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Canción de la semana: ‘Darkroom’

2015 febrero 27
por Carlos Benito

 

Si necesitan una coartada para justificar que nuestra canción de esta semana haya cumplido ya su buen par de décadas, la tengo aquí preparada: el sello HoZac Records publica una edición remasterizada del primer álbum de Chrome Cranks, para conmemorar su vigésimo aniversario. Pero la verdad es que no hace mucha falta perderse en argumentos, porque la fiereza de Darkroom es capaz de doblegar cualquier duda que podamos albergar sobre su vigencia. Yo, de hecho, estaba plenamente convencido de que esta canción se había convertido ya en un clásico del rock estadounidense, pero me he sorprendido al comprobar que de eso nada, que su presencia en internet es más bien escasa.

En mi hogar, dulce hogar, el primero de los Chrome Cranks ha sonado un montón a lo largo de estos años. Pero, sobre todo, lo que he machacado hasta la extenuación es este corte salvaje y primario que abre el disco de la banda de Ohio trasplantada a Nueva York, un desparrame visceral de lo que podríamos llamar blues-rock si esa etiqueta no se aplicase habitualmente a empeños más modosos. Lo dice muy bien Mike Wolff en el texto redactado para el sello: «El impacto de estas canciones no se ha desgastado un ápice. Todo parece ir a más, sonar cada vez más alto, volverse más cruel y más oscuro, excavar más profundo, clavar las uñas con más desesperación». Bienvenidos a mi habitación oscura. Suban el volumen.

 

 

Caray con el nombrecito

2015 febrero 25
por Carlos Benito

 

Otros blogs hablan hoy de las reediciones de Led Zeppelin, de la lujosa caja de Red House Painters o del avance de lo nuevo de Godspeed You! Black Emperor, asuntos que dan lustre y prestigio a una publicación digital sobre música. Pero el caso es que nosotros vamos a dedicar esta entrada a Chochos y Moscas, porque alguien tiene que centrarse en lo realmente importante. A lo mejor vuelvo a llegar tarde y todos ustedes conocen ya a Chochos y Moscas, a los que podríamos llamar C&M si no fuese porque nos hace una gracia pueril teclear repetidamente su nombre, pero yo no he tenido noción de la existencia del grupo gaditano hasta hace unos días. Y lo curioso es que los he conocido gracias a un sello inglés, Cruel Nature, que edita estos días una antología de su obra. Es en casete. Y lleva ochenta temas en quince minutos. El más largo, si no falla mi repaso rápido, dura quince segundos. Qué más se puede pedir.

Chochos y Moscas hacen algo así como grindcore minimalista con síndrome de atención dispersa, borbotones de caos sobre los que el vocalista grazna una frase. Sus temas son tan breves y son tantos que acaban causando un efecto de intermitencia, más cercano al drone hipnótico de cierta música experimental que al subidón enérgico del metal, como si fuesen un faro sonoro que cada pocos segundos nos barre con su haz de ruido, aunque reconozco que tiene narices ponerse poético para describir a Chochos y Moscas. Y luego, están los títulos, que supongo que en este caso equivale a decir las letras: el sello británico ha optado por versiones recortadas, pero el «mundo de fantasía e ironía» que habitan estos energúmenos queda reflejado en los delirantes bautismos de sus canciones. Cosas como Escucha, las croquetas están congeladas por dentro o Miguel Bosé, bandido, ojalá te quedes sordo por la boca o Yo los sudokus no los entiendo, si no lo digo reviento o Percebes. el fruto del diablo criado en acantilados o Macarena wassup? (qué te pasa, Macarena?), por citar cinco ejemplos de su inabarcable discografía. Podrían convertirse en los reyes de Last.fm, por pura acumulación de reproducciones, si no fuese porque sus canciones no alcanzan la duración mínima para quedar registradas: si se atreven a darle al play, en un minuto pueden escuchar las seis primeras.

 

¡Que canten las ballenas!

2015 febrero 24

 

Reconozco que ponerse a escuchar un disco de música ambiental que incluye sonidos de ballenas puede dar un poquito de miedo. Uno empieza con eso, dejándose llevar por el arrullo de los cetáceos, y acaba apuntándose a cursillos de chamanismo pirenaico o retroconciencia esofágica o crudiveganismo cuaresmal. Es lo peor que tenía alguna new age, que te adormilaba para después atizarte un estacazo de doctrina. Pero tampoco vamos a dejar que nuestros recelos y prejuicios nos impidan escuchar la «colaboración» entre ballenas jorobadas y músicos humanos, sobre todo cuando en este último grupo se incluyen artistas tan respetados en este blog como William Basinski, Christina Vantzou o Jacob Kirkegaard.

Así que bienvenidos al proyecto Pod Tune. «Las ballenas también cantan. Dan serenatas al océano entero. Y las ballenas jorobadas lo hacen con las vocalizaciones más complejas del planeta, incluso más que las de los humanos. Los machos producen canciones complejas que duran entre diez y veinte minutos, y las repiten a lo largo de horas, a veces en un ciclo completo de 24 horas», explican los promotores de la iniciativa. Hay que puntualizar que estos mamíferos marinos carecen de cuerdas vocales, así que cantan impulsando el aire a través de sus enormes cavidades nasales. Unos cuantos compositores de todo el mundo han utilizado estos sonidos, grabados en diversos mares, para confeccionar una música que «conecte al público con los míticos reinos submarinos». Aquí pueden escuchar el disco entero, para que se sumerjan en aguas profundas o, como dice Jacob Kirkegaard, que es el señor de arriba y el autor del corte de abajo, en sus propios abismos interiores. Por allí dentro, en la oscuridad de nosotros mismos, también resuenan a veces los cantos de ballena.

 

Canción de la semana: ‘Take Fountain’

2015 febrero 20
por Carlos Benito

 

No les voy a mentir: hasta ayer por la tarde no había escuchado jamás a Tom Brosseau, pese a que veo que es un tipo reputado que ha recibido excelentes críticas en medios prestigiosos, ha teloneado a PJ Harvey e incluso ha estado tocando por aquí cerca. A mí ni siquiera me sonaba su nombre, y de hecho me pregunté por un momento si no se trataría de un artista muerto: quizá influyó en esa impresión inicial la singular textura de su voz –él prefiere compararse con Roy Orbison que con Jeff Buckley, pero tiene todas las de perder–, o el clasicismo de su sonido, o el diseño añejo de sus portadas. Caramba, ¡si hasta editó un disco que se titula Éxito póstumo!

El caso es que ayer por la tarde quedé atrapado en una especie de bucle Brosseau durante cinco horas, porque el suyo es uno de esos estilos de los que da pereza apearse: uno se siente muy a gusto allí dentro y piensa que cualquier otra música resultará cruda, áspera y estridente por simple contraste. Brosseau, en fin, es un tipo de Dakota del Norte que empezó a editar discos a principios de este siglo y que, como ven en la foto, cultiva una imagen sin excesos ni modernismos. Este Take Fountain ha servido como adelanto de su nuevo álbum, una obra austera y espaciosa que se ha grabado con los músicos dispuestos en torno a un único micrófono. La canción cuenta un paseo por cuatro cruces de la Fountain Avenue de Los Ángeles, que es tal que así,  y suena todavía más minimalista que el resto del disco, porque dieron un rato de libranza al percusionista: aparte de Tom, aquí solo hay un contrabajo y una guitarra que inevitablemente me hace acordarme de Johnny Cash. Venga, echemos a andar por Fountain.

 

Un héroe de nuestro tiempo

2015 febrero 19
por Carlos Benito

 

Ahora mismo, mientras ustedes atienden a sus cosas, un valiente está acometiendo un reto que pone a prueba la resistencia humana. Este héroe de nuestros días se llama Jesse Carey y ha asumido lo inasumible en nombre de la pura generosidad: a cambio de su sacrificio, como recompensa que nunca llegará a ser proporcionada, la gente está donando dinero para construir pozos en países pobres. ¿Y qué está haciendo Jesse? ¿Qué empresa admirable y temeraria pone en peligro su cordura? Pues bien, Jesse se ha comprometido a tirarse una semana entera escuchando non stop la discografía de Nickelback. Él mismo se ha entrevistado para explicar esta exitosa iniciativa de crowdfunding, que ha superado ya los 22.000 dólares recaudados:

-¿Por qué veinticuatro horas diarias de Nickelback?
-Porque es la prueba definitiva para la resistencia humana. Quiero arriesgar mi salud personal en el reto. Obviamente, exponerse a una cantidad tan grande de Nickelback es peligroso.

-¿Has consultado a un médico?
-Sí. A varios, de hecho, y todos han dicho que este empeño podría causar daño irreversible a mis oídos, mi cerebro, mis riñones y mi alma.

-¿Ya es legal escuchar tanto a Nickelback?
-Según entiendo, en la mayoría de las jurisdicciones se desaprueba escuchar más de cuatro canciones completas de Nickelback. He contratado a varios abogados.

Le quedan tres días, pero ya desde el segundo está notando ciertas disfunciones: «Solo llevo dos días y ya siento los efectos de esta cantidad enorme de Nickelback. Nos encontramos ya en territorio psicológico inexplorado», actualizó en Twitter. Creo que la banda canadiense no ha comentado nada sobre el asunto, pero al fin y al cabo ya están más que acostumbrados a ser utilizados en iniciativas más o menos chistosas: recordemos, por ejemplo, que el pasado octubre se puso en marcha una campaña para evitar que tocasen en Londres. Entre otras cosas, se contemplaba la posibilidad de enviar a Nickelback emepetreses de canciones de Nickelback, para que así «escuchen su propia música y, probablemente, se retiren de inmediato».

La verdad es que casi no he oído a Nickelback en toda mi vida. No sé si atreverme, pero… venga, vamos allá.

 

 

183 extremidades

2015 febrero 18

 

Los muchachos de Relapse Records casi se han pasado de espléndidos, hasta el punto de que algunos seguidores, una vez superada la incredulidad inicial, les medio riñen por su generosidad. El sello de Pensilvania, una de las referencias ineludibles en metal durete, hardcore y otras extremidades, cumple 25 años el próximo verano, así que sus responsables han decidido hacer un regalo a sus seguidores: lo típico, un sampler de su catálogo en descarga gratuita. O, mejor dicho, en plan name your price, que ya sabemos que suele traducirse en precios muy cercanos a cero.

El caso es que fueron añadiendo canciones y más canciones al recopilatorio y, al final, hay 183. Sí, ciento ochenta y tres, empezando por el March Of The Fire Ants de Mastodon y terminando con That’s An Axe, de Hero Destroyed. Me siento incapaz de calcular cuántas horas de música son, sobre todo teniendo en cuenta que hay varios cortes que superan los diez minutos. A lo largo del camino van apareciendo unas cuantas bandas muy apreciadas en este blog, como Godflesh, Neurosis, Necrophagist, Today Is The Day, Pig Destroyer, Agoraphobic Nosebleed, Don Caballero, Zombi (estos deben de ser los más tranquilitos de Relapse), Harvey Milk, Nux Vomica, Rabbits, Merzbow, Voivod, Coffins o Unsane, aunque por supuesto hay todavía más nombres que ni siquiera había oído mencionar jamás, como Ultramantis Black, que protagonizan la foto de arriba. Todo suyo.

 

Una casa céntrica en una calle tranquila

2015 febrero 16
por Carlos Benito

 

Si hemos dedicado no una, sino dos entradas a las sucesivas subastas de la mesa de cocina de Ian Curtis, ¿cómo no íbamos a prestar un poquito de atención ahora que han puesto a la venta su casa? Venía yo dispuesto a soltar el rollo habitual sobre la almoneda de la posteridad, el chalaneo de reliquias y demás tópicos acerca de la mercantilización del recuerdo, pero he tenido que envainarme rápidamente la lengua y los dedos de teclear, porque veo que el anuncio ni siquiera hace referencia al detalle de que en esa «2 bedroom terraced house» de Macclesfield vivió (y murió) el cantante de Joy Division. Y me imagino que ese paréntesis de la frase anterior tiene algo que ver con la llamativa omisión, porque a alguna gente escrupulosa a lo mejor no le hace gracia instalarse en la casa donde se ahorcó una leyenda del rock oscuro.

La vivienda, que se vende por 155.000 euros, no es precisamente una joya arquitectónica, pero armoniza bastante bien con las canciones más mustias y depresivas de la banda británica. El anuncio destaca su «ubicación céntrica», con «fácil acceso al centro y a la estación de tren», y también la «tranquilidad» de la calle. Y las fotos muestran que la cocina donde se suicidó Curtis (ya saben, después de ver la peli Stroszek y escuchar The Idiot de Iggy Pop) es hoy un entorno moderno, agradable y nada tétrico, en el que no acabaría de encajar la famosa mesa cutrona. Un fan fatal ha sido rápido en reaccionar y ya ha puesto en marcha una campaña de crowdfunding para adquirir la casa y convertirla en un museíto dedicado a Joy Division: aquí pueden hacer su aportación (echo de menos alguna recompensa más apta para los fans repartidos por el ancho mundo, como camisetas o así), aunque se me ocurre que los miembros supervivientes de Joy Division ya podrían apoquinar unos cuantos miles de libras mientras canturrean, por ejemplo, aquello tan bonito de «I remember when we were young».

 

Canción de la semana: ‘Do I Have To Look For Love?’

2015 febrero 13
por Carlos Benito

 

Ya sé que todos estamos hartos de San Valentín, de las ofertas de cenas románticas y baratas, de las sugerencias de vinos y de regalos y de condones adecuados para esta fecha trascendental. Ya sé que, si nos muestran un corazón más, vamos a vomitar, a menos que se trate de un corazón real con sus aurículas y sus ventrículos y su charquito de sangre alrededor.

Así que, en fin: vayan vomitando ya, porque ya ven que les traigo una foto con corazones (¡de globo, que están entre los peores!) y una canción elegida especialmente para la ocasión, con la palabra love en el título y todo. La firman The Tuts, un trío de chicas londinenses a las que suelen comparar con los Libertines. De hecho, ellas mismas se suelen comparar con los Libertines, y dicen que un concierto de Doherty y compañía les cambió la vida cuando tenían 15 años, pero yo no acabo de ver esa semejanza tan comentada, al menos en esta canción vitalista de estribillo inmediato y adhesivo. «¿Tengo que buscar yo el amor / o vendrá él a encontrarme?». Por cierto, ¿ya han acabado de vomitar? Pues prepárense, porque en el vídeo salen cientos, quizá miles de corazones. Y muchos son… ¡de color rosa!

 

¿Ya han escuchado el Grammy número 81?

2015 febrero 9

Me gusta decir que hay pocas cosas que me importen menos que los Grammy. Bueno, sí, están los Goya, pero pocas cosas más. De todas formas, últimamente empiezo a pensar que me engaño a mí mismo, porque todos los años acabo encontrando un hueco para repasar las ochenta y tantas categorías en las que se reparten los grandes premios estadounidenses de la música. Invariablemente, la lectura me sume en un hondo desconcierto: no solo me resultan radicalmente indiferentes muchas cosas de las que han triunfado, sino que ni siquiera llego a entender algunos de los epígrafes, como best recording package (ganadores: Pearl Jam) o best surround sound album (ganadora: Beyoncé). Menos mal que hace un año me tocó escribir sobre Sam Smith, porque al menos puedo cuadrar cierta expresión de suficiencia al comprobar que es el campeonísimo de esta edición, pero en general se me escapan las claves del asunto: la celebración de la música más comercial premia a Aphex Twin como autor del mejor álbum electrónico, pero en el apartado de mejor actuación de metal han elegido a Tenacious D (el dúo cómico de Jack Black y Kyle Gass) sobre Anthrax, Mastodon, Slipknot y Motörhead. ¿Qué opinará Lemmy de esto?

Hombre, me alegro de que al veterano Vicente Fernández le hayan premiado por su disco de tangos y de que Weird Al Yankovic, que siempre me ha caído muy simpático, se haya impuesto en el mejor álbum de comedia. Pero lo que más me interesa, este año y todos, es el bloque de música clásica: ahí están la violinista Hilary Hahn (la chica de la foto, ganadora en el apartado de música de cámara), el conjunto Partch interpretando a Harry Partch, que es lo suyo (mejor compendio clásico), o el Become Ocean de John Luther Adams, mejor composición clásica contemporánea, allá en el puesto 81 de la lista de 83 categorías. Y eso es precisamente lo que les voy a colgar, un antídoto leeeeeento y atmosférico que se basta solo para contrarrestar la inanidad de otros premiados.

 

 

 

Canción de la semana: ‘Homosexualis discothecus’

2015 febrero 8

 

Violence Conjugale, estos señores de la barraca de tiro, son un dúo de Burdeos que empezó su carrera engañando al mundo: se hicieron pasar por un proyecto belga de los años 80 del que nadie se acordaba ya, una de tantas notas a pie de página de la historia del pop a las que internet ha devuelto cierta relevancia inesperada. Su sonido tecnopop encajaba bien en las catacumbas del cabaré industrial de los 80, en plan sótano berlinés, y sus inclinaciones temáticas también se correspondían con los aires provocadores del post-punk: se llaman, al fin y al cabo, Violence Conjugale, y ellos mismos han admitido que su propósito de partida consistía en “cantar sobre los temas más escandalosos encima de una música muy rápida y muy simple”.

En realidad son de ahora mismo, pero nuestra canción de la semana no haría mucho por desmentir esa trola tan creíble que los sitúa hace tres décadas, ya que suena que se mata a mis admirados DAF o a sus compadres Liaisons Dangereuses, con su tecno físico y sudoroso. Homosexualis discothecus es una versión de un pequeño clásico underground francés que aparecía en la banda sonora de la peli Dos horas menos cuarto antes de Jesucristo. Que, cómo no, es de principios de los 80. No me pregunten más, porque no tengo ni idea sobre esta magna obra del cine galo, pero, por lo que veo y oigo aquí, el original de la canción tiraba a la música disco y acompañaba la visita de César a un vistoso club gay. La verdad es que parecía concebido especialmente para que lo interpretasen algún día unos tipos como Violence Conjugale.

 

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