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Canción de la semana: ‘Winter Sun’

2016 julio 22

 

 

No atendí como se merecía a la carrera de Roberto C. Meyer, músico navarro fallecido hace dos semanas, con solo 45 años. Tampoco lo traté, aunque me parece que coincidí con él más de una vez durante los años que pasé en Pamplona –creo, de hecho, que lo tuve justo delante en uno de los conciertos más importantes de mi vida, el de Los Bichos en el Subsuelo– y he ido conociendo a unas cuantas personas de su entorno. El caso es que su cómplice Jaime Cristóbal le ha dedicado un especial de su programa, Popcasting, que resulta a la vez emocionante y artísticamente revelador. No solo rinde tributo al amigo con una naturalidad y una hondura a las que estamos poco acostumbrados, sino que además abre la puerta hacia un universo creativo que a muchos nos había pasado desapercibido: el itinerario de Roberto C. Meyer (con sombrero en la foto de arriba, de Álvaro Barrientos) resultaba difícil de seguir si no se estaba muy cerca de él, porque era un hombre que se desbordaba en mil proyectos, a veces abandonados con el mismo ímpetu que había empleado en ponerlos en marcha.

Winter Sun es un tema de su banda principal, The Glitter Souls, y el propio Jaime lo ha seleccionado como síntesis para los no iniciados. Pero lo recomendable de verdad es escuchar el programa entero: no se me ocurren muchos ejemplos de músicos desconocidos que hayan dejado una producción tan personal y exuberante, tan apasionada y ambiciosa, como la que se recoge en esas tres horas, filtrando influencias que van de Suicide a la canción francesa e italiana, de Nikki Sudden y Johnny Thunders a Einstürzende Neubauten, del country y el surf instrumental al inevitable Josetxo Ezponda, paisano y referente. La música de Roberto C. Meyer es exquisita, romántica hasta el desgarro y envenenada de melancolía. «Un líder sobrado de tablas, desparpajo, sentimiento y conocimiento», lo describió el compañero Óscar Cubillo en 1998, cuando The Glitter Souls participaron en el concurso Villa de Bilbao con un set «hiperdecadente y ultracool». Y no, claro que no ganaron nada.

 

Muere Alan Vega

2016 julio 17
por Carlos Benito

 

La primera vez que uno escucha la música de Suicide, siempre se queda sorprendido, descolocado ante un sonido que escapa a todos los parámetros convencionales, pero esa sensación de asombro se multiplica cuando uno coteja su estilo singular con las fechas de su biografía: Alan Vega y Martin Rev ya estaban trasteando con lo suyo en la primera mitad de los 70, como una entidad anómala surgida a mitad de camino entre la escena neoyorquina del rock y la del arte contemporáneo. Se suele decir que Suicide se anticiparon al punk y al techno, que ya es anticiparse, pero en realidad son de esos antecesores que llevaron las cosas más lejos que la inmensa mayoría de sus supuestos herederos, con una combinación de genio y desfachatez que pocas veces se da en tal medida. Lo dice la familia de Vega en el comunicado que ha anunciado su fallecimiento con 78 años, difundido a través de la web del colega Henry Rollins: “Una de las características principales de Alan Vega era su adhesión inquebrantable a los requerimientos de su arte. Solo hacía lo que quería. Diciéndolo de manera sencilla, vivía para crear”.

La influencia de Suicide llega a muchos rincones, desde roqueros auténticos como Bruce Springsteen, un fan declarado que versiona su Dream Baby Dream, hasta modernos de postal como Sigue Sigue Sputnik, que saquearon las bases obsesivas del dúo estadounidense y su idea del rockabilly futurista. Entre un extremo y otro, existen incontables artistas deslumbrados por la estética de Rev y Vega (ay, todos esos teclistas impasibles en segundo plano) y, por supuesto, por su obra, muy particularmente por el primer álbum, que descubrió al mundo el colchón de cacharrería del instrumentista y los hipos e imprecaciones del provocador vocalista encuerado, en una visión deslumbrante de un rock and roll electrónico que llevó a los espectadores más cerriles a arrojarles cuchillos en concierto. Más allá de los cinco álbumes de Suicide, Vega siguió explorando ese universo a través de apreciables discos en solitario y colaboraciones con otros músicos, pero creo que hoy no queda otro remedio que volver a aquel álbum de debut y a una de las canciones más inquietantes de todos los tiempos: Frankie Teardrop, que contiene (gracias, Alan) el mejor grito de toda la historia del rock.

 

Canción de la semana: ‘Wiedersehen’

2016 julio 14

 

Treinta y cinco años de carrera llevan Pet Shop Boys, y todavía aciertan. No soy uno de esos fans fatales que defienden que sus últimos álbumes están a la altura de su época dorada, pero de vez en cuando vuelven a engancharme con alguna de sus canciones, especialmente las más melancólicas, esas que hablan de despedidas, mundos que cambian y pasados perdidos. Con Wiedersehen, una balada que trata precisamente sobre esas tres cosas, estuve entregado desde la primera frase, como suspendido en una nube de fascinación y asombro. Qué preciosa les ha quedado, y qué sobrados son estos tíos que la han dejado para cara B de un sencillo.

Los Pet Shop Boys son así. Hablamos también de uno de los pocos grupos de pop capaces de dedicar una canción al momento en el que el escritor Stefan Zweig se marcha de Salzburgo y abandona su país, Austria, tras la llegada de Hitler al poder en la vecina Alemania. Eso ocurrió en 1934, y ocho años después Zweig y su esposa se quitarían la vida en la ciudad brasileña de Petrópolis. La letra de Wiedersehen es un hasta la vista incumplido, un adiós definitivo a los árboles, las montañas y la Europa anterior al nazismo, en el que Tennant salta de lo cotidiano a lo profundo. «La memoria es la única cosa / por la que aún merece la pena vivir», dice. Y también: «El mundo de antes de la guerra, / exquisito en tus sueños, / aun así parió hijos enfadados / que solo veían los extremos». Wiedersehen estaba compuesta desde febrero de 2015 pero no se había editado hasta el pasado 24 de junio, como bonus track en el sencillo de Twenty-Something y con Rufus Wainwright a los coros. Y esa fecha, el 24 de junio, tiene su intríngulis, porque fue el día en el que se conoció el resultado del referéndum sobre el Brexit: «Por desgracia, el estribillo de esta canción nueva parece bastante apropiado hoy en el Reino Unido», lamentó Neil Tennant en el foro del dúo.

 

Mi Bilbao BBK Live

2016 julio 10

 

 

Este año, el cartel del Bilbao BBK Live me ha obligado a superar mi festifobia, más acentuada a medida que voy acumulando años, y subir los tres días a Kobetas. Y no me arrepiento, aunque he vuelto a confirmar que no es mi ambiente y que, a menudo, la masificación implica renunciar a todo lo que más me gusta de la música en directo. El caso es que, de todos los conciertos a los que he asistido, dos me han parecido memorables: el de los Pixies (debí de tener suerte, porque desde mi sitio se escuchó todo perfecto, sin los problemas que han relatado Cubillo y más personas) y el de Nudozurdo. Y digo memorables porque hablo de manera subjetiva, no con la intención de emitir un dictamen imparcial de crítico robótico. Los Pixies partían con toda la ventaja del mundo, claro, porque son uno de los grupos más importantes de mi vida, pero superaron mis mejores expectativas con un repertorio inapelable que incluso me hizo tolerables las canciones nuevas. En concreto, enloquecí un poquito con la tanda Isla de Encanta/Broken Face y me maravilló la sucesión de Gouge Away/Hey/Rock Music/Tame/Nimrod’s Son. En cuanto a Nudozurdo, son uno de los escasos grupos en los que me creo eso de la música como necesidad expresiva, como manera de acorralar a unos cuantos fantasmas y expulsarlos un rato fuera de la cabeza, aunque puede que en eso me influya la inquietante presencia escénica de su líder. Disfruté como un perro en su actuación, fotografiada arriba por el amigo Santi Tejada.

El mal sonido hizo que otros dos conciertos que también deberían haber sido memorables se quedasen a medio camino. A New Order los escuché bajísimos, con un volumen ilógico que entremezclaba los instrumentos en una pulpa indiscernible: es pecado, por ejemplo, interpretar The Perfect Kiss sin que el bajo remonte su majestuoso vuelo, aunque de todas formas me emocioné en algunos momentos, especialmente en Ceremony. Y lo de Triángulo de Amor Bizarro me dio mucha rabia, porque los he visto ocho o nueve veces y siempre habían sonado perfectos, nítidos en su ensordecedor desbarre distorsionado: ayer, en cambio, parecían estar tocando al fondo de una gruta. ¡Con lo bien que se les había escuchado a través de monitores en la prueba de sonido!

Me gustaron mucho Courtney Barnett y lo que presencié de José González. Me encantó cómo estaba acondicionado Basoa, el nuevo entorno electrónico, aunque dos de las tres veces que pasé por allí me decepcionó lo que pinchaban. Me dio mucha rabia no poder ver entera a Grimes: aproveché para marcharme cuando sufrió el apagón, para coger sitio en Pixies. Volví a comprobar que algunas canciones de Arcade Fire poseen la capacidad de aburrirme mortalmente, sobre todo a un volumen tan ridículamente bajo como el que tuvieron (que sí, que sí, que otras me gustan mucho). En el extremo opuesto, me anonadaron con su derroche decibélico los animales de Slaves, que me obligaron a largarme para proteger mi tocado oído izquierdo. Y reconozco que uno de mis mejores ratos fue una especie de loca huida del talante festivalero: a los punks ingleses Bad Breeding los vimos unos cuarenta desheredados (cinco minutos antes de su actuación, cuando llegué, no había nadie frente al escenario) y después de su intensa media hora aún me dio tiempo de escuchar mis dos favoritas del repertorio de los contundentes Juventud Juché, Carne y Fuera. Fue como un desahogo por unas cuantas blanduras que ni siquiera mencionaré. En la fotito de aquí al lado tienen al cantante de Bad Breeding, el tío de negro: acabó el concierto abajo, entre el público, y una animosa instagramera se acercó a sacarse un selfi con él, que la rechazó con apurado gesto de espanto, como diciendo que los punks no suelen hacer esas cosas.

Ah, y por fin tuve delante a mi supuesto doble Abraham Boba, el cantante de León Benavente, después de que decenas de personas me hayan dicho que me parezco tantísimo a él: en realidad, nuestras facciones no tienen nada que ver, pero el pelo y la barba son tan similares que yo mismo me sentí raro en algunos momentos. El arranque del concierto de León Benavente me pareció arrollador, pero conmigo no funcionó la segunda mitad, que me fue dejando cada vez más frío en mitad del frenesí generalizado. “¿Recuerdas cuándo fue la última vez que escuchaste a los Smiths, a la Velvet o a Kortatu?”, adaptaron la letra de Aún no ha salido el sol. Aunque yo no acabo de sintonizar con lo suyo, apostaría a que la próxima vez van a estar en el escenario grande.

Canción de la semana: ‘Jammer Jamma Hey!’

2016 julio 8
por Carlos Benito

 

He pasado una parte de mis minivacaciones de junio en un hotel de Alcúdia repleto de familias alemanas, y reconozco que he acabado un poco harto de esa cuadriculada eficiencia que aplican incluso a las maldades cotidianas: un día que nuestra hija pequeña nos despertó a las seis de la mañana, me asomé y pude comprobar cómo, en la penumbra del amanecer, estaban ya reservando tumbonas junto a la piscina, los muy germánicos. Así que esto de hoy viene a ser un acto de reconciliación con Alemania, que tanta música estupenda ha dado al mundo: yo miraba a mis compañeros de hotel y los veía más o menos de la misma edad que los miembros de Can y Amon Düül II, o los de D.A.F. y Malaria!, o incluso los de Rammstein y Heimataerde, pero la única música que pillé en las cadenas alemanas de la tele fue un especial de Andrea Berg. ¿La conocen?

Así que hoy tenemos una ración de de buen punk alemán recién editado. Sé tan poco del grupo que ni siquiera estoy seguro de que sean los de la foto de arriba, porque se trata de tipos esquivos y, además, se obstinan en expresarse en alemán. Pero bueno, se llaman Telemark, proceden de Duisburgo y abren este disco suyo, el cuarto, con Jammer Jamma Hey!, un enérgico arrebato de dos minutos y medio que logra combinar una actitud casi noise-rock con cierto aire juguetón de nueva ola alemana. No sé yo si a mis compañeros de hotel les molaría mucho. Aunque, vete a saber, a lo mejor eran Telemark los de las tumbonas.

 

Algunos conciertos de julio

2016 julio 4

 

 

Lo cierto es que, en cuanto llega el verano, empieza a dar un poco de pereza esta selección mensual de conciertos: casi todo son ya festivales y fiestas populares, de manera que uno acaba destacando lo obvio. En el caso de los festivales, he optado por elegir un artista del cartel. En el caso de las fiestas… ah, no, que fiestas no he metido ninguna.

Esperanza Spalding (día 5, Getxo Jazz). Empezaré con una frivolidad extramusical, una cosa que me pasa con muy pocos artistas: a mí la cara de Esperanza Spalding me pone de buen humor, con su sonrisa monumental y ese planeta de pelo que pueden contemplar arriba, en la foto del compañero Javier Mingueza. Pero, además, la bajista y vocalista de Oregón tiene una inclinación natural a sorprender y cubre un territorio amplísimo que va del pop comercial a la vanguardia disonante.

Nashville Pussy (día 7, Kafe Antzokia). «La gente siempre me pregunta si canto sobre mí mismo y yo respondo que no, que nadie es tan asqueroso», declaró una vez Blaine Cartwrigh, que lleva ya dos décadas recorriendo el mundo junto a su esposa Ruyter bajo el poco santo nombre de Nashville Pussy. Su rock empapado de sudor, bourbon y carburante le hará la competencia al Bilbao BBK Live, una circunstancia que encaja bastante bien con su decidido apostolado contra el refinamiento

Pixies (día 8, Bilbao BBK Live). ¡Si es que no tengo perdón por no haber visto nunca en directo a los Pixies, que son uno de los cuatro o cinco grupos más importantes de mi vida! Y, en realidad, tampoco ahora voy a verlos del todo, porque unos Pixies sin Kim Deal son una bestia mutilada, privada de su lado encantador. En fin, ya que estamos, repasaré mis proyectos del BBK Live, esos que después siempre se traicionan: el jueves curro, así que llegaré justito a New Order y me quedaré a Arcade Fire; el viernes quiero hacer Nudozurdo-Belako-Grimes-Pixies-Underworld; el sábado, Courtney Barnett-Juventud Juché-Tame Impala-León Benavente-Agents Of Time-Triángulo de Amor Bizarro. A ver.

Marc Jonson (día 10, La Ribera). No conocía de nada a este cantautor estadounidense que editó su primer álbum en 1972 y que ha compuesto temas para bandas sonoras como Buscando a Nemo o Cars. El sello Light in the Attic Records está a punto de reeditar aquel debut de hace cuarenta y cuatro años, que ni siquiera está en Spotify, y lo cierto es que suena precioso e imaginativo. Ah, es sesión vermú y gratis.

Maria Arnal i Marcel Bagés (día 16, Musikaire). El dúo catalán, que fue canción de la semana por aquí hace unos meses, se ha especializado en insuflar nueva vida a canciones recuperadas en archivos y fonotecas, con una intensidad y una originalidad de enfoque que pueden recordar a lo que hicieron juntos Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernandez Miró. Como de costumbre, el festival de Elorrio está sobrado de propuestas interesantes, entre las que destacaría también el mestizaje funky y cumbianchero de Quantic.

Pelada (día 26, Sarean). El local de la plaza Corazón de María (en el que, por cierto, se come estupendamente) se ha convertido en cuartel bilbaíno de la electrónica más áspera. En esta ocasión recibe a Pelada, un feroz dúo quebequés que se ha especializado en directos agresivos, entre el punk y la electronic body music, con letras en castellano que marearían a los señores académicos de la RAE. Telonean los locales Mortimer Tangana y Serpiente, proyectos hermanos a los que, grrrr, me volveré a perder por lo temprano del horario.

The Waterboys (día 30, Mundaka Festival). Los Waterboys empezaron haciendo pop ampuloso, pasaron después a la esencia celta y están teniendo una madurez espléndida, en la que más o menos hacen lo que les viene en gana. Y lo de la madurez espléndida se dice de muchos grupos viejunos, pero basta ponerse a escuchar cualquiera de sus discos más recientes para darse cuenta de que en este caso es verdad. El grupo de Mike Scott encabeza la tercera jornada del festival de Mundaka, en un entorno de lujo, y da pie a sentar una tradición: el año pasado se pudo escuchar The Killing Moon de Echo & The Bunnymen bajo la luna llena y, esta vez, será el turno de The Whole Of The Moon con un último resto de menguante.

Ten cuidado, nos dicen Pelada. Como para no hacerles caso.

 

Canción de la semana: ‘Kenji, el robot’

2016 junio 26
por Carlos Benito

 

Kenji era un robot experimental del Instituto de Investigación Robótica Akimu que fue programado para amar y no logró entender las limitaciones de su sentimiento: acabó aprisionando en su abrazo a una de las trabajadoras del centro, la encargada de comprobar a diario sus sistemas y su software, y ese abuso obligó a desprogramarlo. La historia se reveló como pura ficción, una de esas anécdotas inventadas que cuelan como verdad en el alegre cambalache de las redes sociales, pero ha logrado perpetuarse durante años y ahora se convierte en material de partida para esta hermosa canción de Esmeraldo, un proyecto de Santiago Castillo, de los cántabros Templeton.

La canción forma parte del EP de debut de Esmeraldo, que salió en marzo, pero yo no la había escuchado hasta ahora, cuando se edita una versión física… ¡en casete! Kenji, el robot es una preciosidad que se sitúa entre la psicodelia, Aviador Dro y, yo qué sé, el Jed The Humanoid de Grandaddy, pero los otros cuatro cortes de la cinta (cómo me gusta escribir esta terminología obsoleta) completan una expedición apasionante, que Castillo grabó solo y sin planificación. “Es algo así como pop rebozado con ambient y psicodelia, con ramalazos post-punk y nuevaoleros… y una fuerte influencia de las imágenes que me marcaron en la infancia, los 80 y 90”, trata de describir el artista en Mondo Sonoro. Vamos a acompañar en el sentimiento al pobre Kenji.

 

Canción de la semana: ‘Bubbles Burst’

2016 junio 17

Antes de nada, debo reconocer que una colaboración entre Sean Lennon (el hijo de John) y Les Claypool (el líder de Primus) me inspiraba infinita pereza. Seguramente era una sensación injusta y, en el caso de Lennon, fruto del prejuicio, porque la verdad es que he seguido muy poco su carrera: más fundamentado estaba el lado Claypool del asunto, ya que Primus y, más concretamente, su bajo hiperactivo me provocaron tremendos mareos en más de una ocasión allá por los 90. El álbum que han grabado juntos como The Claypool Lennon Delirium es justamente eso, un delirio de psicodelia cósmica y bastante pasada de rosca, que se abre con El monolito de Fobos (por una gran roca que hay en la superficie del satélite marciano) y se cierra con un tema titulado En el espacio no hay ropa interior.

Pero me ha cautivado Bubbles Burst, una de esas canciones que imponen una especie de respetuoso silencio mental desde su arranque, que ya parece anunciar que se aproxima algo serio. Muy serio, aunque la letra vaya sobre Bubbles, el chimpancé de Michael Jackson: «Hinchándose a caramelos / y vestido como un dandi, / a Bubbles le trataban / como a ningún otro chimpancé, / transportado a un planeta hecho de juguetes, plátanos y juegos», dice el estribillo, con esa conclusión que me suena terriblemente triste: «Las infancias terminan y las burbujas explotan». Ocurre que Sean Lennon sabe bien de lo que habla, porque él fue uno de aquellos niños que frecuentaban Neverland en los 80 y estuvo más de una vez con Bubbles: «El lugar entero daba la impresión de encontrarse en alguna tierra fantástica de Peter Pan. Y se entendía que, cuando Bubbles se hiciese demasiado viejo, tendrían que deshacerse de él, porque los chimpancés se vuelven adultos malhumorados o peligrosos. Era algo en lo que veía reflejada toda la situación: a Michael le gustaba pasar el rato con chavales, porque son inocentes y divertidos. Después, cuando te haces adulto, es como si fueses un chimpancé: demasiado viejo para jugar más contigo», ha analizado en una entrevista con la NPR.

Finalmente, parece obligado hablar del vídeo, que tiene indignadísimos a muchos fans de Michael Jackson. Lo protagonizan el ídolo y el chimpancé, interpretados por Noel y Michael Fielding, y viene a ser una farsa de cine mudo en la que Michael no parece muy equilibrado. «Es una manifestación oscura y cómica que surge más de la canción que de la vida real, como un reflejo de un reflejo. Creo que, como poema visual, representa algo real: Michael era solitario, era extraño y tenía intereses extraños», ha justificado Lennon. A mí me parecen imponentes tanto la canción como el vídeo, pero creo que, como de costumbre, disfruto más de la primera si no estoy viendo el segundo. Bubbles, por cierto, sigue vivo: tiene ya 32 o 33 años y reside desde 2005 en un centro de Florida dedicado a los grandes simios, donde se ha hecho muy amigo del chimpancé de Ace Ventura.

 

El viejo en la playa y la reina muerta

2016 junio 14
por Carlos Benito

 

 

El mes pasado se me pasó conmemorar el treinta aniversario del que, seguramente, es el disco más importante de mi vida. No se esperen una gran revelación o una muestra de exquisito gusto, porque el disco más importante de mi vida es un recopilatorio: en mayo de 1986 se editó Standing On A Beach, en el que The Cure repasaban su primera década, desde el pop-punk de Killing An Arab hasta el pop-pop de Close To Me, pasando por las oscuridades, las tecnificaciones y los jugueteos intermedios. Mi yo de 14 años lo compró por el final de la segunda cara, la apoteosis comercial, pero acabó enganchado irremediablemente a la primera, y creo que aquel álbum (reproducido hasta la extenuación, como era habitual en aquella época de paga escasa) decidió y orientó mis gustos posteriores. Una curiosidad: el viejo que aparecía en la icónica portada, de la que tienen un detalle arriba, era un pescador jubilado de Rye llamado John Button. Vamos a escuchar Charlotte Sometimes y seguimos debajo.

 

 

El caso es que dentro de un par de días cumple treinta años otro disco importante en mi juventud y, al menos, quería traerlo por aquí, para estremecernos todos juntos por el paso del tiempo. Se trata de The Queen Is Dead, que ha quedado como el álbum canónico de The Smiths. Lo cierto es que yo prefiero Meat Is Murder y, sobre todo, la recopilación de sencillos y grabaciones radiofónicas Hatful Of Hollow, pero a todo eso llegué retrospectivamente: descubrí a los Smiths con The Queen Is Dead y, concretamente, con su primer sencillo, que me sigue fascinando igual que entonces, cuando lo escuché por primera vez en Los 40 Principales. A lo mejor es que la sigo oyendo con los mismos oídos impresionables, pero Bigmouth Strikes Again me sigue pareciendo una canción tremendamente anómala: todo lo que hace Johnny Marr me suena distinto a otros guitarristas, pero más todavía en este tema, y recordemos que, en la letra, a Juana de Arco se le funde el walkman en la hoguera. Ah, la voz aguda y rara del fondo, aunque esté acreditada a una tal Ann Coates, es el propio Morrissey en versión trucada, y también hace coros Kirsty MacColl, aunque tengo la impresión de que lo suyo se limita al uh, uh que acompaña al solo de guitarra.

 

Canción de la semana: ‘If You Ask How I’m Keeping’

2016 junio 10
por Carlos Benito

 

 

Lo prometido es deuda: nuestra canción de esta semana no tiene nada de post-punk, y de hecho no creo que guarde ningún parentesco con nada que lleve punk o post en el nombre. Kacy & Clayton son la vocalista Kacy Anderson y el guitarrista Clayton Linthicum, dos primos segundos canadienses que facturan una música de resonancias tan antiquísimas que acaba asomando por el otro lado del tiempo y sonando gratamente contemporánea, o eso me parece a mí. Lo suyo es una mezcla de country-blues americano y folk británico, levantada a partir de las músicas que escuchan desde críos.

Porque, en estos tiempos en los que cualquier modernete barbudo presume de haber grabado su disco en una remota cabaña de los bosques, Kacy & Clayton representan la ruralidad genuina y extrema: proceden de una región aislada al sur de Saskatchewan, donde los ranchos distan muchos kilómetros unos de otros. A Clayton le gusta recordar que la tienda de discos más cercana quedaba a cinco horas de coche, de manera que los dos primos tuvieron que construir su identidad musical a retazos, a partir de los materiales que les iban saliendo al paso: la casete de la Carter Family del abuelo o los desgastados discos de country de un paisano un poco sentimental. Para ensayar, tenían que conducir sin carné hasta la casa del otro, y también sus primeros conciertos estuvieron marcados por las circunstancias: a falta de salas y clubes, lo suyo eran las sesiones de los domingos por la tarde en los geriátricos. «Muchas de nuestras canciones se inspiran en viejas historias de nuestra familia: la soledad y el aislamiento, la enfermedad y la muerte. Las historias son a menudo trágicas, pero están contadas con cariño», explican los primos.

A lo mejor les he asustado con tanta rusticidad y tanto tradicionalismo. Pues no se pongan a la defensiva, porque If You Ask How I’m Keeping suena así de preciosa, lista para que alguna serie adorne con ella su banda sonora.

 

elcorreo.com

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