>

Blogs

Eduardo Angulo Pinedo

La biología estupenda

Antepasados

Muchos tenemos fotografías de nuestros padres y abuelos enmarcadas y colocadas con cariño y respeto en estanterías y paredes. Algunos, más pudientes e historiados, tienen palacios enteros llenos de cuadros y esculturas de sus antepasados, como los Borbones o la Duquesa de Alba. Otros dedican su vida a buscar a sus padres, abuelos o hermanos desaparecidos en desastres naturales, guerras, hambrunas o en ese túnel sin salida, tan actual y tan antiguo, que es la emigración. Y otros más se interesan en recuperar sus parientes muertos y construir el árbol genealógico de la familia. Por lo visto, nos sentimos a gusto recordando a aquellos que tuvieron unos genes tan parecidos a los nuestros.

Nos podemos preguntar por qué nos interesan tanto nuestros ancestros y lo mismo se preguntó Peter Fischer, de la Universidad de Graz, en Austria. Cuenta como, cuando tenía tres años, su madre perdió a su padre, el abuelo de Fischer, durante la Segunda Guerra Mundial y pasó el resto de su vida buscándole, a pesar de que era casi seguro que había muerto en 1942 en el frente oriental, luchando contra los rusos. Fischer supone que recordar y conocer a nuestros mayores nos proporciona recursos psicológicos positivos, recursos que son importantes para nuestro ajuste psicológico al entorno y a nuestra vida. Además, Fischer afirma que estos recursos aumentan nuestra sensación de control y motivación para enfrentarnos a los problemas cotidianos, y que todo ello, en conjunto, supone una mejora en nuestra capacidad intelectual. En resumen, Fischer propone que recordar nuestra ascendencia afecta positivamente nuestras habilidades intelectuales.

Para probar su hipótesis, Fischer y su equipo manipularon a universitarios de tal manera que unos pensaban en sus antepasados, otros no y los resultados se relacionaron con su rendimiento intelectual.

En un primer experimento, separan a 80 universitarios en tres grupos y se les pide a los del primer grupo que imaginen cómo eran y vivían sus ancestros del siglo XV; al segundo grupo, lo mismo pero con sus bisabuelos; y al tercer grupo le piden que repase su última visita al super. Después, se les pregunta por sus expectativas respecto a sus estudios: qué van a hacer en los exámenes, cómo irá su expediente académico,… Los resultados son claros. Aquellos que piensan en sus antepasados, sean del siglo XV o sus bisabuelos, tienen una expectativas un 10% mejores que los que sólo piensan en su visita al super.

El segundo experimento mide no lo esperado para el futuro sino la inteligencia verbal actual. Se hace con 31 estudiantes; la mitad tiene que dibujar su árbol genealógico y comentarlo en unas líneas, y la otra mitad nos cuenta también su última visita al super. Después se mide su inteligencia verbal con los tests habituales. Los del árbol genealógico consiguen una puntuación un 15% superior a los del super.

Son 41 los estudiantes del tercer experimento. Hay tres grupos: el primero con los antepasados del siglo XV, el segundo con los abuelos que todavía viven, y el tercero con un buen amigo. Y después se mide la inteligencia espacial. Los dos primeros grupos obtienen resultados un 30% mejores que los del buen amigo.

Y el último experimento, similar en planteamiento a los anteriores, pero los que piensan en los antepasados se dividen en dos subgrupos, uno de ellos que piensa sobre los recuerdos positivos y el otro subgrupo, sobre los negativos. Como siempre, el tercer grupo va a super. Y, como siempre también, este último grupo pierde y, además, da igual pensar en positivo o en negativo sobre nuestra estirpe, siempre es mejor.

Fischer ha demostrado, 20 siglos después, que Plutarco tenía razón cuando afirmaba, en el siglo I a.C., que “Es deseable tener una buena descendencia, pero toda la gloria pertenece a nuestros antepasados”. Quizá, como dice Fischer, meditar sobre nuestros antepasados aumenta la sensación de control sobre nuestra propia vida. Ellos sufrieron y ganaron, con la misma dotación genética que nosotros, guerras, desastres, matanzas, hambrunas y epidemias. Si ellos pudieron, nosotros también.

(Posdata: ¿Y si lo que demuestra este trabajo es que meditar sobre nuestra última visita al super nos atonta?).

*Fischer, P., A. Sauer, C. Vogrincic & S. Weisweiler. 2010. The ancestro effect: Thinking about our genetic origin enhances intellectual performance. European Journal of Social Psychology DOI:10.1002/ejsp.778

Temas

Por Eduardo Angulo

Sobre el autor

Buscar


febrero 2011
MTWTFSS
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28