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Canción de la semana: ‘Search For Your Love’

2017 febrero 24
por Carlos Benito

 

Es un hecho científico que cualquier estilo musical suena más interesante cuando se interpreta en Gales. Reconozco que no he explorado el flamenco galés, pero seguro que también se les ocurre algo brillante que hacer con una bulería o una seguiriya. En esencia, mis galeses favoritos (desde los siempre añorados Gorky’s Zygotic Mynci hasta mi actual ídola Cate Le Bon, pasando por nombres oscuros como Y Niwl y estrellas de talento inagotable como Super Furry Animals) muestran una facilidad pasmosa para inyectar en cualquier música el veneno de la psicodelia, ese toque embriagador que te distancia de la prosaica realidad y te lleva la cabeza a volar por ahí.

Gulp aplican esa receta a un pop que podríamos llamar convencional, o que al menos lo sería si no hubiese pasado por sus manos. El dúo, afincado en Cardiff, está formado por el bajista de los superpeludos, Guto Pryce, y la vocalista escocesa Lindsey Leven, enraizada en el folk. Ellos han descrito lo suyo como «psychedelic space disco» o «garage space pop», y las etiquetas se adaptan bastante bien a este nuevo sencillo, Search For Your Love, un adictivo medio tiempo que parece planear sobre los 80, los 70 y los 60 hasta sonar intemporal, o quizá sea mejor decir contemporáneo. De hecho, la canción podría pincharse en un club galáctico del sistema Trappist-1, quizá al final de la madrugada, aunque en realidad está grabada en una granja galesa. Tampoco hay tanta diferencia.

 

La marcha y el rayo

2017 febrero 21

 

 

Reconozco que lo que más me fascina del universo del crowdfunding son los proyectos que no llegan a nada: esas iniciativas que sus impulsores venden con enternecedor aplomo, pero que no pasan de obtener tres o cuatro aportaciones, como si ni siquiera la familia y los amigos estuviesen dispuestos a apoquinar unos eurillos para regalar un poco de felicidad. Pero hoy quiero traer por aquí dos propuestas de las buenas, de las que tienen interés, repercusión y porvenir. La primera ha adquirido cierto carácter de urgencia, porque la convocatoria se cierra dentro de cinco días y solo faltan 140 euretes para alcanzar el objetivo: me refiero a la digitalización y restauración de Nos va la marcha, el documental de culto sobre el concierto Rocktiembre de 1978, en el que aparecen Leño, Coz, Cucharada, Topo, MAD y Teddy Bautista. El promotor del proyecto es Rai García, uno de los tres directores de la peli, que además ha explicado que se subsanará el error de la primitiva edición en vídeo, en la que desaparecieron la actuación de Cucharada y un par de entrevistas. Anímense, que la recompensa no puede ser más honesta: por quince euros, recibirán un DVD en edición especial y un libreto sobre la película y el concierto. Seguimos debajo del vídeo, que es una versión chunga del material en cuestión.

 

 

El otro proyecto es uno de los más ambiciosos que he visto en esto de la financiación colectiva: se aspira a recaudar algo más de 1,1 millones de euros para levantar un monumento a David Bowie en el barrio londinense de Brixton. En las recreaciones informáticas, la escultura queda imponente, como pueden apreciar en la imagen de arriba: es una versión tridimensional del rayo de Aladdin Sane, pintada en rojo y azul y con nueve metros de altura. «Igual que David Bowie aterrizó en nuestras vidas como venido de otro mundo, el monumento (¿es demasiado pronto para llamarlo Ziggy-Zag?) se yergue desde el pavimento de Brixton, como un rayo de tres pisos de altura caído desde arriba, una misiva de nueve metros desde otra dimensión», poetizan los promotores, que parecen saber lo que hacen. ¿Las recompensas? La donación más pequeña es de veinte libras, que da derecho al reconocimiento en la web oficial. Yo siempre busco camisetas, y las hay, a cambio de cincuenta libras. Y, bueno, si les apetece desprenderse de seis mil libras, porque son así de caprichosos, podrán adornar la pared de su covacha con una bonita y única obra de arte.

Canción de la semana: ‘Come On Down’

2017 febrero 19
por Carlos Benito

 

Siento debilidad por los grupos que parten de una premisa estilística aparentemente disparatada, así que no podía resistirme a la idea de un proyecto que combina black metal con blues y espirituales americanos. Casi obliga a hacer el chiste sobre un black metal negro de verdad, y de hecho el propio responsable de Zeal & Ardor (Manuel Gagneux, suizo afincado en Nueva York) ha reconocido que su punto de partida fue una ocurrencia con pretensiones de ser graciosa, un reto lanzado en las aguas revueltas del tablón 4chan: alguien le desafió a mezclar black metal con “nigger music”, expresado así, con esa diplomacia tan propia de esa web. Lejos de ofenderse (sí, Gagneux es “medio negro”, como él dice) o de amilanarse, el hombre puso manos a la obra y acabó encontrando cierta lógica al empeño: “Creo que hay una conexión entre ambas: son formas de rebelión -explica en una entrevista-. Aunque la música de los esclavos no sea exactamente desafiante, sigue mostrando el triunfo de la voluntad de la gente. Creo que hay paralelismos, por ejemplo, en el cristianismo impuesto tanto a los noruegos como a los esclavos americanos, y me pregunto qué habría sucedido si los esclavos se hubiesen rebelado de una manera parecida a la de Burzum o Darkthrone”.

El resultado es extraño y atractivo. En el primer álbum de Zeal & Ardor, que luce el bonito título de Devil Is Fine, este tipo audaz se las ha arreglado para crear y grabar una especie de espirituales satanistas que parecen auténticos y añejos, como una rama perdida de la etnomusicología, y los ha envuelto en sonidos que beben del metal pero también de la música electrónica y cualquier otra cosa que le ha venido en gana. A modo de resumen gráfico de su sonido, las portadas del álbum y los sencillos muestran auténticas fotos de esclavos a las que ha superpuesto el emblema de Lucifer.

 

Buceando en los Grammy

2017 febrero 13

 

He dado un respingo al descubrir que David Bowie ha ganado el Grammy al mejor álbum de música alternativa, como lo oyen. Es cierto que Blackstar suena menos convencional que la mayoría de artistas que pasan como alternativos, pero hay algo que no encaja e incluso molesta en la ocurrencia de meter en ese saco a una de las figuras más influyentes e ineludibles de la música popular del siglo XX (y parte del XXI). Por lo demás, los Grammy de este año son igual de aburridos que los de otras ediciones; de hecho, uno se queda con la impresión de que podrían ser sencillamente los mismos, porque los premios de este tipo parecen un ejercicio de permutación en el que solo se tiene en cuenta a un par de decenas de artistas.

Me refiero a los Grammy importantes, claro, porque estos premios siempre esconden una parte interesante, que suele ser la más cercana al final de ese abrumador listado de 84 categorías. Entre los nominados cabe, por ejemplo, una artista tan extrema e inquietante como la noruega Maja S.K. Ratkje: si Bowie es alternativo, no se me ocurre cómo podríamos describir a esta mujer. La mayoría de resúmenes de los galardones que van a ver por ahí no incluirán nombres de premiados como el veterano guitarrista John Scofield (mejor álbum de jazz instrumental y mejor solo improvisado), el alegre hawaiano Kalani Pe’a (mejor disco de música regional con raíces) o, bueno, otro chaval muy alternativo llamado Miles Davis (la banda sonora de Miles Ahead es el mejor recopilatorio para medios visuales, o algo así). Y, desde luego, solo los medios especializados se suelen aventurar en los Grammy de música clásica, con ganadores como Penderecki Conducts Penderecki, las sinfonías 5, 8 y 9 de Shostakovich a cargo de la Boston Symphony Orchestra, el cuarteto Third Coast Percussion interpretando a Steve Reich (son los locuelos de la foto de arriba), la soprano alemana Dorothea Röschmann cantando a Schumann y Berg o las Tales of Hemingway de Michael Daugherty, que se han llevado dos premios.

Hala, vamos con un poco de Shostakovich para desintoxicarnos de tanta nadería.

 

Canción de la semana: ‘Stendhal Syndrome’

2017 febrero 10
por Carlos Benito

 

No es muy habitual que un grupo aluda en una canción al síndrome de Stendhal (ya saben, una especie de sobredosis de belleza que provoca vértigos y palpitaciones), y mucho menos que la canción de marras suene tan cazurra y tan poco delicada como la que firman los británicos Idles (bueno, ellos lo escriben todo en mayúsculas, IDLES). “¿Has visto ese cuadro que hizo Rothko? / Parece que lo ha pintado un niño de tres años”, arranca la letra, sobre una base rítmica trepidante y tirando a maquinal. Pero no se asusten los espíritus sensibles y las almas cultas: es cierto que los muchachotes dan caña blasfema a una buena colección de vacas sagradas del arte (de Basquiat a Bacon), pero se supone que su intención es precisamente dejar en evidencia a los tarugos que proclaman esas opiniones trogloditas cada vez que les ponen ante las narices algo de plástica contemporánea. “Esa actitud de yo podría hacerlo es jodidamente ignorante y vaga, ¿y por qué coño tiene que ser silenciada la voz de una persona solo porque tú también podrías hacerlo? Calla la boca, eres aburrido”, ha glosado amablemente el vocalista del quinteto.

Stendhal Syndrome suena a los Sleaford Mods acompañados por Big Black, una receta que me parece magistral y casi necesaria. El efecto se completa con el vídeo que han confeccionado: los tíos se dieron un paseo por la Tate, la National Gallery y otros museos de Londres para grabar al barbudo bajista Adam Devonshire danzando ante 91 cuadros. ¡Eso podría hacerlo mi hija de cinco años!

 

Que canten los muertos

2017 febrero 9

 

Ya me parecía bastante mala la epidemia de bandas tributo, un sucedáneo que parece entusiasmar a mucha gente, pero esas verbenillas de versiones roqueras me resultan incluso estimables si las comparo con la nueva moda de los hologramas, el truco definitivo para conseguir que el pasado siga sonando en bucle perpetuo. La muerte no es el final, como dice la canción del cura Gabaráin que cantan los militares en los funerales. Ahora mismo tenemos a Ronnie James Dio en puertas de una gira americana junto a los Dio Disciples, sin importar ese pequeño detalle de que falleciese hace siete años: en los conciertos actuará su holograma, que ya debutó en el pasado festival de Wacken y, además, presenta claras ventajas frente al original, como la capacidad para acomodar su apariencia a las distintas fases de su carrera. Para alguien como yo, que no es precisamente el mayor fan de Dio que hay en el mundo (y lo digo así, suavito, para que no me lapiden las huestes fanáticas), esto se parece mucho a una pesadilla.

Es solo una muestra. El rapero O.T. Genasis, al que probablemente conocerán tanto como yo, tiene un concierto la semana que viene en un club de California, en el que actuará de forma holográfica, o como se diga. Lo suyo tiene más delito, porque ni siquiera está difunto: simplemente, le debe de compensar más embolsarse 20.000 dólares por esta vía que desplazarse desde Chicago. O, lo que es peor, quizá haya ya espectadores que prefieren contemplar un holograma que al artista real, tan limitado y tan torpemente físico. La cosa va a ir a más, sobre todo en su vertiente de herramienta resucitadora: ya hemos tenido ocasión de ver a Michael Jackson y Tupac Shakur transformados en luminosos espectros, y ahora parece que por fin sale el disco de duetos de Notorious B.I.G., cuya viuda amenazó hace un año con todo tipo de explotaciones holográficas. También se ha anunciado el retorno a los escenarios de Whitney Houston o Liberace, así que empieza a parecer que la invasión zombi era esto.

 

Canción de la semana: ‘Mabuse’

2017 febrero 2
por Carlos Benito

 

 

He tenido que comprobar unas cuantas veces que Los Punsetes nunca habían tenido canción de la semana en el blog, porque no me lo creía. El grupo madrileño me gusta mucho en general, pero de vez en cuando saca alguna canción que me gusta más de lo normal, podríamos decir que me gusta anormalmente. Yo qué sé: estaba convencido de que Dos policías, De moda, Tus amigos (¡ese vídeo!) u Opinión de mierda (mi candidata personal a himno universal de internet) habían pasado por esta sección, pero resulta que no. Y coincide que Mabuse, el tema que sirve de adelanto a su nuevo álbum, me inspira la misma pasión anormal que las cuatro citadas, así que me parece un buen momento para reparar esta injusticia histórica con Ariadna, Anntona y compañía.

Me ha sorprendido leer en algún sitio prestigioso una interpretación de Mabuse como canción de ruptura. Me equivocaré, como de costumbre, pero a mí me parece obvio que se trata de una canción-testamento, unas últimas disposiciones antes de abandonar este mundo, de modo que incluso podriamos ponernos serios y verla como una reflexión sobre lo poquito que queda de nosotros tras la muerte. Ya, ya sé que puede parecer una imbecilidad analizar en ese plan a los descacharrantes Punsetes, pero a mí Mabuse me inspira a la vez carcajadas y melancolía, lo que me parece todo un logro. «Dejo mi sombra en la pared, / un fantasma sobre el gotelé, / y una pregunta que te hice / y no supiste responder / y tres o cuatro canciones a medias, / un par de ellas no están mal, / hablan de cosas que parecen serias, / pero en el fondo dan igual». Yo creo que con esta ocurre justo al revés.

 

Algunos conciertos de febrero

2017 enero 31

 

 

Nuestra selección de este mes está más repleta que nunca de artistas nacionales: ha querido la casualidad que se agolpen en unos pocos días algunos de nuestros músicos favoritos de ayer y de hoy. Vamos con ocho citas en otros tantos recintos.

Corcobado (día 10, Alhóndiga). Ya saben que Corcobado es desde hace años un vizcaíno adoptivo, feliz circunstancia que nos permite disfrutar de conciertos suyos relativamente a menudo. Esta vez, se materializará en la Azkúniga para presentar su nuevo álbum, Mujer y victoria, donde conviven sus eternas oscuridades con tiernas canciones de paternidad o su versión del Amigo de Roberto Carlos, tan emocionante en directo.

Los Ganglios (día 11, Bilborock). Si no han estado nunca en un concierto de Los Ganglios, les falta una de las experiencias más singulares y divertidas del actual panorama musical. Bueno, musical, videográfico y humorístico, aunque yo siempre defiendo que las canciones de estos tipos esconden más seriedad de lo que parece. Vienen como parte del festi Tracking Bilbao, en un concierto (¡gratis hasta completar aforo!) que abre otro sujeto difícilmente clasificable, Manuel Noguera.

Ming City Rockers (día 16, Beleza Malandra / día 19, Satélite T). El cuarteto de Immingham (sí, así se llama el pueblo inglés del que proceden) recala por partida doble en Bizkaia, así que podremos verlos con nocturnidad en Bermeo y con rabas en Deusto. Aparte de lucir las chulas pintas de la foto de arriba, su punk melódico con el deje arrastrado del glam promete un directo muy satisfactorio y propenso a la ebriedad.

Biznaga (día 18, Santana 27). Lo confieso, no compartí el entusiasmo de Cubillo ante su visita de hace un par de años, pero creo que parte de la culpa fue del ambiente: tal vez me haya hecho demasiado viejo para un público tan juvenil como el que arrastró el grupo madrileño, pero el caso es que invertí demasiado rato en odiar a un pasmarote con rollo de Ian Curtis que se me puso delante. En fin, el nuevo disco de Biznaga me parece arrollador, impetuosísimo, con un potencial tremendo para los conciertos, así que simplemente será cosa de alejarme si aparece de nuevo el pasmarote.

António Zambujo con Santiago Auserón (día 23, Teatro Campos). Auserón ejerce de anfitrión (chimpón) en un ciclo de cuatro veladas bautizado como Voces de la ría: cada sesión se abrirá con una entrevista al invitado de la jornada y, después, el artista en cuestión ofrecerá un concierto «en formato cercano», acompañado en algunos temas por el propio maestro de ceremonias. El invitado que más me interesa es el portugués Zambujo, un fadista cool que combina el género con cante alentejano, jazz, música africana y sonoridades brasileñas. Su disco Quinto es un clásico en mi casa.

Teenage Fanclub (día 24, Kafe Antzokia). Qué vamos a decir a estas alturas de los escoceses, maestros del caramelo envuelto en guitarras y de la belleza melancólica heredada de Big Star. Con una carrera que se acerca ya a las tres décadas, Teenage Fanclub han sabido mantener un control de calidad escrupuloso y consistente y son, en fin, clásicos en lo suyo. El concierto lo organiza la gente de WOP y las entradas están agotadas.

GG Quintanilla y Comando Suzie (día 25, Shake!). Ya recomendaría este concierto por el cabeza de cartel, el señor GG Quintanilla, que viene (o vuelve, porque al fin y al cabo es de Portu) acompañado por su grupo El Telón de Acero. Pero es que además se trae de telonero a uno de los santos patrones de este blog: los barceloneses Comando Suzie, con su costumbrismo electrónico y su estupefacción existencial, son autores de canciones tan mayúsculas como esta, esta o esta. Qué pena que vayan a tocar «en formato íntimo» y no «con orquesta», como dice su comandante.

Marco Serrato (día 25, Sarean). Me da rabia que la cita con el Comando coincida con la actuación de Marco Serrato en la plaza del Corazón de María, aunque creo que, si no hay retrasos y las piernas responden, se podrá acudir a las dos cosas. Serrato es conocido sobre todo como bajista y vocalista de los sevillanos Orthodox, grupo que partió del doom nazareno y ha evolucionado hacia una especie de free doom jazz, con perdón por la abominable etiqueta, pero también forma parte de otros proyectos interesantes, como los ominosos Jacob. Esta vez se anunciaba en solitario y en plan improvisador, dispuesto a abrir la puerta a los demonios que habitan en la caja de su contrabajo, pero veo que se ha sumado la Txaranga Urretabizkaia, un sexteto de viento que (a juzgar por los miembros que me suenan) no tocará precisamente Calderete.

Vamos con un poquito de Teenage Fanclub.

 

Muere Paloma Chamorro

2017 enero 30
por Carlos Benito

Para mí, Paloma Chamorro era el personaje central de lo que se llamó Movida, una estrella de cabello inconcebible alrededor de la que orbitaban todos aquellos creadores fascinantes, empeñados en marcar el cambio de época con su obra y con su vida, y también todos aquellos diletantes y hedonistas que aportaban ambiente y burbujas al movimiento. Puede parecer raro que una periodista desempeñe ese papel nuclear en un fenómeno cultural, pero al menos yo lo veía así desde mis circunstancias, y me temo que no me queda más remedio que ponerme autobiográfico otra vez. En 1983, cuando se empezó a emitir su programa, La edad de oro, yo era un chaval de 12 años de un barrio obrero de Logroño y justo comenzaba a interesarme por la música. Para ver a Paloma Chamorro tenía que emigrar a la vieja tele en blanco y negro, que había quedado arrumbada en un rincón de mi habitación, y la encendía como quien pone en marcha un intercomunicador con otro universo: partiendo de esa cabecera en la que se veía una teta (sé que esto puede resultar tragicómico hoy en día, pero no lo era en absoluto para un adolescente de entonces), por la pantalla desfilaba un mundo que no tenía nada que ver con mi entorno. Los grupos españoles y extranjeros (y qué grupos, de Siniestro Total a The Smiths, de Parálisis Permanente a los Residents…) se repartían el tiempo con reportajes a menudo desconcertantes sobre arte y, sobre todo, con entrevistas en las que todo el mundo salía muy contento y hablaba de cosas muy raras. Tenía todo la sana imprevisibilidad de lo amateur pero, a la vez, latía siempre una evidente pasión por la cultura pop, que resultaría inútil buscar en ningún rincón de la televisión actual, extraviada entre la pose ambiciosa de los triunfitos y el picoteo irónico de los cachitos. Como yo, habría miles de mocosos por toda España que pudieron disfrutar así de su pequeña porción de Movida y que hoy siguen experimentando las secuelas (benéficas, creo) de aquel contacto iniciático.

Paloma Chamorro murió ayer a los 68 años. Desde que se retiró, era poco amiga de aparecer en los medios: una de sus escasísimas entrevistas, quizá la última, se la concedió hace unos años a las compañeras Isabel Ibáñez y Yolanda Veiga para su libro Religión catódica. 50 años de televisión en España. «Cuando llegué con mi programa, todo era en playback; los sábados ponían Aplauso, que me horrorizaba, pero salían los Ramones. Les veía mover la boca y se me saltaban las lágrimas. Yo pensaba ‘nunca más’, pero al poco actuaba Roxy Music y volvía a picar. Y otra vez moviendo la boca. Hice La edad de oro porque quería a los músicos haciendo música en televisión, no el paripé», les contó, entre anécdotas sobre «la pilila» de Stiv Bators o los New York Dolls en los toros. Admitía Paloma en aquella entrevista que lloró de emoción con el concierto de The Durutti Column en su programa, así que vamos a despedirnos de ella con un fragmento de esa música siempre melancólica y vulnerable.

 

Canción de la semana: ‘Riffermania (Kill Kill Kill)’

2017 enero 26
por Carlos Benito

 

 

Singapore Sling constituyen una rareza dentro de Islandia, ese país musicalmente fascinante que produce decenas de grupos exportables a partir de una población como la de La Rioja. El propio Henrik Bjornsson, líder absoluto de la banda, ha declarado que la creó a partir de una radical combinación de amor y odio: amor por ciertas músicas del pasado y odio, en fin, por la mayoría de las músicas que le rodeaban en el presente. Bjornsson y su banda vienen a ser los Jesus & Mary Chain islandeses, con perdón por el cliché, y uno se imagina al tipo marginado en un rincón de la colorista e hipermoderna escena de Reikiavik, con su ropa de cuero y su cara de palo, rumiando pensamientos como el subtítulo de esta canción.

La banda, con Bjornsson como único miembro fijo, lleva ya dieciséis años en activo, y de hecho yo fui muy fan de su primer disco, aquel The Curse Of Singapore Sling que, sí, reproducía los esquemas de The Jesus & Mary Chain, pero de manera sobresaliente: en realidad, da la impresión de que Bjornsson y compañía están más bien canalizando los mismos sonidos vetustos (los Stooges, el garaje, los grupos de chicas) que fascinaban a los hermanos Reid, de una manera que puede lindar con otros grupos actuales como los franceses Limiñanas. Singapore Sling están a punto de editar su noveno álbum y han lanzado como adelanto este Riffermania (Kill Kill Kill), escrupulosamente fiel a sus parámetros habituales. Si les gusta y acaban canturreando esos coros tan simpáticos que urgen a matar, no se pierdan su reciente conciertillo para la KEXP, que está muy bien.

 

elcorreo.com

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