MANUEL MARTÍN CUENCA
DIRECTOR
“Caníbal” es algo más que la crónica negra de un asesino de mujeres; también refleja «la impunidad y ruina moral» del país.
El Premio a la mejor fotografía en el Festival de San Sebastián supo a poco tras la expectación despertada por “Caníbal”. El cuarto largometraje de Manuel Martín Cuenca -desde este viernes en los cines- presenta a un metódico y discreto sastre de Granada que asesina y descuartiza mujeres con la misma frialdad con la que corta telas. Un sobrecogedor Antonio de la Torre protagoniza una cinta que rehúye el morbo en favor de implicaciones más profundas. «”Caníbal” transcurre en un limbo, el mismo en el que está este país», sugiere el realizador almeriense.
– “Caníbal” se subtitula «una historia de amor». Usted la define con una frase: ¿Qué pasaría si el diablo se enamorase?
– Un caníbal es la representación del mal, un gran tabú. Era un gran reto construir una historia de amor con la materia del mal, con alguien que el espectador va a rechazar.
– Los caníbales en el cine son tipos carismáticos, con Hannibal Lecter a la cabeza. Este sastre intenta en cambio pasar desapercibido.
– Malos carismáticos siempre los ha habido; hasta una familia de mafiosos como la de “El padrino” rebosaba humanidad. Pero ahora hay una tendencia al cinismo, a retratar la violencia como puro espectáculo, donde en cierto sentido te están diciendo que es divertida. Hablo de películas como las de Tarantino, que admiro mucho. Acercarme así al protagonista de “Caníbal” hubiera sido ideológicamente detestable. Quería mostrar la violencia como lo que es, algo terrible.
– Esa nevera con piezas de carne humana empaquetadas y perfectamente apiladas…
– Exacto. La violencia que no ves. Mostrar cómo descuartiza un cuerpo a hachazos sería pornográfico y, al final, menos violento, casi divertido, porque estableces un código con el espectador en el que todo es mentira, todo es una película. Este tipo gris es uno de los nuestros. Quien ejerce la violencia en la vida real no es un monstruo, sino un padre de familia que mata a su mujer o una madre que asesina a sus hijos. Gente normal, como los nazis, que seguramente eran en su mayoría personas comunes. Y eso es lo terrible.
– “Caníbal” enlaza con un estado de cosas en España.
– Esta historia no se nos hubiera ocurrido hace diez años. No hubiera reflejado la confusión moral y ética que vivimos. Al final, todas las películas, hasta las de Esteso y Pajares, retratan el tiempo en el que se hacen. Hablan de manera simbólica de lo que ocurre en el país.
– Y cuando dentro de veinte años veamos “Caníbal”, ¿qué España reflejará?
– Mira a tu alrededor. Vivimos la era de la impunidad. El cine negro y el “western” también han reflejado esa confusión moral. El protagonista de “Canibal” goza de impunidad, pero no me interesaba la investigación criminal, que le capturara la Policía. Hablo de la propia conciencia de no estar haciendo nada malo ni de recibir un castigo. Un político en España puede decir una mentira y no pasa nada. Ocurre en todos los ámbitos. Florentino Pérez dice que Bale es el mejor jugador del mundo, lo compra por una millonada, después es un paquete y no pasa nada. Maneja su club de fútbol con apariencia de normalidad cuando la estafa es evidente. Solo lo hace para demostrar su poder.
– Afirma que rodando “Caníbal” se ha sentido un cineasta cristiano.
– No es que haya sentido una epifanía en el plató, ja, ja… Soy un cineasta incipiente, haber hecho cuatro largos de ficción es estar empezando. En esa labor de rodar me voy despojando de lo que he aprendido de los maestros y voy buscando mi voz. Mientras filmaba en Granada las escenas relativas a la Semana Santa me encontré con conceptos de la religión como el perdón, el amor al prójimo, la redención… Y me di cuenta de que mi formación cristiana, más allá de que sea ateo por la gracia de Dios, que decía Buñuel, está ahí. Me dije que no tenía que tenerle miedo sino usarla, porque es parte de mí.
– ¿Defraudado tras el paso por San Sebastián? ¿La Concha de Oro hubiera ayudado a la carrera comercial del filme?
– Todos los premios ayudan. Pero cuando juegas en esto sabes que puedes perder, que hay un jurado y periodistas que pueden decir que no les gusta. Es parte de mi oficio. Contento, contento no estoy en lo personal. Me toca llevar el trato del jurado en San Sebastián. Son las reglas de juego.
– Como director y productor aboga por acabar con esa imagen de un sector lastimero, siempre quejándose.
– Estoy en contra de la subida del IVA y de los recortes, por supuesto. Pero no me parece bien quejarme. Yo soy un afortunado. He hecho una película, he ido a Toronto y San Sebastián y la estreno en cines. Quejarme frente al que lea los periódicos en un país con 6 millones de parados, donde están cayendo cosas fundamentales… El discurso quejica del cine no me parece bien, es una gotita más en todo lo que está pasando en este país.
– ¿Y qué pueden hacer entonces los cineastas?
– Debemos seguir peleando en los foros donde tenemos que pelear. Y morir matando, haciendo las mejores películas posibles, aunque nos tengamos que ir fuera para seguir haciéndolas. “Caníbal” puede parecer una película grande, pero no lo es, ha costado tres años de peleas. Sigo manteniendo el espíritu que me llevó a ser productor: meter todo el dinero que tenía donde creía que lo tenía que meter. Otro productor me dijo una vez cómo había hecho “La mitad de Oscar” con tan poco dinero. Pues porque voy en metro.
– ¿No nos jugamos un modelo de cultura? Cuando la crisis remita todo lo desaparecido no volverá.
– Claro. Decidir qué cultura queremos es decidir qué país queremos ser. La Ley General Audiovisual, que hizo mucho daño, se aprobó con los socialistas. Y los de ahora lo único que han hecho, por desgracia, es cerrar más el grifo. Ha existido una complicidad de todos los Gobiernos en los últimos años para ahogar la cultura, porque en el fondo no les interesa. Ahora hay un debate sobre si la Transición no se hizo bien. Yo prefiero apuntar los cañones a los años 90, cuando nos entregamos a la idea del dinero, el negocio y el interés. La ruina moral instalada entre nosotros empezó en las Olimpiadas del 92.
Un caníbal con grietas en el corazón
Manuel Martín Cuenca supo que Antonio de la Torre era su sastre caníbal cuando acudió a la prueba de casting con una fiambrera. El actor extrajo un filete, lo calentó al microondas y se lo comió pausadamente, tal y como hace en una escena de la película. «Es un depredador que trata de protegerse ante una situación nueva, seguir con su apariencia y manejar con inteligencia y frialdad la aparición de una mujer», describe el director.
«Esa relación que nunca ha tenido le abre grietas en su corazón, de las cuales el primer asombrado es él. No entiende que no pueda matar». Martín Cuenca no podía mostrar una emocion melodramática «porque siempre es una elaboración consciente sobre el pasado». «Este monstruo experimenta por primera vez la empatía por el otro».
Entrevista publicada en el Diario EL CORREO el 9 de octubre de 2013.