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El último desafío del Himalaya

2015 enero 13

“Quiero partirme la crisma, pasar frío, sentir la soledad, perderme en las montañas días y días, vivir una experiencia única, una aventura total, que cuando una anciana nepalí me ofrezca una taza de te y el calor de su hogar al llegar a su pueblo, sucio y cansado, tras nosecuantos días sin ver a un ser humano, me parezca que entro en el paraíso…”. Todo esto y mucho más es lo que espera Iñigo Iruretagoiena, un getxotarra de 36 años curtido en mil batallas -eso sí, todas montañeras, desde el ascenso al Aconcagua hasta la ultratrail Everest Trail Race- que ha decidido recorrer la cordillera del Himalaya de este a oeste.

A Iru, como prefiere que le llamen, le esperan casi dos mil kilómetros de caminata por un itinerario que pasa por los campos base de las nueve montañas de más de ochomil metros que hay en suelo nepalí. Es la conocida como Alta Ruta del Himalaya, un sendero de largo recorrido que atraviesa la cresta del Himalaya Central, superando una veintena de collados a más de 5.000 metros de altitud (dos de ellos a más de 6.000 metros) y que solo un puñado de personas en el mundo han logrado completar.

Pero cuando descubrió esta ruta, el mero hecho de realizarla le debió parecer un reto insuficiente al gexotarra, así que se propuso hacerla en invierno, en solitario y “en la mayor autonomía posible”. Y ahí sí. Ahí, el reto adquiere dimensiones épicas. Tanto que sólo lo ha logrado una persona. Otro español, el almeriense Javier Campos, que desde 2011 figura en el libro Guinness de los récords tras realizarlo -de oeste a este, el sentido contrario al que quiere hacer Iru- en 85 días, y que inmortalizó en el libro ‘El país Azafrán’, finalista del Premio Desnivel de Literatura 2012, y el documental con el mismo título.

Y de momento, lo vivido por Iru en sus primeras semanas de aventura parecen responder a sus aspiraciones de tener una experiencia al límite. A finales de noviembre viajó a Katmandú con 2.000 euros en el bolsillo, una mochila de 16 kilos y toneladas de ilusión como único equipaje. Su plan era solucionar los trámites administrativos y de permisos en tres o cuatro días y partir inmediatamente hacia el campo base del Kangchenjunga, el ochomil más oriental de Nepal y primera etapa de su periplo. Pero se topó con la burocracia del país. En cuanto dijo que iba a ir en solitario le cerraron todas las puertas. Tras casi dos semanas de gestiones por ministerios y oficinas administrativas se cansó de esperar y pergreñó un plan: “conseguí permisos y pases para varias zonas en plan legal, más una fotocopia del pasaporte de un colega al que en la parte de atrás escribí un texto explicando que era mi compañero de viaje pero que se tuvo que volver a casa y por eso sigo yo solo”. Luego, la realidad le está demostrando que es poco probable que le pidan los documentos.

Tras 26 horas “imposibles de resumir” en autobús para hacer los casi mil kilómetros que separan Katmandú de Taplejung, el 10 de diciembre comenzó “a patear” con destino a la base Kangchenjunga. Y si lo que buscaba era aventura, la ha encontrado nada más comenzar. “Salí de Taplejung y en tres días estaba en Ghunsa. El recorrido es brutal, espectacular, pura selva, muy boscoso. En otros dos días estaba en el campo base, pero llegué de noche y no veía nada. Esa misma noche empezó a nevar y nevar y ya de madrugada la tienda estaba casi tapada. En cuanto clareó quise salir y bajar hacia Ghunsa, pero el camino estaba totalmente tapado, era imposible de adivinarlo y volví atrás como pude. Y todo esto sin parar de nevar”. La aventura no habçia hecho más que comenzar…

“Encontré una chabola, rompí la cerradura y me metí dentro. Allí estuve dos días y medio y al menos conseguí hacer fuego para calentarme un poco y derretir nieve. Por si fuera poco, la falta de aclimatación me dio fuerte -había realizado el recorrido Tapeljung-campo base en 5 días cuando lo habitual es el doble- y no paraba de vomitar, además de que parecía que la cabeza me iba a estallar. Al final, viendo que seguía nevando decido arriesgarme y salir. Con nieve hasta la cintura, tardo 12 horas en bajar lo que había tardado 3 en subir hasta Khangpachen”, una aldea desierta en invierno. “Paso allí la noche pero el tiempo empeora otra vez, así que vuelvo a quedar atrapado. No hay nada ni nadie y soy incapaz de ver el camino. Aguanto allí cuatro días en los que el termómetro apenas sube de los 18 bajo cero. Hasta que un día aparece un grupo de personas que están cogiendo las cámaras de rastreo del leopardo de las nieves. Me quedo con ellos hasta que bajan a Ghunsa y en dos días estoy de vuelta en Taplejung”.

Iru parte inmediatamente hacia su siguiente objetivo: el campo base del Makalu, pero pronto se da cuenta que es inviable. Las nevadas le impiden progresar, así que dirige sus pasos hacia el base del Everest. “Tras seis días intensos y duros con muchísimos desniveles” el 28 de diciembre llega a Lukla, la puerta de entrada hacia el campo base del Everest. “No es la primera vez que estoy aquí pero se me hace raro ya que no hay ni cristo. Solo me he cruzado un pequeño grupo de turistas, los primeros que veo en 20 días. Mañana partiré hacia el CB del Everest , pero esta vez lo haré despacito, para que no me pase como en el Kangchenjunga…” escribe a sus amigos por WhastApp.

Silencio hasta el 2 de enero, cuando de nuevo da señales de vida: “¡Aquí estamos¡ Zorionak, Urte Berri On y Feliz año a todos. Me he plantado en el campo base del Everest en tres días (lo habitual son 6/7 días), con la mala suerte de que al día siguiente salió todo cerrado y no pude sacar fotos buenas. El día a peor. Una pena. He bajado a Namche Bazar en un día, voy a comprar algunas cosas que necesita y mañana salgo para Jiri”, camino se su siguiente objetivo: el campo base del Manaslu. “Está haciendo mucho invierno y me lo estoy comiendo a base de bien. En una bajada de hielo me fui al suelo y llevo días que la espalda fastidiada, pero no tengo nada. Es solo el golpe. Por lo demás estoy muy fuerte. Cuando estabáis todos borrachos y comiendo cosas ricas, el menda estaba a casi 5.500 metros, con unas patatas y unas galletas… ¡y a las seis y media de la tarde en el saco! Jajajaja”.

 

 

 

 

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