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La ayuda del mirón

2016 junio 24
por Eduardo Angulo Pinedo

Si uno se ve en un problema y necesita la ayuda de quien pase por allí, la ayuda del mirón se puede decir, siempre queda la duda de si la ayuda llegará o no. Por tanto, el compromiso y la ayuda del mirón son conductas a investigar. Nicolas Guéguen, nuestro psicólogo bretón de la Universidad del Sur de Bretaña en Lorient, también se pregunta por este comportamiento tan variable y monta un experimento para conocer lo que influye en la conducta del mirón.

Trabajan con 76 voluntarios, con 32 mujeres y edad de 20 a 30 años. Los eligen porque están sentados solos en algún bar del centro de una ciudad de la Bretaña francesa. Dos investigadores, hombres y de 20 años de edad, serán la víctima del delito y el delincuente. La víctima llega al bar y se sienta en una mesa cercana a la que ocupa el voluntario, que no sabe que lo es, al que van a investigar su conducta de mirón y de ayuda a la víctima. El investigador lleva un maletín que deja en el suelo junto a su mesa. Al poco tiempo se levanta, le pregunta al voluntario la hora, le da las gracias con una sonrisa y se va olvidando el maletín en el suelo. Esto se hace con la mitad de los voluntarios; parta la otra mitad, que es el grupo de control, el investigador se va sin más, sin preguntar la hora y no entra en contacto con el voluntario ni siquiera con la mirada. Poco después llega el segundo investigador, el que hace de ladrón. Mira alrededor durante unos 10 segundos, coge el maletín y se va.

Pues bien, el 84% de los voluntarios que han dado la hora a la víctima interviene de alguna manera para que el ladrón no se lleve el maletín. Da un aviso, pregunta al ladrón si el maletín es suyo o, incluso, no le deja marchar. Y esto solo lo hace el 47% de los voluntarios a los que la víctima no ha pedido la hora. Por tanto, el trato previo con la víctima, aunque parezca mínimo, facilita la prestación de ayuda si se necesita.

Siempre ayudan más las mujeres, con o sin contacto previo. Lo hace el 94% de las mujeres frente al 76% de los hombres si han dado la hora, y el 53% de las mujeres frente al 43% de los hombres si no lo ha habido.

 

*Guéguen, N. y 3 colaboradores. 2016. The foot-in-the-door technique, crime, and the responsive bystander: A field experiment. Crime Prevention and Community Safety 18: 60-68.

La gripe y la Super Bowl

2016 junio 21
por Eduardo Angulo Pinedo

Vamos a Estados Unidos. Allí, las autoridades sanitarias gastan muchos millones de dólares en sus campañas para controlar la epidemia de gripe de cada año. Por ejemplo, en 2011 fueron 3000 millones los gastados directamente por las autoridades sanitarias. Es más, conocemos que una epidemia de gripe sin control provoca millones de contagios y millones de víctimas, tal como ocurrió en 1918 o en la década de los cincuenta. Lo mejor es prevenir con las campañas de vacunación y con consejos para evitar el contagio. Para prevenir el contagio, es decir, los contactos entre enfermos y sanos, hay que hacer estudios epidemiológicos como el que ahora nos presentan Charles Stoecker y sus colegas, de la Universidad de Tulane en Luisiana.

Toman los datos de las bases de datos oficiales sobre causas de muerte entre 1974 y 2009, además de datos de población y de clima, y los estudian en las ciudades en las que se ha celebrado la Super Bowl, o sea, la final de la liga de fútbol americano, con las multitudes que la siguen por televisión desde sus casas y los que acuden al campo a verla en directo. El partido se celebra el primer domingo del mes de febrero, en plena epidemia de gripe. La audiencia de televisión alcanza los 120 millones de espectadores solo en Estados Unidos y, este año, se ha celebrado la Super Bowl número 50 en San Francisco. Ganaron los Denver Broncos a Carolina Panthers por 24-10.

El análisis de los datos indica, en primer lugar, que albergar la Super Bowl no cambia la mortalidad por gripe en la ciudad que la acoge. En cambio, aumenta en un 18% en mayores de 65 años en las ciudades cuyos equipos llegan a la final. Esto ocurre si la Super Bowl se celebra a menos de 24 días del pico de la epidemia de gripe de ese año. Además, se llega a doblar la mortalidad si el subtipo de virus de ese año es de los más virulentos. Pero no hay que olvidar que todo estos cambios se dan en las ciudades de los equipos que participan en la Super Bowl.

Un efecto similar, aunque atenuado se da en las ciudades cuyos equipos juegan los playoffs para llegar a la final, con un aumento del 13% en la mortalidad por la gripe, siempre en mayores de 65 años.

Llegar a la final aumenta la mortalidad por gripe en mayores de 65 años, incluso sin viajar para asistir en directo. Los autores sugieren que son los contactos y reuniones, familiares y de amigos, en casa o en el bar, para ver la final en televisión, los que promueven el contagio en las ciudades de origen de los equipos que llegan a la Super Bowl. La retransmisión dura, más o menos, unas tres horas y media. Da tiempo para contagiarse.

 

*Stoecker, C., N.J. Sanders & A. Barrera. 2016. Success in something to sneeze at. Influenza mortality in cities that participate in the Super Bowl. American Journal of Health Economics 2: 125-143.

El murciélago y la planta carnívora

2016 junio 15
por Eduardo Angulo Pinedo

En el mutualismo, que es un tipo concreto de simbiosis, las parejas de especies que se ayudan y benefician ambas, deben mantener un contacto estrecho. Cada una de estas especies tiene que encontrar a la otra para que el proceso funcione. Las plantas emiten mensajes que la otra especie, sea animal o vegetal, debe ser capaz de percibir y, además, provoquen la respuesta adecuada. Pueden ser olores, colores o mensajes más peculiares como, por ejemplo, rebotes de los sonidos que emiten los murciélagos para su ecolocalización. El caso más curioso de mutualismo de este tipo lo describen Michael Schoner y sus colegas, de la Universidad de Greifswald, en Alemania, entre un murciélago que se alimenta de insectos cazados al vuelo, Kerivoula hardwickii, y una planta carnívora que caza insectos y se alimenta de ellos con su forma de vasija, Nepenthes hemsleyana, ambas especies típicas de la selva de Borneo.

El murciélago se protege y descansa en la vasija de la planta carnívora y contribuye a su alimentación con sus heces. Así aumenta la toma de nitrógeno de la planta, que no hay que olvidar que también se alimenta de insectos, en un 34%. Por su parte, la planta proporciona al murciélago un lugar de descanso libre de parásitos, seguro, con un microclima estable y una o dos plazas que no pueden caer en el líquido digestivo de la vasija en el que la planta digiere los insectos pues lo mantiene muy bajo.

Pero los murciélagos tienen que localizar su Nepenthes hemsleyana en la selva de Borneo, en un entorno exuberante de vida en el que abundan las plantas carnívoras, incluso alguna del mismo género Nepenthes, muy parecidas a la hemsleyana y muy abundantes. Lo hacen con su propio sistema de ecolocación, emitiendo sonidos y analizando los rebotes en el entorno. Según el estudio de Schoner, la morfología de la vasija de la hemsleyana tiene una morfología peculiar y el sonido de rebote la diferencia del resto de estructuras de la selva, incluso de las plantas carnívoras parecidas y también con vasija.

 

*Schoner, M.G. y 6 colaboradores. 2015. Bats are acoustically attracted to mutualistic carnivorous plants. Current Biology 25: 1911-1916.

Plástico en el Rhin

2016 junio 9
por Eduardo Angulo Pinedo

Cada vez contaminamos el entorno con plásticos, sobre todo con microplásticos, con menos de 5 milímetros de tamaño. Aparecen en las playas, en el mar y en aguas dulces de lagos y ríos. Ahora empezamos a conocer sus efectos en los organismos acuáticos que los ingieren confundiéndolos con su alimento, y afectan su supervivencia y reproducción. El Rhin es uno de los ríos más grandes de Europa y, en los 820 kilómetros que hay entre Basilea, en Suiza, y Rotterdam, en Holanda y ya en el Mar del Norte, viven 10 millones de personas en seis países, con el 10% de la industria química en sus orillas y, poniendo como ejemplo solo a Westfalia, hay unas 1000 empresas del plástico con 118000 empleados. Por todo ello, Thomas Mani y sus colegas, de la Universidad de Basilea, investigan la presencia de plásticos en las aguas del Rhin.

Toman 31 muestras en 11 localidades en junio y julio de 2014. Todas llevan microplásticos. En total, recogen 25956 fragmentos en los filtrados de las aguas del Rhin. Según sus cálculos y a partir de este muestreo, hay casi 900000 partículas de plástico por kilómetro cuadrado de superficie del río. El mayor número se recupera de la zona baja del río, cerca de la desembocadura, pues allí se suma todo lo anterior y, además, es donde hay más industria y más población. La máxima concentración está entre Dusseldorf, en Alemania, y la frontera holandesa, en la región del Ruhr. Por ejemplo, entre Rees y Duisburgo se toman seis muestras del total de 31, y en esas seis muestras está el 66% de todos los microplásticos recuperados en las 31 muestras.

Con todo ello, los autores calculan que más de 190 millones de partículas de microplásticos vierte el Rhin al Mar del Norte cada día. O, más sencillo, entre 25 y 30 kilogramos de plásticos al día, o sea, algo así como 10 toneladas al año. Como es habitual, los plásticos más abundantes son polietileno, polipropileno y poliestireno.

 

*Mani, T. y 3 colaboradores. 2015. Microplastics profile along the Rhine River. Scientific Reports 5: 17988

Suministro de agua

2016 mayo 23
por Eduardo Angulo Pinedo

En los últimos 50 años la población del planeta se ha duplicado mientras que el total de agua que utilizamos se ha triplicado. La distribución de los recursos de agua es, obviamente, desigual y, además, cuanto más agua se necesita hay más riesgo de escasez debido, sobre todo, a la mala gestión de esos recursos. Por otra parte, la sobreexplotación provoca escasez de agua y, en muchos casos, deteriora los ecosistemas, los pone en peligro e, incluso, los destruye. Algunos síntomas de esta crisis de agua potable son identificables, con causas que son factores políticos, socioeconómicos y ecológicos. El estudio de Julie Padowski y sus colegas, de la Universidad Estatal de Washington en Pullman, identifica la vulnerabilidad con cuatro categorías: dotaciones, infraestructuras, demanda e instituciones. De esta manera se pueden detectar los impactos sobre los sistemas de aguas naturales y gestionadas.

Estas categorías se representan con 19 características internas y externas. Algunas de estas 19 características son la población que demanda el agua, el agua importada y exportada, la contaminación del agua, el gasto en agua, el régimen de lluvias, la salud pública y el agua, o la corrupción.

Analizan estas características en 119 países, todos ellos con ingresos bajos per capita, siempre menos de 10725 dólares al año. Cada país presenta algún tipo de riesgo en el suministro de agua. Lo más habitual, en 44 países, es el mal funcionamiento de las instituciones oficiales encargadas de la gestión del agua, llegando a la corrupción en casi todos los casos. Hay 23 países con deficiencias en las cuatro categorías, es decir, en dotaciones, infraestructuras, demanda e instituciones. Los más vulnerables son Jordania, Yemen y Djibouti. Es sorprendente que tengan el mismo diagnóstico países de diferentes zonas geográficas y ecológicas e, incluso, diferentes condiciones socioeconómicas como, por ejemplo, Vietnam, Sri Lanka y Guatemala. No hay que olvidar que la característica fundamental es la mala gestión, incluida la corrupción.

 

*Padowski, J.C. y 4 colaboradores. 2015. Assessment of human natural system characteristics influencing global freshwater supply vulnerability. Environmental Research Letters 10: 104014

Miedo al Ebola

2016 mayo 9
por Eduardo Angulo Pinedo

La Organización Mundial de la Salud declaró el 8 de agosto de 2014 una emergencia de salud pública a nivel mundial por el brote de fiebre de Ebola en los países de África occidental. Esta epidemia ha provocado, por lo menos, 25 casos y más de 10000 muertos. En España hubo varios casos y en Estados Unidos, país del que trata el estudio que vamos a comentar, hubo dos casos importados, un muerto y dos contagios locales.

Esta investigación de Janet Yang, de la Universidad de Buffalo, trata del altruismo, del deseo de beneficiar a otras personas sin esperar nada a cambio. Y trata de la conducta de las personas que, durante la epidemia del Ebola en África, reciben a familiares o amigos procedentes de esa zona.

Trabaja del 21 de octubre al 4 de noviembre de 2014, en plena emergencia mundial, con 1046 voluntarios, la mitad son mujeres, de 18 a 91 años de edad y una edad media de 50 años. Los divide en dos grupos que leen una noticia publicada en el New York Times. El titular dice así: “El Ebola puede provocar 1.4 millones de víctimas en 4 meses, según el CDC” (Centro de Control de Enfermedades de Atlanta). La autora hace dos versiones de esta noticia. En una de ellas, que se supone debe provocar mayor temor en los lectores, añade que el CDC ha confirmado dos contagios en Estados Unidos. En la otra versión, más suave, no se incluye este párrafo.

Después los voluntarios rellenan varias encuestas sobre la importancia que dan a la noticia, si ya conocían el Ebola y sus puntos de vista sociales y culturales. Además, responden sobre el riesgo que perciben, la información que reciben, las emociones negativas que les provoca la noticia, y sus intenciones de atender a los familiares y amigos que vienen de África, es decir, su disposición a la conducta altruista de ayuda a los demás.

Como es obvio, los voluntarios que han leído la noticia que incluye los dos contagios perciben más riesgo que el resto de voluntarios. Son los que más importancia dan a la noticia y, también, son lo que tienen una intención más baja de ayudar a los viajeros de África, es decir, de mantener una conducta altruista. Además, son los que, en la encuesta sobre puntos de vista sociales y culturales, revelan una personalidad más individualista y jerárquica.

 

*Yang, Z.J. 2015. Altruism during Ebola: Risk perception, issue salience, cultural cognition, and information processing. Risk Analysis DOI: 10.1111/risa.12526

El mismo crecimiento

2016 mayo 5
por Eduardo Angulo Pinedo

La población mundial crece una media del 1% anual. Los crecimientos más grandes se han dado con el desarrollo de las modernas sociedades industriales y exceden, con mucho, las tasas de las poblaciones prehistóricas. Hace unos 200000 años ya hay humanos que son, en su anatomía, como nosotros. En los primeros 100000 años ya se han extendido por África en grupos pequeños y relativamente aislados. En los siguientes 60000-80000 años, quizá por cambios en el entorno, emigraron a Europa, Asia y Australia. Y hace 12000 años ya estaban en América y, por tanto, ocupaban todo el planeta.

Es el momento en que comienza el desarrollo de la agricultura, con un clima estable y templado y más dióxido de carbono en la atmósfera. La agricultura aumenta la producción de alimentos y, en consecuencia, se acelera el crecimiento de la población. La hipótesis que se plantea es que el crecimiento de la población debe ser mayor en las primeras sociedades agrícolas que en los grupos de cazadores recolectores que conviven con ellas. Jabran Zahid y sus colegas, de la Universidad de Wyoming en Laramie, se proponen probarlo con medidas de carbono 14. Las sociedades más grandes producen más artefactos y productos diversos que se datan con carbono 14 y, por tanto, a más medidas más productos y una sociedad mayor, con más población.

Los autores utilizan casi 8000 medidas de carbono 14 en poblaciones que ahora pertenecen a Wyoming y Colorado y fechadas desde hace 13000 años hasta la actualidad.

El crecimiento de la población es de 0.041%, tanto en los cazadores recolectores de Wyoming y Colorado como entre los agricultores de Europa, a partir de los 6000 años, cuando se difunde la agricultura. Solo hace 200 años, con la Revolución Industrial, la tasa se multiplica.

A partir de una población de 50000 individuos en África hace 50000 años y esa tasa de crecimiento constante de 0.041%, se puede calcular que en el año 1800, hace 200 años, tendríamos, más o menos, la población de 1000 millones que había en esa fecha.

Por tanto, no hay un cambio en el crecimiento de la población entre cazadores recolectores y agricultores cuando aparece la agricultura y conviven ambas culturas.

 

*Zahid, H.J., E. Robinson & R.L. Kelly. 2015. Agriculture, population growth, and statistical analysis of the radiocarbon record. Proceedings of the National Academy of Sciences USA doi: 10.1073/pnas.1517650112

Cambios en el entorno

2016 mayo 1
por Eduardo Angulo Pinedo

Las comunidades animales y vegetales mantienen una estructura que nos ayuda a entender su funcionamiento. Lo habitual es estudiar su composición en especies pero, recientemente, se ha detectado que muchas de esas especies aparecen por parejas, sean animal-animal, vegetal-vegetal o animal-vegetal.

Hay casos en que parece que las parejas se forman por azar o, quizá, no se ha conseguido descubrir que las agrupa. Pero otras se caracterizan por aparecer a menudo, y se les denomina como parejas agregadas, o están formadas por especies que se evitan y, entonces, se llaman parejas segregadas. Esto último ocurre cuando las especies se perjudican mutuamente (el hombre y el lobo) o prefieren hábitats distintos (la trucha y la anchoa) o, mientras una de ellas tienden a expandirse y aumentar el área geográfica que ocupa, la otra no puede hacerlo (Homo sapiens y Homo neanderthalis). Se agregan cuando se benefician una a otra (el hombre y el geranio), comparten el hábitat (la jirafa y el leopardo) o de dispersan una y otra a la vez (la patata y el escarabajo de la patata).

Pues bien, Kathleen Lyons y su grupo, con 29 investigadores de 24 instituciones de todo el mundo y dirigidos desde el Smithsonian de Washington, han reunido datos y estudiado las parejas agregadas y segregadas de los últimos 300 millones de años. Parten del hecho de que, en la actualidad, aunque se puede suponer que el número de parejas de uno y otro tipo sea más o menos el mismo, resulta que hay más parejas segregadas que agregadas. Y se preguntan por qué ocurre.

Revisan los fósiles de 88 yacimientos y 38 conjuntos actuales de mamíferos y 42 de plantas. Los datos demuestran que las parejas agregadas suponían el 72% del total durante más de 100 millones de años y caen hasta el 42% hace unos 6000 años, y estos porcentajes llegan hasta la actualidad. Es hace unos 6000 años cuando la agricultura se extiende por todo el mundo y, por ejemplo, llega a Norteamérica. A la vez, por las mismas fechas crece la población de nuestra especie.

Para los autores es nuestra especie la que cambia el entorno. Quizá contribuye el aumento en la caza y en la recolección de alimentos salvajes, la domesticación de animales y plantas, los cambios en el uso del suelo, el aumento del control del fuego, el aumento de la fragmentación del hábitat, y el transporte deliberado o accidental de especies más allá de su rango geográfico natural de dispersión.

 

*Lyons, S.K. y 28 colaboradores. 2015. Holocene shifts in the assembly of plant and animal communities implicate human impacts. Nature doi: 10.1038/nature16447

El ecologista volador

2016 abril 16
por Eduardo Angulo Pinedo

Cualquiera que haya leído “No impact man”, del periodista neoyorquino Colin Beavan (y, si no lo ha leído, se lo recomiendo), sabrá que hay muchas personas muy seguras de sus ideas pero poco fieles a ellas en sus catos. Y sermonean y reprochan a los demás porque no hacen lo que, por cierto, ellos mismos tampoco hacen. El equipo liderado por Seonaidh McDonald, de la Universidad Robert Gordon de Aberdeen , en Escocia, se propone investigar esta inconstancia en cuanto a convicciones y conductas con un caso concreto, el uso del transporte aéreo por quienes se declaran consumidores “verdes”.

Casi 3000 millones de personas viajan en avión cada año, con un crecimiento de un 5% anual. Cada vuelo en un avión supone un fuerte impacto ambiental con emisión de dióxido de carbono. Sin embargo y aunque es conocido el perjuicio para el ambiente, no parece existir un propósito de cambio de conducta respecto al uso del transporte aéreo para viajar. Es más, en investigaciones de los últimos años se ha encontrado que los viajeros más “verdes”, los que se declaran más preocupados por el ambiente, son los más frecuentes en los viajes a larga distancia. Y los investigadores del grupo de McDonald entrevistan 29 viajeros consumidores “verdes” para conseguir de primera mano relatos y datos cualitativos con el objetivo de utilizar sus resultados, ya que son un grupo que pertenece a una Facultad de Economía,  para elaborar campañas de marketing que pretenden cambios en la conducta.

Después de las entrevistas detectan  cuatro estrategias que los consumidores “verdes” declaran para explicar su conducta. En primer lugar, está lo que ofrece el vuelo ya que las alternativas, sea barco, tres o autobús, son caras, lentas y casi igual de perjudiciales para el ambiente, según sus declaraciones. En segundo lugar, se sienten obligados por el contexto, como puede ser la lejanía con la familia algún negocio o acontecimiento importantes. Además  está lo que llaman “identidad personal”, es decir, las experiencias vitales y la ampliación de horizontes que se consiguen en los viajes aéreos son demasiado importantes como para dejarlos de lado. En tercer lugar, declaran que se proponen cambiar otras conductas para compensar el daño al ambiente con el viaje en avión. Por ejemplo, usar más la bicicleta o utilizar el compostaje con la basura orgánica. Y, finalmente, algunos afirman que dejarán de volar.

En conclusión, como se proponía el grupo de McDonald, quizá conocer estas estrategias de los consumidores “verdes” respecto al transporte aéreo ayude al desarrollo de planes de marketing que consigan cambiar no solo su conducta sino también la de los vendedores de vuelos.

 

*McDonald, S. y 4 colaboradores. 2015. Flying in the face of environmental concern: why green consumers continue to fly. Journal of Marketing Management 31: 1503-1528.

El sueño del cazador

2016 abril 11
por Eduardo Angulo Pinedo

Se dice que fue la invención de la luz eléctrica, seguida por la radio, la televisión, internet y tecnologías relacionadas, además del incremento del consumo de cafeína, las que han acortado nuestro tiempo de sueño desde los niveles naturales hasta nuestra conducta actual. Esta reducción del tiempo dedicado a dormir se ha relacionado también con la obesidad, desórdenes emocionales y otros síndromes, y todo ello a pesar de que esta conducta comenzó hace poco tiempo, hacia 1880. Por otra parte, todas estas suposiciones se hacen aunque no conocemos con exactitud cuánto dormían nuestros antepasados antes de la era moderna.

Para aclarar algo este enigma, Gandhi Yetish y sus colegas, de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, han buscado etnias que, en la actualidad, tienen un comportamiento de cazadores recolectores, como aquellos de nuestros antepasados que dormían, obviamente y hace miles de años, sin la interferencia de la luz eléctrica. Encuentran tres grupos que cumplen estos requisitos: los Hadza, en el norte de Tanzania, cerca del ecuador, que bien en bosques y sabanas; los San, del desierto de Kalahari, que viven al sur del ecuador (por cierto, con un genoma extraordinariamente variable, ¿nuestro centro Vavilov?); y, finalmente, los Tsimane de Bolivia, que también viven al sur del ecuador y son cazadores aunque también siembran pequeñas huertas.

En los tres grupos y después de analizar los horarios de 94 personas en n total de 1165 días, encuentran que el tiempo entre echarse a dormir y levantarse es parecido, entre 6.9 y 8.5 horas, y el que se duerme realmente es de 5.7 a 7.1 horas. Aún con pequeños fuegos, van a dormir entre 2.5 y 4.4 horas después de ponerse el sol. En el grupo más cercano al ecuador, los Hadza, no hay cambios estacionales en el tiempo para dormir. Los dos grupos más lejanos, con estaciones, duermen entre 53 y 56 minutos más en invierno. Los autores concluyen que estos horarios no cambian mucho de los registrados en las sociedades con luz eléctrica.

Casi no echan la siesta y, en todo caso, lo hacen los San en verano y con una duración media de 32 minutos en un día de cada cuatro. Tampoco hay insomnio más allá del 2.5% de los individuos, muy lejos del 10%-30% de las sociedades industrializadas.

Y hablando de insomnio y según un estudio reciente de la evolución del sueño en primates, incluyendo nuestra especie, publicada por David Samson y Charles Nunn, de la Universidad de Carolina del Norte, somos los que menos tiempo dedicamos al sueño, una media de 8 horas frente a las 10 horas de los macacos, las 12 horas de los chimpancés o las 17 horas de los lémures, entre otros.

Además, hemos cambiado la distribución de las horas de sueño a lo largo del día. Las sociedades humanas tradicionales tienen un sueño en periodos, a la noche y en la siesta e, incluso, hay algunas que dividen la noche en dos tiempos de sueño. En cambio, las sociedades industrializadas, con un entorno controlado y con oscurecimiento artificial, duermen en un solo periodo, aproximadamente desde las 22.30 hasta las 6.00 horas.

Y, además, nuestra especie es la que tiene, durante el sueño, el mayor porcentaje de fase REM respecto del total. En comparación con las otras especies de primates analizadas es casi del 25%. La fase REM es la que mantiene el cerebro más activo, se capta información del entorno y paraliza la respuesta muscular. Se llama REM por “Rapid Eye Movement”, es decir, por el movimiento rápido de los globos oculares debajo de los párpados.

Por tanto, nuestra especie duerme menos tiempo pero su sueño es de mayor calidad con un funcionamiento más activo del cerebro. Para Samson y Nunn, estos cambios del tiempo total de sueño y de la duración de la fase REM son consecuencia del desarrollo evolutivo del cerebro e indispensables para la evolución de nuestra especie. En definitiva, hemos cambiado cantidad de sueño por calidad de sueño.

 

*Samson, D.R. & C.L. Nunn. 2015. Sleep intensity and the evolution of human cognition. Evolutionary Anthropology 24: 225-237.

*Yetish, G. y 8 colaboradores. 2015. Natural sepes and its seasonal variations in three pre-industrial societies. Current Biology doi: 10.1016/j.cub.20156.09.046

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