Una de las cosas que más envidio en este mundo es el poder escuchar música mientras se trabaja, como sucede en esos gabinetes modernillos donde seguramente prestan servicios algunos de ustedes. Cuando suena buena música, parece que se curra la mitad, aunque también me pongo en el terrible supuesto de que los compañeros sean fans de José Luis Perales, la Fundación Tony Manero o Chambao, que son tres sonidos que me aburren muchísimo. En fin: aquí, en el periódico, no tenemos hilo musical ni dental, y a lo máximo que podemos llegar es a poner emepetreses muy bajitos en el ordenador (la higiene bucal también corre por cuenta de cada cual). Esto impone ciertas restricciones, porque no es cuestión de ponerse a escuchar a Leviathan o a Smegma en el umbral de lo audible, así que uno acaba llevando una doble vida discográfica, se le desarrolla un Mr. Hyde aficionado sólo a lo melódico y lo tranquilito.
¿Y saben qué es lo que más suena en mi ordenador del curro desde hace un par de semanas? Pues miren, tengo en rotación casi exclusiva el nuevo álbum de Julieta Venegas, ‘Limón y sal’, que aguanta muy bien el volumen mínimo y la repetición máxima. Soy reincidente, porque su anterior disco lo habré escuchado veinte o treinta veces, todo un récord en estos tiempos dispersos, y no entiendo algunas malas críticas y comentarios despectivos que he leído por ahí. A mí la música de esta chica -que, por cierto, tiene una gemela fotógrafa, Yvonne– me suena a puro verano, a siestas largas, a cervecita fresca y a sana actitud naíf ante la existencia. Me gustan su forma perezosa de cantar, su aparente sencillez, sus melodías superpegadizas y su postura ante el mercado, que no es exactamente comercial ni alternativa. Y me alegro de no escucharla sólo en el trabajo, sino también en el supermercado, en la peluquería, en el autobús, en la ventana del vecino y en todas partes, ya que me parece uno de esos raros éxitos lógicos.