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Los mejores discos de 2016

2016 febrero 8

 

 

A lo mejor a algunos de ustedes les parece un poco prematuro confeccionar una lista de lo mejor del año a principios de febrero. Podría responderles que también es un poco acelerado publicarla en noviembre, como hace cada vez más gente, o incluso que eso de pontificar urbi et orbi sobre lo mejor es absurdo en cualquier momento, pero en realidad ustedes ya me entienden: este año, más que ningún otro que yo recuerde, resulta perfectamente posible establecer una clasificación tempranera de este tipo, porque ya se han publicado algunos discos mayúsculos a los que será difícil desbancar de ahí arriba. Y, como unos cuantos de mis favoritos ya han aparecido en la canción de la semana y tengo prohibidísimo repetir, he decidido recopilar unos cuantos por aquí con sus correspondientes muestras musicales.

Los primeros, cómo no, son Triángulo de Amor Bizarro, que ya saben que son uno de mis grupos favoritos del mundo entero. Toda la crítica se está deshaciendo de gusto con Salve discordia, calificándolo con dieces y onces y proclamándolo su mejor trabajo, y yo voy a discrepar: todos sus discos me parecen sus mejores trabajos, porque no conozco muchos grupos con ese grado de consistencia y solidez. De verdad que todos los considero inapelables, y este último, el cuarto, sigue la senda de los anteriores, cada vez con más amplitud estilística y más seguridad en lo que hacen. A mí la que más me gusta es Nuestro siglo Fnord, que es una de esas canciones de TAB que amenazan con enajenarme, pero el vídeo más reciente ilustra Baila Sumeria, en la que exploran de nuevo esas construcciones a lo New Order que ya utilizaban en De la monarquía a la criptocracia. Ah, son los de la foto de arriba.

 

 

Viajamos un poquito hacia el este y llegamos a Mieres, en Asturias. Allí se encuentra el cuartel general de Fasenuova, el veterano dúo que acaba de editar Aullidos metálicos. Estoy seriamente enganchado a este disco, y me parece que han conseguido un equilibrio perfecto entre tensión, aspereza, melodía y, sobre todo, atmósfera, ese ambiente creado con mimo y paciencia que acompaña al oyente en su viaje por las ocho canciones. Si pueden, llévense esta música puesta en las orejas durante un paseo nocturno. También tienen vídeo nuevecito, y también va de bailar.

 

 

Del siguiente, qué les voy a decir, si se llama David Bowie. ¿Es que una lista de lo mejor de 2016 puede no incluir Blackstar? A mí me parece que no: ni en febrero, ni seguramente en diciembre. Y creo que la cosa sería más o menos igual si no hubiese muerto.

 

 

A ver, que pase el siguiente… Aquí vienen Savages, con su habitual gesto de seriedad reconcentrada, como dejando siempre claro que la vida es una carga muy pesada. Creo que el cuarteto británico ha dado un paso importante entre su primer álbum y este segundo: a mí el debut me gustó mucho, aunque me parecía un calco nada disimulado de Siouxsie And The Banshees, pero en esta reválida han encontrado su propia voz. Siguen haciendo post punk siniestrillo, con ese uso poco rockista de los instrumentos tan característico de los Banshees o PIL, pero se han liberado de la nostalgia por un tiempo y una estética. This is what you get…

 

 

Y con el quinto vamos a ponernos chulos, porque todavía no se ha publicado. Es una apuesta, quizá un poco loca: los noruegos Årabrot sacan disco el día 16, y tengo la impresión de que esta vez han conseguido cristalizar de manera definitiva ese estilo suyo que linda con el metal, el noise rock y lo industrial. En The Gospel, el tema que da título al álbum y le ha servido de adelanto, el predicador loco Kjetil Nernes cuenta con las colaboraciones de los ilustres Stephen O’Malley, de Sunn O))), y Ted Parsons, que ha tocado con Swans y Killing Joke, además del difícilmente clasificable Andrew Liles, así que ya se pueden imaginar que la cosa va en serio y suena contundente. Ah, a finales de marzo inician una gira española que les hará pasar por Gernika, Vitoria y Llodio, y yo no puedo hacer más que recomendar su directo: en 2014 dieron mi concierto favorito del año.

 

Canción de la semana: ‘Chameleon Queen’

2016 febrero 5
por Carlos Benito

 

Lo cierto es que ya estoy acostumbrado a que los proyectos de Faris Badwan me sorprendan con cierta regularidad. Su grupo más conocido, The Horrors, dio uno de los bandazos estilísticos más marcados de la historia entre su primer y su segundo álbum, del garaje con monstruitos al krautrock experimental, con la peculiaridad de que ambos eran excelentes. Y su otro proyecto, Cat’s Eyes, que presentamos por aquí hace cinco años como un grupo de duetos góticos al estilo venenoso de Rowland S. Howard y Lydia Lunch, se descuelga ahora con esta preciosidad de pop barroco como adelanto de su segundo álbum.

En Ojos de Gato militan Faris y su novia, Rachel Zeffira, una soprano y multiinstrumentalista canadiense que en este tema aporta los fondos de aire operístico y me imagino que también el arreglo de viento, porque hablamos de una mujer versátil con formación clásica que lo mismo le da al violín, que al vibráfono, que al corno inglés. Y son precisamente esos detalles, que van mucho más allá de un envoltorio, los que transforman esta canción melancólica de decepción y distanciamiento en una joyita deslumbrante desde la primera escucha. A mí me ha hecho pensar en ecos de Pachelbel, en John Grant y en todos esos excelentes músicos de los 70 a los que jamás he escuchado. Para colmo, hasta le han fabricado un vídeo estupendo que no incurre en el vicio habitual de distraer de la música: lo han rodado en la ciudad natal de Rachel, en la remota región de los Kootenays. Aseguran que eran solo las nueve de la noche, aunque en las imágenes pueda parecer lo más solitario de la madrugada.

 

Algunos conciertos de febrero

2016 febrero 3

 

Empiezo a escribir esto nada más enterarme de que el Bilbao BBK Live trae también a Grimes, y la cosa ya empieza a escamarme: es como si hubiesen preparado la edición de este año pensando especialmente en mí. De pronto me siento mainstream, pero intentaré compensarlo con esta selección de siete conciertos en siete salas diferentes, donde los artistas más o menos populares se codean con propuestas que nunca llegarán a los macrofestivales: a ver, señores de Last Tour, atrévanse con Altra Dome.

Delorean (Teatro Arriaga, día 10). Mira que no suelen gustarme este tipo de experimentos, pero por alguna razón misteriosa me da muy buena espina este concierto, en el que Delorean arroparán la inconfundible voz de Mikel Laboa en un envoltorio de pop electrónico. Es la versión extendida y mejorada de una actuación que hicieron en el Victoria Eugenia donostiarra. Laboa, raro tótem que siempre estuvo abierto a la colaboración, sigue abriendo nuevas vías después de muerto.

Bizkaia Noise Fest (Txirbilenea, día 13). El local ocupado de Sestao acoge la primera edición de este cónclave estruendoso de «seis bandazas por seis eurillos», un surtido de delicatessen en el que no faltarán el grindcore, el black metal, el crust e incluso algunos sabores todavía menos convencionales. Tocarán Black Panda, Knives, AD, Dröga, Despeñaperros (último concierto «de momento», porque el batería se marcha a Singapur) y lo que más me ha llamado la atención, el proyecto bilbaíno de ambient sepulcral, aislacionista y angustioso Altra Dome, que amenizará con su negrura los espacios entre grupos.

Fernando Alfaro (Santana 27, día 13). Debo admitir que en los últimos tiempos he estado un poco desconectado de la obra de Alfaro, con lo fan que soy de Surfin’ Bichos, pero eso es culpa mía y no suya: uno escucha su último disco, Saint Malo, y se encuentra con un Alfaro sorprendentemente vitalista y, como decía una crítica reciente, más joven que de joven, con su fábrica de ideas funcionando a pleno rendimiento. Eso sí, se me acaban de poner los dientes largos al leer que en Barcelona tocó tres temas de Surfin’ Bichos, incluido ese Comida china y subfusiles al que creo que nunca se le ha brindado el reconocimiento que merece.

Coàgul (Sarean, día 18). Los habituales de este cenáculo ya saben que he dado mucho la chapa con †††, el dúo hermético barcelonés que aparecía en la minilista evadida del año pasado. Pues bien, Coàgul es el 50% de ese proyecto, es decir, Marc O’Callaghan, un tipo que dibuja encantadoras estampas de seres con cabeza de perro y que interpreta una música fascinante e intensa hasta el delirio, ruidista pero con un raro eco pop, salpicada de metálicos destellos de campana. El MEM ya lo programó hace algo más de dos años, y estuvo memorable, así que ahora lo traen al local de San Francisco.

She Made Monster (Kafe Antzokia, día 19). Yo a esas horas estaré en la camita, pero, si fuese a la una del mediodía en lugar de la una de la madrugada, me encantaría escuchar la selección de este dúo de discjockeys, Morgan Hammer y Lokier, la una francesa y la otra mexicana. No me tomen muy en serio, porque lo ignoro todo de ellas, pero me encanta esta remezcla suya de un tema de Íñigo Vontier y me descubro ante esta sesión espléndida, donde la banda sonora de Room 237 convive con Front 242.

The Love Me Nots (Satélite T, día 24). Terminamos la selección con dos citas centradas en el garaje, un concepto muy amplio que tiene en los Love Me Nots su cara más amable. El cuarteto de Arizona, cuyas jetas pueden ver en la foto de arriba, aplica la fórmula del fuzz y el Farfisa a canciones tremendamente pegadizas, que en un mundo normal podrían incluso ser hits masivos.

Nubefest (La Nube, días 26, 27 y 28). El bar santutxí tira la casa por la ventana en un minifestival de tres fechas que tiene como ingrediente principal a los londinenses Dustaphonics, aunque buena parte de su atractivo está en la guarnición, una especie de surtido de garaje de diversa graduación (The Fire Tornados, Ukelele Zombies, The Lookers), y en el postre, un concierto en el que Matt Horan, vocalista de Dead Broncos, interpretará temas de su grupo jutno a clásicos del country, el hillbilly y el bluegrass.

Mira que tenía yo ganas de colgar por aquí este vídeo de Coàgul cantando en un cementerio los versos de mosén Verdaguer.

 

Canción de la semana: ‘Dinero’

2016 enero 29

 

Siempre resulta muy curioso descubrir qué sale de la intersección de dos grupos que nos gustan, así que me emocionó saber que existe un proyecto donde conviven una componente de Wau y los Arrrghs!!! y un miembro de Antiguo Régimen, que son dos de mis bandas españolas favoritas aunque no tengan mucho que ver. Las huestes de Wau excretan garaje desmadrado con collar de huesos y Antiguo Régimen hacen post-punk sombrío con olor a tierra quemada, así que la cosa podía situarse en cualquier punto de ese espectro, pero en principio parece claro que en Les Ton Ton Macoutes, que es el colectivo de seres humanos que nos ocupa, se impone el primer ingrediente. Los Macoutes (el nombre viene del hombre del saco del vudú o, lo que da aún más miedo, de los paramilitares del dictador haitiano Papa Doc) practican un garaje pantanoso y monomaniaco, como trolls con el cerebro frito a base de escuchar guitarras en baja fidelidad. «Aquí no hay iguanas y Detroit nos pilla lejos, atentos a… Leandro, la Lagartija de Buñol», dicen de su vocalista y armonicista.

Al fin y al cabo, qué se puede esperar de un grupo que edita las 666 copias de su primer sencillo en los sellos Mongolic Records y I Shit In The Milk Records (sí, sí, la traducción pitinglisera de me cago en la leche, que es la subetiqueta de Slovenly dedicada a «la basura de España»). Les Ton Ton Macoutes son una muestra sin adulterar de esa enmarañada escena valenciana donde los músicos se multiplican en varios grupos e incluso en varios instrumentos, y no me digan que este Dinero (que, según leo por ahí, es adaptación de un tema de sus paisanos Psycho a Go-Go!) no sirve como himno pintiparado para acompañar la actualidad informativa de su comunidad.

 

¿Con qué Kraftwerk nos quedamos?

2016 enero 27
por Carlos Benito

 

El notición del día es ese extraño ciclo de ocho conciertos que Kraftwerk ofrecerá en octubre en el Guggenheim de Bilbao. He tenido que leer el comunicado dos veces para asimilarlo, y después unas cuantas más para asumir las consecuencias de que cada persona pueda comprar entradas solo para una de las actuaciones, con un máximo de cuatro, al precio de 70 euros por ticket. El comprador tiene que acudir al concierto provisto de su DNI, pero entiendo que si se organizan cuatro personas con buena cartera pueden asistir a cuatro de las citas.

El caso es que el planteamiento del ciclo, con cada concierto centrado en un álbum de estudio de la banda alemana, nos obliga a escoger. ¿Cuál es el disco de Kraftwerk que elegiríamos? Por supuesto, en la lista no aparecen los tres primeros, esos interesantes muestrarios de rock libre al estilo germánico en los que la Central Energética todavía no había descubierto su poder electrónico. Me imagino que la mayor parte de las lealtades se repartirán entre Autobahn (1974), Radio-Activity (1975), Trans Europe Express (1977), The Man-Machine (1978) y Computer World (1981), aunque seguro que también hay partidarios de su producción posterior. Aquí ya hemos hecho nuestra pequeña encuesta: el compañero Julio Arrieta es muy de Radio-Activity (sostiene que la canción que le da título es la mejor de todo su catálogo), mientras que otro de los evadidos originales y kraftwerkiano de pro, Ciro Galante, se queda con Trans-Europe Express (“familia de ferroviarios, mi padre compró el disco a principios de los 80 tras reconocer el sonido de un tren sonando dentro de un bar”, justifica).

Yo me siento dividido: Radio-Activity es el primero que escuché, de niño, porque lo poseía misteriosamente el padre de mi amigo Juan, y todavía recuerdo aquella profunda sensación de extrañeza ante una música que no comprendía. Sin embargo, no puedo renunciar a la fascinación pop de los himnos contenidos en The Man-Machine, un disco del que, curiosamente, también recuerdo la primera vez que lo oí, un poco más tarde que el otro: mi padre, en una rara ventolera que le agradeceré toda la vida, se compró un equipo de música, y el chico de la tienda le demostró lo bien que sonaba poniendo a todo trapo la canción de abajo. No sé qué pensaría en aquel momento mi señor padre, que no es precisamente un technohead.

¿Ustedes con cuál se quedan?

 

Canción de la semana: ‘Synthezoid Heartbreak’

2016 enero 23
por Carlos Benito

 

Hay situaciones que pueden interpretarse como preocupantes síntomas de que uno está perdiendo el contacto con los tiempos. Esta semana habré escuchado ciento y pico canciones recién publicadas, algunas de ellas con bastante fanfarria, y una canción olvidada que se grabó en 1975 y se repesca ahora en un sencillo. Y, ejem, la que he elegido para traerles por aquí es esta última, así que a lo mejor es que sintonizo mejor con los músicos de cuando yo tenía cuatro años que con las nuevas generaciones. Claro que también podríamos pensar que, si alguien se molesta en resucitar esta rareza cuarenta años después de su fugaz trayectoria comercial, será por algo: estoy convencido de que a nadie le importarán muchas de las canciones de ahora mismo allá por los años 50 del siglo XXI.

En fin, les presento a Maya, un grupo de Cincinnati del que no parece haber ni fotos y que habría que clasificar como rock duro de inspiración psicodélica, a falta de categorías más sutiles, aunque los propios responsables de la reedición lo definen sin rodeos como “outsider music”. El sencillo incluye las dos únicas canciones que publicaron, ambas escritas por el líder de la banda, un tipo llamado Burk Skyhorse Price que al parecer sigue en activo hoy en día, tras toda una vida recorriendo las catacumbas del oficio: es el caballero de la imagen de arriba. Al parecer, el joven Burk de los 70 era todo un personaje, aficionado a someter a su guitarra a todo tipo de efectos y abusos, y a falta de un teclista en la formación deduzco que debe de ser su instrumento lo que burbujea extrañamente por debajo de buena parte de este tema. Eso sí, les aviso: dice la discográfica que la canción asombrosa de verdad es Distant Visions, la que ocupa la otra cara del sencillo, pero se están dosificando y esa aún no la han colgado. Porque también se puede crear expectación con música de 1975.

 

El piano que se disuelve

2016 enero 20
por Carlos Benito

¿A que se han levantado con ganas de música clásica? No suelo traer mucho por el blog eso que algunos llaman música culta, como si el resto se dedicase a aporrear la tierra con garrotes al estilo de los trolls de La princesa Sofía, pero sucumbo de vez en cuando a un par de perversiones recurrentes, que la verdad es que tan clásicas no son: en concreto, el 4’33’’ de John Cage, con sus alucinantes derivaciones hacia el absurdo, y las piezas mágicas y gaseosas de Erik Satie. Precisamente, hoy vamos con el francés, el señor de la foto, que ha sido sometido a uno de esos experimentos de reconfiguración que tanto nos gustan por aquí.

El responsable es el artista estadounidense Hey Exit, que ha tomado todas las grabaciones existentes de la primera gimnopédie (bueno, ha dejado fuera las interpretaciones con instrumentos que no sean el piano) y las ha reproducido todas a la vez, ajustándolas a la duración de la versión más larga, de seis minutos y medio. Es decir, esa gimnopédie más larga suena a su ritmo original, mientras que las más cortas han sido dilatadas informáticamente y se reproducen, por tanto, más despacio de lo que deseaban sus intérpretes, con el sonido del piano alterado por esa ralentización. No me pidan que justifique teóricamente la ocurrencia, que seguramente no deja de ser una majarada de artista desocupado: lo único que sé es que me encanta el resultado, en el que la famosa composición de Satie se transforma en algo todavía más etéreo. Al principio, claro, todas las versiones suenan más o menos al mismo ritmo, pero pronto se empieza a apreciar el desfase y la música se disuelve en una suerte de ambient abstracto, luminoso y sedante, como un campanilleo escuchado en sueños, que se va recomponiendo progresivamente en el último tramo, cuando los múltiples tecleos tienden a coincidir. Aquí la tienen, sigo debajo.

 

 

Y sigo aquí debajo porque, no contento con esta curiosa maniobra de extrañamiento, Hey Exit ha decidido llevar las cosas aún más lejos y ha ralentizado el conjunto hasta superar la media hora, al estilo de aquella canción de Justin Bieber que mejoraba tanto al sonar un 800% más lenta. Aquí ya casi no se reconoce la pieza original y el sonido planea de manera agradable, de una manera que (lo han indicado algunos oyentes) no quedaría fuera de sitio en el Blade Runner de Vangelis. Yo creo que a Satie le habrían divertido estos caprichos: al fin y al cabo, hablamos del tipo que compuso también las Vexations, un motivo de dieciocho notas que debe ser tocado 840 veces. ¡Juguetón!

 

Canción de la semana: ‘Oriar’

2016 enero 15

 

A mí Meg Baird me gusta siempre: cuando canta sola (incluso solísima), cuando une fuerzas con su hermana Laura como The Baird Sisters y también cuando se lanza a cualquiera de esas colaboraciones a las que es tan propensa, sobre todo en aquel disco estupendo que compartió con Helena Espvall y Sharron Kraus. Hasta firmó una de mis versiones favoritas de los últimos tiempos, con su desarmante traslación al folk del Beatles And Stones de The House Of Love. Hace unos años escribí por aquí que escuchar su voz es como lavarse la cara con agua fresca, y lejos de arrepentirme de la horterada voy ahora y la repito, porque realmente me produce ese efecto benéfico y reparador. Aun así, no puedo evitar la añoranza por la faceta que prefiero de toda su carrera: me refiero a Espers, la banda de folk ácido que se mantiene en silencio desde hace nueve años, aunque no me consta que estén oficialmente separados. En algunos pasajes de los discos del grupo, la voz cristalina de Meg se envolvía en una desacostumbrada electricidad.

Pues bien, de nuevo podemos disfrutar a Meg Baird en compañía de guitarras que se encabritan, se retuercen como culebras enfadadas y rezuman lisergia, gracias a su nuevo proyecto, el cuarteto californiano Heron Oblivion, en el que militan dos miembros de los poderosos Comets On Fire. El sello Sub Pop publicará en marzo el álbum de debut de este Olvido de la Garza, donde Meg también se ocupa de la batería, pero desde hace un mes se conoce Oriar, un festín de folk psicodélico que demuestra cuánto juego puede dar un sencillo motivo de cuatro notas descendentes.

 

David Bowie ha muerto

2016 enero 11
por Carlos Benito

 

Durante unos cuantos años, David Bowie vino a ser lo que en el argot de la prensa se suele llamar un morituri, una figura caduca de la que ya no se esperaba otra novedad interesante que no fuese su obituario. Así ocurrió entre 2004, cuando un palo de piruleta le golpeó de manera ridícula en un ojo y torció simbólicamente la suerte de su carrera, y 2013, cuando celebró su cumpleaños lanzando de improviso la hermosa Where Are We Now?. Sin embargo, ahora mismo nadie se esperaba la noticia de su fallecimiento, que ha golpeado al mundo a primera hora de la mañana: el artista británico acababa de lanzar Blackstar, un álbum extraño, atemporal y enigmático que había consolidado su última reinvención, un giro en el que el hombre de las mil máscaras había decidido parecerse por fin a sí mismo. Teníamos ante nosotros un Bowie crepuscular, vulnerable, mayor, con letras repletas de referencias a la mortalidad (desde el “paseando a los muertos” de aquel Where Are We Now? hasta la abundante imaginería fúnebre de Blackstar) pero con una vitalidad creativa que animaba a esperar (y desear) que esta nueva situación durase mucho tiempo. En los mejores momentos, incluso nos permitíamos fantasear con la posibilidad de que retomase las actuaciones en directo y, puestos a soñar, que pagase a Bilbao el concierto que le debía desde hace doce años, cuando suspendió la cita para sumergirse en su testarudo retiro de ermitaño. Era una tontería, ya, tan enorme como la de haber pensado por un momento si lo del fallecimiento (de cáncer, recién cumplidos los 69) no sería una nueva maniobra del camaleón, siempre sofisticado y ajeno a convenciones.

Estos días circulaba por las redes el enlace a una página que permite saber a qué se dedicaba el artista a las distintas edades: si uno introduce en el motor de búsqueda ’15 años’, se encuentra con un Bowie que ya estaba dándole al rock and roll con su primer grupo. Su carrera larguísima y monumental, repleta de mutaciones estéticas y estilísticas, ha producido hitos incontables (habría que ser muy obtuso para no tener una canción favorita de Bowie) y le ha convertido en una de las figuras mayores de la música popular, una autoridad que se las arregló para ser venerable sin perder el contacto con los tiempos ni la capacidad de riesgo. En cierto modo, era el reverso de Lemmy, el líder de Motörhead que también acaba de fallecer: los dos se habían granjeado el respeto universal por vías opuestas, el uno a través de la reinvención incesante y el otro, a través de la continuidad inconmovible. Eran dos sabios del rock, y no nos quedan muchos de esa estatura.

En las discusiones de bar sobre cuál es la canción que preferimos de David Bowie, un tema de conversación clásico entre mis amigos, yo siempre me he quedado con esta. Alguna había que elegir, aunque habría podido ser cualquier otra de las que ustedes están pensando, y hoy asombra comprobar cuántas de ellas están teñidas de esa melancolía elegíaca que las hace idóneas para una despedida.

 

Canción de la semana: ‘The Bridge’

2016 enero 8

 

El año pasado me quedé con la rabia de no dedicar una canción de la semana a Sauna Youth, el cuarteto londinense que firmó uno de mis discos favoritos del verano. A veces ocurre: van pasando los días, van cruzándose otras músicas y, para cuando uno decide rescatar algo del fondo del tintero, da la impresión de que ya se ha hecho tardísimo y no merece la pena. Pero la actualidad me sirve de excusa para recuperar a estas alturas The Bridge, una de las canciones contenidas en aquel álbum suyo, el segundo de su discografía. Por un lado, acaban de editarla en sencillo y le han hecho un bonito vídeo. Por otro, pasarán a finales de este mes por Donostia para participar en Lurrazpiko Festa, una de las convocatorias más desprejuiciadas y atractivas de la escena, donde se codean sin problemas El Coleta, Hidrogenesse y Betunizer.

Sauna Youth definen lo suyo como “punk irregular” y aspiran a combinar el ímpetu, el descaro y el ruido del punk con las actitudes más liberadoras de la composición de vanguardia, en un sano propósito que resumen con la consigna “ser a la vez los Ramones y Steve Reich”. Eso dicen ellos, aunque lo cierto es que a mí me recuerdan sobre todo a los Wire más furiosos, con sus canciones atropelladas y cabezotas lanzadas a una carrera hacia adelante. Sauna Youth tienen dos vocalistas, chico y chica, con la curiosa costumbre de cantar al unísono, y cuando les apetece se reconfiguran, se reparten de otra manera los instrumentos y se presentan como una banda distinta, Monotony. Y eso está muy bien, porque cualquier día los vuelvo a traer por aquí sin romper la norma de no repetir artista.

 

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