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Iñaki Juez

Game Over

Spore o el universo en tu ordenador

Obra maestra. Así de sencillo, sin medias tintas. Eso es con lo que se queda uno después de jugar a Spore, sin duda uno de los títulos del año. Will Wright, uno de los grandes visionarios de la historia del software lúdico, lo ha vuelto a conseguir para mayor alegría de los directivos de Electronic Arts. Para los que aún no lo conozcan, este señor es responsable de que existan juegos tan emblemáticos como Sim City o Los Sims. Casi nada. Por tanto, se esperaba mucho de este auténtico especialista en vida virtual en lo que estaba llamado a ser su proyecto más ambicioso. Ahora lo tenemos en nuestras tiendas para PC en lo que supone la culminación de su exitosa carrera y que nos ofrece un medio único para crear mundos sin ningún tipo de límites. Excepto nuestra imaginación.


Y es que Spore nos permite jugar a ser Dios. En el sentido literal de la palabra. Tenemos a nuestro alcance un universo lleno de planetas que podemos modificar a nuestro gusto. Desde sus inicios hasta la aparición de vida inteligente con todo lo que eso supone en cuanto a saltos evolutivos se refiere. Vamos, algo similar a lo que sucedió en este “pequeño” planeta llamado Tierra. El objetivo es que nuestra especie pueda viajar a otros mundos para seguir desarrollando su civilización. Para ello, son necesarias muchas horas de juego, aunque sin las complicaciones presentes en otros títulos de estrategia. De hecho, contamos con un sencillo editor para ir dando forma a nuestras criaturas a través de elecciones muy simples que van apareciendo en la mecánica del juego como su dieta, tipo de armas biológicas de defensa y de ataque, e incluso manera de reproducirse.
Naturalmente, estas criaturas de nueva generación irán interactuando con otras de su entorno hasta predominar sobre ellas. Aunque sea a base de conquistar su territorio a golpe de saltos evolutivos. Da igual. Primero en el mar y después ya en tierra firme. Y bien por las buenas, potenciando su capacidad de seducción con otras seres, o por las manas llegando incluso a utilizar el veneno de sus organismos contra ellos. Cuando eso sucede, se alcanza la conciencia como ser vivo y a partir de ese momento nuestros “bichos” se empiezan a agrupar en tribus para así dar paso a civilizaciones más o menos complejas. Y todo ello a través de editores de lo más intuitivos y, lo que es mejor, aptos para todos los públicos. Un nuevo guiño al llamado jugador casual que puede llegar a defraudar a los “harcore” de la estrategia acostumbrados a complejos menús ‘made in Sid Meier’.
La cosa se anima todavía más cuando nuestra civilización se ha desarrollado hasta tal punto que decide lanzarse a la exploración espacial. Es entonces cuando visitamos otros planetas e interactuamos con otros seres que también se han desarrollado de forma independiente a lo largo y ancho del particular universo de Will Wright. Algunos de estos pueblos serán más primitivos que el nuestro y otros nos pondrán las cosas más difíciles para entablar relaciones con ellos. Naturalmente, podemos someterlos bajo nuestro férreo yugo o simplemente entablar relaciones amistosas para llegar a un cordial intercambio económico, cultural o tecnológico. La libertad para el jugador es, en ese sentido, total. Por si fuera poco, a través de un apartado llamado Sporepedia, podemos acceder a los seres y objetos creados por otros usuarios para exportarlos a nuestro mundo con lo que la variedad del juego es prácticamente infinita. También podemos “colgar” nuestras creaciones en YouTube y utilizarlas para servir de avatar en foros y blogs.
Desde luego, Spore es, en sí mismo, un universo que nos va a costar mucho tiempo explorar. Eso sí, quizás puede resultar de poco interés a los jugadores experimentados de juegos de estrategia acostumbrados a mandar a decenas de huestes a la batalla por la conquista de un imperio. Pero si lo que buscas es un juego que literalmente va creciendo en el interior de tu ordenador, sin prisas pero sin pausas, la obra de Wright te fascinará. Como siempre.

Temas

ea, pc, spore, wright

Por Iñaki Juez y Pablo Fernández Polanco

Sobre el autor


septiembre 2008
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