Vitoria se vuelve una ciudad muy interesante durante el Azkena Rock Festival: las calles se llenan de gente cool con ropa negra y más cabello de lo normal –bueno, me refiero a los varones, porque las chicas suelen tener pelo sólo en los lugares acostumbrados– y el rock se cuela hasta los halls de los mejores hoteles, cuyo ambiente de vitrina se hace añicos con estrepitosos tonos de móvil como el Psycho de los Sonics. Un dato clave para entender el ambiente de placidez y buen rollo es la edad media del público, altísima para un festival. Que no se me indigne la juventud: también hay menores de 30 años capaces de disfrutar de la música sin incordiar al prójimo, pero, en algunos casos, el superávit de energía propio de esas edades tempranas degenera en comportamientos demasiado expansivos que, a los mayores, nos agotan. Somos como jubilados que prefieren el rock a la brisca, qué le vamos a hacer.
En fin, para mí ha habido cuatro conciertos sobresalientes. Sex Pistols sonaron como una ametralladora, con John Lydon en plenitud de facultades como vocalista y como clown. Ya habrán leído que le arrearon un telefonazo en plena jeta, un acto que no llega a la salvajada de Oasis en Toronto pero que también es de vergüenza. Ray Davies (lo tienen en la foto de abajo, de Jesús Andrade) estuvo imponente, relajado, muy entretenido, con un admirable control del escenario y de los resortes del espectáculo, aunque no le perdono que no cantase Dedicated Follower Of Fashion. Lo de Hayseed Dixie fue un fiestón de proporciones inesperadas: en disco, sus versiones hillbilly de AC/DC o Motörhead son divertidas sin más, pero en directo el grupo arrasa, hasta el punto de que deja de importar si tocan temas ajenos, temas propios o improvisaciones. Y Viaje a 800 dieron un monumental conciertazo de rock setentero a las 14.30 horas del viernes, ante cien o doscientas personas, con un sonido que sacudía esternones. Dejo aparte a Lagartija Nick porque soy fan, me gustan hagan lo que hagan y me tiré toda su actuación pensando que, en un país normal, estarían de cabeza de cartel. Y cerca de la excelencia se me han quedado Dinosaur Jr., Jon Spencer Blues Explosion –¿por qué no se oía la voz, hombre?– y Boss Hoss.
El resto estuvo todo bien, porque en este festival tienes más o menos asegurado que no vas a toparte con ningún horror, aunque para mí bordearon esa categoría los tales Animal Alpha, unos noruegos encabezados por una tía gritona, antipática y maquillada al estilo de Joker. Eso sí, no alcanzo a comprender los motivos de la devoción rockista que existe en esta tierra por gente como los Jayhawks o Danko Jones, honestos artesanos cuya grandeza no acabo de ver. Ah, tampoco entiendo que sean legales ciertas prácticas de los organizadores de festivales: ¿cómo es eso de que alguien que paga una entrada para todo un día no pueda salir y volver a entrar en un evento que dura 17 horas? ¡Abusones!