Auster y Siri; gente del barrio

Llega el momento de tomarse unos días de descanso. Estaré en ‘modo vacaciones’ un par de semanas, seguramente lo bastante ocupado en descansar como para tener tiempo, ganas y wifi para actualizar el blog. Si no hay nuevos contenidos, pues nada, paseen por el pasado o lean lo que cuenten mis compañeros de la plataforma de blogs de elcorreodigital, que están muy bien.
El sábado publiqué en El Correo (suplemento cultural Territorios) un artículo sobre Paul Auster y su barrio, Brooklyn. Gente del barrió, lo titulé. No se colgó en la edición digital, así que no puedo enlazarlo. Copipego una versión del reportaje, bastante cercana a la que finalmente salió publicada. Ésta es ligeramente más breve. Hasta la vuelta.


Gente del barrio
Por Aitor Alonso
Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. (Primera línea de Ciudad de Cristal, primera parte de La Trilogía de Nueva York, Anagrama, 1996).
El día en que Stuart Pilkington conoció a Paul Auster apenas faltaba una semana para que dos aviones secuestrados se estrellaran contra el World Trade Center de Nueva York. Pilkington había concertado una cita con el escritor a través de su asistente, Nelly Reifler, y ocupó buena parte de aquella mañana en buscar un regalo que pudiera expresar por sí mismo su admiración hacia el genio y su agradecimiento por sus historias. No se le ocurrió otra cosa que unas cajas de Schimmelpenicks, los cigarrillos holandeses que Auster parece fumar con frecuencia y a los que ha convertido en adictos a algunos de sus personajes. Tomó después el metro a Park Slope, llamó al timbre del ‘brownstone’ de tres pisos familiar y pudo cumplir el cometido que le había llevado a Brooklyn: presentar a Auster la web que finalmente se convirtió en la página cuasi-oficial y más visitada en Internet acerca del premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008.
Pilkington, un británico entonces en la treintena, confiesa que al marcar el número personal de Auster para concertar la hora exacta de la cita desde una cabina de la Quinta Avenida lindante con Central Park le invadió la tentación de preguntar por “Paul Auster, de la agencia de detectives Auster”, la confusión que da pie a la trama de Ciudad de Cristal, el primer volumen de La Trilogía de Nueva York. No lo hizo y simplemente confirmó que Auster le recibiría a las dos de la tarde en su casa de Park Slope.
Pilkington fue a Nueva York con la cita concertada, pero son miles los aficionados a las novelas de Auster que acaban en Brooklyn con la esperanza de cruzarse con el genio. Alguno, como el turco E. Turkgeldi, cuya historia fue narrada en la prensa local, empapeló con pasquines Park Slope durante unas vacaciones en Nueva York con la siguiente leyenda: “Mr. Auster. Llevo días recorriendo el barrio esperando encontrarme con usted. Le he traído un paquete de cigarros turcos como regalo, pero este método no parece funcionar. Así que si lee esto, por favor, contacte conmigo en este correo electrónico”. Auster leyó el cartel y le citó en una tienda de libros del barrio.
Hay varios foros de Internet donde es habitual la pregunta: ¿dónde vive Auster? ¿Se puede estar con él? ¿Me firmará un autógrafo? Las avispadas agencias turísticas de Nueva York han sabido convertir en negocio los eventos medíaticos de masas que tienen a la urbe como protagonista. Lo han hecho con los escenarios típicamente cinematográficos de Manhattan y no es difícil encontrar un guía hispano, quizá portorriqueño o más probablemente argentino de labia infinita, que deambule junto a uno por las calles del SoHo, del Village o el Upper East Side en busca de los lugares donde rodó Scorsese, donde cae abatido Patrick Swayze en Ghost o donde Woddy Allen ponía sus delirios en boca de Diane Keaton. Hasta una serie banal como Sexo en Nueva York tiene su propia ruta turística, que convierte a uno en celebrity por un día con visitas a tiendas de lujo, caros cafés, las inalcanzables casas de Park Avenue o el pequeño bronwstone donde se sitúa en la ficción el domicilio de Carrie (Sarah Jessica Parker) y en cuya calle los vecinos ya han dado muestras de estar hartos ante tanto televidente influenciable.
Cuesta creer que en la ciudad donde cualquier idea ya se le ha ocurrido antes a alguien nadie se haya planteado una ruta Paul Auster. Cierto es que con los libros delante, un poco de paciencia y manejo de Internet uno se la puede montar desde casa, pero lo bueno de Nueva York es que siempre hay alguien que hace las cosas por ti. ¿A dónde dirigirse, en tal caso? ¿Al barrio residencial y tranquilo de Brooklyn, donde el escritor reside desde hace tres décadas junto a la también escritora Siri Hustvedt, su segunda esposa, y junto a la hija de ambos, la cantante, actriz, pintora aficionada, mujer del renacimiento Sophie? ¿O a Manhattan, la gran urbe, donde Auster situó el primero de sus grandes relatos, Ciudad de Cristal, el que abre la Trilogía de Nueva York, donde hace a sus personajes bajar a los infiernos, deambular por el laberinto, cuestionar su identidad y les deja en manos del azar?
“Estaba buscando un sitio tranquilo parar morir. Alguien me recomendó Brooklyn”. (Primera línea de Brooklyn Follies, Anagrama, 2006).
Hay que dirigirse a Brooklyn, sin duda. No por el puente, sino por el barrio. Es mejor cruzar el río en metro y dejar la caminata sobre el puente para la vuelta, entrada la tarde, lo que permite ver la puesta de sol entre los rascacielos. En este punto, los folletos de las agencias deberían hacer una advertencia, aunque fuera en letra pequeña, debajo del precio y los horarios de salida: “¡Con la posibilidad de encontrarse con el propio autor!” Y es que Auster es un hombre de costumbres y, a pesar de la experiencia de Turkgeldi, con apenas unos pocos días de vigilancia no debería resultar complicado hacerse el encontradizo para pedirle un autógrafo o colocarse detrás de él en la cola de la cafetería de Park Slope donde encarga su café latte. Para Paul Auster, nombre con el que el verdadero Paul Auster bautizó al detective privado de Ciudad de Cristal, dar con el auténtico Paul Auster, sería coser y cantar.
Un buen punto de espera es la Quinta Avenida con Carrol Street, en Brooklyn. El Café Moutarde, un bistró clásico de paredes espejadas, queda cerca de la casa familiar y es frecuentado por Paul, Siri y Sophie. La Séptima también debe ser lugar de atención preferente, dado que queda muy cerca de la calle en cuesta donde se encuentra el brownstone de tres alturas donde reside la familia. Auster ha explicado en infinidad de ocasiones que su rutina es desayunar junto a su esposa, leer los periódicos, salir de casa pronto, dirigirse al apartamento alquilado a unas manzanas de casa donde escribe en soledad y sin distracciones (la leyenda dice que ni siquiera tiene teléfono) y regresar al brownstone para cenar como cualquier pareja normal. Siri Hustvedt, por su parte, escribe en casa, en una habitación muy luminosa.
Brooklyn pasa por ser el distrito postal de estados Unidos con mayor concentración de escritores. Además de Paul y Siri, Jonathan Safran Foer, Jonathan Lethem y Terence Winter son gente del barrio, lo mismo que cineastas como Spike Lee y actores como Rosie Pérez o Steve Buscemi. Se sabe que eres de Brooklyn, dicen, si tu coche cuesta 500 dólares y el equipo de sonido, 2.500.
La película Smoke (Wayne Wang), que trasladó al cine el pequeño relato El cuento de Navidad de Auggie Wren, y su gamberra secuela Blue in the Face (Wang y Auster) son material de primera para saber qué opina Auster de su propio barrio, epicentro de la multiculturalidad de la Gran Ciudad. “No conozco a mucha gente que viva en Nueva York y que no diga también ‘pero voy a marcharme’. Yo llevo unos 35 años pensando en marcharme. Y ya estoy casi listo”, dice Lou Reed en la memorable intervención que abre la secuela. También es buen material Brooklyn Follies, la novela de 2006 donde Auster elevó por primeras vez un rincón de su barrio a la categoría de portada. La ilustración de la edición americana es precisamente de la Séptima Avenida con la calle Segunda, pleno Park Slope, y está plagada de referencias a comercios reales de la principal avenida del barrio, su arteria comercial, como la barbería de Park Slope o Le Bagel Delight, el deli “de absurdo nombre”, escribe Auster, situado en la Séptima con la calle Quinta. Mejor no busquen la esquina de Smoke, donde Harvey Keitel fotografía cada mañana la vida pasar, a la misma hora y desde el mismo ángulo todos los días del año. En Prospect Park West con la calle 16 apenas encontrará una oficina de Western Union y una cafetería, Farrel’s bar and Grill, cuyo interior aparece en la película Mejor Imposible, protagonizada por Jack Nicholson. Si le apasionan las localizaciones, Auster da mucho juego. El Palacio de Papel, la tienda de papelería donde el protagonista de La Noche del Oráculo compra el cuaderno azul que da origen a la trama, está en la calle Court, entre President y Carroll, aunque el comercio no existe en la realidad. Auster tuvo su recompensa por todo esto. Desde 2006, Brooklyn celebra en febrero el Paul Auster Day, el día de Paul Auster. Brooklyn, ha dicho Auster quizá abrumado por tanta consideración, “es un mejor lugar para escribir que Manhattan”.

La ciudad escindida

USA out of NYC! Estados Unidos, fuera de Nueva York! Una revista de poesía americana trataba de expresar con esta aparente incongruencia en 2002, después del ataque contra las torres gemelas y con la ‘operación venganza’ en marcha, el abismo cultural que separa Nueva York del resto de los Estados Unidos, o al menos de la inmensa mayoría del país. La Gran Manzana es la más europea de las ciudades americanas, lo mismo que Paul Auster es el más europeo de sus escritores y Elliott Murphy o Lou Reed lo son entre sus cantantes y artistas.
No es un secreto que Nueva York es más París que Oklahoma, más Berlín que Houston y más Varsovia que Alaska. Más Almodóvar que Spielberg. Auster, de hecho, es respetado en América, pero aclamado en Europa, donde es lo más parecido a una rock star del mundo de la literatura. “A menudo sueño que Nueva York hace una secesión y se convierte en una ciudad independiente, una ‘ciudad-mundo’”, ha dicho Auster. “Por supuesto, Nueva York forma parte de estados Unidos, pero nos sentimos muy diferentes. Manhattan, para mí, es a la vez Estados Unidos y a la vez otro lugar”, dejó escrito en un largo artículo publicado por una revista francesa.
La idea quedó plasmada también en su última novela hasta la fecha, Un hombre en la oscuridad (Anagrama, 2008), donde efectivamente se ficciona con un Nueva York escindido de los EE UU tras una guerra de secesión ocurrida tras el ataque al World Trade Center. Auster publicará un nuevo trabajo este otoño, Invisible, que también transcurre en parte en Nueva York.
Auster habla con aprecio hacia su ciudad, aunque haya dejado en sus relatos descripciones apocalípticas de una urbe cerrada en sí misma, donde uno tiene siempre la sensación de estar perdido, solitaria a pesar de la sobrepoblación y atacada por todos los nuevos males humanos. “He venido a Nueva York porque es el más desolado de los lugares, el más abyecto”, pone en boca de uno de los personajes de La Ciudad de Cristal, el relato que arranca La Trilogía de Nueva York. “La decrepitud está en todas partes, el desorden es universal. Basta con abrir los ojos para verlo. La gente rota, las cosas rotas, los pensamientos rotos. Toda la ciudad es un montón de basura”. Así lo escribió en 1985.
Quizá su visión haya cambiado. “El 40% de los habitantes de Nueva York ha nacido en el extranjero y eso basta para hacer de la ciudad un lugar separado, que nada tiene que ver con el Medio Oeste”, continúa Auster en el reciente artículo de prensa francés. “Es la ciudad más democrática de Estados Unidos gracias a su diversidad étnica y religiosa”. En otras partes del mundo, la mezcla ha sido un gran cartucho de dinamita a punto de estallar. “A veces me pregunto cómo Nueva York no es otro Sarajevo, otro Belfast, otro Jerusalén. Hemos aprendido a convivir bajo amenaza de explotar. Hay tantas comunidades que cualquier conflicto haría la vida intolerable. Por supuesto hay racismo, intolerancia, violencia. Pero la inmensa mayoría de la gente hace un esfuerzo por vivir juntos”.
“Es esto lo que me gusta tanto de Nueva York”.

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