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	<title>Aletheianormandía &#8211; Aletheia</title>
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		<title>Los preocupaciones de &#039;Ike&#039; Eisenhower</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jun 2010 10:52:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy se cumple el 66º aniversario del desembarco de Normandía. Al mando de aquella gigantesca operación estaba el general Dwight ‘Ike’ Eisenhower. Su historial militar no era especialmente brillante antes de la II Guerra Mundial (al contrario que MacArthur, por ejemplo, que fue el encargado del frente japonés), pero fue el elegido por Rooselvet y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_1" class="imgcen">Hoy se cumple el 66º aniversario del desembarco de Normandía. Al mando de aquella gigantesca operación estaba el general Dwight ‘Ike’ Eisenhower. Su historial militar no era especialmente brillante antes de la II Guerra Mundial (al contrario que MacArthur, por ejemplo, que fue el encargado del frente japonés), pero fue el elegido por Rooselvet y el general Marshall para dirigir la ‘Operación Overlord’, que así se denominó al desembarco.</p>
<p>Es difícil imaginar la presión que tuvo que soportar aquel hombre durante aquellos días. En primer lugar, se suele olvidar que dos millones de soldados americanos fueron trasladados a una Inglaterra que sufría restricciones en el abastecimiento de alimentos y combustible. Como señala en su ‘Cruzada en Europa’,<strong> “cada soldado americano empeoraba las condiciones de vida” del Reino Unido</strong>. Para atenuar en lo posible los inevitables roces, el ministro de Información inglés, Mr. Brendan Backen, pidió a la población que acogiera a los militares lo mejor que pudieran. Al mismo tiempo, los norteamericanos repartían folletos entre sus soldados explicándoles cómo debían comportarse. Una de las medidas que se adoptaron fueron los fines de semana de convivencia, en los que las familias inglesas acogían a los soldados para mejorar así sus relaciones. Otra fueron los pubs, donde ingleses y norteamericanos acercaron posturas gracias a las cervezas.</p>
<p>Otro problema fue el de la <strong>seguridad</strong>. Cualquier fuga de información en lo relativo a la invasión comprometía el esfuerzo y las vidas de miles de soldados. A este respecto, Eisenhower se mostró implacable. Ya durante la invasión del norte de África, todo su Estado Mayor (incluidos los chóferes) fue investigado sin saberlo. Sin embargo, el caso más espectacular afectó al general de división Henry Miller, quien durante una fiesta comentó que el Día D sería antes del 15 de junio. ‘Ike’ fue implacable: degradó a Miller al grado de coronel y le envió de vuelta a Estados Unidos sin atender a los ruegos del que había sido compañero en sus años de estudio en West Point.</p>
<p>Un tercer problema fue el de los egos militares. <strong>Patton y Montgomery</strong> le dieron no pocos dolores de cabeza a Eisenhower. Al primero, durante la invasión de Sicilia, no se le ocurrió otra cosa que abofetear a un soldado que estaba en un hospital al considerar que estaba fingiendo ‘psicosis de guerra’, una enfermedad en la que Patton no creía. El incidente tuvo una gran repercusión y Eisenhower tuvo que obligar a su amigo a pedir disculpas. Más adelante, durante los preparativos de la invasión de Normandía, le pidió que se mantuviera alejado de la prensa dada su incapacidad para controlar su verborrea. Fue inútil: al poco tiempo la volvió a ‘armar’ con una explosivas declaraciones sobre la colaboración que deberían mantener Estados Unidos e Inglaterra tras la guerra (Patton era un furibundo anticomunista).</p>
<p>En cuanto a Montgomery, era un hombre con un ego gigantesco y no dado a acatar órdenes. Su victoria sobre Rommel no hizo sino acrecentar todavía más su autoestima. En la operación de Normandía, se empeñó en ser el líder de las tropas terrestres y en avanzar casi directamente hacia el corazón de Alemania. ‘Ike’ tuvo que frenarle una y otra vez. Sin embargo, el gran problema surgió con la ofensiva alemana de las Ardenas. Los nazis contraatacaron por el centro de una línea aliada que iba desde la costa hasta Suiza. En esa zona estaban los norteamericanos, con problemas de abastecimiento. Fue el último gran contraataque nazi y Montgomery acusó más o menos veladamente a los norteamericanos del mismo. Como es normal, a Patton y Omar Bradley no les hizo mucha gracia las palabras de ‘Monty’.</p>
<p>Pero lo más llamativo de todas las dificultades a las que tuvo que hacer frente no tuvieron que ver con la guerra, sino con <strong>De Gaulle</strong>. El orgullo francés había quedado más que humillado. Era la tercera vez en setenta años que los alemanes les pasaban literalmente por encima y ahora dependían por completo del suministro de los americanos. Marc Bloch, un conocido historiador que participó en la guerra, afirmó que la victoria alemana había sido una “victoria intelectual”; ambos bandos combatían en dos eras diferentes y “los alemanes avanzaban más deprisa de lo que parecían las normas de urbanidad”. </p>
<p>Lo de De Gaulle llegó a ser realmente irritante tanto para Roosevelt y Eisenhower como para Churchill. Ya en 1942, con la invasión de África, los británicos insistieron en que los franceses no participaran en la operación. Tiempo atrás una operación en Dakar había fracasado -creían los ingleses- por alguna indiscreción francesa. En lo personal, Roosevelt no soportaba la altanería del general francés y la esposa de Churchill llegó a decir a De Gaulle que “no odiara más a sus amigos que a sus enemigos”. Eisenhower también reconoció que su relación con el francés nunca llegaron al grado de cordialidad. En lo relativo a la propia invasión, De Gaulle rechazó realizar una alocución conjunta con ‘Ike’ al pueblo francés. ¿Por qué? El general galo se había autoproclamado el líder de la Francia libre, pero los norteamericanos se resistían a considerarle como tal; al fin y al cabo, nadie le había votado. </p>
<p>Los problemas con De Gaulle continuaron más adelante. La toma de Stuttgart fue un ejemplo de ello. La ciudad fue tomada por tropas francesas, pero los norteamericanos la necesitaban para abastecerse. Por cuestiones de orgullo, los galos se negaron a cederla. ¿Qué hizo Eisenhower? Amenazar con cortar el suministro a los franceses. Problema resuelto.</p>
<p>A Eisenhower le exasperaba “la hipersensibilidad y extraordinario tesón de De Gaulle en asuntos que para nosotros carecían de trascendencia”. El dichoso orgullo. Ya lo dijo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial: “¡Dios Santo, qué difícil es hacer una guerra e impedir que las consideraciones de orden militar no se vean afectadas por la gran cantidad de intereses personales y por la estupidez política que todo ello conlleva!”. Aquel 6 de junio, mientras <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/6/4/y-rommel-pensando-el-cumpleanos-su-mujer" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/6/4/y-rommel-pensando-el-cumpleanos-su-mujer" id="link_0">Rommel pensaba en el cumpleaños de su mujer</a> , Eisenhower tuvo que olvidarse de que su hijo se graduaba en West Point. Bastante tenía con la guerra y con lo que no es la guerra. </p>
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		<title>Y Rommel pensando en el cumpleaños de su mujer</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jun 2010 10:01:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dentro de dos días se conmemora el 66º aniversario del desembarco de Normandía, el comienzo del fin para los nazis en Europa occidental. Se ha contado cientos de veces la heroicidad de lo logrado aquel día; cómo miles de soldados -literalmente cagados de miedo y vomitándose encima- desembarcaron en la costa francesa; cómo Churchill, con [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen">Dentro de dos días se conmemora el 66º aniversario del desembarco de Normandía, el comienzo del fin para los nazis en Europa occidental. Se ha contado cientos de veces la heroicidad de lo logrado aquel día; cómo miles de soldados -literalmente cagados de miedo y vomitándose encima- desembarcaron en la costa francesa; cómo Churchill, con su habitual tendencia a los actos grandilocuentes e inútiles, insistió en presenciar la hazaña desde un barco cercano (Eisenhower tuvo que prohibírselo terminantemente); cómo los aliados trasladaron diques artificiales a través del canal para construir puertos; cómo tuvieron que preparar el abastecimiento de unas tropas que consumían entre 600 y 700 toneladas de provisiones al día por división; cómo Eisenhower fumaba cuarenta cigarrillos Camel al día para aplacar la tensión de los preparativos&#8230;</p>
<p>Los alemanes sabían que algo se estaba ‘cociendo’ en Inglaterra. Era difícil no sospechar algo así con dos millones de soldados aliados reunidos en el sur de la isla. El problema era saber cuándo y dónde iban a dar el paso decisivo. Al mando de la defensa se encontraba Erwin Rommel, el ‘zorro del desierto’. Este hombre se había hecho famoso por humillar una y otra vez a los comandantes ingleses en las arenas del norte de África. Tan es así, que cuando Montgomery se hizo con el mando en la zona, el general Freyberg, al mando de las tropas neozelandesas, le obsequió con el siguiente recibimiento: “Lo siento mucho por usted. Esto es una sepultura de tenientes generales. Ninguno aguanta aquí más de unos meses”. Rommel se convirtió en la obsesión de Montgomery. De hecho, éste tenía en su camión de campaña -como consecuencia de una de sus muchas rarezas, no tenía un cuartel de mando como tal- un cuadro del alemán, al que de vez en cuando miraba y se preguntaba qué estaría haciendo en ese momento su archienemigo. Además, tenía dos perros. A uno le llamó Rommel; al otro, Hitler.</p>
<p>Los nazis no tenía demasiado claro cómo hacer frente a la invasión. Rommel y Hitler apostaron por la ‘Muralla del Atlántico’, una gran barrera preñada de minas, alambradas, nidos de metralletas y fortificaciones cercana a la costa que contaría con el apoyo de fuerzas acorazadas incrustadas en la misma línea del frente. Sin embargo, generales de la talla de Guderian (el ideólogo de los panzer) o Von Rundstet, inmediato superior de Rommel y el militar alemán más respetado por los aliados, preferían alejar las tropas acorazadas para que pudieran desplazarse a conveniencia. En definitiva, se trataba de una disputa entre la guerra de posiciones y la de movimientos. ¿No era Rommel un maestro en la segunda? Sí, pero las derrotas en África e Italia le habían convencido de que la superioridad aérea aliada impediría el desplazamiento de los panzer en la batalla. Finalmente se impuso su opinión, con el resultado ya conocido.</p>
<p>Aquellos días de junio fueron especialmente calurosos en el sur de Inglaterra y el norte de Francia. Mientras Eisenhower se esforzaba por aplacar las tiranteces entre Montgomery y Patton -sería difícil saber cuál de los dos era más bocazas-, Rommel trabajaba intensamente en la ‘Muralla del Atlántico’. Estaba convencido de que los aliados desembarcarían en la zona de Calais, por ser la zona más cercana al desembarco y porque permitía el paso hacia el corazón de Alemania. No sabía que “el día más largo” -así lo bautizó el mismo- estaba tan próximo. ¿Sabéis que tenía previsto ‘el zorro del desierto’ para aquel 6 de junio de 1944? Ir a Alemania para pasar el día con Lucie, su mujer. Justo ese día cumplía cincuenta años.</p>
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