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Sonrisas y lágrimas de Míster Green

2011 diciembre 18
por IÑAKI CERRAJERIA

 

Mobiliario urbano por Ángel Resa

Supongo que somos tan extrañamente normales o tan corrientemente raros como el resto de personas que pueblan  ciudades del mundo entero. Aunque los contornos en Vitoria siempre parecen más difusos y las diferencias no se presentan como peldaños insalvables, también vivimos de paradojas. Nos aqueja la misma ansiedad que turba a los moradores de cualquier sitio pero, dentro de la semana, mostramos el júbilo contenido que no han disfrutado en otros lugares. Me refiero, por supuesto, al título de capital ecológica de Europa que nos han entregado en el corazón político del Viejo Continente.
Eso ocurrió el jueves. Sin embargo, dos días antes la sala Luis de Ajuria reventó las costuras de sus paredes para contener a tanta gente interesada por una charla concreta. La ofrecía Rafael Santandreu, un psicólogo barcelonés que ha vendido ejemplares de su libro ‘El arte de no amargarse la vida’ como reparten churros las freidurías en Mendizabala durante las fiestas de La Blanca. Cuentan quienes nacieron antes que nosotros que el bienestar material guarda relación directa y absurda con las nuevas necesidades creadas y el incremento de nuestra angustia. Antes la gente pensaba en la comida. Ahora se nos avería el mando que transmuta canales y elevamos la anécdota a la categoría de drama.
Confieso que he leído la obra del terapeuta catalán. Ha sido tal su éxito tras promocionarlo en un programa de televisión que el empleado de la librería tuvo que arrodillarse en el escaparate para rescatar uno de los últimos ejemplares. Santandreu nos viene a decir que con un trozo de pan, cuartillo y medio de agua y aire para respirar no existe motivo alguno por el que vivir como si nos moviéramos en el escenario de una tragedia griega. De las clásicas, digo, que para ‘dracma’ el que padecen ahora donde aquella cuna de la civilización ha degenerado en camastro. Según avanza uno por las páginas  le sube desde la tráquea una bocanada de optimismo hasta que se adentra en los mundos de Yuppie y separa el grano de la paja, la realidad de la ilusión. Pero bueno, mucha necesidad tendremos de palmadas en el ánimo para colmar una sala que otras veces parece un campo de fútbol cerrado al público por sanción federativa del equipo local.
Esto ocurre en todas las latitudes, incluso en esta Vitoria verde por fuera y por dentro, del fruto hasta la cáscara. Nos acaban de premiar en Bruselas con un mensaje parecido al de ‘arribita los corazones’. Es un motivo de orgullo colectivo, que tanto necesitan las comunidades para sentir que a sus individuos les une un cordón umbilical. Reinamos en Europa, aunque el verbo ande devaluado por los presuntos pelotazos de Urdangarían por escuadras que no son de balonmano y que aran más el advenimiento de la República que tantos luchadores antimonárquicos. A ver si explotamos -en el buen sentido del témino, no como detonación- el reconocimiento continental de Míster Green. O de lo contrario bien podríamos tomar clases particulares a distancia -corta, échenle 65 kilómetros- de quienes sí saben cómo brotar chispas con el roce de dos maderas.
Hablaba de contrastes y termino la semana con la asistencia a una presunta sesión de risoterapia, emociones desbordadas y educación para padres que deben transmitir valores a los hijos. Y enlazo con la conferencia de Santandreu porque, al final y en esta sociedad de automatismos y comodidades, los anhelos humanos tratan de abrise camino desde el pecho. Bastaban dos imágenes o un juego de saludos y de abrazos para encender el dispositivo por el que los ojos se convierten en fuentes de agua salada. Estamos felices por el color del increíble Hulk o de la rana Gustavo y nos brotan lágrimas de cocodrilo. Verde, por supuesto. Ahora va a resultar que los circunspectos vitorianos somos unos sentimentales.
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