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Annapurna: reflexiones y culpabilidades

Ha pasado casi una semana desde la desaparición de Tolo Calafat. Los supervivientes de la ascensión y posterior rescate están ya en sus casas. La polémica al calor de los sucesos se va enfriando y deja paso a la reflexión y el recuerdo. Juanito se cura en Vitoria (Tiene una infección tan grande en los pies que hasta que no remita no podrá ser tratado de las congelaciones) y se siente vapuleado . No entiende por qué cuando él lo único que hizo fue intentar salvar a un compañero por todos los medios.

A este respecto, y ante la críticas que han recibido Juanito y Carlos Pauner por su comportamiento allí arriba,José Manuel Haérraiz, compañero, editor y guionista de varias expediciones de Carlos Pauner, ha escrito el siguiente artículo dando su opinión sobre todo lo que se ha hablado ‘aquí’ de los sucedido ‘allí’, de las acusaciones que determinada prensa generalista ha realizado sobre los montañeros vasco y aragonés:

HIMALAYISTAS DE SALÓN

Conozco a Carlos Pauner desde el año 2002. He sido editor y guionista de los documentales sobre sus expediciones al Makalu, Kangchenjunga, Gasherbrum I, Cho-Oyu, Everest y Nanga Parbat. En 2005, tuve la oportunidad de acompañarle en su fallida expedición a la montaña más alta de la tierra. Compartí con él, junto a Javier Pérez, Jesús Calleja y los componentes de una expedición mallorquina, cuarenta días sobre la morrena del glaciar del Khumbú, a 5.500 metros de altitud. Allí conocí a Tolo Calafat. “Tolito” era un chaval encantador, buena persona, deportista de una fuerza descomunal, y hombre sentimental que lloraba después de hablar con su mujer y su hijo, a los que echaba terriblemente de menos en aquel desierto helado. Tolo era un hombre lleno de dudas. A menudo se preguntaba en voz alta sobre su capacidad para alcanzar la cima de la gran montaña y sobre su vocación de himalayista. Tras hablar por teléfono satélite con su familia solía preguntarse: “¿Qué demonios estoy haciendo aquí?”. Sin embargo, cuando llegaba el momento de partir hacia los campos de altura, el espíritu de superación del grandísimo deportista que llevaba dentro, le empujaba a emprender el camino con los demás, sin una protesta, lleno de ambición por alcanzar la cima.

Con estos antecedentes, por mi estrecha relación con algunos de los protagonistas de la historia, podría pensarse que estoy en situación privilegiada para analizar la tragedia ocurrida en el Annapurna. No es verdad. En este complicado mundo del himalayismo, donde se mezclan desordenadamente el espíritu deportivo, el profesionalismo y hasta el orgullo nacional, existen dos tipos de personas. Aquellas que conocen la zona de la muerte por encima de los 7.500 metros y han respirado su aire finísimo, y los que no. Los que han experimentado el cansancio infinito de jornadas interminables en los días de cima, y los que han oído hablar de ello. Los segundos son, somos, himalayistas de salón.

De algo sí me han servido mis conocimientos teóricos y mi relación personal con montañeros de prestigio. Consciente de la dificultad extrema de este deporte, del peligro mortal al que se enfrentan sus practicantes -sin parangón con ninguna otra actividad- , pongo especial cuidado en reflexionar e informarme muy bien antes de valorar los comportamientos que se producen allá arriba. No todos hacen lo mismo. En los días posteriores a la desgraciada muerte de Tolo Calafat, se han podido leer en los medios de comunicación, acusaciones más o menos veladas, dirigidas contra Carlos Pauner y Juan Oiarzabal. Desde Mallorca, personas cercanas a Tolo afirman que sus compañeros de expedición no hicieron lo suficiente por salvarlo. Leo en el Diario de Mallorca que “la tragedia que costó la vida al mallorquín, dejando viuda y dos huérfanos de padre, lleva camino de suponer un severo antes y después en el prestigio de sus dos compañeros de cordada”. El dolor por la pérdida de un ser querido en los más cercanos puede disculpar, en parte, algunas actitudes. Respecto a los demás, no hay disculpa posible. Acusar a Pauner y Oiarzabal de no haber hecho lo suficiente por su compañero, de abandonarlo a su suerte, es una injusticia mayúscula. Una canallada. No solo hicieron todo lo que pudieron por salvar a Tolo, sino que arriesgaron su vida permaneciendo en el campo 4 en condiciones lamentables. Y lo hicieron porque, para ellos, Tolo era especial.

Pauner y Oiarzabal son hombres curtidos, extraordinariamente duros, que quizá no dejan traslucir con facilidad la hondura de sus sentimientos. Son supervivientes. Sin embargo, ellos, como Javier Pérez, como los doctores Morandeira y Nerín, están rotos por dentro. Las declaraciones de Oiarzabal sobre los sherpas de la expedición coreana y sobre su líder, Oh Eun Sun, hay que interpretarlas, forzosamente, teniendo en cuenta las circunstancias terribles que estaba viviendo. La entereza del montañero vasco no debe confundirnos. Acababa de perder a un amigo muy querido y regresaba de un esfuerzo brutal en la altura extrema, que había estado a punto de costarle la vida.

Durante el descenso del Kangchenjunga, en 2003, Carlos Pauner quedó rezagado de sus compañeros de expedición y no pudo alcanzar el campo 4. Nadie le esperó. Al día siguiente, Mario Merelli y Silvio Mondinelli partieron hacia el campo base con la certeza de que no volverían a ver con vida a su amigo. Carlos protagonizó un descenso agónico, con dos noches a la intemperie, salvando milagrosamente la vida. He hablado con él en infinidad de ocasiones sobre aquellos difíciles momentos. Jamás le he escuchado un reproche, ni el más mínimo, sobre la conducta de sus compañeros de expedición. Jamás. Las normas del himalayismo a este respecto son muy claras: por encima de los siete mil metros, el alpinista sólo depende de sí mismo para conservar la vida. Permaneciendo en el campo 4, Carlos Pauner, Juan Oiarzabal, el rumano Colibasanu y los sherpas Sonam y Dawa, rompieron esa regla. Y lo hicieron por Tolo Calafat.

A “Tolito” se le rompieron el cuerpo y la mente en las laderas del Annapurna. Alcanzó un grado de agotamiento tan extremo, que cayó para no levantarse más. ¿Cómo sería ese cansancio para que un hombre como él, corredor de maratones y carreras de montaña, no pudiera superarlo? No lo sé. No puedo imaginarlo. Los que acusan con ligereza, los calumniadores, tampoco pueden hacerlo. Después de todo, solo son, somos, himalayistas de salón.

José Manuel Hérraiz

Mientras tanto, sobresalen como los héroes de esta tragedia los sherpas del equipo español, Sonam y Dawa. Para conocer un poco más la odisea que vivieron descendiendo desde el campo 4 y para conocerlos a ellos también mejor reproduzco a continuación dos artículos realizados por Marian Antonia Nerín y Carlos Pauner:

SONAM, DAWA Y OTROS HÉROES DE LA MONTAÑA

A Dios gracias, han llegado Sonam y Dawa al Campo Base esta madrugada, sanos y salvos, con 30 kg cada uno y habiendo esquivado una avalancha mientras bajaban del C3 al C2, en el “cono” que ha sido la pesadilla de todos los alpinistas. El jueves, después de rechazar ser evacuados en helicóptero, y a pesar de que Carlos, Juanito y Javier (por emisora) repitieron hasta la saciedad que abandonaran TODO para bajar sin peso lo más rápido y seguro posible, desmontaron el C4, cargando tiendas, equipo y material, y bajaron a dormir al C3. En el primer rápel perdieron la antena de la emisora, por eso no podíamos comunicar con ellos (ni ellos con el CB).

El viernes, a las 7:30 de la mañana salían de la repisa que hay encima del cono, con todo el C4 y C3 en las espaldas. Colgados de las cuerdas, en el mismo cono, esquivaron una avalancha. Las dos noches anteriores había nevado, así que con más de 30 cm de nieve fresca, el grandísimo riesgo de desprendimientos y avalanchas, y toda la carga, llegaron al C2. Allí recogieron todo, y organizaron un depósito, ya que no podían transportar más peso.

En el CB no sabíamos nada de ellos desde la mañana del jueves. Pensando que habían dormido en el C3, esperábamos que llegaran entre la una y las dos del mediodía del viernes. En vista de que no aparecían, Javier Pérez y yo fuimos hasta el inicio del glaciar, con cámara y prismáticos para intentar verlos. Estuvimos una hora rastreando la vía, en la distancia, pero ni rastro. Eso sí, vimos caer cuatro avalanchas en distintos puntos. Cuando se nos echó la niebla encima, poco antes del ocaso, nos volvimos. Aprovechamos para dejar una losa de piedra con el nombre de Tolo en el “Memorial a los muertos en el Annapurna” que hay en CB de los franceses. Eran las 6 de la tarde. Abatidos por el recuerdo de Tolo y la terrible posibilidad de que nuestros sherpas tampoco volvieran, llegamos al CB. Seguíamos sin comunicar con Sonam y Dawa. Decidimos retrasar la partida prevista para el día siguiente, hasta saber la suerte que habían corrido. Horia, Jorge Egocheaga y Martín Ramos saldrían a las 5 de la mañana hacia el C2 (y C3 si era necesario), para ver si había algún rastro de ellos.

Nos acostamos tarde, con el ánimo totalmente abatido. Javier se quedó escribiendo un artículo para el periódico en el domo de comunicaciones. Sobre las 00:30 oí voces en nepalés y a Javier que gritaba “¡¡Han llegado los sherpas!!”. Me calcé y salí tropezando de la tienda. Llené a Dawa de mocos y lágrimas, mientras lo abrazaba y le daba besos (no sé lo que debió pensar). Luego abracé y besé a Sonam. No sé quién lloraba más de los dos. Sonam venía muy muy cansado y bastante afectado por la muerte de Tolo. Habían tardado 17 horas y media en bajar (y recoger) del C3 al CB; un recorrido que, en condiciones normales, se hace en 5 horas. Dawa se comió un plato de las pochas que había preparado Juanito para cenar, y luego otro de Dal-Baht (arroz blanco con pure de lentejas). Sonam fue incapaz de comer nada, pero se bebió todo lo que le daba: té, zumo, agua caliente, y caldo. Le puse los pies a remojo. Lo suyo no eran congelaciones, más bien un pie de trinchera por las botas de plástico que llevaba. Dawa tenía la cara completamente quemada por el sol.

Hablé mucho con ellos, quise que me contaran de primera mano cómo habían pasado los dos últimos días. Su inglés es limitado, les cuesta expresarse y no es fácil entenderlos. Lo que puedo asegurar es que lamentan profundamente no haber podido ayudar a Tolo a sobrevivir al Annapurna. No voy a echar más leña al fuego transcribiendo sus comentarios, pero terminaré con una frase de Sonam: “En la montaña, somos todos una familia. Si no nos ayudamos, estamos muertos. Muchos sherpas han convertido la montaña en un negocio (business)”. Y saben muy bien que, los únicos dispuestos a ir a buscarlos eran Horia, Jorge y Martín, porque los sherpas que había en el CB, pedían 400 euros por ir a echar un vistazo al C1.

Sonam Sherpa, 28 años. Solo Khumbu Village. Un hijo de 3 años y una hija de 20 meses. Cima en el Cho Oyu en 2007, y en el Annapurna en 2010.

Dawa Sherpa, 52 años. Makalu Village. Dos hijos y dos hijas; 30 años el mayor, 12 el pequeño.

María Antonia Nerín

DAWA, EL HEROE ANONIMO

Ya estamos en Kathmandú, a punto de dejar este país de montañas. Tras los terribles días pasados, hemos conseguido recuperarnos y descansar antes de iniciar la vuelta a nuestro hogar. Atrás han quedado todos los tristes acontecimientos pasados y los cuerpos se recuperan poco a poco de la tremenda paliza que supone ascender a una montaña como el Annapurna. Gracias a nuestra aseguradora FIATC, las incipientes congelaciones y la ceguera no han ido a mayores y su ayuda en nuestra rápida evacuación ha cobrado suma importancia. Nuestra confianza en vosotros crece día a día. Gracias amigos.

En este momento de reflexión y agradecimientos, no podía dejar pasar por alto a una persona fundamental en toda esta aventura. El Sherpa Dawa, así como su compañero Sonam. Ambos dos han trabajado para nosotros en esta difícil expedición, ayudándonos en el duro trabajo en la montaña. No obstante, su trabajo ha ido mucho mas allá de lo cotidiano en esta extraordinaria vivencia. Cuando Tolo quedó inmovilizado a 7.600 m, pedimos ayuda a Sherpas cercanos del equipo coreano y nos dijeron que estaban muy cansados del ascenso a la cumbre y que no podían hacer nada. Estaban en su derecho y me parece totalmente razonable. Poco más que decir. Sonam se había quedado con Tolo toda la noche e intentó traerlo hacia abajo, hacia la vida, pero Tolo ya no caminó más. El decidió, lógicamente, salvar la vida y bajó por la mañana al campo 4. Juanito, Horia y yo, venidos de la cumbre, no teníamos ninguna posibilidad de llegar hasta arriba, sin un descanso suficiente. Hablé con Dawa, este fuerte Sherpa de casi 50 años. Era nuestro último cartucho allá arriba y la verdad es que no lo dudó. Llevando oxígeno, comida, medicinas y un saco, salio para arriba al encuentro de Tolo, con fe y decisión. Yo se lo sugerí y el aceptó, eso fue todo. Dejó la seguridad del campo 4 y salió hacia la zona de la muerte, no para trabajar, sino para buscar a un amigo, Tolo y devolverlo a la vida.

Cuando volvió tras más de 11 horas de ascenso, sin que el blanco manto de la nieve caída le hubiera delatado ningún signo de vida, Dawa tenía lágrimas en los ojos. No lo he encontrado, no he podido, dijo… Mis lágrimas eran por los dos, puesto que había perdido a un gran amigo y casi había visto desaparecer a otro. Dawa hizo un sacrificio extraordinario, no por dinero, no por gloria, no por fama. Lo hizo tan sólo porque comprendió que era el único que lo podía hacer y sabía que la vida de su compañero, que no de su jefe, estaba en juego. Cuando los hombres están tan cercanos al límite entre la vida y la muerte, aparece lo mejor y lo peor de ellos. Los vínculos entre nosotros se estrechan y los lazos laborales se difuminan, dejando paso a sentimientos humanos y viscerales. Nunca me he alegrado tanto de poder abrazar a un Sherpa noble y poderoso, de decirle que estoy orgulloso de ser su amigo y que puede contar conmigo, al igual que él nos entregó su valía. Gracias Dawa, gracias por tu esfuerzo, gracias por ayudarnos y espero que nosotros podamos hacer lo mismo contigo. Si alguien merece un premio, una ayuda, desde luego, es este héroe anónimo de 50 años, cuyo único modo de vida es subir montanas, arriesgar la vida por un salario y que creo que debería ya descansar tranquilo en su pequeño pueblo. Ojala podamos hacer algo por él.

Carlos Pauner

Foto 1: Juanito durante la rueda de prensa que dio en el hospital de Zaragoza (Efe)

Foto 2: Carlos Pauner y Jorge Pérez a su llegada a Madrid desde Katmandú (Efe)

Foto 3: La doctora Nerín ofrece las primeras atenciones a los sherpas Sonam y Dawa tras su llegada al campo base (Barrabes)

Foto 4: Horia Colibasanu, Jorge Egocheaga y Martín Ramos, a la epsera de noticias de los sherpas (Barrabes)

Por Fernando J. Pérez e Iñigo Muñoyerro

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