¿El bar de Benito?

 

Mobiliario urbano por Ángel Resa

Viaja uno 230 kilómetros y le hablan en Peñafiel sobre las bondades de Vitoria

Era jueves y se agradecía tener que bajar la visera para que el sol no molestase demasiado en la conducción. El invierno más lluvioso en seis décadas, que ya son años, nos había dejado la cara mustia y el ánimo encogido. Hay que evolucionar, pero también conservar ciertas tradiciones que confieren a la amistad su valor enorme. Así que cada dos-tres meses me cito con mi mejor colega de residencia salmantina en algún pueblo castellano-leonés equidistante. Esta vez toca Peñafiel, provincia de Valladolid justo abandonar la de Burgos. Hemos quedado a los pies del imponente castillo que de tan excelente conservación parece el cebo de una empresa inmobiliaria. En las zonas de costa los faros guiñan su ojo luminiscente desde la atalaya del acantilado; en demarcaciones de tierra adentro, las viejas fortificaciones vigilan la vida rural desde el altozano.

Se hace camino al rodar y a través del retrovisor van quedando pueblos que, por el nombre, parecen alaveses. Lo digo porque nos distinguen los apellidos compuestos, igual que a localidades como Castrillo de la Vega o Nava de Roa. La coincidencia termina ahí. El paisaje árido y el despoblamiento de gentes que parecen haber huido hace tiempo a la carrera poca relación guardan con la mayor y evidente calidad de vida de nuestros entornos.
Es jornada de mercadillo en las calles adyacentes a la Plaza del Coso y una amable peñafielense informa al viajero que le resultará difícil aparcar. ¿Más que en Vitoria?, me interrogué con la técnica del ventrílocuo. No creo. Pregunto por el Ayuntamiento y Dios me sale al encuentro en forma de hombre que va a retirar su vehículo para que yo lo estacione a cincuenta metros de la Casa Consistorial. A eso se le llama tener potra y a lo demás, bobadas. La primera inpección ocular confirma que si el dinero llama al dinero, las distintas maneras del poder se agrupan en espacios cortos. Junto al otrora dominio omnímodo de la iglesia se yerguen la jerarquía civil (el edificio municipal) y la auténtica autoridad moderna: la banca. A un lado el Santander, aliado de Fernando Alonso; al otro, el BBVA, entidad de la Liga de fútbol y de la NBA, nada menos. Vamos, todo en orden según los cánones de nuestros días.

Me encuentro a 230 kilómetros de Vitoria y, sin embargo, no hay manera de olvidar por un rato la procedencia. De una ventana pende una pancarta con un lema actual de sobra conocido: “Stop fracking”. Ya saben, que si se pueden obtener muchos réditos del gas subterráneo mientras los proteccionistas claman por los daños al ambiente entero. Después de sonreír con el título de una tienda ‘Foto Génico’ me abordan con modales perfectamente amistosos dos señores.

-¿El bar de Benito?
-Si es que llevo diez minutos en Peñafiel. Pero vamos, que si está bien, me hacen una perdida.

Es lo que tienen lo pueblos, la ausencia de agobio y la espera a Roberto, que anda al caer. Que entablamos una conversación sobre los orígenes de cada cual. Les comento que soy de Vitoria y caigo en la cuenta de que se nos valora más de lo que creemos. “Bonita ciudad. Yo la conozco bien. Trabajé en la Torrot, en lo de las bicis. Este año os ha nevado,  ¿eh?” Si es que con tanta fabricación de bicicletas, la ciudad estaba abocada a glorificar el vehículo de los pedales y a sumar kilómetros de bidegorri como si el cielo fuera a desplomarse mañana sobre nuestras cabezas.

Conduce uno dos horas y cuarto para brindar por la amistad y se topa con un dúo de señores que acaban por hablarle de la ‘green’. O sea, que saben de nosotros y gastamos buena fama, pero no la suficiente como para fijar la clientela. Leo que los hoteles se quejan de la escasa ocupación para Semana Santa pese a su reclamo ferial sobre los precios. “Lo estamos dando, lo estamos regalando”. Lo que aquí cuesta un mundo es meter a los/las turistas en la cama.

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