Asaltos que terminaron en tragedia

Los RAID, el cuerpo de asalto de la Policía Nacional gala, pusieron fin este pasado jueves a las 32 horas que tuvieron en vilo a toda Francia. Mohamed Merah, el autor de siete asesinatos en la región de Toulouse, fue acribillado a balazos tras haberse atrincherado en su domicilio. Decidido a llegar hasta las últimas consecuencias, el violento desenlace trae a la memoria otros casos con final casi idéntico. Rusia, en dos ocasiones; Perú; Texas, y Münich sufrieron estos mismos trances, que sólo tocaron a su fin cuando las fuerzas de seguridad entraron en escena. La gran diferencia, fundamental, entre estos y el caso francés fue la presencia de rehenes.

Rusia ha sido el país más afectado por este tipo de acciones terroristas en los últimos años. La Guerra de Chechenia es el nexo de unión entre los tremendos acontemientos que tuvieron lugar en octubre de 2002 y septiembre de 2004. El primero de ellos se desarrolló en el Teatro Dubrovka, en Moscú. Un grupo terrorista fuertemente armado irrumpió sorpresivamente en el escenario y se hizo con los 850 espectadores que habían acudido a disfrutar de la representación de aquel día. Exigían el fin a la Segunda Guerra de Chechenia, la retirada de las fuerzas rusas y la independencia de esta región del Caúcaso. La tensión crecía a medida que transcurrían las horas. Vladimir Putin, presidente desde el año 2000 -de facto, desde la retirada de Yeltsin un año antes-, debía gran parte de su popularidad a su fama de hombre duro frente a la amenaza del terrorismo checheno. Fiel a su imagen, no titubeó y ordenó la entrada en acción de los ‘Spetsnaz’, su grupo de intervención de elite. Todos los terroristas perecieron en el asalto, pero también 119 de los rehenes a causa del gas utilizado en la operación.

Casi dos años después, el recientemente reelegido como presidente del país más extenso del mundo, tuvo que hacer frente a una situación similar. El 1 de septiembre de 2004, un grupo de 30 guerrilleros tomó el Colegio de Enseñanza Media Número Uno de Beslán, en Osetia del Norte. Era el primer día de escuela tras las vacaciones de verano. En esta ocasión, el número de rehenes superaba el millar. No obstante, la trágica experiencia sufrida en la capital no hizo temblar el pulso de Putin, que volvió a confiar la suerte del desenlace en sus temidas fuerzas de intervención. El balance, todavía más terrorífico: 331 rehenes fallecidos, de los que 186 eran niños, y todos los terroristas, salvo uno, muertos.

Fujimori y la matanza de Waco

En 1996, otro dirigente muy polémico se enfrentó a las mismas circunstancias que Putin y Sarkozy. Perú había sufrido durante décadas las acciones terroristas de Sendero Luminoso y, más recientemente, del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Un grupúsculo de estos últimos tomó la embajada de Japón en Lima capturando a los 600 invitados que habían acudido a la celebración del 63º cumpleaños del emperador Akihito. Trasncurrieron nada más y nada menos que 125 días de tensa espera hasta que Alberto Fujimori tomó la decisión crucial. Los catorce asaltantes perecieron junto a uno de los rehenes. La popularidad del presidente peruano, que presenció de cerca la operación ataviado con un chaleco antibalas, se elevó enormemente, un ascenso que sólo fue preludio de su estruendosa caída tras ser condenado por crímenes de lesa humanidad y delitos de corrupción, circunstancias que le obligaron a huir del país.

Más lejano en el tiempo pero imposible de olvidar fue la conocida como ‘matanza de Waco’. Corría el año 1993 cuando David Koresh, un iluminado estadounidense que afirmaba ser un nuevo profeta venido de no se sabe dónde, se atrincheró en un rancho texano acompañado por buena parte de los adultos y niños a los que había reclutado para su locura sectaria. ‘Davidianos’, se hacían llamar este grupo nacido en los años cincuenta. Junto a él, todas el arsenal que se puede comprar con 250.000 dólares. Así, armado hasta los dientes, hizo frente a un cerco policial que se alargó 51 días. Finalmente, las autoridades decidieron asaltar la fortaleza erigida por Koresh. Cuatro agentes y seis ‘davidianos’ fallecieron. Pero lo peor estaba por llegar. Los asediados decidieron inmolarse y prendieron fuego al rancho. Inaudito. 69 adultos y 17 niños perecieron bajo las llamas.

Unos Juegos marcados para siempre

Los Juegos Olímpicos de Münich asisieron al que probablemente fuera el primer asalto filmado por las cámaras de televisión. El 5 de septiembre de 1972, un comando palestino irrumpió en la villa olímpica capturando a once de los veinte integrantes del equipo israelí. Con la atención mundial centrada en lo que ocurría, las negociaciones se sucedieron hasta que los secuestradores pidieron ser evacuados a El Cairo. Dos helicópteros les llevaron hasta el aeropuerto, donde las autoridades alemanas habían apostado a varios francotiradores para abatirlos. Sin embargo, la operación no salió como esperaban.

Al comprobar que habían caído en una emboscada, uno de los terroristas arrojó una granada en uno de los dos aparatos que les habían llevado hasta allí. Murieron los cuatro atletas y el piloto. Mientras tanto, los siete ocupantes del segundo cayeron víctima del tiroteo. Entre los secuestradores, sólo tres de los ocho quedaron con vida. Pese a tan tremendo suceso, las competiciones siguieron adelante. Pero las Olimpiadas que debían haber sido recordadas por las hazañas de Mark Spitz en la piscina, quedarían grabadas a fuego por los acontecimientos de aquellos primeros días de septiembre.

El creador de la elástica

El 25 de agosto de 1996 Ronaldo hizo su presentación en España. El fenomenal jugador brasileño asombró al mundo en la Supercopa de España contra el Atlético de Madrid del doblete. Un balón en largo le situó en el vértice del área mano a mano con Geli. Para asombro de todos, ‘el Fenómeno’ arrastró el balón con el exterior de su pie derecho para cambiar de inmediato de dirección. El defensa atlético, como todos los que vieron aquella ‘maniobra’, quedó petrificado. ‘La elástica’, como antes ‘la cola de vaca’ de Romario, había llegado a España. Un compatriota de ambos, Ronaldinho, explotaría este regate durante sus años en el Barça.
Sin embargo, ninguno de ellos fue el creador de este requiebro. Su autor fue otra leyenda del fútbol, el genial Roberto Rivelino, una de los mejores jugadores de la historia. Integrante de la famosa delantera de la canarinha en el Mundial de 1970 junto a Tostao, Jairzinho, Gerson y Pelé, este fabuloso zocato vino al mundo el 1 de enero de 1946. Dotado de una pierna izquierda tan capaz de dar pases milimétricos como de ‘reventar’ el balón como si le fuera la vida en ello, Rivelino debutó en el fútbol profesional a los 19 años en el Corinthians, club en el que permaneció durante diez temporadas. Sus mejores años los vivió en el Fluminense, donde se hizo con los títulos cariocas de 1975, 1976 y 1977. Terminada su carrera en Brasil, en 1978 emigró a Arabia Saudí abriendo el exótico retiro dorado que muchos otros futbolistas han seguido desde entonces. Allí se retiró en 1981.
Internacionalmente la fama le llegó por su presencia en la mejor selección brasileña de todos los tiempos, la del Mundial de México de 1970. Pelé llevaba el ‘10’ a la espalda, pero aquel equipo contaba con otros cuatro jugadores igualmente capaces de llevar la casaca del jugador estrella. Rivelino fue internacional en 92 ocasiones y marcó 26 goles, participando también en los mundiales de 1974 y de 1978. El mismísimo Maradona dijo que su jugador brasileño preferido no era ni Pelé, ni Jairzinho, ni Zico. Era Rivelino, el inventor de la elástica.

¿Debería ser el acceso a la Web un derecho humano?

El creador de la Web estuvo ayer en Bilbao. En el día mundial de Internet, Tim Berners-Lee impartió una conferencia -para los interesados, se pudo seguir en streaming- en el Euskalduna en la que recordó el origen de las www, su desarrollo en el CERN, las dificultades a las que tuvo que hacer frente (resistencias para adoptar Internet en Europa, los diversos sistemas de documentación existentes por entonces, la incompatibilidad entre los ordenadores -según Bob Segal, compañero por entonces en este centro de investigación, cada compañía tenía su propio sistema operativo y todos ellos eran excluyentes; por eso lo definió aquella situación como un “zoo”)… Difícilmente podía esperarse -reconoció Berners-Lee- que la Web se convirtiera en lo que ha llegado a ser.

Al margen de aspectos más técnicos como el html5 o la apuesta por las aplicaciones web en lugar de las aplicaciones específicas para cada plataforma móvil -las primeras serían válidas para todos los gadgets, mientras que las segundas habría que reescribirlas para cada uno de ellos-, la idea más interesante que presentó el padre de las www fue la consideración de la Web como un derecho humano. En su opinión, hasta ahora los problemas de los países subdesarrollados pasaban por la pobre asistencia sanitaria o el acceso al agua potable; a estos se les debería añadir el acceso a la World Wide Web. Sólo el 20% de la población mundial goza del mismo. ¿Qué ocurre con el 80% restante? Que no tiene acceso a la inmensa cantidad de información que podría ayudarles a mejorar su situación.

La idea original de Berners-Lee era crear un espacio universal de información al que cualquiera pudiera tener acceso. Su sueño ahora es que esta plataforma global ayude a resolver problemas cuya solución no puede ser individual, casos del sida, el alzheimer o el cambio climático. Estos no serán solventados con la genialidad de una sola mente; nadie por sí solo tiene esa capacidad. Pero ¿y si cada uno pudiera aportar su parte de la solución para contribuir a ese trabajo global?

¿Qué hacía el presidente de IBM de embajador en Moscú cuando los soviéticos invadieron Afganistán?

Cuando en la Navidad de 1979 la Unión Soviética decidió invadir Afganistán, el embajador estadounidense en Moscú no era ni un experto diplomático, ni un político prominente, ni un ilustre veterano de la II Guerra Mundial. De hecho, en plena Guerra Fría, el máximo representante norteamericano en la URSS apenas chapurreaba el ruso. Se trataba de Thomas Watson junior, el hombre que llevó a IBM a entrar de lleno en el campo de la electrónica y de los ordenadores; el hombre que, en definitiva, hizo de esta empresa centenaria lo que es hoy en día. ¿Cómo llegó este hombre a ser embajador en la URSS?

Nacido en 1914, Thomas Watson junior era hijo de Thomas Watson senior, otra leyenda de la historia empresarial estadounidense y el responsable de que IBM se llame IBM. Descendiente de emigrantes escoceses, Watson logró, sin llegar a cursar nunca estudios superiores, salir del trabajo en el campo y convertirse en vendedor, entre otras cosas, de máquinas de coser. De ahí pasó al negocio de las máquinas registradoras, donde mostró una inusual habilidad para vender. Y finalmente llegó a una empresa llamado Computing Tabulating Recording Corporation, dedicada al negocio de las máquinas en general, desde cortadoras de carne a relojes y básculas, pero sobre todo a las llamadas punched card machines o máquinas de tarjetas perforadas, que servían para llevar la contabilidad de las empresas. La CTRC, fundada en 1911, pasó a denominarse en 1924, con Watson padre ya al mando, International Bussiness Machines, o sea, IBM (así se explica que este año sea el centenario de la empresa).

Siendo uno de los pocos hombres de negocios de tendencia demócrata, Watson siempre peleó por ascender socialmente y codearse con los ‘grandes’. Amigo y consejero del presidente Roosevelt, fue recibido por el rey Jorge VI de Inglaterra (la recepción coincidía con la graduación de su hijo, así que no pudo asistir a esta última) y solía organizar recepciones a altos dignatarios que acudían a Nueva York. De hecho, gran parte del éxito de IBM en aquellos años se debe al New Deal impulsado por su amigo el presidente. Aquella nueva forma de organizar la economía en la que el estado tomaría un gran papel exigía una exhaustividad en la recogida de datos tal que la hacía inabarcable al trabajo manual. Y ahí estaba IBM con sus tarjetas perforadas para ganar dinero y más dinero.

Mientras Watson padre se dedicaba a la empresa y a sus quehaceres sociales (llegó a recibir una medalla de Hitler por su contribución a la paz mundial a través del impulso del comercio, medalla que acabó devolviendo cuando el nazismo desveló su verdadero carácter), Watson hijo daba un quebradero de cabeza tras otro. Pésimo estudiante, de carácter irascible y con tendencia a las depresiones, el joven Watson fracasó en su intento de entrar en Harvard (pese a los contactos de su padre). Finalmente fue aceptado, gracias, claro, a su progenitor, en la también prestigiosa Universidad de Brown. Allí llevó una vida de play boy gracias al salario mensual que recibía (300 dólares, mucho si se tiene en cuenta que el salario medio era de 150). Estudiar, estudió poco, pero aprendió a pilotar aviones (su padre le llegó a presentar a Charles Lindbergh, sí, el primero en sobrevolar el Atlántico sin escalas. Curiosamente, entre los que fueron a recibir al aviador en París estaba un joven que respondía al nombre de Nehru, el futuro dirigente de la India independiente); privilegios, literalmente, de un niño rico. Terminada, no sin apuros, la carrera y tras fantasear con su independencia en viajes de trabajo a Japón y China, entró en IBM.

Con la llegada de la II Guerra Mundial, este poco prometedor muchacho pensó que podría ayudar a su país como piloto. Pero ni así podía seguir adelante sin los contactos de su padre, con quien, por cierto, siempre tuvo una relación tirante. Resulta que Watson junior no estaba demasiado a gusto con su superior, de manera que pidió ayuda a papá. Éste, para casos así, tenía un lema: “Apunta siempre a lo más alto”. ¿Qué hizo? ¡Ponerse en contacto con el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el célebre George Marshall, para que a su hijo le cambiaran de destino!!!!!!! Ni que decir tiene que lo consiguió. Logrado su su objetivo, durante la guerra fue ayudante del general Follet Bradley, con quien viajó a Rusia y ayudó a trasladar la ayuda norteamericana a los soviéticos.

Presidente de IBM

Terminado el conflicto y ya pasados los treinta, Watson junior volvio a la empresa. Según cuenta en sus memorias (‘Father, Son & Co. My life at IBM and beyond’), había madurado y se encontraba ya preparado para asumir responsabilidades en la empresa. Había que tener en cuenta que a pesar de su gran vitalidad, su padre era ya un anciano. La coexistencia no fue en absoluto fácil tanto por el irascible carácter del hijo como por la personalidad del padre, que prácticamente había instaurado un culto hacia su persona en toda la empresa. En esos años los ordenadores comenzaron a mostrar parte del potencial que los hace hoy imprescindibles. Y aunque al principio no lo vieran claro, Watson hijo decidió apostar el todo por el todo por esta nueva tecnología pese a la opinión de su padre, apegado a las viejas tarjetas perforadas.

El relevo definitivo llegó en 1956. Tan solo seis semanas después, Thomas Watson senior falleció. Y lo hizo prácticamente por inanición. Un problema en su estómago prácticamente le impedía alimentarse, pero su fobia a las intervenciones (tan fuerte como su aversión al alcohol, cuyo consumo prohibió terminantemente en la empresa) fue más fuerte. “Era el hombre más aterrorizado de Estados Unidos”, reconoce Watson junior al comienzo mismo de sus memorias. Estaba al frente de una empresa enorme y tenía que suceder a una leyenda que además era su padre. A pesar de sus miedos, lo hizo con mucho éxito. Entre 1956 y 1971, cuando sufrió un ataque al corazón que le hizo reflexionar y empujó a dejar la dirección, IBM multiplicó varias veces su tamaño y se convirtió en un coloso de la informática. Su trabajo al frente de la compañía le sirvió para que la revista Time le incluyera entre las 100 personalidades más relevantes del siglo XX .

Finalizada esta etapa, Waston junior se dedicó a viajar en barco; volar; salvar su matrimonio, en peligro por su erronea convicción de que podía llevarlo de la misma forma, dictatorial, en la que había dirigido la empresa;… hasta que le llegó una oferta de la Administración Carter para presidir un comité dedicado al desarme nuclear de las dos superpotencias. Establecido sus contactos con el Gobierno (también tenía una estrecha relación con los Kennedy), su siguiento ocasión para brillar en la esfera pública fue ni más ni menos que la embajada de Moscú, todavía más importante si se tiene en cuenta que allá por 1979 todavía el mundo se hallaban inmerso en la Guerra Fría. Para su desgracia, al poco de su llegada, los soviéticos decidieron invadir Afganistán. No hizo falta mucho tiempo para saber que aquel trabajo le superaba y sólo restaba que Reegan ganase en las elecciones a Carter para que su estancia en Moscú tocase a su fin.

A partir de entonces, Watson se dedicó a dar discursos y en los últimos años de su vida, a ayudar a IBM a superar la profunda crisis que atravesó a principios de los noventa. Su vida terminó un 31 de diciembre de 1993. Una vida de los más interesante.

P.D. Lee aquí el obituario que apareció en el The New York Times el 1 de enero de 1994

“Debemos abstenernos del cipote”, dijo Lisístrata… en Bélgica

Bélgica lleva sin gobierno ocho meses como consecuencia de la incapacidad de sus políticos para ponerse de acuerdo, algo por otra parte difícil en un país escindido por dos comunidades no demasiado bien avenidas. ¿Qué hacer para dar con una solución? Marleen Temmerman, una senadora socialista, ha instado a las mujeres de los políticos a “cerrar las piernas”, es decir, a dejar a sus maridos sin sexo hasta que lleguen a un acuerdo. Medida llamativa, sí, pero no novedosa, porque está inspirada en ‘Lisístrata’, una de las comedias del gran Aristófanes. En ella, en una circunstancia mucho más terrible como fue la Guerra del Peloponeso -la que enfrentó a Atenas y Esparta durante más de veinte años en el siglo V a.C-, Lisístrata, un valeroso personaje femenino cuyo nombre significa ‘la que desarma ejércitos’, propuso a sus congéneres esto mismo, una huelga sexual que empujara a sus belicosos esposos a terminar con un enfrentamiento que estaba agotando a toda Grecia.

Lisístrata: “Sí, en nosotras está la vida de la ciudad o el que deje de existir, por Zeus” (…)”

Cleónica: “¿Pero qué cosa sensata o brillante podrían hacer las mujeres, que nos estamos en casa bien pintadas, con nuestros vestidos cobre azafrán, bien arregladas, con nuestras cimbéricas (una prenda de origen asiático de la que sólo se sabe que caía recto, es decir, que no tenía cinturón), cayendo rectas y nuestros zapatos?

Lisístrata: “Esto mismo es lo que confío en que nos salve, los vestiditos de azafrán y los perfumes y los zapatos y la orcaneta (planta de la que se obtenía un tinte rojo) y las camisitas transparentes” (…) ¿Queréis entonces, si encuentro una artimaña, poner fin conmigo a la guerra? (…) Pues bien, debemos abstenernos del cipote”

Así de directo era Aristófanes. Todas sus comedias están trufadas de humor, sarcasmo, dobles sentidos y críticas a políticos. Esta comedia, representada en el año 411 a.C, terminó arreglándose, pero no así la guerra, que se prolongó durante siete años más. Y es que pese a los estereotipos, los griegos de la época clásica se pasaban bastante más tiempo guerreando que pensando en la filosofía.

25 años del desastre del Challenger

Hoy se cumplen 25 años de la tragedia del Challenger. El 28 de enero de 1986 este transbordador despegaba desde Florida. Su vuelo sólo duró 73 segundos. El mundo entero contempló en directo la explosión que acabó con la vida de los siete tripulantes y con parte del prestigio de la NASA. Para tratar de restañar el daño, el presidente Reegan estableció una comisión de investigación que aclarara las causas y evitara un nuevo desastre. ‘Comisión Rogers’, la llamaron, porque a la cabeza estaba William P. Rogers, que había sido secretario de Estado en la Administración Nixon. Entre los once miembros restantes estaban Neil Armstrong, David Acheson (hijo de Dan Acheson, exsecretario de Estado) el general Donald Kutyna o el Premio Nobel de Física Richard Feynman.

Seguramente el episodio más recordado de aquella investigación fue la rueda de prensa en la que Feynman introdujo una de las juntas del transbordador en un vaso de agua helada para demostrar la causa del accidente: la congelación de esa pieza desencadenó un serie de efectos que acabaron destruyendo la nave. El propio Feynman cuenta en el libro ‘What do you care what other people think?’ cómo dio con la solución y cómo preparó el experimento. Curiosamente la idea no fue suya, sino del general Kutyna, que además de militar era graduado en aeronáutica por el MIT. Ya desde el principio estos dos personajes hicieron buenas migas. De hecho, en la primera rueda de prensa de la comisón, en la que estaban sentados juntos, Kutyna se acercó a Feynman y le dijo: “Copiloto a piloto: péinate”. Y el científico respondió: “¿Me prestas tu peine?”.

Anécdotas al margen, un día el general le recordó a Feynman que la temperatura el día del despegue era de 28-29 grados Farenheit cuando la temperatura más fría hasta ese momento había sido de 53 (traducido a grados Celsius serían -2 y 11 respectivamente). Inmediatamente el físico se dio cuenta de lo que había ocurrido y empezó a preparar su demostración. Y para estar seguro de su efecto, lo probó antes de hacerlo ante los medios. “Aunque sabía que sería más dramático y honesto hacer el experimento por primera vez en la comparecencia pública, hice algo de lo que me avergüenzo un poco. Hice trampa. No lo pude resistir. Lo ensayé”.

La historia no terminó aquí. Resulta que en todas las comparecencias anteriores todos tenía un vaso de agua fría a su disposición. Pero no en esta ocasión. Feynman inmediatamente pidió uno para él; de ello dependía todo su argumento. Avanzaba la comparecencia y el agua que no llegaba. Cuando llegó, resultó que no sólo la traían para él, sino para todos. De ahí la tardanza. Finalmente pudo hacer su demostración y una de las claves del desastre quedó demostrada.

En el fondo de la tragedia estuvieron las discrepancias entre lo que pedían los administradores, impulsados por las urgencias de los políticos, y lo que los ingenieros realmente podían hacer. El ejemplo más claro está en las estimaciones que unos y otros tenían sobre las posibilidades de un error fatal en los lanzamientos. Mientras los segundos lo situaban en un 1%, para los primeros era de uno por mil. De ser cierta esta última, se hubiera podido lanzar un transbordador cada día durante 300 años con la esperanza de perder sólo uno.

Hombre, tienes que elegir: ¿mujeres o alcohol?

La Asociación Americana de Economistas del Vino (sí, al parecer, existe una asociación tal y tiene su propia página web, www.wine-economics.org) ha publicado un trabajo que pone al hombre ante una terrible disyuntiva: ¿mujeres -en plural- o alcohol? Mara Squicciarini y Johan Swinnen, los autores del estudio, cayeron en la cuenta de un hecho singular que relaciona a musulmanes y mormones: ambas sociedades son polígamas y no permiten el consumo de alcohol. ¿Es esto una simple casualidad o hay algo más?

Y es que si miramos al pasado de cierta manera, resulta que pudiera haber una correlación entre el paso de una sociedad de la poligamia a la monogamia y un aumento del consumo de alcohol. ¿Y qué es una correlación? Antes de decir lo que es, es todavía más importante decir lo que no es, una causa. Que dos fenómenos estén correlacionados quiere decir únicamente que cuando uno se da, se da también el otro, sin que esto signifique que uno sea la causa de otro. Para lo que aquí interesa, esto quiere decir que los autores no sostienen que el alcohol empuje a la monogamia o que la monogamia implique -ni por desesparación ni por ninguna otra razón- un mayor consumo de alcohol. Simplemente constatan que las sociedades monógamas consumen más alcohol que las polígamas sin establecer qué causa qué. ¿Y por qué sucede esto? Porque hay causas subyacentes que afectan tanto a los matrimonios como al consumo de alcohol.

En el caso de las sociedades pre-industriales encuentran una razón económica detrás de esta relación. Entre éstas, las que se dedicaban a la caza, pesca y recolección tendían a la monogamia porque sus recursos eran inferiores a las que se dedicaban a la agricultura, de manera que un hombre difícilmente podía sostener a más de una mujer. Y no es que no aspirasen a más, es que sencillamente su ecología, el medio en el que subsistían, no se lo permitía (por eso se le llama ‘monogamia impuesta por la ecología’). Otra posible explicación es la ‘teoría de la defensa de los recursos’, que sostiene que la poligamia es una estrategia reproductiva adaptada a situaciones en que el varón-macho puede defender sus recursos (territorio, dinero…). En este caso, para la hembra sería mejor compartir los bienes de un hombre rico con otras mujeres que arriesgarse a ‘monopolizar’ los de uno pobre.

¿Y por qué unas beberían más alcohol que otros? Aquí se abren dos hipótesis: una, para sobrellevar las dificultades de una existencia que se supone más dificultosa (tradicionalmente se ha defendido que el paso a la agricultura supuso un paso adelante en el bienestar, pero se está discutiendo también esta asunción) y, dos, porque las sociedades de cazadores carecen de la estructuración social y jerarquía de las agrícolas, menos permisivas en general con este tipo de excesos. Así se explicaría la en principio sorprendente afirmación de que las sociedades monógamas beban más alcohol que las polígamas.

La Revolución Industrial

¿Cómo se ha tramado históricamente esta sorprendente relación? Según los autores del estudio, la primera sociedad que impuso la monogamia fue la Grecia clásica. Y como es bien sabido, el vino forma parte indisoluble de la cultura mediterránea. Roma continuó esta tendencia y la extendió por todo su territorio, una herencia que el cristianismo convertiría en sacramento. (Un pequeño alto en el camino. La inmensa mayoría de los mamíferos son, por cuestiones de ventaja reproductiva, polígamos. ¿Por qué la humanidadel giró hacia la ahora casi universal monogamia? Squicciarini y Swinnen sostienen, apoyándose en otros autores, que esta última encierra una estrategia de estabilización social al ser una forma de organización más igualitaria. Dicho más claramente, es una simple cuestión de número: dado que aproximadamente la proporción de hombre-mujer es 1 a 1, si un hombre tiene cuatro esposas, hay tres que no tienen ninguna, lo cual no suele ser una buena noticia para los perjudicados. La monogamia, es decir, el reparto de mujeres, aliviaría en gran forma esa tensión social y ayudaría a cohesionar el grupo. Aquí, el hecho de que fuera la cuna de la democracia la primera en apostar por esta estrategia refuerza la hipótesis del igualitarismo).

La consolidación definitiva tanto de la monogamia como del consumo del alcohol se daría con la Revolución Industrial. Nuevamente una confabulación de factores sociales, económicos y tecnológicos hicieron que monogamia y alcohol aparecieran de la mano. Uno de los cambios introducidos por aquel despertar de Inglaterra fue el hecho de que la riqueza empezó a proceder cada vez más del capital humano, del trabajo, y menos de la posesión de tierra. Ya es casualidad, pero en paralelo, el consumo de alcohol se disparó por su bajo precio y por las duras condiciones que debían afrontar los trabajadores en las insalubres ciudades de la industralización. Y beber en demasía afecta a la productividad y, por lo tanto, a la riqueza de los hombres. Sin que una cause la otra, alcohol y monogamia aparecen de nuevo juntas.

De ser cierto todo esto, tú, hombre, tienes que elegir: ¿cervezas o mujeres? Mormones y musulmanes ya han decidido.

Alguien se ha lucido en Microsoft

El pasado 9 de noviembre salió a la venta ‘Call of duty: Black Ops’, el séptimo en la serie de esta saga de geniales juegos de guerra. Su éxito está siendo arrollador: en sus primeros cinco días recaudó 650 millones de dólares, superando a su predecesor, el impresionante y sublime Modern Warfare 2.

Todo lo que rodea a este videojuego es grandioso, casi egipcio: presupuesto (según Activision, encargada de su distribución, el mayor de la historia), medios técnicos, publicidad (según Wikipedia, el primer trailer se pudo ver en la ESPN en el tercer cuarto de las Finales del Este de la NBA del año pasado)… La versión original cuenta con las voces, entre otros, de Ed Harris, Ice Cube y Gary Oldman. Todo suena a superproduccción, con todos los detalles pulidos hasta el extremo. Todos, salvo uno. A la foto de abajo me remito.

Sí, la versión para XBOX 360 tiene una errata en la parte posterior de su carátula. ‘Veulve’, en lugar de ‘vuelve’. Siendo malévolo, se podría decir que alguien se ha lucido, otra vez, en Microsoft. Una más que unir al Explorer 6, al Windows Vista, a las tabletas, a los móviles… Eso, siendo malévolo. Siendo más justo, habrá que decir que en Redmond también trabajan bien y que un error así, por visible que sea, no empaña ni mucho menos el trabajo de los desarrolladores y de la propia Microsoft en esta consola. Cosas que no deberían pasar pero pasan.

Aquella entrevista a Indurain sobre el dopaje…

A finales de los noventa, en una fecha que no puedo precisar, José María García hizo una entrevista en la radio a Miguel Indurain. “Señor Indurain -le preguntó- contésteme la verdad, si no va a contestar la verdad, no me conteste: ¿Ha usado usted alguna vez sustancias dopantes?”. La respuesta del campeón navarro, por entonces ya retirado, dejó helado al periodista y a los que estábamos a la escucha en aquellos momentos: “Pasemos a otra pregunta”. García, estupefacto, insistió. “Si no quieres hablar, das a entender que sí te dopabas”. “Siguiente pregunta”, persistó, pugnaz, el navarro. Y aquello pasó como si nada, como pasan los días. (Quizás sea por eso por lo que es tan difícil encontrar la fecha y más detalles sobre aquella epatante entrevista; sólo hay menciones en foros de oyentes que las recuerdan anonadados.)

Por supuesto, no es éste el único caso de respuestas que aclaran sin pretenderlo. Dando un pequeño salto en el tiempo llegamos a 2003. Alberto García, segundo en los campeonatos del Mundo en pista cubierta de ese mismo año tras Gebresselasie y campeón de Europa de 5.000 metros al aire libre en 2002, se vio envuelto en un caso de dopaje. Su agente, como es habitual en estos casos, comenzó un peregrinaje por los medios para defender a su atleta, por entonces uno de los líderes del deporte español. Cuando le preguntaban si García se había dopado, su respuesta sonaba esquiva, huidiza: “Alberto no ha dado positivo en ningún control”. “Bien, pero yo no te he preguntado eso -debería haber argüido el periodista-. Yo te he preguntado si se ha dopado”. Como es sabido, Alberto García fue sancionado dos años por consumo de EPO. Cumplida la sanción, retomó su carrera sin alcanzar las cotas de su primera etapa.

El caso es que este ya ex atleta también ha estado involucrado en la ‘Operación Galgo’, la misma que ha sacado a la luz los trapos sucios del atletismo español con Marta Domínguez a la cabeza. Para estos menesteres, es muy interesante escuchar las declaraciones de los deportistas afectados: siempre dicen lo mismo. Tras negar su implicación, el acusado acusa a la sociedad de una hipocresía galopante al exigirles éxito tras éxito y terminan por asegurar que otros deportes están tan sucios o más que el atletismo o el ciclismo y que por ‘intereses’(¿?) no son denunciados. Es justo lo que hizo Alberto García ayer al salir de los juzgados.

Ídolos caídos
Al margen de lo que esto tiene de autoexculpación (“la culpa no la tengo yo, individuo, sino una sociedad que sólo admite las medallas”), habría que reconsiderar algunos aspectos sobre lo que puede y no puede ser. Tomemos el ejemplo de los Mundiales de atletismo de París de 2003. Disputados en Francia, país especializado en la tunda contra el dopaje, recuerdo la valoración que hizo Santiago Segurola de las pruebas de velocidad disputadas entonces. “Mundiales con poco músculo”, tituló para cerrar su seguimiento de aquel certamen. En el artículo, este respetado periodista deportivo achacaba la pobreza de las marcas conseguidas en las pruebas de velocidad al miedo de los atletas a dar positivo en suelo galo (y a la sempiterna crisis del atletismo, deporte sacrificado que no atrae a los jóvenes…). “El atletismo regresó en los Mundiales de París a épocas casi olvidadas, con marcas que, en algunos casos, remiten directamente a los años sesenta o setenta. Y eso no es necesariamente malo, si ello significa una pureza en la competición, que estaba bajo sospecha”.

Actitud comprensiva, podría pensarse, si días antes no hubiese descrito los 10.07 segundos con los que Kim Collins ganó los 100 metros de “marca discretísima” ; o no hubiese escrito que Evelyn Asford, allá por los ochenta, ya corría más rápido que los 10.85 con que Kelli White ganó los 100 femeninos. Siendo más escéptico que lo que podía permitirse el entonces cronista de El País, el problema de esta comparación con los años ochenta es que por esos tiempos corrían Ben Johnson, Florence Griffith, las alemanas del este, el propio Carl Lewis (dio positivo antes de los Juegos de Seúl, hecho que se encargaron de ocultar las autoridades estadounidenses)… Con la ventaja que da conocer lo que ocurrió después, la propia White fue ‘cazada’ en un control antidopaje. Sorprendentemente, todavía hoy, cuando Usain Bolt corre en 9.90, se habla de ‘discreta actuación’. En otras palabras, quizás se esté exigiendo demasiado a los atletas. Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, que dijo Domingo Ortega (o Talleyrand, que parece que no es el torero el padre de la tautología).
‘La edad de oro del deporte español’. Así se suele referir Marca y otros medios a los éxitos conseguidos por el deporte español en los últimos años. El origen de todos estos triunfos estaría en los Juegos Olímpicos de Barcelona y el Plan ADO, que desde entonces ayuda económicamente a los atletas olímpicos para que puedan dedicarse a eso, al deporte. El matrimonio perfecto: un Estado que se moderniza a buen ritmo y unos deportistas que ayudan a exportar la imagen del país. Una bonita historia… si no fuera porque la realidad se está encargando de purgarla a marchas forzadas.

¡La que liaron en el Xerox PARC!

“Xerox pudo haber dominado toda la industria de la informática. Pudo haber sido una empresa diez veces más grande de lo que es. Pudo haber sido la IBM de los ochenta. Pudo haber sido la Microsoft de los noventa”. Estas palabras fueron pronunciadas por Steve Jobs en 1996. Si hoy uno busca a su alrededor el logotipo de Xerox, lo encontrará básicamente en las fotocopiadoras, faxes, scanners y folios. Éste fue su núcleo de negocio desde que Chester Carlson ‘inventó’ la fotocopiadora moderna en 1959. (Una muestra de lo ligada que está esta empresa al papel es que en inglés ‘xerox‘ es sinónimo de ‘fotocopiar’). ¿Y qué tiene que ver todo esto con la informática? Pues que el Word, la interfaz gráfica, el ratón, Ethernet, los editores de vídeo, el sistema de carpetas e iconos, el ordenador personal, los portátiles y la impresora láser salieron de las entrañas de un laboratorio fundado por esta empresa, el ‘Palo Alto Research Center’, más conocido como Xerox PARC.

Joe Wilson, uno de las leyendas empresariales estadounidenses, vio en los años sesenta que el futuro de su empresa no podía quedarse anclado en el negocio de las fotocopias, un sector que por entonces monopolizaba. Junto a Peter McColough, por entonces principal ejecutivo, impulsó la creación de un centro de investigación que estuviera al margen, al menos en un primer momento, de las presiones de crear productos de cara al mercado. Lo que pretendían era crear la oficina del futuro, adelantarse a los tiempos.

Para ello ficharon a lo mejor de lo mejor aprovechándose de la situación a finales de los sesenta. Desde la II Guerra Mundial, Estados Unidos había invertido mucho dinero en investigación. ARPANET, el embrión de Internet, fue uno de sus frutos más importantes. Pero la situación había cambiado y el hasta entonces manirroto fondo federal comenzó a menguar. Así es como se abrió la brecha para el sector privado. Directamente del proyecto ARPA llegó Bob Taylor, un psicólogo especialista en la interacción entre ordenadores y humanos que sin mayores credenciales técnicas se convirtió en el director del Laboratorio de Ciencias Informáticas, dedicado al hardware y el más importante de los tres creados inicialmente (los otros dos fueron el Laboratorio de Sistemas, orientado al software, y el Laboratorio de Ciencia Básica o Generak, dedicado a la física en estado sólido).

El gran plus que aportaba Taylor es que conocía a gran parte de los mejores cerebros dedicados a la por entonces naciente informática; en otras palabras, no sabía construir un ordenador o programar, pero podía atraer a quienes mejor sabían hacerlo. Fueron dos los núcleos de donde procedió buena parte de los miembros del PARC: el equipo ligado a Douglas Engelbart, conocido entre otras cosas por inventar el ratón, y la universidad de Berkeley, de donde llegaron Peter Deutsch, Butler Lampson, Chuck Thacker o Charles Simonyi. También trabajó en el PARC otro de los grandes visionarios de este campo, Alan Kay. Y Bob Metcafle. Y Richard Shoup. Y John Warnock. Y Chuck Geschke. Y Larry Tesler…

Pues bien, durante unos años, toda esta gente se dedicó a fundar las bases de lo que todo ordenador tiene en la actualidad. Pantalla, teclado, ratón, interfaz gráfica, iconos, procesador de texto (se le llama WYSIWYG, es decir, What You See Is What You Get, es decir, lo que ves es lo que obtienes. Las sucesivas versiones se llamaron Bravo y Gipsy y hoy lo conocemos directamente como Word), editor de vídeo, impresora láser… La cuestión es que por una razón o por otra, Xerox no sacó partido de lo que tenía entre manos.

La visita de Apple

El momento clave para la explosión de todo este talento fue la visita del equipo de Apple al PARC en diciembre de 1979. Por entonces, la empresa de Steve Jobs y Steve Wozniak sólo tenía unos cuarenta empleados, pero iba a salir a bolsa y las expectativas eran muy altas. Xerox quería participar en Apple y a cambio aceptó que los ingenieros de la manzana visitasen su laboratorio de investigación (al parecer fue Jeff Raskin, el padre original del proyecto Macintosh y después desplazado por el ‘jefe’, el que convenció al propio Jobs y Wozniak, recelosos de las grandes corporaciones desde que HP rechazó el Apple I de ‘Woz’ cuando éste trabajaba para ellos ). Lo que vieron allí les dejó asustados. Aquello no podía seguir confinado en unos laboratorios. Así empezó la carrera de los ordenadores por llegar a ser tal y como son hoy.

Seguramente pocos de los nombres citados aquí sean conocidos fuera del mundo de la informática, pero basta mencionar algunos de sus logros para apreciar la asombrosa cantidad de talento que reunió el PARC. Alan Kay teorizó ya sobre los ordenadores portátiles cuando las computadoras todavían era casi tamaño habitación; Charles Simonyi dejó el PARC para unirse a Microsoft y crear el Word -por eso es millonario, ha viajado al espacio…-; John Warnock y Chuck Geschke acabaron fundando Adobe; Richard Shoup creó el Superpaint, considerado el primer sistema que permitía editar vídeo como se hace en la actualidad; Alvy Ray Smith co-fundó Pixar; Robert Metcafle inventó – y se hizo millonario con- Ethernet, el cable de red por el que casi todos nos conectamos; Butler Lampson y Charles Thacker acabaron en el Departamento de Investigación de Microsoft; Larry Tesler pasó a Apple y trabajó en los proyectos Lisa y Macintosh… En resumen, ¡vaya la que liaron en el Xerox PARC!

elcorreo.com

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