El investigador principal del trabajo que voy a comentar declaró a una agencia de noticias que “psicológicamente, hombres y mujeres son casi especies diferentes”. Especies diferentes nada menos. Quizá ese “casi” le salve de la más pura incorrección política. El culpable de hablar tan claro, casi en titulares de prensa, es Paul Irwing, de la Universidad de Machester, y su estudio vamos ahora a ver de qué va.
Los datos los obtiene de una encuesta pasada en Estados Unidos a 10261 personas, de ellas 5137 son mujeres, con edades de 15 a 92 años, y es representativa, en edades y distribución geográfica, de la población del país. La encuesta consta de 185 preguntas y utiliza 15 escalas de personalidad: reservado o cálido, estable o acelerado, dominante o dominado, serio o alegre, expeditivo o respetuoso, audaz o precavido, sensible o práctico, confiado o receloso, abstracto o concreto, abierto o celoso de la intimidad, tradicional o abierto al cambio, orientado al grupo o a sí mismo, perfeccionista o tolerante, relajado o tenso. Al final, se obtienen cinco escalas globales: extraversión, ansiedad, cerrado de mente, independencia y autocontrol.
Cuando analizan los resultados, los investigadores encuentran que las mujeres puntúan más en calidez, sensibilidad y comprensión, y los hombres en estabilidad emocional, respeto a las reglas y vigilancia. Se acercan bastante a los arquetipos que tenemos en nuestra cultura sobre la psicología de hombres y mujeres.
Es interesante que las puntuaciones de ambos sexos se superponen solo en un 14%, es decir, que son diferentes en un 86%. Por tanto, según esta encuesta, hombres y mujeres son diferentes desde el punto de vista psicológico. Para Paul Irwing, en un afán de igualdad absoluta entre los sexos, las diferencias entre ellos se han soslayado o, como poco, subestimado. Pide a otros investigadores que utilicen la misma metodología en estudios con la misma o con otras poblaciones para ver si estas conclusiones se confirman.
Una de las objeciones que Irwing plantea a su propia metodología es que es posible que las personas respondan al test atendiendo más a lo que se espera de ellos y de ellas, desde la sociedad o la cultura a la que pertenecen, que a lo que sienten realmente. Por eso, quizá, los resultados se acercan tanto a los arquetipos sociales de ambos sexos.
Podemos poner un ejemplo concreto de estas diferencias. Más o menos por las mismas fechas en que apareció el estudio de Irwing, un grupo de la Universidad Estatal de Ohio en Mansfield, dirigido por Terri Fisher, publicaron un trabajo sobre lo mucho, o poco, que las personas piensan, a lo largo del día, sobre el sexo, la comida o el dormir.
Los autores proporcionan a 283 universitarios, de ellos 163 mujeres, de 18 a 25 años y con una edad media de 19, un contador para que, divididos en tres grupos, marquen cada vez que, a lo largo del día, piensen unos en el sexo, otros en la comida y los terceros en dormir.
Los chicos piensan más en las tres cosas que las chicas. En sexo, el marcador, por las veces que piensan en él al día, está los chicos en 19 y las chicas en 10. Para la comida, el resultado es 18-15. Y en dormir, se queda en 11-8. La diferencia entre sexos no es muy grande, pero ahí está. La misma Terri Fisher, como hacía Irwing, recurre otra vez a la posible influencia de los arquetipos sociales de los sexos para explicar los resultados.
*Del Giudice, M., T. Booth & P. Irwing. 2012. The distance between Mars and Venus: Measuring global sex differences in personality. PLoS ONE 7: e29265
*Fisher, T.D., Z.T. Moore & H.-J. Pittenger. 2012. Sex on the brain? An examination of frequency of sexual cognitions as a function of gender, erotophilia, and social desirability. Journal of Sex Research 49: 69-77.
Hablamos, los humanos, hablamos, a veces mucho, algunos incluso demasiado. El lenguaje es una característica de nuestra especie y Quentin Atkinson, de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, afirma, como conclusión de su estudio, que procede del sudoeste de África y se inició hace de 50000 a70000 años atrás. Para entender en qué se basa esta propuesta de Atkinson, primero tenemos que hablar de un botánico y genético ruso que fue asesinado en una purga, por el régimen de Stalin, durante la Segunda Guerra Mundial. Se llamaba Nikolai Ivanovich Vavilov, y cuando murió tenía 56 años.
Vavilov se especializo en la genética de las plantas domesticadas y recolectó un número ingente de variedades de las mismas. Pronto se le hizo evidente que había áreas geográficas con más variedades que el resto de los lugares de cultivo de cada planta. Como ejemplo nos vale la patata y el Perú con sus 4000 variedades y todo tipo de tamaños, formas y colores. De todas estas variedades, solo unas pocas fueron transportadas por el hombre a otros lugares donde era posible cultivarlas. Así, contra más lejos estamos de lo que se llama el centro Vavilov de una planta domesticada, menos variedades encontraremos. O sea, que se adivina el lugar de origen de una planta por ser donde más variedades de ella encontraremos. Y Quentin Atkinson se pregunta si no ocurrirá lo mismo con el lenguaje.
Analiza una base de datos con 504 idiomas de todo el mundo y toma en cuenta el número de fonemas de cada uno de ellos. Los fonemas son las unidades diferentes de sonidos que forman las palabras. A nivel práctico, los fonemas son las vocales, las consonantes y el tono en que se dicen. Combinando fonemas, formamos sílabas y, después, palabras, frases y demás. Se sabe que contra menos hablantes tenga un idioma, menos fonemas tiene. Atkinson supone que, de un núcleo principal donde se formó la base de los idiomas modernos, se fueron separando poblaciones pequeñas que hincaron la expansión de nuestra especie por todo el planeta. Cada una de estas pequeñas poblaciones era susceptible de ir perdiendo fonemas del lenguaje original, pues ya vimos que las poblaciones pequeñas pierden fonemas. Así, tal como pasaba con las plantas, cuanto más lejos estemos del origen del lenguaje, menos fonemas encontraremos.
El menor número de fonemas lo encuentra Atkinson en Oceanía y Sudamérica y el mayor número en una franja del sudoeste de África que va del norte del Golfo de Guinea hasta Sudáfrica. Y, en consecuencia, Atkinson propone que en el sudoeste de África está el origen de los idiomas modernos.
*Atkinson, Q.D. 2011. Phonemic diversity supports a serial founder effect model of language expansion from Africa. Science 332: 346-349.
Es nuestro colega en el laboratorio desde hace muchos años. Sacrificado y preciso, nos indica si vamos por el buen camino o si nos hemos equivocado. Millones de ellos nos ayudaron antes y millones lo seguirán haciendo en el futuro. Mucho del bienestar en que vive nuestra especie se debe a su aplicada y humilde labor. Es el ratón de laboratorio. Es Mus musculus, por su nombre científico. Es, por ejemplo, la cepa BALB/c, el conocido y famoso ratón albino de laboratorio, de pelaje blanco y ojos rojos. O la cepa C57BL/6, de pelaje castaño oscuro, casi negro, que fue de quien se obtuvo el genoma del ratón. Todos ellos son nuestros famosos y sacrificados amigos.
Ya en el siglo XVI se utilizaban ratones en la investigación biomédica. Fáciles de obtener y fáciles de criar, siempre se tenían a mano unos cuantos en los sótanos y camarotes de las casas, todos ellos más o menos idénticos. William Harvey y la circulación de la sangre, Joseph Priestley y la respiración o Robert Koch y los microbios, todos ellos y muchos más usaron ratones en sus estudios. Solo hace un siglo, a principios del siglo XX, se hicieron los primeros intentos para conseguir cepas de ratones genéticamente homogéneos para su utilización específica en el laboratorio. Todo comenzó con Clarence Cook Little, de Brookline, Massachusetts.
C.C. Little se graduó en Harvard y comenzó su tesis en el laboratorio de Genética que dirigía William Castle. Una de sus hipótesis de trabajo era que el cáncer tenía un fuerte componente hereditario y, para poder estudiarlo, necesitaba una cepa de ratones idénticos. Procreó entre sí los descendientes de una ratona que había en el laboratorio, hermana con hermano, durante veinte generaciones, y consiguió cepas en las que todos los individuos tenían la misma dotación genética y eran fértiles. Allí, en 1927, obtiene la cepa C57BL/6 que antes he mencionado y que todavía se utiliza.
La especie Mus musculus salvaje, origen de nuestro amigo, contiene varias subespecies, de las cuales tres abarcan áreas geográficas muy extensas: Mus musculus domesticus, en Europa occidental y norte de África; Mus musculus musculus, desde Europa central hasta el norte de China; y Mus musculus castaneus, en el sureste de Asia. Aunque en las zonas de contacto hay híbridos de estas subespecies, al cubrir zonas geográficas tan grandes, la mayoría de los individuos pertenecen a una subespecie y, en conjunto, los híbridos son raros.
Little desarrolló los ratones de laboratorio a partir de unos pocos ejemplares que, seguro, pertenecen a una de las subespecies pues ya hemos visto que los híbridos son raros. Y ahora nos podemos preguntar cuál es el origen exacto de los ratones de laboratorio. Nos van a responder Hyuna Yang y su grupo del Laboratorio Jackson de Bar Harbor, en Maine, Estados Unidos, centro que fundó C.C. Little en 1929, cuando dejó Harvard, y que es, por supuesto, una referencia mundial de la genética del ratón.
Nuestros expertos van a comparar el genoma de las tres subespecies con el de 162 cepas de ratones de laboratorio. En una u otra cepa encuentran representación genética de las tres subespecies. También descubren que, si bien las primeras cepas de Little tienen un origen distinto que ahora vamos a ver, durante el siglo XX se han desarrollado cepas a partir de ratones salvajes de las tres subespecies. Sin embargo, las cepas de Little tienen un genoma especial: la mayoría pertenece a la subespecie domesticus, la típica de Europa occidental, que llegaría a Estados Unidos con los colonizadores europeos, pero, además, tiene una parte del genoma de origen japonés. Esto último necesita una aclaración.
Durante siglos, muchos siglos, en Oriente, sobre todo en China y Japón, se criaron ratones como animales de compañía, para juego y diversión de niños y mayores. Como siempre que nuestra especie domestica a otra, enseguida seleccionamos individuos con características especiales por su tamaño, forma, color y otras características, tal como ocurre, por ejemplo, con perros y gatos. Y lo mismo ocurrió con los ratones. En el siglo XIX, esta costumbre de la cría de ratones se popularizó en la Inglaterra victoriana y llegó a Estados Unidos. Y se supone que alguno de estos ratones que, como ven, de generación en generación había dado la vuelta al mundo (por cierto, en dirección contraria a la de Phileas Fogg), llegó a manos de C.C. Little y participó en el desarrollo de las primeras cepas de ratones de laboratorio.
*Crow, J.F.2002. C.C. Little, cancer and inbred mice. Genetics 161: 1357-1361.
*Kotenkova, E., N. Meshkova & M. Shutova. 1991. Las ratas y los ratones. Ed. Mir. Moscú. 290 pp.
*Yang, H. y 14 colaboradores. 2011. Subspecific origin and haplotype Diversity in the laboratory Mouse. Nature Genetics doi:10.1038/ng.847
Hace no mucho tiempo vimos, e incluso bebimos, la presencia de drogas ilegales en el agua dulce de ríos y depuradoras, algunas de ellas muy cercanas pues uno de los estudios más detallados se hizo en la cuenca del Ebro. Ahora publican Angelo Cecinato y su grupo del Instituto de Investigación de la Contaminación Atmosférica de Monterotondo, en Italia, sus resultados sobre la presencia de sustancias psicotrópicas, o sea, drogas como la cocaína, las anfetaminas o la nicotina, en el aire de muchas ciudades italianas.
Analizan el aire en 39 sitios que luego agrupan por regiones, en entornos la mayoría de ellos urbanos, durante los meses de enero, febrero y junio de 2009. Miden la concentración de cocaína y derivados del cannabis como drogas ilegales, de nicotina y cafeína como drogas legales, de benzopireno como hidrocarburo policíclico aromático y conocido contaminante y cancerígeno, y de PM10 o partículas microscópicas de un determinado tamaño de ceniza, hollín, polvo, partículas metálicas, cemento y tantas otras cosas peligrosas para los pulmones y cada vez más abundantes en las ciudades. Como ven, dos drogas ilegales, dos drogas legales y dos contaminantes.
La mayor concentración de cocaína se encuentra en Lombardía seguida del Piamonte, y la menor en Bolzano y Calabria. En cuanto a los derivados del cannabis, el récord lo tiene el aire de Lazio seguido de Abruzzo, y la peor marca vuelve a estar en Bolzano y, en este caso, Cerdeña.
Con estos datos, los autores intentan comprender a qué se deben las diferencias entre regiones a base de comparar con un montón de estadísticas. Por ejemplo, la cocaína se relaciona con el número de robos y atracos, la nicotina con los robos, y la nicotina y la cafeína con la inmigración ilegal y la evasión de impuestos. Como era de esperar, hay más cocaína en las regiones con más tráfico y venta de drogas medidos por la cantidad de droga decomisada por la policía. O con un mayor número de plantas cultivadas de marihuana descubiertas por la policía.
De todas formas, las concentraciones en la atmósfera no son peligrosas para la salud, aunque los autores encuentran una relación que no saben explicar: hay más cocaína en el aire en las regiones con más cáncer de mama y hay más derivados del cannabis en las regiones con más enfermedades mentales. Aquí hay trabajo para el futuro.
*Cecinato, A. y 4 colaboradores. 2011. Possible social relevance of illicit psychotropic substances present in the atmosphere. Science of the Total Environment 412-413: 87-92.
Hace unas semanas convertimos un guante de goma en nuestra mano izquierda e incluso dolía cuando alguien clavaba un tenedor en el guante, y días después convertimos un maniquí en nuestro cuerpo e, incluso, intercambiamos el cuerpo con uno de los investigadores del estudio. Nada menos. Pero no es todo, hoy vamos a ver, con Zane Zheng y su grupo de la Universidad de la Reina de Kingston, en Canadá, como intercambiar la voz con otra persona.
Como ya saben, la ”ilusión de la mano de goma” describe lo que ocurre cuando temporalmente coinciden las sensaciones visuales y táctiles. En ese momento parece que manda la visión y el tacto se deja engañar. Ahora, como hacen Zheng y sus colegas, nos podemos preguntar qué puede pasar con otro de nuestros sentidos, la audición. Intervienen los músculos, y por tanto el tacto, en la emisión de la voz, y la audición cuando la escuchamos. Dos sentidos a los que quizá consigamos confundir. Veamos como Zheng consigue la “ilusión de la mano de goma” con el oído.
Participan 93 universitarias, de 18 a 28 años, con una edad media de 22 años. Como voces que van a engañar, intervienen dos mujeres cuyo tono de voz es ligeramente más agudo o más grave que el habitual en la región. Estas mujeres graban cuatro palabras monosílabas y fáciles de escuchar y repetir en inglés: day, too, page y test. Cada voluntaria escucha una de estas palabras y la repite y lo hace 155 veces durante la prueba experimental. Las palabras se ordenan al azar y, según la dicen, se escuchan a sí mismas repitiéndola por unos auriculares. Lo que no saben es que, a partir de la palabra número 20, lo que escuchan por los auriculares no es su voz sino la de las locutoras. En cinco momentos de la prueba se pregunta a las voluntarias si han escuchado, por los auriculares, su voz o su voz modificada. Pues bien, a partir de las 45-50 audiciones de la locutora están convencidas de escuchar su voz algo modificada. O sea, ya toman la voz de otra persona por la propia.
Pero la detección de una voz diferente es todavía más temprana en la prueba y, además, es inconsciente. A cada una de las voluntarias, durante las primeras 20 repeticiones, en las que escucha su propia voz, se le toma la frecuencia básica de su voz, lo que los investigadores llaman F0. A las primeras repeticiones en que escuchan la voz de la locutora y sin ser conscientes de que es otra voz, ya intentan adaptar su F0 a lo que escuchan. Recuerden que las locutoras tienen un tono de voz algo más agudo o algo más grave que la media. Pues bien, cada voluntaria intenta acercar su F0 a lo que escucha, y lo hace a la locutora más próxima según el tono de voz de la voluntaria, la que tiene un tono de voz más agudo a la locutora de parecido tono, y la voluntaria con tono grave a la locutora más grave. Ya en ese momento, de manera inconsciente, nota que la voz que escucha es diferente, ligeramente diferente, pero luego declarará que es la suya, aunque modificada.
*Zheng, Z.Z. y 3 colaboradores. 2011. Perceiving a stranger’s voice as being one’s own: A “rubber voice” illusion? PLoS ONE 6: e18655
Hace poco hablamos de la fracturación hidráulica, esa técnica que permite la extracción de gas natural del subsuelo con la inyección de grandes cantidades de agua a mucha presión. Y comentábamos algunos de los problemas que plantea en relación con el ambiente. Todo ello está de actualidad por el anuncio hecho por el lehendakari López del hallazgo de gas natural en Álava que sólo se puede extraer por la fracturación hidráulica.
Mencionaba tres problemas en relación con el entorno: se necesitan ingentes cantidades de agua que, cuando vuelven a la superficie con el gas, están contaminadas y hay que almacenarlas en balsas; en segundo lugar, el gas natural extraído es, sobre todo, metano que, en parte, va a la atmósfera y es conocido que este gas tiene un potente efecto invernadero y retiene el calor mucho más que el dióxido de carbono; y, en tercer lugar, es posible la contaminación con metano del agua potable de los acuíferos, tema que ya tratamos el otro día y que es importante en Álava ya que el acuífero de Subijana está entre la superficie y la profundidad a la que se encuentra el metano. Hoy toca hablar de los escapes de metano a la atmósfera ya que hay bibliografía reciente publicada por Robert Howarth y su grupo de la Universidad Cornell de Ithaca, en Estados Unidos.
Parte del agua que se inyecta a presión en el subsuelo para conseguir la fractura de la roca y la liberación del gas, en su vuelta a la superficie, lleva metano. Howarth y sus colegas han recopilado datos de diversas fuentes sobre las pérdidas de metano a la atmósfera durante este proceso en cinco yacimientos de Estados Unidos. En uno de ellos, el de la formación Haynesville, en Louisiana, la emisión es de 680.000 metros cúbicospor día que, según he entendido, es una cantidad respetable que, además, supone la pérdida del 3.2% de las reservas que se calcula tiene este yacimiento. En general, las pérdidas de metano en el retorno están relacionadas con la capacidad de producción del yacimiento: a más metano extraído, más metano se pierde en la atmósfera. Para los cinco yacimientos de los que Howarth tiene datos, la emisión de metano supone la pérdida del 1.6% del gas del yacimiento como media.
Cuando llega el gas a la superficie, junto con el agua de retorno, hay que separar el metano para conducirlo a la red de gasoductos comerciales. En esta fase, la pérdida media es del 0.33% según los datos, en este caso, de doce yacimientos. Si se sigue todo el trayecto del gas hasta el consumo, las pérdidas en la atmósfera irían de un 3.6%, en el cálculo más conservador, y hasta el 7.9%, en el más pesimista. Sin embargo, hay que precisar que sólo el 1.6% del agua de retorno más el 0.33% de la separación se pueden achacar a la técnica de la fracturación hidráulica; el resto es común con los métodos convencionales de explotar el gas natural. En total, el 1.9% se debe a la técnica que se va aplicar el Álava.
Como ven, el trabajo de Howarth se refiere a datos de varios yacimientos pero, hace unos días, Jeff Tolleson comentaba en Nature datos de los yacimientos de la cuenca Denver-Julesburg, en Colorado. Todo comenzó con la toma de muestras y análisis rutinarios de la atmósfera en la ciudad de Denver. Encontraron una concentración apreciable de metano y llegaron a la conclusión de que el vertido de metano a la atmósfera en el yacimiento Denver-Julesburg llegaba al 4%, una cifra bastante mayor que los cálculos de Howarth (recordad, el 1.9%). Es un estudio que demuestra que falta mucho por conocer en este campo.
De inmediato a la publicación del artículo de Howarth, apareció una réplica firmada por Lawrence Cathles III y su grupo, de la misma universidad aunque de otro departamento. Howarth respondió y quedó claro que no se discute la presencia de metano en la atmósfera, se duda de que proceda de los campos de gas y, sobre todo, el debate se centra en la potencia del metano como gas de efecto invernadero. Pero metano hay y, por lo menos en parte, procede de los campos de extracción de gas natural por la técnica de la fracturación hidráulica.
*Cathles III, L.M. y 3 colaboradores.2012. A commentary on “The greenhouse-gas footprint of natural gas from shale formations” by R.W. Howarth, R. Santoro, and Anthony Ingraffea. Climatic Change DOI:10.1007/s10584-011-0333-0
*Howarth, R.W., R. Santoro & A. Ingraffea. 2011. Methane and the greenhouse-gas footprint of natural gas from shale formations. Climatic Change 106: 679-690.
* Howarth, R.W., R. Santoro & A. Ingraffea. 2012. Venting and leaking of methane from shale gas development: response to Cathles et al. Climatic Change DOI:10.1007/s10584-012-0401-0
*Tollefson, J. 2012. Air sampling reveals high emissions from gas field. Nature 482: 139-140.
Lo que nos dicen, seamos conscientes de ello o no, influye en nuestra conducta. Y más todavía si quien nos habla es alguien que nos merece respeto, por ejemplo, un experto en la materia. Así nos ocurre en cuestiones de arte, tal como nos cuentan Mengfei Huang y sus colegas de la Universidad de Oxford.
El arte, en cualquiera de sus expresiones, atrae con más o menos fuerza a todo el mundo: pintura, escultura, literatura, cine, música,… Y cada uno tiene su criterio sobre estas expresiones artísticas, criterio basado tanto en conocimientos como en la propia historia personal en su sentido más amplio. Pero sabemos muy poco de los mecanismos cerebrales que están en la base de nuestros gustos y criterios sobre el arte. Sabemos muy poco de eso que se ha dado en llamar neuroestética, cuyo objetivo es conocer por qué encontramos algo atractivo y, a veces, hasta hermoso en nuestro entorno.
Huang propone que la experiencia estética, para que sea completa, se debe basar en la autenticidad de la obra observada. Una obra falsa, que sabemos que lo es, impide que la disfrutemos a tope. Para confirmar su hipótesis, Huang y sus colegas enseñan una serie de retratos pintados por Rembrandt que, según los expertos, hay algunos que pintó el autor y otros son obra de discípulos o, simplemente, copias o falsificaciones, a 14 voluntarios, entre ellos 6 mujeres, con edades de20 a 27 años. Todos gustan del arte pero sin ser unos fanáticos (como mucho, cinco visitas a museos al año) y no tienen estudios específicamente sobre arte, aunque todos conocen a Rembrandt y le consideran un gran pintor. Se les dice si el retrato que van a ver es de Rembrandt o no y se les hace un escáner para conocer las áreas del cerebro que se activan durante la observación.
Cuando no saben si el retrato es auténtico o falso, es decir, cuando creen que están viendo una obra de Rembrandt, las zonas del cerebro que se activan son siempre las mismas. O sea, que no saben distinguir lo verdadero y lo falso. El cerebro responde con las áreas dedicadas a la recompensa; nos sentimos satisfechos al disfrutar de la obra de un gran pintor. En cambio, cuando saben que la obra es falsa, no se disfruta de ella, pues las zonas del cerebro que se activan son aquellas dedicadas a la elaboración de planes y estrategias. Los voluntarios, ante una obra declarada falsa, se lanzan a meditar cómo y por qué los expertos la han declarado como tal, en qué se han fijado, cuáles son los detalles que revelan que no es de Rembrandt,… Así, el juicio estético no existe; quizá la falsificación sea excelente y su valor como obra de arte sea importante, pero no importa, el saber que es falsa nos impide ir más allá. Nuestro cerebro no nos deja.
*Huang, M. y 3 colaboradores. 2011. Human cortical activity evoked by the assignment of authenticity when viewing works of art. Frontiers in Human Neuroscience 5: 1-9.
Nuestra especie es capaz de llegar muy lejos, en el tiempo y en el espacio, incluso a lugares y momentos en los que nunca ha estado. Si les parece exagerado, vean lo que está ocurriendo con los lagos de agua dulce de Norteamérica y el Ártico.
Hemos doblado, más que doblado, la cantidad de nitrógeno de la biosfera. La quema de combustibles fósiles y el uso de abonos nitrogenados en la agricultura más desarrollada son los caminos de entrada en la biosfera del nitrógeno de origen humano. En unos casos por la atmósfera, en otros por el agua, ese nitrógeno acaba llegando a lugares insospechados. Gordon Holtgrieve y su grupo, de la Universidad de Washington en Seattle, comentan que, hasta ahora, se suponía que el nitrógeno de origen humano se depositaba en áreas cercanas a las poblaciones, por los combustibles fósiles, y en zonas agrícolas de los países desarrollados, por el uso intensivo de abonos nitrogenados. Pero, como demuestra Holtgrieve, es más que eso, con su investigación sobre la presencia de nitrógeno en los sedimentos del fondo de 24 remotos lagos de agua dulce y en un testigo de hielo del centro de Groenlandia.
Los lagos van del centro de Estados Unidos hasta Alaska y el norte de Canadá más el testigo de hielo de Groenlandia y otros tres lagos, los situados más al norte, del archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega. Los autores estudian, en los sedimentos, la presencia del isótopo 15 del nitrógeno; este N15 se deposita de modo natural, por la acción de seres vivos. Por tanto, cuanto más N15 hay, menos contaminación. Por el contrario, cuando el N15 disminuye es porque aumenta el nitrógeno de origen humano, es decir, hay más contaminación.
Holtgrieve encuentra que la caída en la cantidad de N15 es notable a partir de finales del siglo XIX, con la Revolución Industrial en pleno desarrollo. Incluso el resultado es el mismo en el testigo de hielo de Groenlandia; como ven, somos capaces de llegar muy lejos. Los cambios, con la disminución del N15, se aceleran a partir de la década de los 50, con el aumento en la fabricación y uso de los abonos nitrogenados. Así hemos conseguido enviar nuestro nitrógeno a lugares en los que nunca hemos estado.
*Holtgrieve, G.W. y 18 colaboradores.2011. Acoherente signature of anthropogenic nitrógeno deposition to remote watersheds of the Northern Hemisphere. Science 334: 1545-1548.
Por lo que ahora sabemos, en las relaciones sociales es importante la percepción de la claridad del rostro, de la luminosidad facial (“Facial lightness”). La percepción de la claridad influye en el trato entre las personas, por ejemplo, las que tienen la piel oscura a veces tienen experiencias desagradables debido al tono de su piel, como nos cuenta Hyunjin Song y su equipo de la Universidad de Yale. Por si fuera poco, la luminosidad de la piel que se percibe puede estar influenciada por factores que no tienen nada que ver, en principio, con lo percibido. Por ejemplo, la misma cara se percibe más oscura si antes hemos identificado a la persona como “negra” que si la definimos “hispana”. O, también, percibimos más claro el rostro de un político si estamos de acuerdo con sus ideas. Así lo han demostrado Eugene Caruso y su grupo de la Universidad de Chicago.
Los participantes, todos ellos voluntarios y estudiantes de las universidades de Chicago y Arizona, ven, en un primer estudio, la imagen de un candidato en unas elecciones que es poco conocido. Es birracial y tiene la piel oscura. La fotografía que ven los voluntarios es manipulada y tiene tres tonos, uno más claro que el original, otro más oscuro y, por último, la imagen original. Además, los experimentadores dicen a los voluntarios la ideología del candidato de manera que unas veces coincide con la suya y otras no. Después de analizar los resultados, descubren que los universitarios han elegido el doble de veces la imagen más clara cuando sus ideas coinciden con la ideología del candidato, y la imagen más oscura si es de otra ideología. En sucesivos estudios encuentran que los resultados son parecidos aunque el político sea muy conocido, en este caso el Presidente de los Estados Unidos Barack Obama.
Volvemos a Hyunjin Song y la influencia de otros factores en la percepción de la luminosidad del rostro. Este grupo ha encontrado que vemos un rostro más luminoso si sonríe. Es curioso constatar que, en varios idiomas y en varias culturas, existe el mismo significado: una sonrisa hace brillar el rostro de quien sonríe.
En su experimento con 171 voluntarios, de ellos 120 mujeres, y con edad media de 35.3 años, deben calificar como más o menos brillante el rostro de una persona que aparece, en fotografías, sonriente o seria. Los voluntarios creen participar en un estudio sobre papel fotográfico más o menos brillante aunque todas las imágenes tienen el mismo brillo, solo cambia la sonrisa del modelo. Dos de cada tres voluntarios eligen como más brillante el rostro que sonríe.
Vemos que la expresión de las emociones cambia nuestra percepción del rostro de una persona y, también, el juicio que de ella nos hacemos. Y los políticos ya saben lo que tienen que hacer: sonreír aunque no haya razón para ello. Además, los autores se atreven a aconsejar a las personas con piel oscura que sonrían y así conseguirán juicios más benévolos de sus semejantes (más claros de piel, supongo).
*Caruso, E.M., N.L. Mead & E. Balcetis. 2009. Political partisanship influences perception of biracial candidates’ skin tone. Proceedings of the NationalAcademy of SciencesUSA106: 20168-20173.
*Song, H. y 3 colaboradores. 2012. Brighten up: Smile facilitate judgement of facial lightness. Journal of Experimental Social Psychology 48: 450-452.
“Qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré…” cantaba en los sesenta la inglesa Sandie Shaw, famosa por su voz, sus baladas, su belleza, porque estuvo en Eurovisión (inolvidables “Marionetas en la cuerda”) y porque cantaba descalza con lo que sus actuaciones televisivas siempre incluían unos cuantos primeros planos de sus juanetes. Pero acertaba en lo de recordar aquel “tiempo tan feliz”, algo que todos hemos experimentado pues siempre recordamos lo bueno y tratamos de olvidar lo malo. Algo así han investigado Jonathan Smallwood y Rory O’Connor, de las universidades de California en Santa Barbara y de Stirling en Inglaterra, respectivamente.
Parten, en su estudio, de ese fenómeno tan habitual que es el tener la cabeza en otra parte. Afirman que, más o menos, un tercio de nuestra vida lo pasamos pensando en cosas que nada tienen que ver con el aquí y el ahora. A menudo este vagabundeo mental es una especie de viaje en el tiempo, a veces hacia el futuro pero también hacia el pasado. Y es cuando tenemos decaído el ánimo cuando más vagabundea nuestra mente.
En el experimento de Smallwood y O’Connor, se provoca en los voluntarios el cambio de ánimo por medio de videos, que duran cinco minutos, y son positivos cuando se ve parte de una comedia de humor de la televisión, neutros con un fragmento de un documental sobre la naturaleza y negativos con el relato del sufrimiento de un perro muy enfermo. Una vez conseguido el ánimo requerido para el experimento, se pregunta a los voluntarios si su mete ha divagado y hacia donde lo ha hecho. Así, los que ven el video negativo se van a su distante pasado el doble de los que ven el neutro y el triple de los que ven el positivo. Ya ven, el mal ánimo nos hace huir a nuestro pasado; es la liberación de la mente vagabunda. Los que ven el video positivo son los que, cuando su mente se va, lo hace al pasado reciente o al futuro, pocas veces al pasado lejano.
Ya ven, el mal ánimo nos lleva al pasado. Sin embargo, los investigadores no nos dicen a qué pasado, si es bueno o es malo. Seguro que será el tema de una próxima publicación. Hasta que tengamos más datos, seguiremos con Sandie Shaw y su “tiempo tan feliz que nunca olvidaré”.
*Smallwood, J. & R.C. O’Connor. 2011. Imprisoned by the past: Unhappy moods lead to a retrospective bias to mind wandering. Cognition and Emotion 25: 1481-1490.

