Hace unos meses, el escritor Gustavo Martín Garzo reivindicaba en El País que la mejor manera de educar a un niño es hacerle feliz. Asimismo cita al escritor colombiano Héctor Abad Faciolince que, relatando su relación con su padre, asegura que El mejor método de educación es la felicidad,… Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad. Pero, a veces, aparece el esperado conflicto entre educación y felicidad. Hung-Hao Chang y Rodolfo Nayga, de la Universidad Nacional de Taiwan en Taipei, estudiando los hábitos alimenticios y la felicidad de 2366 niños taiwaneses de entre 2 y 12 años, llegan a la conclusión de que la comida basura (patatas fritas, pizza, hamburguesas) y las bebidas espumosas engordan a los niños, en algunos casos hasta la obesidad, pero también los hace más felices. Descubren que los niños que comen y beben este tipo de alimentos, engordan pero es difícil que se sientan infelices, deprimidos o tristes.
Los autores terminan su exposición con dos conclusiones importantes: la primera pide que, si queremos que los niños no sigan consumiendo comida basura y, a cambio, no los convirtamos en unos infelices, lo que debemos hacer es procurar su felicidad por otros caminos; y, en segundo lugar, evitemos que los niños se acostumbren a esta comida para conseguir ser felices ya que ello les convertiría en adictos, según la mejor y más directa definición de adicción que he escuchado, que dice que es “hacer una cosa para conseguir otra”. En este caso, sería ir al MacDonald’s para ser feliz. Vamos, que este texto va a terminar por parecer publicidad encubierta.
Y, si no se siguen estos consejos, se puede llegar a lo que cuentan Keith Wilcox y su equipo, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, sobre la alimentación entre los estudiantes de Nueva York. Estudiaron el comportamiento de 100 estudiantes en su elección de platos para la comida y la relación entre la elección y sus intenciones previas. En cuanto a esto último, las intenciones siempre son las de elegir platos saludables, pero pocos lo cumplen; lo habitual es dejar de lado las buenas intenciones en cuanto tenemos que elegir. Y, sobre la comida elegida, da igual que exista la opción de platos sanos (por ejemplo, ensalada), se elige algo menos sano. Es más, se elige más veces comida poco sana si aparece la opción de la ensalada. Es como si la mera presencia de los platos saludables ya sirviera para que nos sintamos sanos y, en consecuencia y por esta única vez, nos decimos, cojamos las patatas fritas y no la ensalada para acompañar la hamburguesa.
*Wilcox, K., B. Vallen, L. Block & G.J. Fitzsimons. 2009. Vicarious goal fulfillment: When the mere presence of a healthy option leads to an ironically indulgent decision. Journal of Consumer Research 36: DOI:10.1086/599219
*Chang, H.-H. & R.M. Nayga, Jr. 2009. Childhood obesity and unhappiness: The influence of soft drinks and fast food consumption. Journal of Happiness Studies DOI:10.1007/s10902-009-9139-4