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Canción de la semana: ‘John Hughes’

2017 enero 15
por Carlos Benito

 

Las normas del blog prohíben, bajo amenaza de destierro, que un artista repita en la canción de la semana. Pero hay grupos que se las arreglan para asomar una y otra vez la cabezota, a través de distintas ramificaciones y configuraciones. Los californianos The Fresh & Onlys son de esos, y con pleno merecimiento: primero se plantaron en esta sección como banda propiamente dicha, con su vivificante Waterfall; un año después asomó por aquí el guitarrista Wymond Miles con aquel precioso Hidden Things Are Asking You To Find Them, que a mí siempre me hace pensar en los Cure, y ahora llega el turno del líder fresco y único, Tim Cohen, con el sencillo que sirvió de adelanto al álbum que publica esta semana que viene.

En realidad, ya ha lanzado un segundo sencillo, y el tío se ha atrevido a titularlo Meat Is Murder, como el mítico disco de los Smiths, pero a mí me gusta más el primero, que tampoco luce un nombre muy normal para una canción: se supone que John Hughes hace referencia al director de cine que se hizo muy popular en los 80, a través de películas como la inolvidable The Breakfast Club. El bueno de Tim Cohen ha declarado alguna vez que de chaval solo escuchaba hip hop, pero canciones como esta recuerdan al románticismo melancólico de Belle And Sebastian, por ejemplo.

 

Algunos conciertos de enero

2017 enero 10

 

Han pasado ya diez días de enero y todavía no había colgado la selección de conciertos del mes: en parte ha sido vagancia mía, pero también de los promotores, que andan perezosos a la hora de actualizar sus listados. Me han llamado la atención estas ocho citas en ocho locales distintos.

Cabezafuego y Sonic Trash (día 14, Azkena). El sarcástico y sanguíneo Íñigo Cabezafuego vuelve a visitarnos, esta vez con su espectáculo Bumaye!, en el que le acompañan los «visuales locos» de Beatriz (o Beatroz) Sánchez. El chulo plan para la tarde del sábado se completa con los infalibles Sonic Trash, a los que siempre merece la pena volver a ver en directo.

Kikí d’Akí y Charlie Mysterio (día 18, Colegio de Abogados). El Colegio de Abogados, siempre exquisito en su programación (y con entrada gratuita, ya saben), trae a uno de los personajes más huidizos e interesantes de la Movida: Kikí d’Akí fue cantante de Las Chinas y después ha desarrollado una tranquila carrera en solitario, luminosa y encantadora. Telonea Charlie Mysterio, otro superhéroe subterráneo del pop.

Neige Morte (día 19, Groove). Neige Morte proceden de Lyon (Francia) y practican un metal viciado, supurante, crudo y un poco caótico, con preferencia por los ritmos gélidos y el ruidillo ponzoñoso. «Melodías ahogadas en fealdad sonora», se describen los alegres muchachotes, que tienen un bonito programa de gira: los tíos se van a hacer en tres días Portugalete-Benicarló-Vitoria.

Mayte Martín (día 20, Teatro Barakaldo). En mi casa somos fans de la cantaora catalana. Ese forofismo nació a raíz de su álbum Alcantaramanuel, donde ponía música a poemas de Manuel Alcántara, pero se ha acabado extendiendo al resto de su producción, tanto flamenca como bolerística. A Barakaldo trae su espectáculo Flamenco clásico, en el que recupera piezas casi olvidadas del repertorio ancestral.

Marie Davidson (día 20, piso superior del Antzoki). Me paso la vida recomendando las sesiones de Paraleloan, pese a que mis circunstancias no me permiten asistir a ninguna: ya saben que hablamos de festines electrónicos que arrancan a la una de la madrugada. Esta vez, la protagonista será la canadiense Marie Davidson, la chica de la foto de arriba, que firmó uno de los discos más interesantes del año pasado, con influencias de santones oscuros como Throbbing Gristle. Lo suyo será una actuación en directo, seguida por una sesión del francés Low Jack.

Black-Bone (día 20, La Nube). El trío holandés de rock duro ha teloneado a Saxon, Slash, Status Quo, Megadeth o Deep Purple. En realidad eso tampoco quiere decir nada, porque en este mundillo se aúpa a veces a productos muy aburridos, pero lo que he oído de ellos me ha causado una excelente impresión, sobre todo al trasponerlo mentalmente al íntimo local de Santutxu: es solo rock duro, pero me gusta, y además las guitarras suenan como aviones a reacción.

Empty Files, II y Serpiente (día 25, Sarean). Qué buena oportunidad para ponerse al día con tres estimulantes proyectos del underground bilbaíno más tecnificado. Empty Files y II son abiertamente electrónicos (yo creo que el primero tiende hacia los paisajes industriales y el segundo, hacia una especie de trip hop y dub de vanguardia), mientras que Serpiente practican un animoso punk con sintes, divertido y más pegadizo de lo que puede parecer a bote pronto.

Las Hermanas Caronni (día 29, Sala BBK). Las Caronni son unas gemelas argentinas «nacidas bajo el signo de tango» y afincadas en Francia: veo que completaron su formación en Lyon, la ciudad de Neige Morte, aunque no creo yo que exista mucho contacto entre ambas bandas. Laura toca el chelo, Gianna toca el clarinete, y con esa base instrumental y sus voces dan forma a un repertorio elegante y melancólico, en el que sus originales conviven con clásicos reavivados como Los ejes de mi carreta.

Qué grande es, por cierto, Los ejes de mi carreta.

 

 

Canción de la semana: ‘Puse un dinero’

2017 enero 6
por Carlos Benito

 

 

Hay niveles muy diversos de tolerancia a las letras -digamos- desconcertantes. Algunos oyentes exigen saber sobre qué tratan las canciones, igual que esa gente que solo tolera el arte figurativo, y seguramente yo mismo fui así en algún momento de mi vida: recuerdo cachondearme con cierta frecuencia de las cosas rarillas que cantaba Santiago Auserón en Radio Futura. Pero se me ha pasado aquel rollo severo y, de hecho, ahora me suele agradar la sensación de sorpresa que provocan los versos de apariencia aleatoria, que además parecen tardar más en agotarse con el uso. Ya se imaginarán que nuestra canción de la semana va por ahí: a lo mejor los componentes de Mihassan, el trío madrileño que la canta, encuentran una impecable lógica interna a sus palabras, porque de hecho tienen cierta apariencia de describir una situación concreta, pero a mí se me dibuja un sonriente signo de interrogación sobre la cabeza cada vez que escucho Puse un dinero, y encima el signo se empieza a carcajear en cuanto llegan las menciones a Sanitas y al colmado. Pero no se equivoquen: no solo es una canción divertida, sino también inquietante, un poco obsesiva.

Puse un dinero está incluida en el segundo álbum de Mihassan, un grupo (¿de post-punk bailable, podríamos decir?) al que atribuyen un amplio espectro de referencias, desde Fugazi hasta Fad Gadget. Desde luego, es verdad que en sus canciones confluye lo electrónico y lo guitarrero de manera natural, creativa y la mar de eficaz: según todas las fuentes fiables, en directo son una bomba. Aquí pueden ver su chulo nuevo vídeo y aquí, los visuales dementes que acompañan en vivo a Puse un dinero, porque yo voy a insertarles solo la música, así se me concentran más. Un poco severo sí que sigue siendo uno.

 

La canción que más he escuchado en 2016

2017 enero 3
por Carlos Benito

Ya he escrito por aquí que la canción que más veces he escuchado en el año viejo es Carretera fluorescente, de Fasenuova. Pero eso solo es una parte de la verdad, la que encaja en un blog serio, un poco guay y con cierta pretensión de respetabilidad. Como en realidad estamos en Evadidos, habrá que confesar también la otra parte: cuando uno se convierte en padre, ya solo es dueño de una mínima porción de su tiempo, y 2016 ha coincidido más o menos con el primer año de vida de mi segunda hija. De modo que, sí, en esos pequeños paréntesis que quedaban a mi disposición han sonado Fasenuova y Triángulo de Amor Bizarro y Misþyrming si hacía falta, pero mi dieta musical está sobrecargada de otro tipo de sonidos, más dulzones quizá, pero en cierto modo también más duros e inmisericordes que el metal más bestiajo.

El otro tema del año en mi casa es, sin ninguna duda, la Canción de la noche de BabyTV, más conocida como El gallito dormilón. A lo mejor ustedes viven en una feliz inconsciencia, en un autónomo limbo adulto donde no tienen cabida los canales infantiles de la tele: BabyTV es la oferta para los más pequeños de los pequeños, una cadena que nació hace trece años en Israel y que ahora se distribuye por todo el mundo. Podría decirles que alcanza cimas de crueldad sin parangón, pero mentiría. Lo más bárbaro y atroz del mundo siguen siendo algunos dibujos para niños un poquito mayores, como Dora Exploradora y, sobre todo, una abominación llamada Max & Ruby, mientras que BabyTV es una cosa relajante y sin sobresaltos que incita a la siesta plácida y solo esconde un peligro insospechado: canciones como la que nos ocupa son infinitamente pegadizas, de modo que uno acaba canturreando por la calle cosas como «con una canción diremos adiós / al gallito dormiloooooooooón» o «adiós al perro Paco, / adiós a Pepe Sapo», y con acento latino además. ¡Es que es muy buena, de verdad! Si un día me la ponen en un bar, les juro que me vuelvo loco. Ya está hecha la confesión, ahora solo queda un aviso de amigo: denle al play bajo su propia responsabilidad.

 

El bajista de las tres manos izquierdas

2016 diciembre 30
por Carlos Benito

 

 

No resulta muy fácil vender un libro como Playing The Bass With Three Left Hands. A ver cuántos son los listos capaces de situar a su autor, Will Carruthers, en la historia del rock: ¿veo alguna mano levantada por ahí? Y lo peor es que, una vez que te aclaran de quién se trata, tampoco es que surja un interés acuciante por conocer sus recuerdos: Carruthers es un tipo que tocó el bajo durante año y medio en Spacemen 3, el grupo británico de los 80 especializado en una especie de psicodelia minimalista y letárgica, y después también estuvo algo más de un año en Spiritualized, la secuela más popular de los hombres espaciales. Carrerón, ¿verdad? Yo me considero relativamente fan de Spacemen 3, pero es una banda tan marcada por sus dos líderes que, lo reconozco, nunca he llegado a poner nombre ni cara a sus escuderos.

Y el caso es que el libro me ha gustado un montón, como historia de un tipo inadaptado que se ve de pronto en medio de una banda de inadaptados. Spacemen 3 (maestros en el difícil arte de repetir una sola nota más allá de toda resistencia lógica) son un grupo vinculado de manera indisociable y casi obsesiva a las drogas: su famoso eslogan venía a significar «tomando drogas para hacer música con la que tomar drogas», que en inglés queda aún más viciosamente circular, y un colega les aportó una versión alternativa, que decía «tomando drogas para que otros no tengan que tomarlas». La dieta química de la banda protagoniza buena parte del libro: al principio pensé que lo de tocar el bajo con tres manos izquierdas sería una metáfora para la falta de pericia, pero se refiere a que, en alguna actuación bajo los efectos del LSD, Carruthers realmente se veía tres manos izquierdas. En esos casos, según recomienda con aplomo de experto, la auténtica suele ser la que queda en medio. Hay más anécdotas descacharrantes: en uno de sus conciertos más celebrados, editado en disco como Dreamweapon: An Evening Of Contemporary Sitar Music, el intoxicado bajista se dio cuenta al terminar de que había tenido el ampli apagado durante toda la actuación. Pero tampoco faltan pasajes de escalofrío, como el debut del autor con la heroína nada más incorporarse a Spacemen 3.

El libro descubre una cara del negocio que no suele llegar al papel: el lado cutre de tocar en una banda influyentísima, mitiquísima, admiradísima por los críticos, pero que en realidad ganaba cuatro duros. Hay un momento de impacto tragicómico, cuando, tras dar en Londres uno de los últimos conciertos de Spacemen 3, pasan un rato confraternizando con ilustres como los Butthole Surfers y, después, vuelven a Rugby en furgoneta y a Will lo dejan en su domicilio, que es la casa de su madre, donde se echa a dormir en su cama de la infancia.

Y ahora… The time is right to start thinking about a little… revolution!

 

Canción de la semana: ‘Una ciudad cualquiera’

2016 diciembre 29
por Carlos Benito

 

El año pasado, cuando Biznaga tocaron en la planta superior del Kafe Antzokia, me sorprendió la cantidad de veinteañeros que había entre el público: me he ido acostumbrando a que la mayoría de los conciertos de rock concentren a una afición ya talludita, pero es que además las referencias del grupo madrileño me parecen muy propias de mi generación, cuarentona y un poco nostálgica. Y me vuelve a pasar con esta nueva canción, segundo adelanto de su segundo álbum, que redunda en una peculiaridad de esta banda: su sonido funde dos estilos que solemos contemplar como si estuviesen alejados, pero que en realidad (y Biznaga lo demuestran) son vecinos y de vez en cuando se abrazan en el descansillo. Me refiero al siniestrismo de la Movida (a mí, el bajo de este tema me suena muy pegamoide, y en las oscuridades del grupo suele latir el corazón negro de Parálisis Permanente) y el punk al estilo del RRV (que da filo a sus guitarras, su voz y su actitud). ¡Si hasta hay algo en Una ciudad cualquiera que me hace acordarme de Barricada! Pero no hagan caso, serán tonterías de viejillo.

El álbum, de inquietante portada y titulado Sentido del espectáculo, lo edita internacionalmente Slovenly Records, nada menos. Y, escuchando este mazazo de canción, no me extraña.

 

Canción de la semana: ‘Almería’

2016 diciembre 23
por Carlos Benito

 

 

Ya sé que lo que pega hoy es un buen villancico, alguna opción alternativa a esa plaga almibarada que se propaga a través de megafonías de supermercado y ambientaciones callejeras, pero creo que será mejor idea contrarrestar la sobredosis navideña con algo que no tenga nada que ver. Así que nos vamos de excursión al Oeste americano con Federale, el proyecto paralelo del bajista de The Brian Jonestown Massacre, inspirado directamente en las bandas sonoras de los spaghetti westerns y el giallo, aquellos entrañables géneros italianos de los 60 y los 70. En su nuevo álbum, además, el septeto de Oregón insufla nuevo contenido a esa obsesión suya tirando del legado de Lee Hazlewood, Scott Walker y Nick Cave, para dar forma a canciones que tratan sobre «el asesinato, la venganza, el arrepentimiento, el poder y la corrupción». Les ha quedado un disco la mar de entretenido, morriconesco hasta el delirio, con sus guitarras twang, sus coros vocálicos y sus vientos fronterizos. Sí, no se preocupen: por supuesto, alguna canción también tiene silbidos.

En vez de irnos al Oeste americano, nos vamos a quedar en Almería.

 

Cinco de 2016: la lista evadida

2016 diciembre 21

 

Que redoblen los tambores para celebrar el gran momento. Pero que redoblen solo un poquito, porque la lista evadida de álbumes favoritos del año solo contiene cinco referencias, como de costumbre: me falta tiempo y ambición para alargarla y además, qué caramba, me gusta así, corta y desordenada. Para colmo, parece que el mundo se me hace cada vez más pequeño, porque los cinco artistas de la selección pertenecen a una parte muy concreta del planeta: Galicia, Asturias, Gales y Francia me han bastado para resolver el compromiso, aunque al menos la representante galesa está viviendo en California, y eso hace que de algún modo América también esté presente. Que callen ya los tambores y se haga el silencio, porque llega, pffffff, la hora de la verdad.

 

Triángulo de Amor Bizarro – Salve discordia
Sé que ya no tiene ninguna emoción, porque todos los álbumes de Triángulo (en la foto de arriba) han acabado en mis minilistas de fin de año, pero es que los tíos tampoco me dejan opción para dejar de ajuntarles: su fórmula, lejos de agotarse, parece florecer con nuevos colores en cada nuevo disco. De Triángulo me gustan hasta los andares, empezando por esa batería que parece una locomotora y acabando por su galimatías lírico, siempre salpicado de chocantes frases pegadizas («cuando te follen las fuerzas…»). Y, por supuesto, adoro canciones tan redondas y a la vez tan extrañas como Nuestro siglo fnord, mi favorita de esta entrega, que seguirían brillando sometidas a cualquier arreglo. Ya saben, y si no se lo cuento otra vez, que estamos hablando del mejor grupo del mundo.

 

Aluk Todolo – Voix
Al trío francés lo suelen clasificar como una variante anómala del metal, pero se podría decir con el mismo aplomo que hacen rock progresivo o jazz eléctrico. Sus composiciones, siempre instrumentales, son como cráteres donde bulle el magma, o como burbujeantes calderos de bruja: el bajo y la batería marcan la pauta, inquietos y obsesivos, y la guitarra viene a ser una emanación de toda esa actividad rítmica, un sonido casi ambiental que se desborda por los márgenes e ignora el rol convencional de concretar riffs y solos. Mientras se escuchan los cuarenta y tres minutos de Voix, resulta inevitable pensar en fondos de pozo, agujeros negros y demás entornos oscuros y agónicos, pero, en un rasgo que encaja bien con su rollo hermético y ocultista, de alguna manera Aluk Todolo saben fabricar luz a partir de tanta tiniebla.

 

Fasenuova – Aullidos metálicos
Carretera fluorescente es la canción que más veces he escuchado este año, y reconozco que a menudo la he reproducido en bucle, en un intento de prolongarla quince o veinte minutos a modo de Autobahn misteriosa. Pero lo cierto es que el álbum entero de Fasenuova tiene para mí esa dimensión de tránsito por geografías turbadoras y fascinantes: creo que ya dije por aquí que me parece un disco insuperable para escucharlo con cascos durante un paseo nocturno, a ser posible por entornos de aire industrial. Seguramente soy injusto con una carrera anterior que no he seguido tan de cerca, pero me parece que con este álbum, producido por Óscar Mulero, el dúo asturiano ha conseguido redondear ese estilo suyo mecánico y emocional, áspero y poético, abrupto y sugerente.

 

Cate Le Bon – Crab Day
La cantante galesa es otra reincidente en mis balances de fin de año, otro referente infalible que me obliga a repetirme y a escribir una vez más sobre orquestas de autómatas disfuncionales y bailes de duendes borrachos. Cate cada vez es más excéntrica, lo que tiene mérito si se piensa en lo rarita que sonaba ya al principio, y a mí me parece que también se vuelve cada vez mejor: en el esquinado y adictivo Crab Day ha dejado clara de nuevo su capacidad asombrosa para crear un mundo sonoro propio, en el que las canciones hacen cabriolas sobre la cocorota del folk psicodélico. Además, en los videoclips de este álbum ha superado todas sus cotas previas de frikismo. Tú sigue así, Cate.

 

Novedades Carminha – Campeones del mundo
Mira que yo desconfiaba de la relativa reconversión de Novedades Carminha, porque siempre he creído que más vale ser punki que hacer rock bailable, pero su Campeones del mundo me ganó desde la primera escucha: los gallegos se han revelado como maestros del groove, esa gracia rítmica que se te cuela por los huesos y hace que se menee hasta un alcornoque como yo, y han conseguido una colección impecable e imperial de sus himnos costumbristas, siempre entre la ingenuidad y la malicia. De vuelta de todo es un hit absoluto en mi hogar, pero el disco entero pasa en un suspiro gozoso. Y que no se me olvide: su actuación en Santana 27 junto a Lie Detectors es el concierto de 2016 en el que mejor me lo he pasado.

 

También me han gustado mucho los discos de Big Thief, David Bowie (cómo no), Årabrot, The Drones, Savages, Keaton Henson, Kadhja Bonet, Heron Oblivion, Comando Suzie, Endless Floods, Terrier, Cross Record, Javier Corcobado, Juventud Juché, Sauropod, Funeral Moth, Coque Malla, A Giant Dog, Wolf People, Tremenda Trementina, Whyte Horses, Maria Arnal i Marcel Bagés, Kacy & Clayton, Horse Lords… Ya, muchos me parecen a mí también.

¿Qué tal ahora una baladita de Cate Le Bon?

 

La noche que vi a Los Bichos

2016 diciembre 19
por Carlos Benito

Hace unos meses, las coordinadoras de Musi-K (nuestra revista musical para suscriptores) me pidieron que les hiciese algo para la sección La noche que vi a…, y lógicamente les escribí una pieza sobre la única vez que pude asistir a un concierto de Los Bichos. Hoy se cumplen veinticinco años de aquel día, así que aprovecho para recuperar el texto por aquí, aunque es bastante más largo de lo habitual en los posts del blog. Muchas gracias a Jose y Rafa por el tráfico de recuerdos, aunque me temo que los tres somos campeones mundiales de la desmemoria.

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Siempre he envidiado a las personas con buena memoria: esos amigos que te cuentan una anécdota del colegio en la que tú mismo intervienes, aunque no guardes el menor recuerdo, y te aportan tantos pormenores que llegas a sospechar que te están tomando el pelo. Y, al final, van y rematan su alarde con un coqueto «era martes», con la misma seguridad que si hubiese sucedido anteayer. Al hablar de música también ocurre: hay cabezas prodigiosas capaces de evocar el setlist de un concierto al que asistieron hace diez, veinte, treinta años, auténticas máquinas del tiempo que acumulan chascarrillos y detalles hasta hacer que te avergüences, porque tú también estuviste allí y desperdiciaste la ocasión de recordar. A mí la genética me ha dado una memoria de mala calidad, con enormes agujeros, que no sirve para retener el grano menudo de la vida. Y esa debilidad mía hace que, cuando pienso en el concierto que más me marcó, mi evocación no vaya mucho más allá de las sensaciones (gloriosas, reveladoras, de verdad inolvidables) que suscitó en mí.

Era 1991 y yo estaba estudiando en Pamplona. La historia del rock español atravesaba un momento bastante especial, con la agonía de las estrellas de los 80 y la aparición de activas células de resistencia alternativa, y la capital navarra era un puesto de observación excepcional para asistir a ese relevo tan prometedor y, finalmente, tan frustrado. A lo largo de los cinco años de carrera (entonces Periodismo tenía aún cinco cursos, no me explico cómo diablos hacían para llenarlos) pudimos asistir a unos cuantos conciertos representativos del recambio generacional y estilístico: recuerdo a Lagartija Nick en Reverendos, con esa hipnosis ruidosa y deslumbrante a la que me he mantenido leal hasta hoy; recuerdo a Jugos Lixiviados en el Donegal, con su herrumbre cacharrera a lo Pussy Galore, tan molesta para algunos que un espectador directamente los desenchufó; recuerdo al cantante de La Secta pasándome entre las piernas en el Replicante, poseído por la descarga de electricidad del inicio del concierto. Pero, por encima de todos, estaban Los Bichos y estaba su líder, Josetxo Ezponda, que era de Burlada pero lo mismo habría podido ser de Nueva York, de Perth o de Júpiter.

A Josetxo nos lo cruzábamos por la noche, en nuestros bares: desde el Bodegas Riojanas, donde empezábamos siempre la ronda, hasta el Plural, donde a veces la acabábamos. Lo mirábamos a la vez con admiración y prevención, con la misma prudencia hechizada con la que se contempla a un extraño arácnido: con los ojos pintados, vestido siempre como para salir al escenario, Josetxo era un rey del glam a tiempo completo, deslumbrante y a la vez envuelto en un halo oscuro. Como buen dandi decadente, sabía hacer un show del mero hecho de beber, de fumar o simplemente de estar. A veces me pedía tabaco –calculo que abordó en alguna ocasión a todos los vecinos de Pamplona– y yo me limitaba a disculparme con torpeza, acobardado por ese contacto directo que rompía de alguna manera las leyes naturales del espectáculo: Josetxo siempre estaba en otra dimensión, pertenecía a otra dimensión. Era, en fin, una estrella del rock que por algún irreparable error cósmico había nacido en un pueblito navarro.

Su grupo, Los Bichos, era como él, una criatura rara, difícil de encuadrar en un tiempo y un espacio, en la que Josetxo volcaba sus pasiones musicales y su estética exquisita y meticulosa. Sus discos cautivaban por el contenido y por el envoltorio, también obra suya. El primer álbum, Color Hits, salió en 1989, el año que yo llegué a Pamplona, aunque en aquel momento no llegué a disfrutar de la preciosa portada: me lo grabó en cinta un compañero de clase, Eduardo, y me deslumbró aquella colección en la que Josetxo había reproducido el complejo puzle de sus obsesiones, tan alejado del mimetismo tribal de otros artistas. El segundo, In Bitter Pink, se editó en el 91 y me lo compré en doble vinilo, con esas carpetas interiores repletas de la caligrafía de brujo de Josetxo, y lo cierto es que me sigue dejando con la boca abierta hoy en día, un cuarto de siglo después: ahí dentro hay delicadeza y exceso, hay derroche de creatividad y personalidad, hay cultura, hay toneladas de talento y hay también algunos de los mejores solos del rock español, gracias a la orfebrería cristalina y la naturalidad desarmante del guitarrista Charly. Era fan entonces y soy fan ahora, con ese entusiasmo un poco tontaina que es una de las pocas cosas que, con suerte, uno logra preservar de su primera juventud.

Solo logré ver a Los Bichos en directo una vez: el 19 de diciembre de 1991, y si tengo la fecha tan clara es gracias a la costumbre de Josetxo de hacer constar el año en su obra gráfica, incluidas las invitaciones para aquella rock and roll party gratuita. Eran unas cartulinas de color rosa, primorosas, tan alejadas de la vulgaridad como el propio grupo, y ni siquiera recuerdo bien cómo las conseguimos nosotros (Jose, Rafa y yo), aunque después resultó que también se podía entrar sin ellas. El concierto se celebraba en el bar Subsuelo, en plena Plaza del Castillo, el típico sitio que jamás habíamos pisado, con un cartel que completaban unos compinches habituales: The Pleasure Fuckers, la banda de punk rock encabezada por la inabarcable humanidad del bilbaíno Kike Turmix, con quienes Los Bichos protagonizaron también un par de comentadas actuaciones en la sala Ilargi de Lakuntza. Lo cierto es que Kike y Josetxo componían una extraña pareja, ya que daba la impresión de que con uno se podían hacer tres o cuatro cuerpos para el otro, y tuvimos la impresión de que ellos mismos bromeaban sobre su radical discrepancia física antes del concierto. También nos pareció –asistíamos a la prueba de sonido con atención, entrenando los sentidos ante la inminencia de un gran momento– que no habían decidido hasta entonces quién iba a tocar primero y que a Turmix no le agradó mucho la encomienda de abrir fuego. Lo hizo, de todas formas, con la entrega de siempre, arremetiendo con la panza contra el mundo y supurando rabia primaria, maniaca, animal. Estrenaron una canción, Blood Sausage: lo sé porque mi amigo Jose acertó exactamente cuándo y cómo iba a vociferar las palabras del título (lo cierto es que, ejem, tampoco era tan difícil) y Turmix le miró un poco mosca, como preguntándose cómo podía corearla si jamás la habían tocado antes.

De Los Bichos solo me quedan flashes, que a menudo sirven para constatar el empeño con el que nuestro cerebro desecha lo importante y se queda con lo anecdótico. Un rato estuvimos en primera fila, echando las cabezas coreográficamente hacia atrás cada vez que Josetxo hacía un ademán con su instrumento, porque amenazaba con estamparnos el clavijero en nuestras jetas pasmadas. Otro rato quedamos relegados a segunda fila, detrás de un entusiasta que nos azotaba repetidamente con el pelo y pedía a gritos a Josetxo que le regalase su Super-Fuzz (o quizá fuese un Big Muff, ahí se me cruza el recuerdo con el título del disco de Mudhoney), el pedal con el que su guitarra se metamorfoseaba y envolvía las canciones en un ruido eléctrico de motosierra. Hemos preservado en nuestro archivo mental el que seguramente fue el momento más tranquilo y mágico del concierto, una versión del Pale Blue Eyes de la Velvet que nos sonó a gloria, pero tampoco se nos ha borrado el más intenso: la intervención en un tema de Norah Findlay, la guitarrista de los Fuckers, que acabó derribada por el suelo entre ruido de vasos rotos, encarándose con Josetxo como si fuesen unos Pimpinela psicóticos y muy peligrosos. En aquel concierto experimenté, como nunca antes y contadas veces después, esa suma de fascinación, imprevisibilidad y riesgo que, para mí, define el mejor rock en directo, pero aplicada además a un repertorio mayúsculo y libre, de fulgores cegadores y oscuridades venenosas, que a espectadores como nosotros nos abría un montón de puertas por las que descubrir nuevas maravillas. Hubo calor, alma y ruido, como exige la letra de una de sus canciones. Resultó que el tipo del pelo cardado y las chorreras con el que nos codeábamos en los bares era una estrella aún más grande de lo que nos habíamos imaginado.

Aquella noche en el Subsuelo adquirió para mí una consistencia mítica, que no hizo más que agigantarse con los años. Ya no pude asistir a más conciertos de Los Bichos, que se separaron en el 92. Sí vi a Josetxo en solitario, con su guitarra y su caja de ritmos regalada, en actuaciones abruptas de las que los fans salíamos con el viejo fuego reavivado, pero también con un regusto melancólico: el rey bicho se había retirado a su agujero y cada vez mostraba menos ganas de regresar al mundo, aunque muchos seguíamos fantaseando con que un día recuperaría el hambre de hacer música. En 2001 falleció su cómplice de siempre, el bajista Asio. En abril de hace tres años, encontraron muerto a Josetxo en su piso de Burlada, y solo entonces nos resignamos a que su silencio fuese definitivo.

 

Veinticinco canciones del año

2016 diciembre 17

 

Me van a permitir que hoy cambie nuestra humilde canción de la semana por una lista de veinticinco canciones del año, que quizá suene más ambicioso y grandilocuente, pero que en realidad viene a ser igual de humilde que lo otro: no son las mejores canciones de la temporada, porque eso tendría tantas versiones como personas, y ya ven que su alcance se queda muy corto en un mundo donde la gente se siente capaz de armar listas de cientos de discos, como si disfrutasen de un tiempo elástico que les permite escuchar cincuenta horas de música al día. Por no ser, ni siquiera son estrictamente mis favoritas, ya que he tenido que dejar fuera algunas (Kingfisher de Wolf People, por ejemplo, o Las dos de Tremenda Trementina) porque no las encontraba en YouTube. Pero me gustan todas un montón: desde el encuentro de la octogenaria Shirley Collins con la muerte, que abre la selección y, por su tono, bien podría haberla cerrado, hasta el regalo melancólico de Jherek Bischoff del final, que tampoco habría quedado nada mal como introducción, ahí les va un bonito surtido de músicas de 2016… y de 2015, porque el Carretera fluorescente de Fasenuova es estrictamente de diciembre del año pasado, pero no podía dejar fuera la canción que (según me informa amablemente Last.fm) más veces he escuchado en estos últimos doce meses.

Ah, el de la foto tricéfala de arriba es Jherek Bischoff. Venga, a ver si llegan hasta la suya sin pensar que, como dice la URL, en realidad son veintinco canciones del ano.

 

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