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Todos esos discos buenos que no hemos escuchado (1)

2016 diciembre 7

 

Como todo el mundo sabe, el año musical solo tiene once meses: a finales de noviembre ya empiezan a salir las listas de los mejores discos, y estoy seguro de que llegará un día en el que la tradición se adelante a octubre, porque esta cultura apresurada en la que chapoteamos cada vez entiende menos la necesidad de esperar. Como este blog no quiere quedarse al margen de las tendencias que rigen nuestro tiempo, vamos a sumar lo prematuro a lo fragmentario con nuestro tradicional picoteo de los primeros puestos de unas cuantas listas relevantes. Ahí va la primera entrega, que como de costumbre combina lo mayoritario y lo rebuscadísimo e incluye, sí, un montón de álbumes estupendos que no han rozado siquiera nuestro oído.

 

NME
1. The 1975 – I Like It When You Sleep For You Are So Beautiful Yet So Unaware Of It
2. Kanye West – The Life Of Pablo
3. Christine And The Queens – Chaleur humaine
4. Skepta – Konnichiwa
5. Kaytranada99.9%

 

Rolling Stone
1. Beyoncé – Lemonade
2. David Bowie – Blackstar
3. Chance The Rapper – Coloring Book
4. Car Seat Headrest – Teens Of Denial
5. Frank Ocean – Blonde

 

The Quietus
1. Årabrot – The Gospel
2. Solange – A Seat At The Table
3. Innercity EnsembleIII
4. Jessy Lanza – Oh No
5. Shirley CollinsLodestar

 

Paste
1. David Bowie – Blackstar
2. Beyoncé – Lemonade
3. Car Seat Headrest – Teens Of Denial
4. A Tribe Called Quest – We Got It From Here… Thank You 4 Your Service
5. MitskyPuberty 2

 

Norman Records
1. Kaitlyn Aurelia Smith – EARS
2. The Veldt – The Shocking Fuzz of Your Electric Fur: The Drake Equation
3. Beak> – Couple In A Hole
4. BrackenHigh Passes
5. Oliver Coates – Upstepping

 

La chica de la foto de arriba es Kaitlyn Aurelia Smith. Y en el vídeo vamos a escuchar y ver a Christine And The Queens, es decir, la cantante francesa Héloïse Letissier.

 

Canción de la semana: ‘Dear Prudence’

2016 diciembre 2
por Carlos Benito

 

No, no es la de los Beatles, ni siquiera la versión estupenda que hicieron Siouxsie And The Banshees, aunque ese Dear Prudence histórico y canónico aparece como referencia en la letra. Nuestra canción de esta semana lleva acompañándome unos cuantos años: es uno de esos temas que se cuelan en tu reproductor un día, discretamente, sin avasallar, y que a base de escuchas en modo aleatorio acaban revelando toda su grandeza, imponiéndose con bravura a lo que el azar les coloca antes y después. Lo firma el dúo coruñés Diadermin y quería traerlo por aquí hace mucho tiempo, pero no había encontrado la ocasión hasta ahora, cuando la actualidad me ha brindado una excusa más bien puñetera: veo que los gallegos acaban de lanzar Diadermin 2007-2017, un recopilatorio «de despedida» con veintiséis canciones de su personalísimo pop electrónico, doméstico y a menudo surrealista, que lo mismo puede evocar a New Order que a GG Quintanilla. Explican que se van a retirar una temporada para «practicar running».

La oscura y obsesiva Dear Prudence extracta un texto de Lois Pereiro, el maldito por excelencia de las letras gallegas, un poeta de vida breve y lírica intensa que aprovecho para recomendar también desde aquí. Acabo de descubrir en la Wikipedia su epitafio, que traducido al castellano dice: «Escupidme encima cuando paséis por delante del lugar donde yo repose, enviándome un húmedo mensaje de vida y de furia necesaria». La letra de Dear Prudence empieza más o menos así: «De la habitación vecina, / de la que solo me separaba una larga pared, / salía una canción que me decía tantas cosas / hace veinte años». Y termina con la referencia a un amor de «coexistencia intangible», como de cine francés: «Eric Rohmer en Coruña, / Eric Rohmer en Madrid, / Eric Rohmer en ninguna parte». Qué bonita es, por cierto, la expresión gallega en ningures.

Una última cosilla frívola: tiene narices que, siendo como soy fan fatal de Triángulo de Amor Bizarro, no me hubiese enterado hasta ahora de que la mitad femenina de Diadermin, Maria Cea, es hermana gemela de Isa TAB. Evidentemente.

 

Algunos conciertos de diciembre

2016 diciembre 1

 

 

Se nos va el año, pero todavía queda tiempo para unos cuantos conciertos. Como es habitual en diciembre, la inmensa mayoría se agolpa al principio del mes, pero también tenemos alguna opción interesante en mitad de la navidad: ahí va una selección de siete citas en siete recintos distintos.

Erizonte (Hika, día 2). El ya veterano proyecto experimental encabezado por Julián Sanz Escalona (miembro de bandas ilustres como 429 Engaños, Mar Otra Vez o La Gran Curva) presenta en el ateneo ribereño su suite Los caprichos de Goya, una combinación de proyecciones (Goya, claro), danza y una música que se mueve entre la composición clásica y el rock progresivo.

Coque Malla (Stage Live, día 3). Facebook está empeñado desde hace unas cuantas semanas en que escuche lo último de Coque Malla, porque me lo cuela como anuncio en cuanto tiene ocasión, pero en realidad ya lo he escuchado y me ha gustado mucho. El hombre conserva su cara de niño, pero supongo que la madurez va por dentro y asoma en esas canciones como de cámara que hace ahora, sosegadas, melancólicas y bonitas.

Gentemayor (Groove, día 5). Como los dos anteriores, también Gentemayor son gente mayor, que han militado o militan en proyectos renombrados de la bahía de Cádiz (GAS Drummers, por ejemplo), pero su noise rock tiene un punto juguetón que me resulta muy atractivo, con sus dos baterías y, sobre todo, con esas voces vocoderizadas que ponen la guinda anómala a algunas canciones. Además, promueven la «defensa activa del puretismo» y se definen como «haters por naturaleza».

Crystal Castles (Kafe Antzokia, día 5). Sí, yo soy de los que piensan que Crystal Castles (en la foto) son menos Crystal Castles desde que se marchó Alice Glass, como si la separación y el malísimo rollo con Ethan Kath hubiesen dejado destripada de algún modo la identidad del dúo. El concierto permitirá comprobar si Edith Frances, la nueva cantante del proyecto canadiense, es capaz de brindar el espectáculo demencial y caótico en el que Alice se sentía como pez en el agua. Leo por ahí que, en los últimos bolos, ha superado el reto.

Bullet Proof Lovers (Satélite T, día 8). No soy un erudito en las múltiples ramificaciones de la carrera del estadounidense-madrileño Kurt Baker, pero siempre que me pongo a escuchar alguna de ellas me brota la sonrisa tonta y me quedo irremediablemente enganchado. Los Amantes a Prueba de Balas son su proyecto donostiarra, pura efervescencia punk y power pop junto a cómplices de Señor No, Nuevo Catecismo y Discípulos. Ah, se trata de una sesión especial del Rabba Rabba Hey!, las matinales festivas del Satélite.

Velvet Kills (La Karpintería, día 15). Citan como influencias a Alan Vega, Malaria!, Kas Product, Iggy Pop, The Clash y Lou Reed, que ya es decir. Y versionan (bien) el Shadowplay de Joy Division. El dúo lusofrancés de Susana Santos (voz y bajo) y Harris Iveson (guitarra y sintetizadores) practica un rock electrónico rico en texturas que promete ganar fuerza en directo, allá en el cuarto piso de la calle Cortes.

Izar & Star: Elvis (piso superior del Kafe Antzokia, día 29). En su apasionante revisión de hitos de la historia del rock, el ciclo Izar & Star se atreve con el Rey. Los osados versioneadores que recuperarán sus canciones (y, quién sabe, quizá también su cimbreo pélvico) son Santiago Delgado & The Runaway Lovers, The Bilbobillies y la banda para la ocasión bautizada como Graceband, con Carlos Beltrán, Jon Gartzi, Javier Caballero, Igor Reverendos, David Martin y Willi Cherry Boppers. Qué bonita manera de despedirse del año.

Aquí tienen a Velvet Kills tocando Shadowplay. La verdad es que a mí se me gana fácilmente con estas cosas.

 

La pira del punk

2016 noviembre 29

 

Este fin de semana se conmemoraba el 40º aniversario del lanzamiento de Anarchy In The UK, la vitriólica e histórica canción de los Sex Pistols, y buena parte del interés por la efeméride se centraba en comprobar si Joe Corré llevaba finalmente a cabo sus planes de celebración. Corré es hijo de la ilustre pareja formada por Malcolm McLaren, maquiavélico mánager de los Pistols, y la diseñadora Vivienne Westwood, y también cuenta con su parcelita personal de celebridad en su calidad de fundador de la firma de lencería Agent Provocateur. Como ya contamos por aquí en primavera, a Corré no le ha hecho nada de gracia que el aniversario redondo del punk se convierta en una gran ceremonia social, con exposiciones en museos y discursos de autoridades: ese punk digerido y regurgitado por el sistema le daba mucho asco, así que anunció que el 26 de noviembre, fecha en que se lanzó la canción de marras, iba a prender fuego a su colección de memorabilia punk, valorada en unos cinco millones de libras. Diez, según las estimaciones más generosas.

Y lo ha hecho, sobre una barcaza en mitad del Támesis, adornada con unos maniquíes de David Cameron, Boris Johnson y George Osborne. En la pira han ardido discos raros, carteles únicos y objetos personales como camisas de John Lydon o un muñeco de Sid Vicious. También se ha chamuscado un poco la propia reputación de Corré, que en su ambición por aparecer como el más punk del mundo ha quedado, a ojos de muchos, como un chiquillo caprichoso que solo piensa en su satisfacción. El mismísimo Lydon se ha referido a él como «un puto egoísta experto en lencería» y, al igual que otros muchos, ha abogado por que, en lugar de quemar el precioso material, lo vendiese y destinase los beneficios a fines solidarios. Glen Matlock, el bajista pistoliano, tampoco ha aplaudido exactamente la hoguera purificadora: «Joe no es el anticristo, es un idiota», ha resumido. Pero él sigue en sus trece: «El punk se ha convertido en otra herramienta de márketing para venderte algo que no necesitas. Es la ilusión de una elección alternativa, el conformismo con otro uniforme», ha argumentado.

Corré (al fin y al cabo, un niño pijo del punk que tenía 9 años en el 76) se muestra convencido de que su padre habría encontrado «hilarante» la iniciativa, pero no tengo yo tan claro que a McLaren le hubiese complacido desprenderse tontamente de unos cuantos milloncejos. Recordemos una de las citas de papá: «No me importa si los grupos saben tocar la guitarra o no. Quiero que digan algo. Pero, sobre todo, quiero que produzcan dinero. Montones de él». Claro que otra posibilidad es que el hijo haya heredado el talante embaucador del padre y que, en realidad, la barcaza solo contuviese cuatro chucherías.

 

Canción de la semana: ‘Night Witch’

2016 noviembre 27
por Carlos Benito

 

 

Wolf People son un cuarteto británico que se mueve por ese terreno de fronteras imprecisas situado entre el folk y el rock progresivo, un cruce de estilos que lo mismo puede engendrar a Black Sabbath que acoger a la actual Shirley Collins. La nota de prensa de su nuevo álbum, Ruins, los describe como “espejos sonoros humanos que reciben señales de los fantasmas que descansan en el fértil suelo de Albión”, casi nada, pero es cierto que, más allá de la retórica preciosista, los cuatro barbudos de la foto son herederos de aquel britaniquísimo rock setentero que canalizaba el ancestral y persistente corazón pagano de las islas. Ellos mismos citan como influencia principal en este disco (y, de paso, nos ponen deberes) a los escoceses Iron Claw, “los pioneros perdidos del heavy metal”, cuyo legado se hibrida con la psicodelia escandinava, los primeros Fleetwood Mac o los contemporáneos Dungen.

Ruins es uno de esos discos con tema, por evitar el antipático término conceptual: sus canciones reflexionan sobre cómo sería el mundo si no tuviese que cargar con los seres humanos. Yo quería colgarles Kingfisher, la pieza central del álbum, inspirada por el vuelo de un martín pescador, pero no la encuentro en abierto por ningún sitio, así que he optado por el sencillo de presentación, este Night Witch que explora los recovecos más oscuros de la tradición inglesa. Donde Kingfisher es pastoral y preciosista, Night Witch apuesta por una caña desbordada de guitarras poseídas, y los dos extremos suenan impresionantes, como en una demostración convincente de todo lo que nos perdimos algunos cuando éramos más punks y detestábamos estas ensoñaciones de los primeros 70.

 

Regreso al universo Cure

2016 noviembre 25

 

 

El otro día escribí por ahí que un concierto de The Cure viene a ser como una estancia en su universo particular, que para muchos también es el universo donde pasamos buena parte de nuestra adolescencia: se trata de un lugar reconfortante en el que suele reinar la tristeza poetizada, puntuada por súbitos arranques de alegría efervescente. Es un mundo, en fin, donde tanto la estética y la gestualidad de Robert Smith como las carreras por el escenario del bajista Simon Gallup, carentes de todo vínculo con la música que interpreta, son cuestiones absolutamente lógicas y admirables. Y esa dimensión de The Cure como refugio convierte sus directos en algo muy difícil de valorar, al menos para mí, que soy fan y perdí la objetividad a los 15 años, cuando me envenenó definitivamente la primera cara del Standing On A Beach: anoche en el BEC, desde el sitio donde estábamos nosotros, buena parte del concierto (Inbetween Days, Lovesong y Push, por ejemplo) sonó entre regular y mal, sin definición ni pegada, con la batería floja y las guitarras y teclados perdidos en algún estrato de una masa confusa. Y, a pesar de esa molesta decepción, fui muy feliz, qué le vamos a hacer.

Lo cierto es que plantearon un concierto raro, con un setlist desequilibrado brutalmente en favor de determinados álbumes. No seré yo quien se queje de que cayesen ocho (¡ocho!) temas de Disintegration, que al fin y al cabo es mi disco favorito de los Cure y uno de mis discos favoritos en general, pero me da pena que no sonase nada de Faith, de Pornography (ni siquiera la imprescindible One Hundred Years) ni de The Top. El arranque, con esa ráfaga envolvente y evocadora de Plainsong, Pictures Of You y Closedown, me parece difícilmente mejorable, y el final del concierto propiamente dicho, que regresó al mismo disco a través de Prayers For Rain y Disintegration, fue una cosa desoladora y muy hermosa. Por supuesto, brindo con todas mis fuerzas por la ausencia de material de este milenio y por ese bis de cuatro canciones dedicado íntegramente al misterioso Seventeen Seconds. Ah, y también por haber escuchado al fin Charlotte Sometimes en directo. Y, como siempre, me resigno a que Smith incluya tozudamente en el repertorio tonadillas como Wrong Number o Never Enough, que parecen entusiasmarle por alguna razón para mí indescifrable.

Qué contento parecía ayer Robert Smith, por cierto. Desde el principio del concierto, cuando forzaba los ojos para leer las sinsorgadas de las pancartas, hasta el final, cuando llegó el desmadre de sus bailes de marioneta descoyuntada, el hombre estuvo radiante, relajado y muy simpático, cómodo en un personaje que en realidad es él mismo. Tal vez le hubiese pegado al vinillo en la cena. O tal vez sea simplemente la consecuencia de vivir a tiempo completo en su mundo.

La foto de arriba es del compañero Jordi Alemany. Y este vídeo de abajo lo ha colgado Leeveedad: se oye bastante bien, así que a lo mejor tuve mala suerte con mi ubicación.

 

Canción de la semana: ‘Inches Apart’

2016 noviembre 20
por Carlos Benito

 

Jeni Magana es una fotógrafa californiana afincada en Nueva York que, desde hace años, lleva una carrera paralela como cantante: ha participado en distintos proyectos (aquí tienen, por ejemplo, una interesante muestra de su grupo Oh Odessa), pero solo ahora se ha lanzado a editar su primer disco en solitario, bajo el nombre artístico de Magana. Explica Jeni que, por primera vez, tiene la impresión de haber encontrado su propia voz, un estilo intimista y frágil que su propio sello describe como «pop quebradizo y errático» y también como «canciones cansadas, entonadas a la vez con rabia y aceptación». Y la verdad es que la compañía está muy acertada en su presentación, porque las cuatro canciones del EP transmiten de forma simultánea desamparo y fuerza, vulnerabilidad y determinación, a la vez que logran crear una sensación muy marcada de cercanía, como si Magana estuviese tocando acurrucada en un rincón de nuestro cuarto. La austera Inches Apart, con la voz y la guitarra de la artista prácticamente despojadas de adornos, es para mi gusto la mejor del lote.

 

Bilbao inspira

2016 noviembre 18
por Carlos Benito

 

 

El otro día me tocó hacer una encuesta entre bilbaínos ilustres sobre la canción que, a su juicio, mejor representa a la villa: aquí tienen la versión web, en la que pueden disfrutar del mismísimo Txarly Romero, emperador del Satélite T, proponiendo el Bilbao, mierda, rock and roll de M.C.D. como sano contrapeso a tantas bilbainadas y a la Bilbao Song de Brecht y Weill. En la versión publicada en papel añadí unas cuantas canciones que los personajes populares no habían citado, incluida alguna curiosidad que yo no conocía como el Cosas de Bilbao de Gernika, una especie de Mocedades euskaldunes que en este tema despotricaban en castellano contra la aristocracia de Neguri. Denle las gracias al compañero Anje Ribera, que fue quien me la sugirió.

En fin, el caso es que la búsqueda me llevó a dos canciones de artistas internacionales editadas este mismo año e inspiradas por Bilbao. O, al menos, eso supongo en el caso de la primera, más que nada porque se titula Bilbao, aunque lo mismo puede ser el Bilbao de Chimborazo (Ecuador) o el Cañón Bilbao de Nuevo México o un tipo bigotudo que se apellide Bilbao, porque la letra no aporta muchas claves sobre el asunto. La firma la estadounidense Lydia Loveless, la chica engañosamente angelical de la foto de arriba, que estuvo tocando por aquí hace tres años, así que parecen cuadrar las fechas. La canción es muy bonita («cásate conmigo, no hay ningún lugar en el mundo donde prefiera estar», repite el estribillo), aunque la única versión que encuentro es un directo un poco regular.

 

 

Sobre la otra canción, que no se titula Bilbao ni tampoco menciona por ningún lado la ciudad, no queda ninguna duda de su inspiración bilbaína. Los propios Against Me! han explicado en una entrevista que 333, sencillo de su último álbum, tiene su origen por estas tierras: «La escribí después de un viaje al Guggenheim de Bilbao —relata Laura Jane Grace, vocalista y guitarrista del grupo de Florida—. Estábamos de gira y teníamos un tiempo muerto antes del concierto. Fuimos todos al museo y fue una experiencia bastante increíble, así que en la letra hay un montón de referencias a lo que se exponía allí». Eso sí, en el vídeo no se nota.

 

Canción de la semana: ‘Weird Summer’

2016 noviembre 12

 

 

Acabo de volver de la final de la sección pop-rock del Villa de Bilbao, en la que competían I Me Mine (franceses), The Zephyr Bones (barceloneses) y My Expansive Awareness (zaragozanos), y lo cierto es que no les he envidiado la tarea a los miembros del jurado: los tres grupos tenían un algo o un mucho de psicodélico y los tres contaban con argumentos a su favor, hasta tal punto que se me ocurrían criterios para ordenarlos de todas las maneras posibles, en plan ejercicio de permutaciones. Pero, si aplico exclusivamente mi gusto personal, no me queda ninguna duda: los que verdaderamente me han estimulado del lote, los que más a gusto pagaría por ver, han sido The Zephyr Bones, encabezados por tres chilenos afincados en Cataluña. Me habría encantado que su concierto, breve como imponen las normas del Villa, hubiese durado el triple. Por supuesto, han quedado los terceros, porque mi gusto tiende de manera natural a la disidencia: han ganado I Me Mine, muy resultones ellos y también un poco escamantes con los pregrabados, y han acabado segundos My Expansive Awareness, los más ortodoxos de la final.

Pero, como digo, mis favoritos eran The Zephyr Bones, unos tipos con cierta pinta de excéntricos (eso en mi mundo es un punto a favor) y con un guitarrista sorprendente, imprevisible, que aportaba un enfoque angular y alejado de lo convencional a temas de fondo clásico: a veces daba la impresión de estar escuchando algo así como shoegaze de los sesenta. Líricamente, parecen obsesionados con los veranos ideales, esos que solo existen en el recuerdo o en los sueños, y eso nos lleva a nuestra surfera canción de la semana: en realidad tiene más de dos años, porque estaba incluida en su primer EP, pero es una de las que más me han gustado de su concierto, donde ha sonado bastante más salvaje y saturada que en esta versión grabada con aire a The Drums.

 

So long, Leonard

2016 noviembre 11
por Carlos Benito

 

 

Pues sí, también ha muerto Leonard Cohen, y uno empieza a mirar con miedo el calendario, en un vano intento de calcular si en este mes y medio que le queda a 2016 dará tiempo a que se vaya algún mito más. A lo mejor es cosa mía, pero con Cohen no he sentido esa sorpresa abrumadora, esa sensación de irrealidad que me invadió al enterarme de los fallecimientos de Bowie y de Prince: supongo que tiene que ver con la edad, esos 82 años, pero también con la esencia del personaje. A mí me gusta decir que Cohen siempre ha parecido viejo, no solo porque debutó en esto de la música ya con 33 años, sino porque sus canciones eluden escrupulosamente la liviandad juvenil. En él, de alguna manera, el niño y el anciano se aliaban y dejaban a un lado las fases intermedias, como si fuesen un trámite innecesario: Cohen era ese caballero que se retiraba del escenario con un bailoteo absurdo, como un crío alborozado y juguetón, pero también dio siempre la sensación de ser tremendamente sabio, una de esas personas que desnudaban la vida de sus adornos y la contemplaban tal cual es. En fin, parecía un tipo que, como dijo él mismo hace unas semanas, estaba preparado para morir.

Nos quedan las canciones, un repertorio tan colosal que uno no sabe ni qué tema escoger. Abajo cuelgo una de mis favoritas de siempre, Famous Blue Raincoat. Y también conservamos el recuerdo de un personaje impagable e irrepetible, siempre con su fachada seria, de gravedad casi funeraria, pero sin detener jamás esa maquinaria de fondo que lo filtraba todo a través de su humor judío. Porque Cohen, el trovador de aire depresivo, tenía muchísima gracia: «Soy optimista en secreto», se definió una vez.

 

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