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Tralleros e intelectuales

2018 enero 30
por Carlos Benito

TFGP.

 

El otro día entrevisté a Eric Jiménez con ocasión de los conciertos de Lagartija Nick en Vitoria (el sábado pasado) y Bilbao (el viernes que viene), que también van a servirle para hacer un par de firmas de su autobiografía (lo tienen a las 18.30 horas del viernes en la Elkar de Iparraguirre). Ya saben que el libro de marras, Cuatro millones de golpes, no solo repasa su carrera musical como batería de Lagartija y Los Planetas, y antes de eso de KGB, sino que cuenta con pelos y señales una vida atípica y anómala, repleta de detalles curiosos (se metió a la Falange con 10 años para tocar el tambor en la banda, se casó a los 16…) y de excesos temerarios (lo de Lagartija deteniendo la furgoneta en los pasos a nivel, para fumarse un porro encima de las vías, me ha parecido particularmente demencial). Como suele ocurrir en las entrevistas para el periódico de papel, me vi obligado a cercenar unas cuantas respuestas por razones de espacio, y entre ellas hay una que quiero repescar por aquí, porque me hace mucha gracia y, además, trata una cuestión que me obsesiona desde hace tiempo.

Le iba a preguntar yo a Eric por la injusticia que, a mi juicio, se comete con Lagartija Nick, que merecen una relevancia mucho mayor que la que se les suele reconocer. Ni siquiera tuve que terminar la pregunta: «Con Lagartija se comete una injusticia total. La mayoría de la gente los conoce por Omega, del que no digo nada malo, pero es que hablamos de una banda que suena como las que se veían en los 70 en el CBGB. Lo que pasa es que en España somos muy catetos. Cuando Lagartija Nick empezó a hacer música trallera, a los tralleros no les gustó porque las letras eran intelectuales. ‘Aquí no habla de la Policía, suena bien pero no mola porque no lo entiendo’, decían. Y, para los que entendían las letras, la música era ruido. En vez de sumar públicos, se quedaba en tierra de nadie. Ahora es un grupo de culto, respetado porque tiene un gran directo, y también porque algunos intelectuales han asumido la distorsión y algunos alternativos han aprendido a leer».

elcorreo.com

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