En el libro XXVI de la ‘La segunda guerra púnica’ Tito Livio da noticia de algunos prodigios, uno de ellos, como no, muy forteano . Ya saben, como de nave del misterio .
Tras el relato de unos comicios para la elección de pretores, el historiador apunta estas curiosidades: “En el templo de la Concordia, la estatua de la Victoria que estaba en su cúspide fue golpeada por un rayo, y cayendo hasta las otras figuras de la Victoria que estaban en los aleros, se quedó agarrada y no se desprendió de allí. Llegaron noticias de que en Anagni y en Fregelas el muro y las puertas habían sido tocadas por el rayo, y que en la plaza pública de Suberto habían estado fluyendo durante todo un día arroyos de sangre, que en Éreto había caído pedrisco y que en Rieti una mula había parido”. Dejando a un lado la anomalía genética de la mula y los dos rayos, lo de los ríos de sangre tiene su cosa y provoca cierto reconcomio en el lector, sobre todo por el laconismo de Tito Livio. ¿Arroyos sangrientos? ¿Todo el día? ¿En la plaza pública?
Como siglos después haría Charles Fort , el historiador romano se limita a recoger la rareza y no apunta ninguna explicación. Pero sí cuenta que todo el lote de fenónemos -rayos, sangre y mula fértil- fue conjurado con el sacrificio de varios animales. Las víctimas eran adultas, detalla. Además, “oficialmente se declararon una plegaria de expiación por un día completo y ceremonias religiosas durante nueve días”, por si las moscas.
Estas cosas se tomaban muy en serio y algunos sacerdotes oficiales mostraron un grado de responsabilidad que no se ve muy a menudo en los altos cargos actuales, todo hay que decirlo. Estos sacerdotes administraban la religión del estado y eran funcionarios. Como “Gayo Claudio, flamen de Júpiter ”, que “dimitió de su dignidad sacerdotal por haber presentado erróneamente las entrañas de la víctima” de un sacrificio.