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Canción de la semana: ‘Dame veneno’

2016 abril 29

 

Lo reconozco: cuando leí que el nuevo álbum de Novedades Carminha iba a ser «más sexy y fresco» y que buscaba recuperar «el espíritu de los discos hechos para bailar en clubes», di por hecho que me iba a gustar menos que los anteriores. Mi imagen mental inmediata fue un montón de mods meneando sus cuerpos sin perder la elegante compostura, y ya sé que los mods no tienen nada de malo, pero a mí siempre me han inspirado bastante prevención. Lo siento, mods. El caso es que algo de eso hay, y sin duda Campeones del mundo molará a esa tribu de la que acabo de hacerme tan amigo, pero lo importante es que también me mola un montón a mí: el trío gallego se ha marcado un lote de canciones divertidísimo y pasmosamente variado, que lo mismo remite a los 60 más bailongos que a los 80 más desinhibidos, todo ello con esas letras suyas que clavan el costumbrismo y bordan el lenguaje vistoso. ¡Incluso versionan una cumbia peruana, los tíos!

Me ha costado decidirme por una canción, porque lo cierto es que el disco no tiene desperdicio. Tras una dolorosa criba, logré reducir las candidatas a dos: la adictiva De vuelta de todo, con esos versos memorables que dicen «ahora eres un triste, / ya nada te emociona, / todo lo que te enseño ya lo viste en Barcelona» (y con una música que, por alguna razón, siempre me hace acordarme de Farmacia de Guardia), y la que tienen en el título del post, Dame veneno, que seguramente será la menos representativa del tono general del álbum. Pero qué quieren, me resulta imposible resistirme a un tema que de alguna manera hibrida a Los Chunguitos y Suicide: lo de Los Chunguitos ya saben por qué, a menos que sean de otro planeta (o de otro país, vale) y no hayan escuchado jamás el hit imperecedero Dame veneno, que en realidad no tiene nada que ver con la canción de Novedades Carminha más allá de la cita juguetona, y lo de Suicide se hace evidente en cuanto empieza a sonar el asunto, con ese rockabilly mutante, acuciante y malhablado. Ah, la letra incluye una referencia cultural que resultará indescifrable para los no gallegos: «El cuerpo me pide Pucho Boedo», canta el vocalista Carlangas. Pues bien, Pucho Boedo, mito del noroeste, era este señor.

Los bilbaínos ya deberían saber que, mañana sábado, Novedades Carminha oficiarán en Santana 27 junto a Lie Detectors, Los Paniks y los insignes pinchadiscos locales Lo + Bravo, en la fiesta de cuarto aniversario del club HeyHeyMyMy. Es el arranque de la gira de presentación de Campeones del mundo, que con la potencia del directo se tiene que convertir por fuerza en una bomba. Allí estaremos, viendo bailar a los mods.

 

Que viva Europa

2016 abril 28
por Carlos Benito

 

Hace unos días, a cuenta del fabuloso nuevo álbum de Cate Le Bon, aludí una vez más por aquí al cuelgue que parece intrínseco a tantos músicos galeses. Pues bien, Gruff Rhys es algo así como el sumo sacerdote de esa chaladura psicodélica, adorable y fecunda. Ha dado sobradas muestras de ello al frente de Super Furry Animals y en el resto de ramificaciones de su carrera, y vuelve a demostrarlo con su último lanzamiento: a ver si se puede emprender un proyecto más extravagante que el de componer, grabar y difundir una sentida canción de amor a la Unión Europea. La ha titulado I Love EU, aprovechando la feliz circunstancia de que las siglas suenan igual que el you de otros amores más cotidianos, y la dedica a la «mujer idealista de 60 años» que en su opinión es la comunidad. «Del Danubio al Severn y al Sena, / me estás volviendo loco», canta el tío, para pedir el voto europeísta en el referéndum sobre el Brexit. La letra, bien surtida de despreocupados ripios, menciona la pasta, las baguettes, las castañuelas e incluso Maastricht, y concluye con una frase demencial que en el vídeo requiere sus correspondientes notas a pie de página: «Me quieres aunque soy vegetariano, republicano galés y mediterráneo».

A través de un texto, Rhys ha expuesto su visión de la UE como un club estupendo, y dice club en el sentido nocturno y juerguista de la palabra. «Está todavía en construcción, tiene algunos problemas estructurales serios y algunos altavoces han reventado, pero Conny Plank y Marlene Dietrich lo están arreglando en estos momentos. El portero intenta mantener a la gente fuera, pero hay un enorme espacio interior que podría albergar a un montón de los que hacen cola. Este fin de semana, sus pistas de baile acogen el Euro Classics Weekender. Tocan Daft Punk, Kraftwerk, Giorgio Moroder y Black Box. Mañana estarán Abba, Brigitte Fontaine y Can. El domingo por la tarde tocarán Sade, Stereolab, New Order y Technotronic, mientras Andy Votel y Mina Minerva preparan una temporada de electro báltico para el mes que viene. Picasso se ocupa de los visuals e Ibiza es la parte al aire libre, donde se congregan los fumadores».

 

Canción de la semana: ‘Tragic Alert’

2016 abril 22

 

 

Al Jourgensen es uno de esos muchos artistas que han condenado a sus seguidores a la decepción, porque resulta muy improbable que alcance de nuevo el nivel de aquel disco de 1992 que se ha dado en llamar Psalm 69, aunque en realidad se titulaba ΚΕΦΑΛΗΞΘ. Ya sé que hay quienes prefieren los dos inmediatamente anteriores, pero yo soy muy fan de ese álbum, déjenme con mis obsesiones. Nuestro hombre y su grupo, Ministry, alcanzaron ahí una cumbre del metal industrial, aunque la etiqueta jamás me ha convencido demasiado cuando se les aplica a ellos: las nueve canciones del disco sacaban el máximo partido a las guitarras y la electrónica como herramientas para la brutalidad, según fórmulas diversas e imaginativas que nunca se ajustaban demasiado a los cánones (bastante más aburridos) del metal tecnificado. ¡Qué variado, qué bueno y qué pasado de rosca es ese disco! Con el tiempo, Ministry se me fueron haciendo repetitivos, incluso un poco cargantes en la obsesión de Jourgensen por el sarcasmo político, aunque siempre se agradecía su facilidad para fabricar canciones que más parecen apisonadoras.

Ahora, este apóstol del exceso acaba de estrenar proyecto nuevo, Surgical Meth Machine, después de dar carpetazo a Ministry a raíz de la muerte de su cómplice Mike Scaccia. El álbum, editado esta semana, no es ni mucho menos Psalm 69, pero sí me da la impresión de que Jourgensen se ha venido arriba con el cambio: los temas de la andanada inicial suenan todavía más salvajes que su habitual desparrame, aunque al final se modera con una versión de Devo y algunos guiños hacia los inicios de Ministry como proyecto de tecnopop oscurillo. He seleccionado Tragic Alert, donde la materia prima quizá tenga más que ver con el hardcore que con el metal, pero me ha condicionado lo que está disponible en abierto: en realidad, habría preferido alguno de los cortes donde las bases se acercan al abuso rítmico del techno más monomaniaco.

Mientras leía sobre Jourgensen para una cosita que publiqué ayer en la revista musical para suscriptores, me enteré, por cierto, de que seguramente tiene algo de vasco. Ya sabía que es nacido en La Habana: su familia se exilió a Miami con el castrismo y Al (cuyo nombre original es Alejandro Ramírez Casas) habló solo español hasta que su jovencísima madre se casó con el noruego Jourgensen. En sus memorias cita a su abuelo, el prestigioso veterinario cubano Julio Brouwer, innovador de la inseminación vacuna (a la familia también pertenecen el guitarrista Leo Brouwer y la compositora Ernestina Lecuona), y veo por ahí que el segundo apellido de aquel hombre ilustre era Etchecopar. Digo yo que alguna porción de vasquidad habrá por ahí.

 

Adiós a un símbolo

2016 abril 21
por Carlos Benito

 

Empiezo a temer que a lo mejor acabamos este año sin ninguna de las estrellas que alegraron nuestra juventud. Al principio la noticia parecía un poco cogida con alfileres, pero la mánager ya ha confirmado que Prince ha muerto a los 57 años en su casa de Minneápolis. Pocas carreras tendrán altibajos tan extremos como la suya, marcada por aquel anonimato voluntario al que le llevó su enfrentamiento con la industria, cuando decidió identificarse simplemente con un símbolo, pero antes de aquel folletín del que nunca llegó a recuperarse había lanzado una de las andanadas de álbumes más asombrosas de la historia del rock. ¡Qué década de los 80 tuvo Prince! Daba la impresión de que podía hacer una canción magistral con cualquier cosita: le bastaban un ritmo y un par de adornos, como en Kiss o Alphabet St., para confeccionar artefactos irresistibles, de efecto inmediato. Y, cuando ponía a trabajar a pleno rendimiento a todo su ejército de vistosos asalariados, los resultados eran arrolladores.

Prince era el geniecillo juguetón, el duende pícaro y autosuficiente, el creador sobrado capaz de regalar a otros canciones como Nothing Compares 2 U o Manic Monday. Nos gustaban sus solos de guitarra que cortaban la respiración, sus títulos plagados de cuatros y doses, su procacidad sexual, su excentricidad estética… Y, para qué vamos a negarlo, también nos fascinaban sus protegidas, esa constelación de mujeres que orbitaba siempre a su alrededor: uno se imaginaba la vida en Paisley Park como un derroche versallesco de placeres, que hasta debía de hacer tolerable la saturación de púrpura. Prince, el hombre que parecía no envejecer, también nos ha dejado en 2016. Y, caramba, con ese empeño policial que ponía en retirar todo lo suyo de las redes sociales, qué difícil va a ser ilustrar con vídeos el dolor por este muerto.

 

La magia galesa

2016 abril 20
por Carlos Benito

 

Lo ha vuelto a hacer. Reconozco que sentí una punzada de inquietud al saber que la galesa Cate Le Bon se había mudado a California, porque temía que el cambio de ambiente le hiciese perder algo de su esencial excentricidad, que suponía vinculada a la atmósfera misteriosa y el cuelgue generalizado tan característicos de su tierra. Pero no: resulta que, lejos de estandarizarla, la experiencia estadounidense parece haber agudizado su personalidad, de manera que su nuevo álbum (Crab Day, el Día del Cangrejo) no solo me parece más extraño que los anteriores, sino también mejor, un perfeccionamiento de su magia. Como suele suceder con Cate, las canciones siempre evocan formas convencionales, y uno puede imaginárselas normalizadas en una interpretación con guitarra acústica, por ejemplo, pero el tratamiento y los arreglos las alejan radicalmente de cualquier rutina: la vocalista, siempre angulosa y esquinada, como una Nico empapada de psicodelia británica, parece encabezar una orquesta de autómatas entregados a una repetición obsesiva de breves motivos melódicos, en la que algún miembro se desprograma de cuando en cuando y empieza a tocar su instrumento a borbotones. Lo cierto es que su música invita a la comparación chorra: podría ser el aula de música de un psiquiátrico, una banda de circo bien cargada de psicotrópicos, un grupo de marcianos despistados intentando remedar el pop de los humanos.

No parece que Cate Le Bon (que en realidad se llama Cate Timothy y se puso ese nombre artístico como una broma alusiva a Simon, el otro Le Bon famoso de la música británica) vaya a moderar su singularidad a estas alturas, porque parece que es cuestión de carácter e incluso de familia: una de las canciones de este álbum, I Was Born On The Wrong Day, hace referencia al hecho de que, durante buena parte de su vida, celebró su cumpleaños en una fecha equivocada, hasta que su madre comprobó el error en unos documentos del hospital. De hecho, en vez de domesticarse, sus vídeos y sus imágenes promocionales se han vuelto todavía más excéntricos que en discos anteriores, y también más inquietantes. Aquí les enlazo el clip del sencillo, Wonderful, que también se las trae, porque en las bajeras del post no me resisto a colgarles el alucinado corto de once minutos que ha dirigido Phil Collins (ese no, otro) como presentación de Crab Day, aunque admito que la música (una selección de fragmentos instrumentales del álbum centrada en What’s Not Mine, mi favorito del lote) es capaz de desquiciar a cualquiera. Y según mi señora, mujer de santa paciencia, las imágenes también.

 

Canción de la semana: ‘Tidal Wave’

2016 abril 15

 

Hay álbumes en los que resulta especialmente difícil escoger una canción que represente al conjunto: son discos con un claro sentido de unidad, más allá de la recopilación circunstancial, y da la impresión de que cualquiera de sus temas queda un poco cojo si se le separa de sus compañeros. El segundo álbum de Tales Of Murder And Dust es de esos: la música fluye sin prisas, con la insistencia necesaria en cada pasaje para que el ánimo del oyente se vaya impregnando de su tono, más o menos homogéneo a lo largo de los siete cortes. El quinteto danés (que se colocó ese raro bautismo en sus primeros tiempos, cuando sus principales influencias eran la música surf y las bandas sonoras de Morricone) es una de esas incontables bandas que practican una psicodelia impregnada de shoegaze y post rock, atmosférica y tirando siempre a lo pesaroso, con la peculiaridad de que su uso de instrumentos como el violín, el sitar o los teclados les acerca a menudo al drone, a esos sonidos que se prolongan en el tiempo hasta revelar una trama rítmica y armónica.

Ante la dificultad, he tirado por el camino más fácil: Tidal Wave es la canción que abre el disco y también una de las más largas del lote, ya que se extiende hasta los nueve minutos. También creo que es una de las que evidencian con mayor claridad la influencia de The Velvet Underground que suelen declarar los miembros del grupo, por los ecos de la viola de John Cale y de los ritmos más narcotizados de Moe Tucker. Y, además, presenta una notable ventaja sobre las demás: si se quedan con el reproductor en marcha, acabarán escuchando el álbum entero, que es lo más recomendable.

 

La patrulla rockera

2016 abril 9

 

Desde que me he levantado, mi banda sonora es una sucesión de episodios de La patrulla canina, porque ese es el triste destino de los padres, pero eso no me ha impedido disfrutar en este rato de la obra de un par de músicos: les he estado leyendo. No ocurre tan a menudo, pero a veces la actualidad nos brinda intervenciones públicas interesantes de artistas famosos, y hoy se me han juntado dos, así que he pensado traérselas por aquí, por si acaso ustedes están viendo Los octonautas o Umizoomi y también necesitan distracción. La primera es un comunicado de Bruce Springsteen, que ha decidido suspender su concierto de mañana en Carolina del Norte a modo de protesta por la aprobación de la llamada Ley del Baño, que (entre otras medidas igualmente retrógradas) prohíbe expresamente a los transexuales utilizar los retretes que coinciden con su identidad sexual. “En mi opinión, la gente que no puede soportar el progreso que ha hecho nuestro país en reconocer los derechos humanos de todos nuestros ciudadanos intenta así revertir ese progreso -plantea Springsteen-. Algunas cosas son más importantes que un concierto de rock, y esta lucha contra el prejuicio y la intolerancia, que está en marcha mientras escribo, es una de ellas. Esta es la manera más fuerte que tengo de alzar mi voz para oponerme a aquellos que siguen empujándonos hacia atrás en lugar de hacia delante”. No se puede negar que es una actitud valiente, aunque seguramente los frustrados fans de Carolina del Norte no lo verán tan claro.

De otro tipo son las palabras de Lars Ulrich, el batería de Metallica, que se ha encargado del discurso previo a la entrada de Deep Purple en el Rock And Roll Hall Of Fame, esa cosa desconcertante y misteriosa que seguimos sin entender. El bueno de Ulrich es un tipo articulado y asombrosamente ameno, al menos cuando diserta sobre la historia del heavy y sus personajes: hace unos meses ya leímos con interés su despedida a Lemmy, una combinación muy interesante de anécdotas personales y de reflexión sobre la figura del difunto. Con Deep Purple, que es uno de sus grupos favoritos, ha repetido la fórmula: evoca, por ejemplo, su fascinación al verlos actuar por primera vez en Copenhague, cuando tenía solo 9 años, y cuenta que sigue teniendo junto a la cama una foto de Deep Purple que le regaló un amigo, en la que su cabeza sustituye a la de Ian Paice (“lo siento, Ian”, añade). Ulrich reivindica la importancia de los Purple, que para el público estadounidense no está tan clara, los sitúa al mismo nivel que Black Sabbath y Led Zeppelin e incluso recomienda unas cuantas de sus canciones, aunque al final tiene que hablar de la inevitable. “Pero esperad, hay otra canción, ¿verdad? La que todo el mundo conoce: Frank Zappa, un casino que arde junto al lago suizo, el fuego subiendo al cielo… Tiene quizás el riff de guitarra más clásico de todos los tiempos, lo primero que todo el mundo aprende en la guitarra, el riff que ha sido prohibido en las tiendas de instrumentos para preservar la salud mental de los trabajadores. Y eso es absolutamente cierto. El riff que incluso yo, el guitarrista más iletrado del universo conocido, soy capaz de tocar”. Se refiere a esto, claro.

 

Canción de la semana: ‘La ribera’

2016 abril 7
por Carlos Benito

 

Antes de nada, una curiosidad: el primer álbum de León Benavente me gustó sin llegar a entusiasmarme, pero es uno de los grupos sobre los que más he hablado en los últimos dos años. Incluso he acabado charlando sobre León Benavente con desconocidos. La frase «cómo te pareces al de León Benavente» ha acabado convirtiéndose en una especie de pequeña obsesión personal: me ha abordado gente para decírmelo en los lugares más insospechados (incluidos bares a priori poco benaventeros como La Espuela, en Bilbao, o el Stereo de Logroño), aunque en realidad el supuesto parecido con el vocalista Abraham Boba solo se da desde ciertos ángulos. Sobre todo, desde este, porque ahí hasta mi madre podría confundirme con él, aunque con la foto de arriba también tendría sus dudas. La prueba de que no nos parecemos tanto es que la gente también me ha comparado con Antonio Luque, con Ricky Falkner, con Wayne Coyne o con Karl Marx, así que he llegado a la conclusión de que la presencia de rizos y barba canos elimina cualquier otra consideración fisonómica. De todas formas, lo de León Benavente ha sido exagerado y me ha permitido comprobar que la popularidad de la banda madrileña llega mucho más allá de lo que yo suponía, hasta alcanzar a compañeros del curro a los que jamás habría imaginado escuchando su música o asistiendo a sus conciertos.

Esa relación circunstancial y un poco absurda con León Benavente me ha hecho cogerles cariño, así que me alegré mucho hace un mes al descubrir que el segundo adelanto de su segundo álbum me enganchaba por fin a lo que hacen, con ese pellizco definitivo que hasta ahora echaba en falta. He decidido traer la canción por aquí hoy, justo el día en el que se edita el disco, que lleva el escueto título de 2. Supongo que La ribera se puede interpretar en términos puramente alegóricos, de desigualdad y orillas sociales, pero yo no puedo evitar que la letra resuene en mí con una literalidad casi disparatada e inesperadamente localista: caramba, en algunos momentos es como si Boba estuviese cantando desde (y sobre) Zorrozaurre, la península de Bilbao sometida a una radical transformación según proyecto de la recién fallecida Zaha Hadid. Las luces y los trenes al otro lado, la almoneda urbanística, la incertidumbre sobre el progreso, ese «asómate a la ventana, / te hará sentir un turista»… Aquí tienen el vídeo-gif, que me hace pensar que debo adelgazar unos kilitos si quiero seguir pareciéndome al de León Benavente.

 

Querer a Manolo Tena

2016 abril 4
por Carlos Benito

 

«Yo nunca quise morirme. Es lo que me ha salvado. Salí finalmente de ese mundo oscuro, de la noche y de todo lo que conlleva», declaraba Manolo Tena el pasado octubre al compañero Luis Gómez, en una entrevista estupenda donde el músico reflexionaba sin pudores ni tonterías sobre las drogas y el roce cotidiano con la muerte. Y tiene narices que haya ido a fallecer justo ahora, cuando el programa de televisión A mi manera le había devuelto una popularidad y una estima de la que no había gozado en muchos años. Yo mismo formo parte de ese enorme colectivo que, más que redescubrirlo, había empezado a apreciarlo gracias al controvertido reality: en su momento nunca me interesó mucho Alarma!!!, más allá de las canciones inevitables, ni tampoco su carrera en solitario, pero el Tena de A mi manera era demasiado entrañable como para no quererle al menos un poquito. En medio de la artificiosidad, del empalagoso festival de coba e impostura, Tena aparecía siempre genuino, presente solo a medias, pero con un cerebro que a menudo parecía más lúcido que el de los demás. Y, cuando versionaba con su voz rasposa cualquiera de las canciones ajenas, incluidas aquellas que por fuerza habían de horrorizarle, se descubría como un intérprete solvente y personal, que no tenía que buscar enfoques forzados para impregnar cualquier música de su estilo inconfundible. Qué pena.

 

Canción de la semana: ‘We’ll Meet Again Someday, Or We Won’t’

2016 abril 2

 

El texano Bill Baird es un tipo singular. A mí, lo que más me gusta de él es su manera de combinar una pasión evidente por lo experimental (de esa que a otros les hace poner gesto de superioridad) con un sentido del humor que se le desborda por todas partes. Eso lo agradezco mucho. Hablamos de un tipo que, al colgar un extracto de su nuevo álbum en Bandcamp, lo ha acompañado de etiquetas como «extraño» o «¿qué?». Y eso que, en realidad, el disco es asombrosamente asequible en comparación con otras cosas que ha hecho a lo largo de su hiperactiva carrera: se trata de una serie de «postales musicales» basadas en sus viajes por Estados Unidos, que también sirven como recorrido por algunos de sus intereses estilísticos. En general, dejan un regusto a rock clásico, artesanal y más bien melancólico, aunque en el lote también se cuelan instrumentales inquietantes, ecos balcánicos e incluso una composición de Satie.

Son diecinueve cortes, nada menos, pero aquí nos vamos a quedar con el primero de todos, una preciosa balada de ruptura amorosa titulada We’ll Meet Again Someday, Or We Won’t (es decir, Nos encontraremos de nuevo algún día, o no). «Algún día te darás cuenta de lo que quiero decir, / la vida no es real, es solo un sueño, / y los fantasmas con los que te peleas / bailarían contigo si les dieses la mínima oportunidad». A mí la canción me remite al universo sonoro de The Velvet Underground en su vertiente más lánguida y, muy especialmente, al These Days de Nico, una canción que en este blog viene a ser música sacra. La obsesión por la banda neoyorquina tiene continuidad, de manera bastante diferente, en otro de los temas del disco, Your Dark Sunglasses Won’t Make You Lou Reed, con esa conclusión entre lo hilarante y lo cruel: «Tus gafas oscuras no van a convertirte en Lou Reed, ni en John Cale, ni en Sterling Morrison, ni siquiera en Doug Yule».

 

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