Yo debo de ser un tipo muy esaborío (o incluso desaborido, como recoge la Academia), un soso cascarrabias capaz de aguar cualquier fiesta, pero no entiendo la gracia de disfrazar a una actriz de señora del pueblo para que haga creer al mundo que ha centrifugado y ha echado suavizante a su lotería premiada. Será problema mío, ya les digo: las bromas, así en general, no me gustan, porque tras ellas suele ocultarse la intención de demostrar que el bromista es más espabilado que su víctima, y también porque su objetivo final parece consistir en hacernos a todos un poco más recelosos, un poco más duros, un poco más malos. Pero hasta ahora entendía que, para que una broma fuese chistosa, tenía que mover al embromado a hacer o decir algo risible, colocarle en una situación cómica. Porque engañar en sí carece de mérito y de efecto humorístico: si yo les digo que ayer me atropelló un autobús, ustedes no tienen por qué desconfiar, y los mensajes de ánimo que me vayan dejando no serán más divertidos que si el accidente hubiese ocurrido de verdad. Pero es que, además de un esaborío, debo de ser un antiguo, porque veo por algunos comentarios que la gente escribe por ahí que la broma del Follonero es una cosa hilarante.
Ya que hemos tirado de diccionario, ¿sabían que follón también significa ventosidad sin ruido?