JAIME ROSALES
DIRECTOR DE CINE
‘Sueño y silencio’ devuelve a un cineasta a contracorriente que bucea en el dolor causado por la muerte de un hijo pequeño: “No acepto el mito ni el dogma de las religiones”.
Jaime Rosales (Barcelona, 1970) dio la campanada en los Goya de 2007 con ‘La soledad’ y se atrevió a penetrar en la mente de un etarra con ‘Tiro en la cabeza’, que puso patas arriba el Festival de San Sebastián. Cuatro años después, el ‘enfant terrible’ del cine español regresa este viernes con ‘Sueño y silencio’, un drama protagonizado por una pareja que pierde a una de sus dos hijas en un accidente. Rodado en blanco y negro, sin música y con actores no profesionales, el filme concursó en la Quincena de Realizadores de Cannes.
– No muestra el accidente de tráfico que sirve de detonante al filme. No explora un hecho, sino sus consecuencias.
– Así es. En ‘Tiro en la cabeza’ sí que veíamos el asesinato y los preparativos; en realidad, en aquella película las consecuencias del atentado estaban en elipsis, porque intuíamos que todo iba a acabar mal, para los policías y para el terrorista. En ‘Sueño y silencio’ vemos la carretera y después una cocina vacía. Normalmente, en las películas el espectador sabe más que los personajes, va por delante de ellos y conoce quién es el malo y dónde está la bomba. Aquí es al revés, tienes que participar de manera activa e ir construyendo los hechos.
– Habla de lo púdico y lo impúdico de la muerte.
– Barajo la distancia de la cámara: cuándo me acerco y cuándo me alejo. Y una determinada ética con los actores y la película: qué es lícito mostrar y qué no. He intentado comprometerme con la realidad. La escena del entierro la muestro como creo que es el entierro de una niña. Fabrico el clima para que todo se desarrolle de manera natural.
– Toda esa escena se observa a distancia en un plano fijo. No se acerca por pudor.
– Sí. La distancia que tiene que ver con mi sensibilidad. Es curioso, pensaba acercarme más pero tal como está desprende mucha emoción. Las decisiones a veces son azarosas.
– ¿Se puede hablar de la espiritualidad a través de la cotidianidad, de actos en apariencia nimios?
– Es muy difícil hablar de la espiritualidad, ni siquiera sé si es posible. Creo que puede aflorar a la superficie a través de la cotidianidad, en la manera en cómo se vive una muerte. Y también en determinados movimientos de cámara: me aparto fuera de la diégesis para contar que hay un algo fuera de la propia historia. Son recursos que me permiten transportar ese contenido líquido, porque no consigo aprehenderlo como haría una religión. Yo siento que hay una imensión trascendente en el ser humano, pero no te puedo explicar mucho más. He estado en una habitación donde alguien se había muerto y he sentido algo. Pero no he visto fantasmas, claro. A través de las películas intento que el espectador sienta eso mismo, que entre en comunión conmigo.
– A esta familia no le reconforta la religión. ¿A usted tampoco?
– Me pregunto por qué les interesan los hechos biográficos a los periodistas… He tenido una formación religiosa, y puedo ir de vez en cuando a misa: funerales, bautizos… Hay algo en las religiones cristianas que pueden vehicular lo trascendente, pero no acepto el mito ni el dogma. Yo encuentro otro vehículo en el arte, como creador y espectador. Siento la dimensión espiritual, no soy en absoluto un nihilista.
– En su cine se considera un ‘guardián de la realidad’.
– Sí. José Luis Guerín dice que si eres fiel a la realidad, esta nunca te abandonará. También admiro al Lewis Carroll de ‘Alicia en el país de las maravillas’, pero yo soy incapaz de proyectar un mundo imaginario con interés. Cuando estoy en un bar me fascina mirar a la gente, la realidad es tan rica e inabarcable… Entrevisté a 400 personas para el casting, 400 historias con las que a veces acababa llorando. Cada individuo es un universo tan inabarcable que no tengo necesidad de buscar en otro lugar.
– Usted aboga por despolitizar el cine español, porque las opiniones políticas de actores y directores se expresen en privado.
– Cada uno es libre de emitir su opinión a título personal. Me parece que si un colectivo se significa políticamente en exceso, es malo para él, porque a lo mejor hay gente con otras ideas. Respeto la pluralidad, pero las manifestaciones colectivas son dañinas para el sector. Y después hay individuos que creen que sacan rédito de eso. Es mejor concentrarse en la obra de uno que convertir el cine en una plataforma de movilización política.
– También defiende que la concesión de ayudas públicas debe ir vinculada a la obtención de resultados. Hay películas subvencionadas que ni se ven ni se estrenan.
– Es delicado ser juez y parte, yo hago películas, no digo cómo son las reglas del juego. Pero creo que toda ayuda tiene que estar sometida a un resultado. Toda película contiene una promesa, bien sea hacer mucha taquilla o recorrer festivales con buenas críticas. Y después debe evaluarse esa promesa: si se ha cumplido se premiará, y si no, se sancionará. No puede ser que porque sea dinero público no esté sometida a la comprobación del resultado, y esto es válido para un museo, una estación de tren o un hospital.
– Volviendo a ‘Tiro en la cabeza’, ¿cree que la cosa en Euskadi ha acabado mal como aquella película?
– Nooo. Ha terminado bien. Hice la película para mostrar que en aquella dinámica todos salíamos perdiendo. Hoy estamos en otra. Me siento feliz de un camino que no será de rosas. Habrá que construirlo a base de buenas voluntades y mantenerse alerta. Si me permite la vanidad, yo añadí un granito de arena.
Silencios en cuatro idiomas
Oriol es arquitecto y Yolanda profesora de español. Viven en París junto a sus dos hijas pequeñas y veranean en el Delta del Ebro. En uno de esos viajes, el padre sufre un accidente y muere una de las niñas. Oriol no recuerda nada: del accidente ni de que una vez tuvo una hija. La madre, inconsolable, tendrá que sobrellevar en solitario el duelo.
El argumento de ‘Sueño y silencio’ es sencillo. La puesta en escena y el lenguaje cinematográfico de Jaime Rosales, no tanto. Su cuarto largometraje se abre y se cierra con el pintor Miquel Barceló emborronando en un lienzo una escena inspirada en el pasaje bíblico del sacrificio de Isaac. Es un guiño culterano, un rasgo de estilo más en una cinta rodada en blanco y negro –salvo un plano en color–, sin música, en cuatro idiomas y dando siempre por buena la primera toma.
En su búsqueda de autenticidad, de ‘capturar’ la realidad, el director de ‘Las horas del día’ concede un margen de improvisación a actores no profesionales. Los mejores momentos proceden del pudoroso retrato de una intimidad en la que el espectador parece inmiscuirse: las discusiones en el lecho conyugal, la fugaz caricia a un hijo. A quien desquicie el ‘estilo Rosales’, malas noticias. Su última obra insiste en los diálogos parcos, los silencios, el prolongar la duración de los planos sin venir a cuento, el ritmo letárgico y el afán de trascendencia.