Señor, no, señor

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MOBILIARIO URBANO por ÁNGEL RESA

Javier Maroto ofrece una muestra de disidencia partitocrática por coherencia personal sobre Garoña

La vida interna de los partidos políticos me recuerda a menudo, demasiado a menudo, ese espíritu castrense que algunos consideran un valor y otros entendemos como falta de criterio propio. Presumen de lo que carecen. Hablan con la boca llena de democracia interna y aplican dentro la partitocracia excluyente. Lo relaciono con secuencias cinematográficas, estadounidenses en su mayoría, donde el mando mira de muy mala leche y a centímetros la cara del recluta que levanta la cabeza hacia el firmamento. Parece que el subalterno quisiera otear la estratosfera, pero es la pose marcial que precede al grito seco y contundente: “Señor, sí, señor”.

Pues resulta que esta semana Javier Maroto ha pronunciado digitalmente en el Parlamento vasco -que apretó el botón, vaya- un rotundo “señor, no, señor”. El alcalde de Vitoria no se refería a un caballero concreto porque en las formaciones políticas pueden mandar hombres y mujeres. Su postura fue un modo de llevar la contraria al PP en el controvertido asunto de Garoña. La mayoría social, también la política según la votación del jueves aunque en ocasiones  ambas no coinciden, cree que la central nuclear ubicada a 66 kilómetros de la capital alavesa ya ha disputado sobradamente su partido. Gran parte de la población no quiere oír hablar de prórrogas. A ver si nos vamos a derrotar como hizo el Glorioso en la final de Dortmund con el tristemente famoso gol de mierda.

Ni puedo ni quiero evitarlo. Veo con simpatía el detalle disidente de nuestro regidor, que dijo en el Parlamento lo mismo que ha repetido fuera del Legislativo. No me resisto a aplaudir los desmarques de ciertos versos libres que se niegan a comulgar con ruedas de molino. Si todos los componentes de un grupo opinaran igual en todos los momentos y en todos los lugares deberíamos sentir los espasmos del miedo. El pensamiento único reduce a la nada la capacidad cognitiva y decisoria de cada quien, alinea al rebaño en la misma dirección y aliena a cada uno de sus miembros.

Sí, sé que el libre albedrío como norma convertiría las instituciones en entes ingobernables. Pero en casos concretos, y ligados a la conciencia individual, el ‘delito’ de la rebeldía es como lanzar la piedra que provoca ondas en las aguas estancadas. Bien mirado, los defensores del ‘ordeno, mando y calla’ no vienen mal en esta crisis económica de recursos menguantes y necesidades crecientes. Si basta un criterio para envolver el de todos propongo una Cámara compuesta por solo cinco miembros con el voto ponderado según el número de sufragios en las urnas. ¿Se apunta la clase política a mandar tantas señorías al paro? No veo manos levantadas.

Hay países donde el representante mantiene un cordón umbilical con los electores de su distrito. Les rinde cuentas por esa especie de contrato que debería suponer la confianza política. En esos sitios resulta difícil habilitar pistas de aterrizaje a los paracaidistas. Yo que sé, un señor de Sanlúcar de Barrameda con residencia en Jerez que se presenta por Cantabria al no encontrarle el partido acomodo en Cádiz. Por ejemplo.

Una cosa es ocupar dos sillas, como el muy discutible desdoble alcalde-parlamentario, y otra la coherencia personal sobre Garoña. Maroto peca de lo primero y merece, entiendo, reconocimiento en lo segundo. Javier ha ejercido esta semana de regidor, sacrificando su condición de delfín popular. Me imagino a bastante gente que se ha identificado con este rasgo de humana sublevación, harta de tanta democracia de boquilla que, realmente, queda extramuros de las formaciones políticas, los sindicatos y las organizaciones empresariales. Ignoro si a más personal le ocurre, pero barrunto que el firmante de esta columna no duraría un mes en un partido. Como acostumbraba a decir José María García, creo que me iría cinco minutos antes de la expulsión. Hay a quienes la música militar nunca nos supo levantar.

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