecta para conocer la Roma pontificia del Ottocento, ‘Il marchese del Grillo’ (Mario Monicelli, 1981). Entre sus muchos momentos estelares y de hondo significado, a la par que actual, los italianos suelen recordar éste, apoteosis del ‘usted no sabe quién soy yo’:

Sinopsis: El marqués del Grillo, sublime Alberto Sordi, es un noble golfo, anárquico, cínico, simpático y bromista. Es decir, un romano. Es sorprendido por la Policía en una pelea por una timba con trampas. De hecho sostiene en la mano el pie de su rival con un naipe que intentaba pasar a su compañero. «El cuerpo del delito», como argumenta el marqués al oficial. El oficial advierte al tabernero de que le va a meter un puro: «Bravo Caetá (Caetano, en Roma se corta el final de los nombres), sono cazzi tuoi (colorida expresión, para decir que alguien se ha metido en un lío y lo lleva claro)». Pero este servidor de la ley comete el error de querer detener al marqués, que replica: «Yo no puedo ser arrestado salvo por orden expresa del cardenal vicario, soy el marqués Onofrio del Grillo, duque de Bracciano, guarda noble y camarero secreto de su santidad Pío VII». Al oficial le da igual y lo arresta: «Sono cazzi tuoi». En eso llega el comisario y ve al marqués: «¿Pero qué hace usted en medio de estos canallas?». «¿Has visto! Ahora son ‘cazzi tuoi’», dice Sordi. «¿Pero es que has bebido? ¿cómo arrestas al marqués?», increpa el comisario. «Es que estaba en medio de todos estos ladrones», dice el ingenuo policía. «¿Y no sabes distinguir un noble de un plebeyo? ¡Dos meses de cárcel, así aprendes!». Como Sordi apunta que encima le había dicho quién era, le meten cuatro. «Perdónele excelencia», ruega el comisario al marqués, que de paso libera también a su sirviente. Antes de irse, Sordi pronuncia la mítica frase: «Lo siento, pero yo soy yo, y vosotros no sois una mierda». Al pueblo llano sólo le queda lamentarse. Como hoy.

Para concluir el tema y porque tiene relación con eventos vaticanos de las últimas semanas, veamos esta otra escena. En una de sus bromas -en esto el protagonista es como Berlusconi, todo el día de guasa-, el marqués ha pagado a todas las iglesias de Roma para que toquen las campanas a la misma hora. De ese modo, todo el mundo cree que el Papa ha muerto y cunde el pánico. Entonces es llamado al orden:

Sinopsis: El marqués se inclina ante el pontífice, pero pide saber de qué se le acusa. «No ha sido una broma», se justifica. «¿Cómo? Hacer sonar todas las campanas de Roma como si hubiera muerto el Papa no es una broma?», interviene el pontífice. «No, suenan porque ha muerto alguien quizá más importante», dice el marqués. «Ah, ¿y quién sería?», pregunta curioso el Papa. «La Justicia», replica Sordi, que explica: «Yo he cometido un abuso con un pobre carpintero judío, pero he conseguido, corrompiendo jueces, testimonios, auditores, guardias, abogados, cardenales, abades, funcionarios, peritos, administradores,que al final le condenaran a él. Sólo porque él es un pobre judío y yo un rico cristiano. Sin embargo, me inclino a vuestra voluntad y estoy dispuesto a ir a la cárcel, pero siempre que sea acompañado de…» y enumera todos los corruptos que ha comprado, de los monseñores al comandante de la Guardia Suiza. Cuando está por el abad de Santa María sopra Minerva -la hermosa iglesia con el elefantito delante- el Papa le echa el alto: «¡Eh basta, me estás masacrando todo el Sacro Collegio!». Y concluye: «Recuerda hijo que la Justicia no es de este mundo, sino del otro». «Lo sé santidad, Justicia del otro mundo», añade Sordi.

Lo que decíamos, Justicia del tercer mundo… o del otro. Tampoco dejo de asombrarme por cómo la cultura del catolicismo en Italia se traduce en su parte más piadosa, al contrario que en España, más calvinista, cuadriculada y vengativa. La indulgencia, el perdón, y su otra cara, la impunidad, invaden la vida pública.

Por cierto, sé que andarán distraídos con el escándalo del cura ‘lefebvriano’ (desde luego este nombre es de secta de Star Trek) que es un poquito nazi, pero miren lo que había escondido en la lista de nombramientos de la Santa Sede del sábado: un tal Gerhard Wagner, nuevo obispo auxiliar de Linz, Austria. ¿Quién es este señor? Ahora mismo se lo digo.

Este señor, de 54 años, tuvo hermosas palabras en 2005 ante la catástrofe del huracán Katrina, que arrasó Nueva Orleans y causó 1.800 muertos. Vino a decir que esta ciudad de «inmoralidad» se lo había buscado: «No es casualidad que hayan sido destruidas cinco clínicas abortistas y los locales nocturnos». En sus cavilaciones espirituales, se había preguntado si «la repetición de catástrofes naturales es sólo una consecuencia de la contaminación ambiental del hombre o también de la contaminación espiritual». Creo que los actuales vecinos de Nínive están acojonados, por si vuelven las plagas del Antiguo Testamento, y ya piensan en evacuar la ciudad. Ah, en 2001, este señor calificó a Harry Potter de ser un niño satánico y previno a los fieles contra él.

Arrepiéntanse, hombre, que no cuesta nada y el fin está cerca, y con él, al menos, llegará por fin la Justicia del otro mundo.

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