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Canción de la semana: ‘An Epic Story’

2017 mayo 26
por Carlos Benito

 


Si alguien se hubiese jugado su dinero hace treinta y tantos años a que, en 2017, íbamos a tener álbum nuevo de Peter Perrett, seguro que las casas de apuestas le habrían pagado cien a uno. El líder de The Only Ones, uno de los santos de cabecera de este blog, está entre los supervivientes más improbables de la historia del rock: «Siempre flirteo con la muerte», empieza la letra de su canción más conocida, y en su caso no era un verso de postureo malditista. Perrett, un hombre de aspecto frágil y melancólico, se sometió durante años a una dieta química un tanto desmesurada (miren, aquí hablamos de ello) que convertía su vida cotidiana en un inconcebible caos. Pero no solo continúa aquí, entre nosotros, sino que está a punto de sacar disco nuevo y, qué les voy a decir… ¡ya quisieran muchos ese nivel!

Se supone que es su primer álbum en solitario, porque aquel proyecto que bautizó Peter Perrett In The One no se considera como tal, y lo ha grabado respaldado por sus hijos Jamie y Peter Jr. Primero presentó How The West Was Won, una canción que saqueaba amigablemente el Sweet Jane de Lou Reed (las maquetas de los Only Ones colaron una vez como grabaciones perdidas de la Velvet), pero este segundo adelanto, An Epic Story, nos sitúa ya en el centro de los dominios de Perrett, ese mundo vulnerable y rematadamente sentimental. En realidad, la canción cuenta una historia romántica, porque está dedicada a Zena, su esposa desde hace 47 años, pero es verdad que en su caso el amor tiene bastante de épica, ya que en su momento tuvo que ser heroico soportar al Peter más extraviado y a su excitable amante Lucinda. «Siempre seré tu hombre, / nadie podría quererme como lo haces tú. / Si pudiese vivir de nuevo mi vida entera, / te elegiría a ti cada una de las veces», dice ese estribillo que resplandece. Si la apuesta hubiese incluido que Perrett iba a publicar un nuevo clásico en 2017, yo creo que nos habrían dado doscientos a uno.

 

Un beso de treinta años

2017 mayo 25
por Carlos Benito

 

Estoy en esa etapa de la vida en la que muchas cosas importantes cumplen treinta años. Hoy mismo es el aniversario de Kiss Me Kiss Me Kiss Me, probablemente el álbum de The Cure que más veces he escuchado. Esa insistencia tiene una explicación fácil: yo me enganché a la banda británica con el recopilatorio Standing On A Beach, que ocupa el lugar inmediatamente anterior en su discografía, así que Kiss Me Kiss Me Kiss Me fue el primer disco suyo que disfruté en su momento, no en diferido. Pero también se le puede buscar una explicación más elaborada: Kiss Me Kiss Me Kiss Me es un doble álbum asombrosamente variado, inagotable, repleto de rincones que hacen interesantes las escuchas repetidas.

Cuando se habla de la obra maestra de Robert Smith y compañía se suele señalar (yo mismo lo hago siempre) a Disintegration, el siguiente a este, en el que depuraron sus oscuridades de principios de los 80. O, si no, se acude directamente a ese periodo más tenebroso y se elige el turbador y sociópata Pornography. Por Kiss Me Kiss Me Kiss Me siempre se tiende a pasar un poco por encima, aunque creo que resulta perfectamente defendible como pieza cumbre de su carrera y, desde luego, representa mejor que esos otros dos la variedad de registros que -en contra de lo que afirma el tópico- caracteriza a los Cure. Las dos primeras canciones sirven como muestra: el disco se abre osadamente con The Kiss, un holocausto de psicodelia rabiosa que parece supurar veneno («ojalá estuvieses muerta», concluye la letra), y sigue con Catch, una miniatura juguetona y serena sobre una chica del pasado. A partir de ahí, en el disco caben la fiebre oriental de If Only Tonight We Could Sleep o la desfachatez funk de Hot Hot Hot!!!, el pop parisino de How Beautiful You Are («nadie conoce ni ama nunca a nadie», dice ahí Smith) o la arquetípica melancolía made in The Cure de A Thousand Hours. En realidad, lo único que pretendo con esta enumeración apresurada y un poco chorra es animar a que lo escuchen, tan estupendo a sus treinta años, aunque antes pueden dedicar minuto y medio a aquella legendaria entrevista en TVE.

 

La domadora de vanguardias

2017 mayo 19
por Carlos Benito

Hace un par de días, Jane Weaver repasaba para The Quietus sus discos favoritos, una lista que se abría con Kate Bush e incluía a Hawkwind, Warda Al-Jazairia (francesa de origen argelino y afincada en Egipto), The Electric Prunes, el compositor checo Zdenek Liška, Ennio Morricone y Yoko Ono, por citar unos cuantos. Como la palabra eclecticismo suele sonar un poco antipática, digamos que la artista inglesa se caracteriza por una exquisita voracidad, que la lleva a explorar rincones de la historia de la música que se encuentran muy alejados unos de otros y que, a menudo, no se ven todo lo frecuentados que deberían. Su propia música es reflejo de esa actitud: ayer lanzó Modern Kosmology, su séptimo álbum, un nuevo manifiesto de pop psicodélico que bebe de todas esas fuentes y unas cuantas más, reconfigurándolas en piezas que logran sonar a la vez antiguas y extrañamente futuras.

Weaver consigue como pocos que el pop suene experimental sin dejar de ser pop, o que la vanguardia se preste a adoptar la forma de canciones pop aparentemente convencionales: en Modern Kosmology, igual que en su alucinante antecesor The Silver Globe (recuerden), hay krautrock (de hecho, el tema inicial es una lección de krautrock bien aprovechado, más allá de fórmulas y rutinas), hay mucha electrónica de aire primitivo, hay arreglos que pueden evocar a Gainsbourg y Vannier, hay borbotones de psicodelia astral, pero Jane Weaver logra domar a esas fieras tan propensas a desmandarse y las mantiene a raya en canciones seductoras que podrían ser para todos los públicos. Aunque estamos ya acabando mayo, creo que todavía no había dicho lo de «este disco va para la lista de fin de año». Pues bien, ya está en la saca.

 

Canción de la semana: ‘La federal’

2017 mayo 18

 

Hasta hace un mes, no recuerdo haberme cruzado nunca con una mención a Los Rusos Hijos de Puta. Y, desde luego, tienen uno de esos nombres que te saltan a los ojos y te obligan a retenerlos, así que supongo que realmente no me había topado nunca con el cuarteto argentino, por mucho que tengan vinilito editado en España y todo. El caso es que, señoras y señores, me he enganchado de manera irremediable y un poco obsesiva a su álbum, editado hace ya dos años y titulado La rabia que sentimos es el amor que nos quitan. Creo que he llegado a escucharlo diez veces seguidas en bucle, así que me perdonarán este paréntesis de inactualidad en la sección. Iba a esperar a que sacasen el siguiente disco, ya en proceso de grabación, pero qué caramba, mis canciones de las últimas dos semanas han sido estas.

¿Y qué hacen Los Rusos Hijos de Puta, obligados por Facebook a esconderse tras siglas pacatas y titular su página Los Rusos HDP? Pues lo suyo es punk de espíritu, un rasgo que incluye su propensión al desmadre y al despelote en los conciertos, pero no suelen tener mucho que ver con los estereotipos del punk de recetario: lo más ortodoxo que les he oído en ese sentido es Los pibe, que de hecho ha estado a punto de convertirse en la canción de la semana, porque me entusiasma cómo Luludot Viento (sí, así se llama la rubia vocalista y teclista, un memorable terremoto escénico) pronuncia la frase «me llena de mierrrda». Pero la cuestión es que siento debilidad total por las dos canciones de las que se ocupa el otro vocalista, Julián Desbats, que es además guitarrista y también rubio: tanta acumulación de cabello claro llevó a que la pareja fuese apodada como Los Rusos, un sobrenombre al que los amigos solían añadirle ese cariñoso hijos de puta, hay que decirlo más. Así que aquí tienen La federal, que a mí me recuerda de alguna manera a sus paisanos Él Mató a un Policía Motorizado (esa insistencia en unos pocos versos y líneas melódicas) y es una canción de amor y manifestaciones, de pasión y de… ¿ortivas? Después escúchense el disco entero, HDP.

 

Sobral, el de Portugal

2017 mayo 15
por Carlos Benito

 

 

Uno no se pone a ver Eurovisión esperando reafirmar su fe en el género humano, sino más bien todo lo contrario: el festival suele servir como demostración de que las cosas siempre pueden ir a peor, sin importar lo desoladoras que puedan parecer ya. Más allá de las simas inconcebibles que puede alcanzar el espectáculo, la experiencia en general suele dejar un regusto de desánimo y aflicción: la rica historia de la música europea se reduce en el festival a un espectro estilístico que más bien parece un espectro terrorífico, de lo estrecho y monótono y cerrado de miras que es. Pero ya sabrán que este año han ocurrido dos sucesos improbables, de esos que la gente llama milagrosos a falta de una palabra mejor: en el lote se coló una canción, una canción de verdad, honesta y preciosa como una flor pequeñita en mitad de un mar de plástico, y esa canción acabó ganando.

Ahí estuvo Salvador Sobral, el portugués, con el tema que le compuso su hermana y esa pinta de friki encantador al que han teletransportado hasta un corral ajeno, contrarrestando ya desde el primer verso (tan bajito que casi no se le oía) el exceso de ruido con el que Eurovisión trata de disimular el vacío. Lo único que siento de su victoria es que, el año que viene, el festival se llenará de copias baratas y chungas de lo suyo, exhibiciones de sensibilidad a flor de piel con poca cosa debajo.

También el último puesto de España ha reafirmado mi fe en el género humano, por cierto. Ni siquiera concibo cómo pudo llegar eso a un festival. Qué lejos pueden estar Portugal y España.

 

Canción de la semana: ‘Oh So You’re Off I See’

2017 mayo 12
por Carlos Benito

 

 

Hay lugares con una producción musical desproporcionada, que obliga a consultar una y otra vez la Wikipedia para comprobar si no estaremos equivocados sobre su población. El caso más evidente es Islandia (ya saben, 330.000 habitantes y un montón de estrellas planetarias), pero a un nivel más underground ocurre algo parecido con Dunedin, la ciudad situada en el sureste de la isla meridional de Nueva Zelanda: tiene 127.000 habitantes, menos que Logroño (soy un poco pelma usando mi pueblo como referencia para estas pequeñeces, lo sé), pero ha lanzado al mundo muchísima música interesante, centrada sobre todo en aquel Dunedin Sound de los 80 (The Clean, The Chills, The Bats, Tall Dwarfs…), aunque también ha alumbrado propuestas más áridas como The Dead C.

Pues bien, Kane Strang es de Dunedin, y me parece curioso que algunos comparen su música con Pavement, que a su vez estaban influidos por aquel Dunedin Sound de hace tres décadas. A mí me hace pensar más en el pop psicodélico de finales de los sesenta y principios de los setenta, o quizá en tipos como Robyn Hitchcock, pero tampoco lo tengo tan claro. El caso es que Strang grabó su álbum de debut él solito en su dormitorio de la infancia, aunque esa condición doméstica prácticamente no se notaba en el resultado, y para el segundo ha dado el salto a tocar con banda. De hecho, este Oh So You’re Off I See, que ha servido como primer adelanto de su segundo disco, es uno de los tres únicos temas que ha compuesto en colaboración con los miembros de su grupo. Les ha quedado estupendamente, a la vez esquinado y pegadizo, así que deberían perseverar en el rollo colectivo.

 

Algo sucio, algo eléctrico

2017 mayo 8

 

 

Mi lado egoísta se siente en la gloria cada vez que asisto a un concierto de Lagartija Nick en un local pequeño y acogedor, de los que a mí me gustan, como La Nube o el Satélite T. Pero mi lado idealista se pasa todo el rato rebelándose, dándome la chapa con pronunciamientos altisonantes sobre la justicia y la dignidad, y así suele seguir durante unos cuantos días, por mucho que el pitido de oídos no me permita hacerle mucho caso. Lo malo es que tiene razón, claro: en un país normal, con un ajuste más o menos defendible entre los méritos y las recompensas, Antonio Arias y compañía estarían encabezando festivales de esos que a mí no me gustan, abarrotando salas bien grandotas y apareciendo en programas de esa excelente televisión de país normal que tendríamos.

Por eso me hace mucha ilusión la iniciativa del sello Lunar, que acaba de editar Inercia (el párpado del puercoespín), un homenaje al álbum que ha quedado como obra maestra de la banda granadina, o más bien como obra maestra de su faceta estrictamente rockera, ya que Omega siempre estará ahí como referente estratosférico de la música sin fronteras. A mí de Lagartija Nick me gusta todo, también su fase de metal electrónico y sus discos más recientes, pero es cierto que en Inercia redondearon su sonido alrededor de unas cuantas canciones adictivas y mayúsculas. De los grupos participantes en el tributo, Triángulo de Amor Bizarro (que hacen Esa extraña inercia) y Perro (con Porno-stéreo) son los que más a su bola van, con una regurgitación muy personal que se agradece en un entorno mayormente conservador. Amaral reversionan en clave electrónica Universal, el tema que ya interpretaron en su excelente EP Granada, mientras que León Benavente han grabado un Solo amnesia del que podrían sacar chispas en directo. Del resto me han gustado especialmente los jiennenses Blam de Lam, a los que ni siquiera conocía, con un Algo sucio, algo eléctrico que arranca en plan Spacemen 3 guitarreros y concluye en plan Spacemen 3 electrónicos. Eso sí, no me queda más remedio que ceder la despedida a mi lado idealista, ya saben, ese abuelo Cebolleta justiciero y un poco aguafiestas: pasen un rato estupendo con Inercia (el párpado del puercoespín), que para eso son estos discos, pero, sobre todo, sigan escuchando o empiecen a escuchar ahora mismo el Inercia a secas.

 

Canción de la semana: ‘Everyone Is Ugly’

2017 mayo 4

 


Hay una cosa que me encanta del álbum de debut de Jackson Reid Briggs And The Heaters, los australianos que firman nuestra canción de la semana, y me da pena no colgarles el disco entero para que ustedes también puedan apreciarla en todo su esplendor. Los tíos empiezan a tope, con un tema de punk rock acuciante que es todo un himno, siguen en ese mismo plan con la segunda canción y, de pronto, en la tercera… van y aceleran y se ponen más cafres, hasta el punto de rebasar la frontera que separa el punk de una especie de frenético noise & roll (¿me he inventado esa etiqueta?), como unos Motörhead que han estado escuchando a Wire. Y, después, repiten la operación: tres temas de punk y, pum, un cuarto que también eleva el listón, donde más bien parecen unos Stooges (sí, algunas canciones llevan saxo demente) que han estado escuchando a The Birthday Party. Desde el primer momento he tenido claro que la canción de la semana tenía que ser una de esas dos, pero no cuál, y al final les cuelgo la primera (Everyone Is Ugly) con dudas, pero con el consuelo de que si esperan lo suficiente llegarán a la otra (Shakin’ On The Floor).

El cantante y vocalista Jackson Reid Briggs procede de Brisbane, pero el grupo nació en el gran Melbourne, y digo lo de grande no como elogio sino porque, al parecer, no residen precisamente en el mismo centro. Leo que empezaron hace tres años, tras la jornada laboral en una factoría de aparatos de aire acondicionado: «Un par de semanas después, convencimos a los colegas del pub para que nos dejasen tocar. Nunca nos han pedido que toquemos de nuevo», relata Jackson, que tiene en su listado confeso de influencias a gran parte de la australianada (Beasts Of Bourbon, AC/DC, The Saints, Crime And The City Solution, Radio Birdman…) junto a gente como Townes Van Zandt, los Swans o Sleep.

¡Todo el mundo es feo!

 

Algunos conciertos de mayo

2017 mayo 1

 

Aprovechen este día festivo, si es que lo tienen, para planificar los conciertos de mes: aquí van nueve sugerencias en nueve emplazamientos diferentes.

Wovenhand (día 3, Santana 27). El predicador David Eugene Edwards es un tipo muy suyo, en cuyo estilo pueden convivir perfectamente el neofolk de aire oriental, las guitarras pesadas, la sensibilidad decadente del nuevo country y el tremendismo vocal del rock gótico. Su disco más reciente combina con particular acierto el segundo y el cuarto ingrediente, creo yo.

π L.T. (día 5, Kafe Antzokia). Ay, cuántos buenos ratos pasamos con π L.T. hace… ¿cómo, veinte años ya? Y lo peor es que algunos ya éramos mayores entonces: los botes dementes con Hil da Jainkoa en el Antzoki y los ratitos de desbarre en directo del teclista Aitor Abio están entre los recuerdos musicales que más aprecio de mis primeros años en Bilbao. Y no debo de ser el único, claro, porque las entradas para este retorno se agotaron volando.

Morenas (día 6, calle Soloarte de Basauri). Sí, qué pasa, aquel tipo que brincaba con inconsciencia juvenil, sin miedo al esguince y las agujetas, acude hoy a espectáculos para papás rockeros. El TxikiMAZ, que suele ser mi parte favorita del festival MAZ, está protagonizado este año por Morenas y sus versiones de «clásicos del rock, la new wave y el punk». Es un plan estupendo para los que tenemos hijos pequeños, tan pequeños como para seguir queriendo acompañarnos.

Worst (día 6, Txarraska). Sin salir de Basauri y esa misma noche (pero mejor sin niños) se puede disfrutar de «la primera visita a la Península» de Worst. A mí me hacen pensar en unos Sepultura hardcore, pero admito que yo jamás he logrado distinguir las sutilezas de las ramificaciones jarcoretas, así que seguramente me he dejado llevar por el dato tontorrón de que son brasileños. Suenan como una máquina de rabia que en directo por fuerza ha de arrollar. Completan el cartel Elephants, desde Francia, y A.D., desde Markina.

Esmeraldo (día 12, Alhóndiga). A veces me pongo pesado con las canciones de la semana del blog, incluso las enlazo como quien se mira el ombligo, pero… venga, pinchen aquí. Esmeraldo (un proyecto de Santiago Castillo, de los cántabros Templeton) publicaron hace algo más de un año un precioso EP de pop psicodélico, ingenuo y cósmico. Con ellos estarán Los Paralíticos del Ritmo, nueva banda de Santi Inquilino junto a un montón de ilustres.

Niños Pájaro (día 13, Satélite T). Me da rabia, no me odien, pero no tengo más remedio que remitirme a la canción de la semana más rara de la historia del blog. Rara no por su sonido, que es eso que antes llamábamos afterpunk y ahora se llama más bien postpunk, sino porque, cuando la colgué, no tenía mucha idea sobre la identidad de sus autores: al final, aquel proyecto maquetero tomó la forma de Niños Pájaro, el grupo de Mikel Biffs y Txarly Usher. Redondean la velada los siempre estimulantes Sonic Trash.

El Altar del Holocausto (día 20, Shake!). En la Semana Santa de este año aprendí que el capirote no es la tela (su nombre técnico es antifaz), sino el cono rígido que le da forma. Pues bien, El Altar del Holocausto actúan con hábito y antifaz, pero sin capirote, y un servidor tiene debilidad por toda banda que utilice esa clase de atuendos salerosos, desde los primeros Orthodox hasta Altarage. El Altar (en la foto de arriba, claro) vienen de Salamanca, son un trío instrumental, practican un post rock oscuro muy propicio para el viaje mental y se declaran huestes de Dios y no de Satán. Aunque ya se sabe que Satán miente cuando le conviene. Telonean Boneflower.

Half Japanese (día 24, piso de arriba del Kafe Antzokia). Cuarenta años de carrera lleva Jad Fair, pero no tengo la impresión de que todo ese tiempo haya conseguido normalizarlo y convertirlo en un músico de provecho: lo suyo sigue siendo indie inadaptado, imprevisible, con escaso respeto por la afinación y provisto siempre de un entusiasmo contagioso. Reconozco que a mí Half Japanese suelen aturdirme, pero su último álbum (que, según quienes llevan la cuenta, hace el número dieciséis) suena relativamente moderado en su frikismo y muy disfrutable.

Kaiola Festibala (día 27, Torrezabal). Hey, leo por ahí que el festival de vanguardia de Galdakao trae al británico Fred Frith, un mito de la guitarra poco convencional, y también a Akauzazte, Jupiter Jon, Jooklo Zappa (un trío de free jazz en el que milita Stanley Zappa, sobrino de Frank) y la pianista Pak Yan Lau. Pero lo leo en tan pocos sitios (en el Facebook del festi no aparece ni la fecha) que me da hasta miedo comentarlo.

Vamos con Half Japanese y El ataque de las sanguijuelas gigantes. Eso sí que es tema para una canción, y no el amor.

 

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Canción de la semana: 100 Million Miles

2017 abril 28

 

 

En este blog ya es casi una tradición que las actividades extraescolares de Jason Lytle, el líder de Grandaddy, tengan su canción de la semana. Así que, tras varios sencillos de adelanto, estaba esperando como agua de mayo el álbum de BNQT (léase Banquet), el supergrupo que han puesto en marcha miembros de Midlake con cinco vocalistas cinco, todos ellos de prestigiosas ganaderías: Ben Bridwell, de Band of Horses; Alex Kapranos, de Franz Ferdinand; Fran Healy, de Travis; el propio Eric Pulido, de Midlake, y nuestro hombre, ese Jason Lytle de melancolía inextinguible que impregna todo lo que canta. Tampoco se piensen que he ido a tiro fijo buscando las suyas, con impaciencia y cerrazón de fan… Bueno, vale, piénsenlo, pero es que además esta 100 Million Miles es la que más me gusta del lote.

Suena, como diría yo… a Grandaddy. Yo creo que, si este hombre cantase goregrind o fandanguillos de Huelva, también sonaría a Grandaddy. No obstante, se trata de una versión de Grandaddy midlakizada, con hermosos arreglos de cuerda, que de alguna manera permite apreciar mejor las raíces de Lytle en el rock setentero de acabado primoroso.

 

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