Qué casualidad: esta semana tenía previsto colgar una canción de Savages, un grupo que asume claramente la herencia de Siouxsie & The Banshees, pero en los últimos días se me ha colado en la cabeza otro tema que también está influido, aunque sea de forma más vaga, por la amiga Sioux y compañía. Se titula Unseen Footage From A Forthcoming Funeral (casi nada, algo así como metraje inédito de un funeral futuro) y aprovecha algunos ingredientes de siniestrismo ochentero para confeccionar un artefacto irresistible y comercial. A mí, al menos, me suena muy comercial, aunque también es verdad que soy una persona enajenada que no había oído hablar hasta esta semana de Henry Méndez ni de Efecto Pasillo.
Unseen Footage tiene ya más de medio año y la firma Nicole Sabouné, una chica de la que sé muy poco: participó en la versión sueca de La Voz (pueden verla versionando regular el Running Up That Hill de Kate Bush) y debe de ser una especie de protegida de Ola Salo, vocalista de The Ark. Reconozco que a lo mejor influye mi pasado siniestroide, pero a mí nunca me basta con escuchar esta canción una vez.
A mí también me emocionó la versión de Space Oddity que Chris Hadfield grabó a bordo de la Estación Espacial Internacional, con su vídeo de poesía sideral y con esa letra cambiada para no dar mal fario: en la canción original, el mayor Tom se queda allá arriba, con rumbo a donde su nave quiera llevarlo, y al bigotudo Hadfield le esperaba al cabo de unos días un regreso a la Tierra en una Soyuz rusa, así que tampoco era cosa de tentar a la suerte. Pero hoy me he asombrado un poco al escuchar por ahí que el astronauta canadiense había hecho «la mejor versión» de Space Oddity y, a modo de entretenimiento y sin ánimo exhaustivo, me he puesto a recopilar unas cuantas interpretaciones del clásico de David Bowie.
Quería compartir unas cuantas con ustedes, aunque escucharlas todas seguidas puede resultar nocivo para la salud y dejarles más volados que el mayor Tom. En fin, la playlist de YouTube que cuelgo abajo dura una hora y empieza con el vídeo original de David Bowie, de 1969, que no es precisamente la versión más conocida de la canción. Después enlazamos con William Shatner (el capitán Kirk de Star Trek, con Richie Blackmore a la guitarra), Helloween, los niños de The Langley School Music Project, el instrumental troglodita de The Neanderthals (me encanta cómo les queda), Natalie Merchant en directo, el dúo neoyorquino Exitmusic, Brix Smith, Hank Marvin (el líder de The Shadows enroló a su exjefe Cliff Richard para que le recitase la cuenta atrás), Smashing Pumpkins en directo, los mismísimos Tangerine Dream y, ya lo siento, los Hermanos Calatrava, porque su singular visión del tema no podía faltar en este repasillo. Para no dejarles con un sabor raro en la boca, concluiremos con el astronauta Hadfield, que por cierto aterrizó sin percances en Kazajistán.
Y, si tienen ocasión, insistan por ahí en que Space Oddity no quiere decir Odisea espacial, que muchos todavía no se han enterado.
Los discos de F.A.N.T.A. deberían estar subvencionados, porque son capaces de dibujar una sonrisa al oyente en el segundo uno y mantenerla ahí hasta el final, a la vez que insuflan energía a los cuerpos viejos y cansados. El trío de Santa Coloma nunca falla, porque tampoco se puede decir que se lance a experimentar: lo suyo es ortodoxia punk-rock con devoción ramoniana, brillo melódico y letras que oscilan entre el costumbrismo tragicómico y la serie B. Su anterior álbum acabó entre mis favoritos de 2010, y el que acaban de sacar viene a ser más o menos igual, dicho sea con toda la admiración del mundo: «Siempre nos dicen que hacemos lo mismo, / que nuestro estilo ya está muy visto. / Las mismas letras, los mismos ritmos, / cada dos años el mismo disco. / No cambiaremos, no nos importa, / pues no queremos hacer otra cosa», cantan orgullosos en uno de los temas, acertadamente titulado Más de lo mismo.
Así que aquí estoy, sonriente y revitalizado, escuchando una y otra vez los dieciocho cortes de Así no vamos a ninguna parte: el más largo dura dos minutos y treinta y ocho segundos, una extensión casi sinfónica para F.A.N.T.A., y el más corto es justo el que he escogido como canción de la semana, Yo no toco el casiotone, con su minutito y doce segundos. Los asuntos son los de siempre («verano, zombis, surf y vampiros», enumeran en Más de lo mismo), con apariciones de mascotas psicópatas, espectáculos del lejano oeste, epidemias planetarias, atracciones de feria y relaciones basadas en la hipnosis, pero también con esa facilidad para retratar el amor perdido en cuatro versos o en historias de ocurrente patetismo: ahí está ese tipo que pone un dedo al azar en la bola del mundo, para escapar de sus recuerdos, y le toca mudarse a Albacete. ¿Y qué hay de Yo no toco el casiotone? Pues es una reacción airada contra la Barcelona moderneta del Heliogàbal, el Apolo y el Primavera, contra la gente que se deja bigote y toca organillos y ukeleles, que sonaría un poco cazurra si no fuese el desahogo de unos tipos sitiados por un ejército hostil: «Yo no vivo en Barcelona, yo soy de Santa Coloma», claman. Hala, a tomar F.A.N.T.A.
Cuando Lou Reed, Kevin Shields y Sonic Boom coinciden en recomendar un grupo de este siglo, algo bueno ha de tener. Aunque quizá lo de grupo se quede un poco corto a la hora de hablar de The Flowers Of Hell, una «orquesta espacial trasatlántica» que opera a caballo entre Londres y Toronto y ha involucrado a una cantidad difícilmente abarcable de colaboradores fijos y esporádicos, entre los que figuran miembros de bandas como Spacemen 3, Arcade Fire, British Sea Power, Tindesticks, Death In Vegas, The Clientele o Ecstasy Of Saint Theresa. Sus grabaciones son predominantemente instrumentales, con un estilo bien poco infernal, y oscilan entre la idea tradicional de canción y piezas más ambiciosas como los 45 minutos de O. Han demostrado tener una mano especial para las versiones: ya habían editado, por ejemplo, una hermosa interpretación del Darklands de The Jesus And Mary Chain, pero su nuevo disco, Odes, está dedicado íntegramente al difícil arte de los covers, con resultados que equivalen a un viaje alucinante a través de extrañas conexiones.
Arrancan, por ejemplo, con On Avery Island-April 1st, un tema brevísimo y precioso de Neutral Milk Hotel tocado aquí por un trompetista clásico. También hacen el Mr. Tambourine Man de Dylan como si fuese de Nico y la Velvet Underground, una de sus grandes referencias. Y, en fin, rizan el rizo al celebrar el matrimonio entre Lou Reed y Laurie Anderson con un híbrido entre Heroin y O Superman. Caen otras dos de Reed, Walk On The Wild Side y Run Run Run, y también el Over And Over de Fleetwood Mac, el Atmosphere de Joy Division y el The Last Beat Of My Heart de Siouxsie & The Banshees. Pueden escucharlo entero aquí, aunque los temas aparezcan curiosamente desordenados, pero no me resisto a colarles una playlist de YouTube con los vídeos minimalistas que ilustran cinco de las versiones.
No hay muchos grupos que cuenten con su propio museo, pero, desde luego, ABBA eran unos candidatos claros a ese honor: han mantenido una vigencia asombrosa a lo largo de las décadas, han sabido resistir la tentación de reunirse y afear su discografía –no como los Stooges, por ejemplo–, lucían una imagen digna de estudios antropológicos y siempre tuvieron algo de fascinante en su combinación de personalidades. Y, además, permiten dar forma a una exposición entretenida: sería un pecado que el Museo de ABBA, que se inaugurará el martes en Estocolmo, se quedase en un repaso erudito de discos de oro, piezas de sastrería y recortes de prensa, porque el cuarteto sueco siempre ha sido equivalente a diversión y evasión pop.
Parece que los suecos lo han hecho bastante bien, como tienen por costumbre. Aparte de todo lo esperable, hay propuestas originales como un escenario donde los visitantes pueden cantar éxitos de ABBA junto a los hologramas del grupo (lo tienen en la foto de arriba, de Jonathan Nackstrand para AFP), una pista de discoteca para ensayar los pasos de baile, un piano conectado al estudio de Benny Andersson que reproducirá lo que el buen hombre quiera tocar a lo largo del día o un teléfono del que solo tienen el número los cuatro miembros del grupo: se supone que, si suena de pronto y tienes la suerte de descolgarlo, estarás hablando con Agnetha, Benny, Bjorn, Anni-Frid o algún sueco que se haya equivocado al llamar a la pizzería. Eso sí, pese a los rumores de las últimas semanas, Bjorn Ulvaeus ya ha dejado claro que no vamos a ver a los cuatro juntos sobre un escenario: «Ya saben que nunca nos hemos reunido –declaró en la presentación– y aprovecho esta oportunidad para decir que ahora tampoco vamos a hacerlo».
El sello Sub Pop ha editado recientemente Sub Pop 1000, una recopilación singular por el detalle de incluir a muchos artistas que no graban habitualmente para la discográfica de Seattle. Quienes se quedaron en la idea de Sub Pop como útero del grunge pueden llevarse una sorpresa al escuchar el primer tema del disco. En realidad, cualquiera puede sorprenderse, porque His Electro Blue Voice se despachan siete minutos de post-punk oscurísimo y viciado, como un sumidero por el que se filtran residuos de música industrial, metal extremo y drone apocalíptico. Eso tan bonito es Kidult, nuestra canción de la semana.
His Electro Blue Voice son un trío italiano procedente de Como, al lado de Suiza, y en seis años han acumulado una discografía curiosa y desperdigada, compuesta de singles, EPs y splits. El vídeo que les cuelgo abajo contiene el recopilatorio de Sub Pop entero: ya que estamos, no se queden en los siete primeros minutos, que es lo que corresponde a Kidult, y escuchen el resto, con bandas dispares como Chancha Vía Circuito, Iron Lung, Ed Schrader’s Music Beat o My Disco.
Sí, en mayo vienen Iron Maiden y Rihanna al BEC, pero en la selección de conciertos del mes vamos a tirar por derroteros un poco menos masivos. Últimamente he restringido la agenda a Bilbao y alrededores, pero esta vez no quiero quedarme sin recomendar una cita en Vitoria: el día 3 tocan en el Ibu Hots los neoyorquinos Endless Boogie, el Boogie Eterno, un nombre que define a la perfección su rock repetitivo hasta la hipnosis. Y ahora sí, vamos a por los cinco conciertos en cinco salas o, mejor dicho, en cinco lugares distintos, porque esta vez arrancamos con una cita al aire libre.
Zodiacs (Plaza Solobarria de Basauri, día 4). Y es, además, una cita matutina, festivalera e infantil. El MAZ de Basauri ha añadido a su programación convencional en el Social Antzokia tres actuaciones callejeras: Sr. Chinarro, Jero Romero y el llamado Txiki MAZ, evento destinado a los niños y los padres que incluye un concierto de los vitalistas Zodiacs con repertorio especial, un taller de baterías electrónicas y samplers a cargo de Letamina Formación (otro proyecto de Javi Letamendia) y un set en el que maquillarán a los peques de Kiss y así. También puede ir gente sin hijos ni sobrinos, claro, pero tendrán que mentalizarse.
Jan Harbeck Quartet (Sala BBK, día 9). En el jazz nórdico abundan los bestias que atacan las melodías como si fuesen brigadas de demolición, pero también hay hueco para estilistas de la belleza nocturna como el saxofonista danés Jan Harbeck, un fenómeno insuflando nueva vida a standards y clásicos perdidos. Da la impresión de que se puede acariciar el sonido de su instrumento.
Graveyard (Santana 27, Azkena, día 18). Desde el Copenhague de Jan Harbeck, cruzamos el bellísimo puente/túnel de Øresund y nos presentamos en un pispás en Gotemburgo, la ciudad sueca de donde proceden Graveyard. Ellos también suenan como si residiesen con comodidad en el pasado, concretamente en los últimos 60 y los primeros 70. Algunos echan de menos algo más de agresividad en su rock guitarrero, pero eso no ha impedido que agotasen rápidamente las entradas de la sala Azkena: Last Tour anunció inicialmente que trasladaba el concierto a Santana 27, de ahí el tachón que ven arriba, pero «diversos motivos logísticos y de producción» les han llevado a mantenerlo finalmente en el Azkena. En fin… A mí, por cierto, Graveyard me parecen imponentes.
Dead Bronco (Kafe Antzokia, día 24). Es un quinteto de Algorta pero parece recién bajado de alguna montaña perdida de la América remota. Dead Bronco hacen hillbilly, country y blues acústico, con su banjo, su contrabajo, su lap steel guitar y también su cajón prestado de otro sur, y presentan en el Antzoki (¡gratis!) su álbum de debut, In Hell.
Las Migas (Teatro Campos, día 30). Al cuarteto femenino barcelonés (en la foto de arriba, de Jordi Cané) lo adscriben rutinariamente al flamenco, pero lo suyo es más amplio, una especie de canción de cámara en la que consiguen momentos de gran recogimiento y belleza. Lo cual no quita, por supuesto, para que Alba Carmona borde el quejío y sea capaz de perfumar cualquier melodía con aromas flamencos.
Les dejo con Dead Bronco y su premiado vídeo para False Hearted Lover’s Blues, dirigido por Tucker Dávila.
Hoy me zambullo de cabeza en géneros ajenos a este blog, de esos que me obligan a googlear continuamente para no meter la pata. Pero es que el protagonista me cae muy bien desde la primera vez que lo vi en concierto, cuando me impresionó como guitarrista escudero de Eilen Jewell y hasta le dediqué un post: Jerry Miller, el tipo de la perilla y el sombrero, el guitarrista versátil y casi sesentón que tiene enamorado al público de la Jewell, ha editado por fin su álbum de debut en solitario. Se titula New Road Under My Wheels y es un combinado bastante saltarín de country, Western swing y rockabilly, estilos de los que ignoro entre todo y casi todo, pero que en este caso me resultan muy entretenidos. La mayoría de los cortes son instrumentales que permiten a Jerry demostrar sus habilidades, pero también colaboran cuatro vocalistas que interpretan otros tantos standards: Eilen, por ejemplo, se atreve con el What A Little Moonlight Can Do que inmortalizó Billie Holiday.
He elegido Detour, y aquí empiezo a googlear y wikipediar con alegría. Se trata de una balada de Western swing que escribió en 1945 Paul Westmoreland y que han versionado ilustres como Patti Page, Bill Haley, Ella Fitzgerald, Willie Nelson o Duane Eddy. En el disco de Jerry Miller la canta Roy Sludge, un individuo que, según sus propias palabras, se dedica a hacer «canciones de country y rockabilly para bebedores, camioneros y tipos así». La letra es una lamentación por los problemas en los que se ha ido metiendo el protagonista, un hombre de mala cabeza que acaba en la cárcel y otros «caminos embarrados» de la vida: «Debí hacer caso a aquella señal de desvío…».
Me disculparán por convertir hoy este blog en una especie de revista del corazón. Ya sé que lo importante es la música y no la vida de los músicos, pero tampoco se puede negar que a todos nos gusta husmear desde detrás de los visillos y contemplar los excesos, los defectos y las peripecias de los artistas. El divorcio de Kim Gordon y Thurston Moore después de 30 años de relación supuso una pequeña conmoción en el mundillo alternativo: tampoco es que la gente saliese llorando a las calles, pero es cierto que hubo preocupación (¿qué iba, qué va a ser de Sonic Youth?) y también cierto desánimo, porque el matrimonio aparentaba una estabilidad casi exótica en el caprichoso mundo del rock.
Me ha sorprendido que Kim Gordon hable con la prensa sobre este asunto. Lo ha hecho en la revista Elle, y la verdad es que su transparencia liga bien con las palabras que usa la periodista para definir a Kim, esa combinación de «rebeldía y madurez». «Puedo entender que la gente sienta curiosidad. Yo misma siento curiosidad: ¿qué va a pasar ahora?», plantea la bajista y vocalista, que anda ya por los 59 años. «Parecía que teníamos una relación normal en mitad de un mundo loco. Y verdaderamente terminó de una manera normal, con una crisis de mediana edad y una mujer fascinada por una estrella». Kim se niega a citar el nombre de la tercera en cuestión, que llegó al entorno de Sonic Youth como novia de un antiguo miembro y emprendió un proyecto editorial con Thurston, pero sí relata la historia con toda naturalidad, con sus mensajes de texto delatores y su terapia de pareja. «Thurston llevaba una doble vida con ella. En realidad, él era como un alma en pena», resume. La prensa ya ha identificado a la misteriosa mujer como Eva Prinz, nuera de la princesa Cristina de Holanda, que colaboró con Thurston en su libro sobre la cultura del casete.
A falta de Sonic Youth, Thurston está ahora con Chelsea Light Moving y Kim, con Body/Head. Y en Bilbao tenemos esta misma noche a Lee Ranaldo, ya saben, el George Harrison de la banda neoyorquina, acompañado por Steve Shelley a la batería. Vamos a desintoxicarnos de tanto cotilleo con una de sus canciones.
Llevo toda la mañana de viaje en el tiempo con el nuevo mix que el catalán bRUNA ha preparado para Playground. Son 45 minutos de cara A y otros 45 de cara B, al más puro estilo Basf o TDK, en los que Carles Guajardo recopila «los 80 mejores temas de los 80» en orden cronológico, sin más pausa que la obligada para dar la vuelta a la casete. Dicen en la revista que «basta con ser amante de la música y del baile» para disfrutar de la selección, aunque uno sea demasiado viejo o demasiado joven para haber vivido aquella década con todas sus consecuencias. Seguramente es verdad, porque el resultado es fascinante y divertido, pero tampoco cabe duda de que sus efectos proustianos y estrujacorazones afectarán sobre todo a los que fueron adolescentes en los 80, como un servidor. Hay canciones que adoraba entonces y adoro ahora, canciones que detestaba entonces y detesto ahora (bufff, nunca he podido con los amigos Level 42) y otras que han sufrido fuertes oscilaciones en su cotización a lo largo de los años y la vida, pero la acumulación de estímulos me está resultando casi intoxicante. Ya sé que hay gente que no soporta la perspectiva de escuchar hits remotos como Woodpeckers From Space, pero todos aquellos que han soltado una risita de dibujo animado nada más leer ese título deben apretar el play de abajo o descargarse el mix aquí.





