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La mujer que da vueltas para siempre

2017 julio 27
por Carlos Benito

 

 

Si no recuerdo mal, el primer textito sobre música que publiqué fue un artículo bastante engreído sobre los Cocteau Twins que salió en la revista de mi instituto, el Hermanos D’Elhuyar de Logroño. En aquel tiempo andaba yo muy obsesionado por el grupo escocés, o quizá debería decir que estaba muy obsesionado por su quinto álbum, Blue Bell Knoll: fue el primero de los suyos que me compré y, como ocurre tantas veces con los discos que nos descubren el mundo de un artista, sigue siendo mi favorito casi tres décadas después. Me recuerdo escuchándolo en bucle (o sea, levantándome una y otra vez del sofá para darle la vuelta al vinilo, porque los bucles de entonces imponían cierta actividad física) y perdido en esa música envolvente y embriagadora, para la que -eso ya lo he escrito por aquí– ni encontraba ni encuentro referencias apropiadas.

El domingo pasado, Elizabeth Fraser, la hechicera gorjeante que cantaba en los Cocteau Twins, superó su aversión a las apariciones públicas y compareció en una sala del Royal Albert Hall para discutir Blue Bell Knoll con su devoto admirador John Grant. Arriba los tienen juntos, en la ilustración de Carole Condé. The Quietus publica una reseña del evento que me ha devuelto de un empujón a aquellos tiempos, como al parecer le ha sucedido a la propia Elizabeth: «He escuchado el disco por primera vez en años y he llorado. ¡Me ha parecido tan bonito!», admite. En la conversación, habla del lenguaje inventado en el que escribía sus letras («no esperaba que se convirtiera en una experiencia tan satisfactoria, al principio era solo una táctica de escape», dice) y también de estos títulos desconcertantes que a mí tanto me fascinaban de adolescente: Ella Megalast Burls Forever, por ejemplo, estaba inspirada por su suegra, la madre de su entonces compañero de banda y pareja Robin Guthrie («era una mujer bastante grande, tanto en términos de personalidad como de físico, y era muy alegre y ágil: tuve esta visión de ella girando y girando para siempre, eternamente»), mientras que Athol-Brose es un brebaje escocés preparado con whisky y miel («tomé un montón de eso»). Claro que eso último lo habría podido descubrir entonces si hubiese existido internet.

Ya se habrán dado cuenta de que esta entrada, en realidad, es una burda excusa para colgarles un cachito de Blue Bell Knoll. En concreto, el último cachito del disco, el que sonaba antes de levantarse para volver al principio de este universo autosuficiente. Giren como derviches con la madre de Robin Guthrie.

 

elcorreo.com

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