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Canción de la semana: ‘Aey na balam’

2015 abril 24
por Carlos Benito

 

Hablar de la música en plan medicinal, como bálsamo para las preocupaciones y los agobios de esta vida tan ajetreada, es una cosa muy new age y un poquito repugnante. Pero la verdad es que me cuesta describir lo que hace Arooj Aftab sin mencionar de alguna manera su efecto terapéutico: sus canciones abren un paréntesis en el que la artista impone sus propias reglas acerca de ritmos, melodías, duraciones y sonoridades, y el oyente que se presta a ese orden de cosas acaba experimentando una benéfica sensación de hipnosis y paz. Y den gracias a que me he cortado en el último momento, porque iba a añadir que provoca también cierta elevación del espíritu. Ups.

Algunos se refieren a la música de Arooj Aftab como neosufí, ya saben, como una actualización de la rama mística del islam que tantos españoles descubrimos gracias a Franco Battiato. Arooj procede de Lahore, y en ocasiones sus rizos melódicos pueden recordar al qawwali de Nusrat Fateh Ali Khan y compañía (al menos, a nuestros oídos europeos, simplistas e ignorantes), pero lo suyo es un planteamiento mucho más intimista, contenido y jazzístico, sin esas explosiones de poderío torrencial que caracterizaban al difunto mito pakistaní. La vocalista, que estudió en Berklee y vive en Estados Unidos, acaba de editar su álbum de debut, Bird Under Water, una miniatura de cinco canciones en las que se hace acompañar por un conjunto básico de contrabajo, guitarra y percusión, con ocasionales arreglos de acordeón, sitar, trompeta y bansuri. «Espero conseguir un sonido que sea música del mundo, pero no música del mundo de Starbucks», resume la artista, con un poquito de mala leche hacia tanto exótico de pega que anda canturreando por ahí. Lo ideal es escuchar el disco entero, pero les he seleccionado Aey na balam, con su sitar, su punto aflamencado y su cambio de ritmo a mitad de vuelo.

 

 

 

Lou y ‘Lulu’

2015 abril 20
por Carlos Benito

 

La inclusión, o introducción, o como se diga de Lou Reed en el Rock And Roll Hall Of Fame (con eso de hall, yo me lo imagino como un recibidor de abuela repleto de retratitos enmarcados) ha dado pie para recordar su figura y hablar un poco sobre él. Su hermana Merrill, por ejemplo, ha escrito una semblanza con la que pretende corregir algunos errores y enderezar algunos mitos sobre la infancia y juventud del difunto Lou: en particular, se refiere al tratamiento de electroshock que, según se ha publicado más de una vez, buscaba corregir sus tendencias homosexuales. «Mis padres eran muchas cosas, pero no eran homófobos», descarta Merrill, que en su repaso de aquellos años plantea una explosiva mezcla de chaval problemático y depresivo, familia «ansiosa y controladora» y aliño de drogas y rock and roll.

Pero lo más curioso de este protagonismo póstumo del músico neoyorquino ha sido que, en fin, nos ha permitido saber cuál cree David Bowie que es la obra maestra de Lou Reed. Y no, no se ha inclinado por las desoladoras profundidades del alma de Berlin, ni tampoco por el glam callejero de Transformer, en el que algo tuvo que ver él mismo. A Bowie, el que le parece un disco redondo y una pasada de verdad es Lulu, el disco que firmaron a medias Lou Reed y Metallica, que dio lugar a algunas de las críticas más brutales de la historia del rock. Lo ha contado Laurie Anderson, la viuda: «Después de la muerte de Lou, David Bowie me dijo: ‘Escucha, este es el trabajo más grande de Lou, esta es su obra maestra. Espera y verás, va a ser como Berlin, hará falta un poco de tiempo para que todo el mundo se ponga al día’». La propia Laurie, que en su momento no apreció mucho este singular trabajo, lo contempla ahora como un momento crucial y morrocotudo: «He estado leyendo las letras y es tan feroz… Está escrito por un hombre que entendía el miedo y la rabia y el veneno y el temor y la venganza y el amor. Y es rabioso. Cualquiera que haya escuchado a Lou cantar Junior Dad nunca olvidará la experiencia de esa canción, arrancada de la Biblia. Esto era rock and roll llevado a niveles enteramente nuevos». ¿A alguien le apetece emprender la reevaluación de Loutallica? Seguro que algunos estarían más dispuestos a probar lo del electroshock, pero, por si acaso, ahí les va…

 

Canción de la semana: ‘With My Heart’

2015 abril 17
por Carlos Benito

 

Qué importante es la manera de empezar un álbum, ¿verdad?, esas dos o tres canciones sobre las que cae la responsabilidad de atrapar al oyente y no dejarlo escapar. Y parece que el cuarteto británico The Fireworks (con bajista, Isabel Albiol, de Sabadell, y un batería que estuvo en The Wedding Present) tiene muy clara la trascendencia de secuenciar acertadamente el arranque de un disco, porque su debut, Switch Me On, abre fuego como un cañón, con dos cortes iniciales que no dejan ni respirar. Luego saben seguir igual de bien, a base de indie pop bien cargado de guitarreo, con una energía que les permite eludir ese riesgo tan británico de la cándida languidez, pero yo soy tan simple que les voy a colgar directamente el primer corte, una cosita trepidante y urgente que se titula With My Heart. No llega siquiera a los dos minutos, para que nadie pueda decir que se aburrió a la primera.

 

Hablando en indie

2015 abril 14

 

He aprovechado mi semanita de vacaciones de Pascua para leer Pequeño circo, la historia oral del indie que ha publicado Nando Cruz en la editorial Contra. Cuando anuncié mi propósito, por cierto, mi señora entendió que iba a meterme entre pecho y espalda una historia oral del hindi, el idioma, y no crean que una opción le parecía mucho menos apetecible que la otra. La verdad es que yo mismo me resistía a afrontar un empeño de novecientas y pico páginas, porque daba por hecho que un montón de los artistas incluidos en el tocho me iban a traer sin cuidado, o incluso me iban a dar grima y acidez de estómago, pero al final me lo he pasado muy bien, he aprendido bastantes cosas y, en cierto modo, he acabado revisitando también una parte de mi vida.

Porque supongo que este libro está dirigido a las personas que, de un modo u otro, vivieron esta parte de la historia musical española, y también me imagino que la mayoría llegará a la última página sin grandes revoluciones en su manera de valorar eso que llaman indie. A mí, lo que me gusta de verdad es lo que podríamos denominar preindie, ese santoral vicioso y viciado en el que entran Los Bichos, Cancer Moon, Lagartija Nick, Corcobado y Surfin’ Bichos, y después de eso solo seguí con auténtica devoción a Family (si es que su exigua discografía da para hablar de seguimiento) y a Penelope Trip (que son los de la foto de arriba). El libro me ha hecho revivir con una nostalgia inesperada y agridulce aquellas escuchas colectivas de Disco Grande, en nuestro piso de estudiantes sin cuarto de estar ni televisión, aguantando con estoicismo e indiferencia a grupos que se habían colocado bautismos como Long Spiral Dreamin’ o My Criminal Psycholovers. Nunca logré entender que, existiendo Los Bichos o Lagartija, a alguien le pudiesen gustar Usura, ni tampoco que fans de los Pixies y My Bloody Valentine se deshiciesen en elogios hacia el Mi hermana pequeña de Los Planetas, pero seguramente es una malformación mía.

Ya sé que estoy hablando más de mí que del libro, pero creo que Pequeño circo acaba teniendo mucho de revisión generacional y de comparación entre la propia juventud y las ajenas. Un servidor ha acabado escamándose un poco y reafirmando su rencor de clase ante tantos padres abogados y tantas familias que mandaban a los críos a Londres, pero también me he reconocido en las palabras de Fernando Alfaro (Surfin’ Bichos) sobre la obligación de imaginarse la música de la que leías, por la imposibilidad de acceder a los discos, o en el recuerdo que hace Tito Pintado (Penelope Trip) del importantísimo «lenguaje de las carpetas» en los institutos de la época. Más allá de las mil rencillas entre los protagonistas de la historia, la mar de entretenidas, hay anécdotas jugosas como la de Eric Jiménez (Lagartija Nick, Los Planetas) casándose a los 16 y bailando con la novia el Killing Moon de Echo & The Bunnymen, o la de Javier Corcobado firmando los cedés promocionales con frases de belleza brutilla que inmediatamente le suponían el veto en las emisoras. De los balances finales, coincido, cómo no, con los negativos, como el de Pedro Vizcaíno, de Grabaciones en el Mar: «No creo que haya ningún legado. El 95% de lo que se editó entonces no tenía ningún valor. O, perdón, no ha aguantado el paso del tiempo. Descartar un 95% no es mucho exagerar, ¿no?».

En ese niágara de voces y palabras que es el libro, para mí destacan poderosamente dos narradores vivaces y divertidos, Antonio Luque (Sr. Chinarro) y David Rodríguez (Bach Is Dead, Beef, La Bien Querida, etc.), y parece proceder de una realidad paralela el discurso de J (Los Planetas). «El indie es un movimiento cultural superimportante en España que ha hecho consciente a mucha gente de lo que pasaba a su alrededor. Y esta era su finalidad», sostiene el tío, tan desconcertante como si hablase en hindi.

 

Grandes éxitos de los últimos tiempos, segunda edición

2015 abril 10

 

En vez de canción de la semana, aquí les va la segunda entrega de temas que se habían quedado en el fondo del cajón. En realidad, dos de ellos ni siquiera habrían podido ser canción de la semana, porque sus autoras, Jane y Shilpa, ya han disfrutado en una ocasión de ese honor (o ese horror) que no se repite. Son las normas, no las he inventado yo. Bueno, la verdad es que sí.

 

Jane Weaver – I Need A Connection

Firmó uno de mis álbumes favoritos del año pasado y ahora lo ha reeditado con un disco extra que incluye esta preciosidad, una especie de música comercial para el mundo de Blade Runner.

 

 

The Silence – Lemon Iro No Cannabis

El nuevo grupo de Masaki Batoh, líder de mis añorados Ghost. Los Ghost japoneses y embriagados de hippismo, claro, no los metaleros que se visten de obispo.

 

 

Shilpa Ray – Pop Song For Euthanasia

Es la chica de la foto de arriba, una hindú de Nueva Jersey que toca el armonio, pero no teman, que eso no describe ni de lejos su música. Cuatro años llevo ya esperando a que saque un nuevo álbum.

 

 

Axolotes Mexicanos – Disparo de amor

En realidad yo quería colgarles Hay una china que vive en mi piso, pero esta tiene vídeo y también me gusta mucho, con su colorismo (y niponismo) asturiano. Si quieren estar del todo al día, échenle un vistazo a Interestelar.

 

Grandes éxitos de los últimos tiempos, primera edición

2015 abril 6

 

Como estoy de vacaciones, he aprovechado para seleccionar ocho temas de los últimos meses que me han gustado especialmente y que se habían ido quedando por ahí, sin asomar por el blog. El título rimbombante de arriba es solo para llamar la atención, porque me temo que ninguna de las canciones que voy a colgarles es exactamente un gran éxito. Quizá en casa de sus autores. Quizá ni siquiera eso. Siento decepcionarles en ese sentido, pero les garantizo que a mí me parecen todas estupendísimas y dignas de encabezar listas. Ahí van las cuatro primeras, sin ningún tipo de orden especial y, también, sin mucho comentario.

 

Whyte Horses – Astrologie sidérale
Desde Manchester, pasando por Italia y Burdeos, una canción cósmica francesa de amor, o una canción de amor cósmico francés, o algo así.

 

 

 

Peach Kelli Pop – Plastic Love
Desde California, pasando por Canadá, una canción de amor plástico en plan do it yourself tosco y pegadizo, a cargo de la chica de la foto de arriba.

 

 

Nadastrom – House Shoes Ft. Nina K
Nadie que haya escuchado a los Cocteau Twins podrá dejar de pensar en ellos al escuchar esta canción. Pero, de alguna manera, el dúo estadounidense Nadastrom (y la vocalista Nina Kinert) consiguen superar ese hándicap contra el que tantos otros se han estrellado.

 

 

YAK – Hungry Heart
Un poco de ruidito, con vídeo y todo, para acabar. YAK, que al parecer prefieren escribir su nombre con mayúsculas, son londinenses y se vuelven un poco locos en el estribillo.

 

Canción de la semana: ‘Keep It Together’

2015 abril 2
por Carlos Benito

 

Esta chica de los ojazos se llama en realidad Angela Penhaligon, que es un nombre imponente y como de novela de época, pero firma sus discos como Piney Gir. Cuenta su biografía oficial que nació y creció en Kansas, que recibió una educación religiosa y muy tradicional, que empezó a tocar el piano a los cuatro años, que desde hace un tiempecito largo vive en Londres y que ha pasado por un montón de afiliaciones estilísticas. «Después de muchas fases, de pop a gótica, hippy, rocker, hiphopera, metalera, nómada psicodélica, straight-edge, grunge, raver, country rocker, dama folk, funkadélica, chica electro, amante del jazz, mod, rockabilly con tupé… al final se ha quedado con la etiqueta todo como un género para sí misma», explica su sello, Damaged Goods.

La verdad es que en su discografía hay palos muy variados, desde country hasta folk electrónico, pasando por una canción dedicada misteriosamente a la bicicleta del líder de Einstürzende Neubauten. Pero toda esta introducción que les estoy cascando es en realidad una cosa enojosa y superflua, porque el nuevo sencillo de Piney Gir es una canción de efecto inmediato que no necesita mayores andamiajes: veo que la han catalogado como retro rock, y hay mucho de eso, pero a mí me entusiasman esos detalles que la desplazan decididamente hacia otros terrenos, desde las notas inesperadas al final de algunos versos hasta los ruiditos electrónicos o esa guitarra de electricidad encabritada que protagoniza el solo. He visto por ahí referencias a Grandaddy y Flaming Lips y no me parecen tan descaminadas. Lo único que siento es que esto sea un radio edit, una versión acortada, ya que preferiría que durase seis o siete minutos: habrá que esperar hasta junio, cuando salga el álbum, para ver cómo es en toda su extensión.

 

Algunos conciertos de abril

2015 marzo 31

 

Quítense el capirote y váyanse de conciertos, caramba. O, aún mejor, váyanse de conciertos con el capirote puesto, que en alguna de nuestras propuestas del mes no desentonaría. Ahí van seis citas selectas para abril, el mes más cruel. Como siempre, en seis salas distintas, porque por fin nos hemos mentalizado de que el Antzoki son en realidad dos salas.

Wind Atlas (Satélite T, día 2). Empezamos con oscuridades catalanas, y les adelanto ya que acabaremos de manera parecida. Wind Atlas, que acaban de editar su segundo álbum, son un grupo barcelonés en la estela de Dead Can Dance, es decir, lo que podríamos llamar exploradores del misterio ritual por la vía melódica y orientalista. Y venden, por cierto, unas camisetas preciosas. El concierto es gratis, telonean Die Wagen y pincha el amigo DJ Buko, al que hemos pedido algo de Diamanda Galás.

Der Weg Einer Freiheit y Downfall Of Gaia (Sentinel, día 2). Les llevo de pozo a pozo: si Wind Atlas recorren la penumbra con una antorcha vacilante, estos individuos durotes y alemanes se lanzan de cabeza contra las paredes y nos cuentan sus sensaciones. Entre el black metal, el crust y todos los postalgo que ustedes quieran, estas dos bandas (más Shrapnel Meat y Mutilated Judge) prometen una de esas sesiones tan disfrutables del Sentinel, con su ambiente íntimo y su volumen ensordecedor.

Sex Museum y The Wizards (Kafe Antzokia, día 4). A alguien se le ha ocurrido aquí una suma estupenda, con un resultado tan contundente que más parece una multiplicación. Sex Museum llevan tantos años con directos arrolladores que uno se siente viejísimo al recordarlo, y The Wizards son un grupo bilbaíno al que se le ha quedado muy pequeño el calificativo de local: será una noche de invocación eléctrica al espíritu de los 70.

Kevin Junior (Colegio de Abogados, día 9). El Colegio de Abogados, siempre a su bola, se atreve a organizar un concierto en mitad de la semana de Pascua. Esa osadía ya merece un aplauso, pero es que además el protagonista del bolo (de entrada gratuita, como siempre) es un tipo la mar de interesante. Kevin Junior, a pesar de ese nombre de bachatero, es un orfebre del pop bien entendido que encabeza desde hace años The Chamber Strings y es o ha sido amigo de figuras como Epic Soundtracks, Nikki Sudden, Peter Perrett, Alex Chilton o Evan Dando, ¡casi nada! Lo tienen, todo pinturero, en la foto de arriba.

Wombat Fest (Plateruena, días 17 y 18). La promotora Wombat, que suele estar tan presente en estas selecciones mensuales, organiza su festival de dos jornadas, consagrado a las habituales extremidades. Como cabezas de cartel figuran Toundra (que, con su nuevo disco, parecen estar por todas partes) y Russian Circles, pero este no es uno de esos eventos repartidos asimétricamente entre titulares y relleno: en el cuerpo del programa bullen propuestas tan interesantes como Adrift, Jardin de la Croix o Viva Belgrado, por ponernos injustos y citar a tres.

Ciudad Lineal (piso de arriba del Antzoki, día 24). Y terminamos más o menos donde empezamos, cerrando el círculo negro, con otro proyecto barcelonés heredero de aquellas oscuridades que siguieron al punk. Ciudad Lineal son un trío tecnificado y nuevaolero que editó álbum a finales de año, con títulos de futurismo delator como Nuevo hombre, Ciudadano, Industria, Impulso o este Máquinas, de vídeo gélido y hermoso.

 

Ningún funeral sin violín

2015 marzo 30

 

Si les cansan las saetas y las bandas de cornetas y tambores, pueden complementar ese régimen sonoro de Semana Santa con un poco de violín funerario, que les aportará diversidad sin romper el tono general. El compositor británico Rohan Kriwaczek se ha convertido en el principal historiador de esta forma musical prácticamente olvidada, que durante mucho tiempo tuvo una presencia casi cotidiana en su país: en su libro An Incomplete History Of The Art Of The Funerary Violin, Kriwaczek relata cómo en el siglo XVII «cada ciudad, incluso cada pueblo, contaba con su propio violinista funerario, normalmente a tiempo parcial y encargado también del puesto de carpintero y fabricante de ataúdes». El Gremio de Violinistas Funerarios se fundó en 1580, con su lema nullus funus sine fidula (algo así como ningún funeral sin violín), y Kriwaczek cita como último representante de esta tradición a Niklaus Friedhaber, que falleció en 1915. Hoy resulta muy raro que se interpreten las piezas de autores que fueron célebres en su día, como el imponente Hieronymous Gratchenfleiss.

Estooooo… ¿recuerdan que la semana pasada iniciamos una pequeña serie de mistificaciones histórico-musicales, verdad? La culpa fue de H&M y de sus bandas inventadas, tan rematadamente falsas como el violín funerario (jamás existió esa tradición) y todos sus representantes. Kriwaczek publicó su libro hace nueve años y ni siquiera su editor sospechó que se lo había inventado todo, hasta que el New York Times se puso en contacto con él para preguntarle por el tema. La tarea de nuestro travieso estudioso sigue hoy en día: a través de la web del Gremio de Violinistas Funerarios, que él mismo preside, se ofrece para tocar en sepelios y comercia con partituras y cedés. La cuestión es que la música (que supongo compuesta por él mismo) suena hermosa y evocadora, con una mezcla de aspereza folk, abandono romántico y desesperación gótica, como en esta Sombría coquetería de la muerte. A mí, de verdad, no me importaría que un tipo lúgubre con sombrero la tocase en mi funeral.

 

Canción de la semana: ‘Oak Grove’

2015 marzo 27

 

Empecé a escuchar el álbum de debut de Dorthia Cottrell sin tener la menor idea de quién es Dorthia Cottrell, y me atrajo la oscuridad a veces casi mórbida de sus canciones austeras y reconcentradas, solo voz y acústica con adornos de steel guitar y sitar. Después de pasearme varias veces por los paisajes desolados de su disco, me decidí por fin a buscar algo de información sobre la artista, y fue ahí cuando me enteré de que Dorthia es la vocalista de Windhand, el reputado grupo virginiano de doom: el salto del metal al folk puede parecer una cabriola casi temeraria, pero, en realidad, estas composiciones intimistas de Dorthia también contienen de alguna manera la psicodelia oscura de la banda madre.

Dorthia ha explicado que desde pequeña quería cantar metal, pero en su pueblito de Virginia no había gente con la que acometer un proyecto de ese tipo. Así que, con 14 años, empezó a escribir canciones acústicas acompañándose a la guitarra: después vendrían Windhand y el impacto sonoro del rock, pero para este debut en solitario ha querido recuperar algunas de sus composiciones más antiguas, que completa con sendas versiones de Gram Parsons y Townes Van Zandt. Esta faceta de cantautora le permite desnudar su voz, más expuesta y menos procesada que en la banda madre, y también canalizar algunas de sus influencias tempranas: «Siempre he sido una fan tremenda del viejo country, que formaba parte de la cultura del lugar donde crecí. La primera canción que aprendí a cantar fue Angel Flying Too Close To The Ground, de Willie Nelson, cuando yo tenía 5 años, y mi padre solía tocar la guitarra y ponerme a cantar ante sus amigos», recuerda en esta entrevista con Cvlt Nation. Y también dice: «Crecí en medio de la nada y era muy hermoso, pero también había mucho aislamiento. Hasta el día de hoy, cuando escribo canciones para mí o para Windhand, pienso que estoy sola en aquellos bosques, de noche». No parece mal entorno mental para escuchar este Oak Grove (lo que viene a ser un robledal), con su terrible último verso: «Todo mi amor se ha agotado».

 

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