Los RAID, el cuerpo de asalto de la Policía Nacional gala, pusieron fin este pasado jueves a las 32 horas que tuvieron en vilo a toda Francia. Mohamed Merah, el autor de siete asesinatos en la región de Toulouse, fue acribillado a balazos tras haberse atrincherado en su domicilio. Decidido a llegar hasta las últimas consecuencias, el violento desenlace trae a la memoria otros casos con final casi idéntico. Rusia, en dos ocasiones; Perú; Texas, y Münich sufrieron estos mismos trances, que sólo tocaron a su fin cuando las fuerzas de seguridad entraron en escena. La gran diferencia, fundamental, entre estos y el caso francés fue la presencia de rehenes.
Rusia ha sido el país más afectado por este tipo de acciones terroristas en los últimos años. La Guerra de Chechenia es el nexo de unión entre los tremendos acontemientos que tuvieron lugar en octubre de 2002 y septiembre de 2004. El primero de ellos se desarrolló en el Teatro Dubrovka, en Moscú. Un grupo terrorista fuertemente armado irrumpió sorpresivamente en el escenario y se hizo con los 850 espectadores que habían acudido a disfrutar de la representación de aquel día. Exigían el fin a la Segunda Guerra de Chechenia, la retirada de las fuerzas rusas y la independencia de esta región del Caúcaso. La tensión crecía a medida que transcurrían las horas. Vladimir Putin, presidente desde el año 2000 -de facto, desde la retirada de Yeltsin un año antes-, debía gran parte de su popularidad a su fama de hombre duro frente a la amenaza del terrorismo checheno. Fiel a su imagen, no titubeó y ordenó la entrada en acción de los ‘Spetsnaz’, su grupo de intervención de elite. Todos los terroristas perecieron en el asalto, pero también 119 de los rehenes a causa del gas utilizado en la operación.
Casi dos años después, el recientemente reelegido como presidente del país más extenso del mundo, tuvo que hacer frente a una situación similar. El 1 de septiembre de 2004, un grupo de 30 guerrilleros tomó el Colegio de Enseñanza Media Número Uno de Beslán, en Osetia del Norte. Era el primer día de escuela tras las vacaciones de verano. En esta ocasión, el número de rehenes superaba el millar. No obstante, la trágica experiencia sufrida en la capital no hizo temblar el pulso de Putin, que volvió a confiar la suerte del desenlace en sus temidas fuerzas de intervención. El balance, todavía más terrorífico: 331 rehenes fallecidos, de los que 186 eran niños, y todos los terroristas, salvo uno, muertos.
Fujimori y la matanza de Waco
En 1996, otro dirigente muy polémico se enfrentó a las mismas circunstancias que Putin y Sarkozy. Perú había sufrido durante décadas las acciones terroristas de Sendero Luminoso y, más recientemente, del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Un grupúsculo de estos últimos tomó la embajada de Japón en Lima capturando a los 600 invitados que habían acudido a la celebración del 63º cumpleaños del emperador Akihito. Trasncurrieron nada más y nada menos que 125 días de tensa espera hasta que Alberto Fujimori tomó la decisión crucial. Los catorce asaltantes perecieron junto a uno de los rehenes. La popularidad del presidente peruano, que presenció de cerca la operación ataviado con un chaleco antibalas, se elevó enormemente, un ascenso que sólo fue preludio de su estruendosa caída tras ser condenado por crímenes de lesa humanidad y delitos de corrupción, circunstancias que le obligaron a huir del país.
Más lejano en el tiempo pero imposible de olvidar fue la conocida como ‘matanza de Waco’. Corría el año 1993 cuando David Koresh, un iluminado estadounidense que afirmaba ser un nuevo profeta venido de no se sabe dónde, se atrincheró en un rancho texano acompañado por buena parte de los adultos y niños a los que había reclutado para su locura sectaria. ‘Davidianos’, se hacían llamar este grupo nacido en los años cincuenta. Junto a él, todas el arsenal que se puede comprar con 250.000 dólares. Así, armado hasta los dientes, hizo frente a un cerco policial que se alargó 51 días. Finalmente, las autoridades decidieron asaltar la fortaleza erigida por Koresh. Cuatro agentes y seis ‘davidianos’ fallecieron. Pero lo peor estaba por llegar. Los asediados decidieron inmolarse y prendieron fuego al rancho. Inaudito. 69 adultos y 17 niños perecieron bajo las llamas.
Unos Juegos marcados para siempre
Los Juegos Olímpicos de Münich asisieron al que probablemente fuera el primer asalto filmado por las cámaras de televisión. El 5 de septiembre de 1972, un comando palestino irrumpió en la villa olímpica capturando a once de los veinte integrantes del equipo israelí. Con la atención mundial centrada en lo que ocurría, las negociaciones se sucedieron hasta que los secuestradores pidieron ser evacuados a El Cairo. Dos helicópteros les llevaron hasta el aeropuerto, donde las autoridades alemanas habían apostado a varios francotiradores para abatirlos. Sin embargo, la operación no salió como esperaban.
Al comprobar que habían caído en una emboscada, uno de los terroristas arrojó una granada en uno de los dos aparatos que les habían llevado hasta allí. Murieron los cuatro atletas y el piloto. Mientras tanto, los siete ocupantes del segundo cayeron víctima del tiroteo. Entre los secuestradores, sólo tres de los ocho quedaron con vida. Pese a tan tremendo suceso, las competiciones siguieron adelante. Pero las Olimpiadas que debían haber sido recordadas por las hazañas de Mark Spitz en la piscina, quedarían grabadas a fuego por los acontecimientos de aquellos primeros días de septiembre.

Nacido en 1914, Thomas Watson junior era hijo de Thomas Watson senior, otra leyenda de la historia empresarial estadounidense y el responsable de que IBM se llame IBM. Descendiente de emigrantes escoceses, Watson logró, sin llegar a cursar nunca estudios superiores, salir del trabajo en el campo y convertirse en vendedor, entre otras cosas, de máquinas de coser. De ahí pasó al negocio de las máquinas registradoras, donde mostró una inusual habilidad para vender. Y finalmente llegó a una empresa llamado Computing Tabulating Recording Corporation, dedicada al negocio de las máquinas en general, desde cortadoras de carne a relojes y básculas, pero sobre todo a las llamadas punched card machines o máquinas de tarjetas perforadas, que servían para llevar la contabilidad de las empresas. La CTRC, fundada en 1911, pasó a denominarse en 1924, con Watson padre ya al mando, International Bussiness Machines, o sea, IBM (así se explica que este año sea el centenario de la empresa).
Hoy se cumplen 25 años de la tragedia del Challenger. El 28 de enero de 1986 este transbordador despegaba desde Florida. Su vuelo sólo duró 73 segundos. El mundo entero contempló en directo la explosión que acabó con la vida de los siete tripulantes y con parte del prestigio de la NASA. Para tratar de restañar el daño, el presidente Reegan estableció una comisión de investigación que aclarara las causas y evitara un nuevo desastre. ‘Comisión Rogers’, la llamaron, porque a la cabeza estaba William P. Rogers, que había sido secretario de Estado en la Administración Nixon. Entre los once miembros restantes estaban Neil Armstrong, David Acheson (hijo de Dan Acheson, exsecretario de Estado) el general Donald Kutyna o el Premio Nobel de Física
Seguramente el episodio más recordado de aquella investigación fue la rueda de prensa en la que Feynman introdujo una de las juntas del transbordador en un vaso de agua helada para demostrar la causa del accidente: la congelación de esa pieza desencadenó un serie de efectos que acabaron destruyendo la nave. El propio Feynman cuenta en el libro ‘What do you care what other people think?’ cómo dio con la solución y cómo preparó el experimento. Curiosamente la idea no fue suya, sino del general Kutyna, que además de militar era graduado en aeronáutica por el MIT. Ya desde el principio estos dos personajes hicieron buenas migas. De hecho, en la primera rueda de prensa de la comisón, en la que estaban sentados juntos, Kutyna se acercó a Feynman y le dijo: “Copiloto a piloto: péinate”. Y el científico respondió: “¿Me prestas tu peine?”.
La Asociación Americana de Economistas del Vino (sí, al parecer, existe una asociación tal y tiene su propia página web,
Por supuesto, no es éste el único caso de respuestas que aclaran sin pretenderlo. Dando un pequeño salto en el tiempo llegamos a 2003. Alberto García, segundo en los campeonatos del Mundo en pista cubierta de ese mismo año tras Gebresselasie y campeón de Europa de 5.000 metros al aire libre en 2002, se vio envuelto en un caso de dopaje. Su agente, como es habitual en estos casos, comenzó un peregrinaje por los medios para defender a su atleta, por entonces uno de los líderes del deporte español. Cuando le preguntaban si García se había dopado, su respuesta sonaba esquiva, huidiza: “Alberto no ha dado positivo en ningún control”. “Bien, pero yo no te he preguntado eso -debería haber argüido el periodista-. Yo te he preguntado si se ha dopado”. Como es sabido, Alberto García fue sancionado dos años por consumo de EPO. Cumplida la sanción, retomó su carrera sin alcanzar las cotas de su primera etapa.
“Xerox pudo haber dominado toda la industria de la informática. Pudo haber sido una empresa diez veces más grande de lo que es. Pudo haber sido la IBM de los ochenta. Pudo haber sido la Microsoft de los noventa”. Estas palabras fueron pronunciadas por Steve Jobs en 1996. Si hoy uno busca a su alrededor el logotipo de Xerox, lo encontrará básicamente en las fotocopiadoras, faxes, scanners y folios. Éste fue su núcleo de negocio desde que Chester Carlson ‘inventó’ la fotocopiadora moderna en 1959. (Una muestra de lo ligada que está esta empresa al papel es que en inglés ‘xerox‘ es sinónimo de ‘fotocopiar’). ¿Y qué tiene que ver todo esto con la informática? Pues que el Word, la interfaz gráfica, el ratón, Ethernet, los editores de vídeo, el sistema de carpetas e iconos, el ordenador personal, los portátiles y la impresora láser salieron de las entrañas de un laboratorio fundado por esta empresa, el ‘Palo Alto Research Center’, más conocido como Xerox PARC.

