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Carlos Benito

Evadidos

El concierto con 40 espectadores más importante de la historia

A modo de homenaje tangencial a Pete Shelley, recupero este texto que publiqué hace dos años y medio en nuestra ya difunta revista musical para suscriptores. Va sobre uno de mis momentos favoritos de la historia del rock.

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Algunos entusiastas se refieren a él, sin más, como el concierto de rock más importante de la historia, pero eso suena un poco exagerado. Si queremos formularlo de manera menos discutible, podemos decir que se trata del concierto con cuarenta espectadores más importante de la historia, y seguramente ahí no nos equivocamos: al debut de los Sex Pistols en Manchester acudieron cuatro gatos, pero varios de ellos estaban llamados a convertirse en feroces tigres del rock, en nombres fundamentales que han marcado de algún modo la historia de la música popular. Aquella actuación un poco desangelada es vista por algunos estudiosos como una especie de big bang que dio lugar a todo un universo estético.

Claro que los cuarenta y tantos individuos concentrados en el Lesser Free Trade Hall el 4 de junio de 1976 no fueron conscientes de estar asistiendo a un momento especialmente memorable. Tampoco tenían mucha pinta de cambiar el rumbo de nada: en aquellos tiempos, las modas se contagiaban a un ritmo mucho más lento que hoy, de manera que los Pistols tocaron ante un público de apariencia totalmente convencional, para el que el punk era una noción vaga y lejana. Pero, con el tiempo, el concierto ha adquirido dimensiones míticas y cientos, miles de personas aseguran que estuvieron presentes en aquella pequeña sala secundaria, situada en el piso de arriba del mucho más grande Free Trade Hall. El autor David Nolan dedicó años a rastrear quiénes acudieron realmente y publicó el libro I Swear I Was There (es decir, Juro que estuve allí). De paso, logró desvelar quiénes habían ejercido de teloneros: Solstice, una banda de rock duro con aires progresivos cuyos miembros jamás habían dado mayor importancia a aquel bolo remoto. La labor de Nolan, y de todos los demás que intentan deslindar verdad y ficción en este asunto, se ve complicada por un detalle: Johnny Rotten y sus muchachos regresaron mes y medio después a Manchester, para tocar en la misma sala pero ante mucha más gente, con lo que muchos de los que dicen haber presenciado el primer concierto están simplemente confundidos de fecha.

¿Quién estuvo allí? No hay ninguna duda de que asistió la columna vertebral de los Buzzcocks, el vocalista Howard Devoto y el guitarrista y después también cantante Pete Shelley, porque ellos fueron los organizadores. Según recoge Sean Albiez en su estudio sobre el concierto, Devoto y Shelley habían leído en el New Musical Express de febrero una crítica de un concierto de los Pistols en Londres («no nos interesa la música, nos interesa el caos», decía el grupo en aquel texto) y se habían obsesionado por lo que allí se contaba. Consiguieron un coche prestado, bajaron a Londres, vieron tocar dos veces a Rotten y compañía y apalabraron su debut en Manchester: tenían la esperanza de telonearlos con su propio grupo, al que bautizaron como Buzzcocks en aquel mismo viaje, pero cuando llegó la fecha no se sentían preparados. Devoto y Shelley, por lo tanto, no solo estaban allí, sino que fueron los que apoquinaron las 32 libras que costaba alquilar el Lesser Free Trade Hall y los que cobraron las entradas de cincuenta peniques. También descollaba entre el público el que pronto sería su bajista, Steve Diggle, que se muestra convencido hoy de que aquella hora de música «cambió Manchester y cambió el mundo». Los Buzzcocks, banda de punk infecciosamente melódico que continúa en activo, lanzarían en enero de 1977 su EP Spiral Scratch, el primer disco autoeditado del punk británico, que abrió el camino para los sellos independientes tal como los conocemos.

No faltó un personaje singular de la escena, un adolescente con aspiraciones de dandi que acababa de cumplir los 17 años: Steven Patrick Morrissey no se conformó con asistir al concierto, sino que, con su habitual estilo pomposo y redicho, redactó una «epístola» para el New Musical Express en la que daba su opinión un poco desdeñosa sobre lo que había visto: «Los envanecidos Pistols, ataviados de mercadillo, hicieron bailar en los pasillos a los pocos asistentes a pesar de su música discordante y sus letras apenas audibles», relataba, no muy convencido. Y no desperdiciaba la ocasión de traer a colación a su grupo favorito, los New York Dolls: «Los Sex Pistols son muy Nueva York y es agradable ver que los británicos han producido una banda capaz de producir la atmósfera creada por los New York Dolls y sus muchos imitadores, aunque sea demasiado tarde. Me encantaría que los Pistols triunfasen. Quizá puedan permitirse algo de ropa que no dé la impresión de que han dormido con ella puesta». Morrissey, cómo no, encabezaría años después The Smiths, uno de los grupos más influyentes de la Inglaterra de los 80.

Finalmente, también está confirmado que dos chavales de la cercana Salford se acercaron a ver cómo las gastaban esos Pistols. Se llamaban Bernard Sumner y Peter Hook y se quedaron impresionados por la experiencia. Tanto, que al día siguiente Hook se plantó en una tienda de instrumentos y se compró un bajo con 35 libras que le había prestado su madre. «Los Sex Pistols eran terribles. A mí me parecieron fantásticos: quería subirme ahí y ser terrible también», ha evocado Sumner. Los dos amigos formaron una banda que primero se llamó Stiff Kittens, después se rebautizó como Warsaw y finalmente pasó a la historia como Joy Division, nombre esencial del post punk que hoy se multiplica en millones de camisetas. Después les daría tiempo a inventar el pop electrónico como New Order.

Algunas fuentes también incluyen en este lote imponente a Mark E. Smith, líder absoluto de The Fall, pero Sean Albiez se inclina por la posibilidad de que el cascarrabias Smith acudiese al segundo concierto, al igual que Mick Hucknall, que después sería vocalista de Simply Red. También fue esa la actuación que presenció Ian Curtis, el inolvidable cantante de Joy Division, que en el Lesser Free Trade Hall se reafirmó en su convicción de que cualquiera podía convertirse en una estrella del rock. La visita del 20 de julio fue mucho mejor recibida: las entradas costaron ya una libra y los Buzzcocks, de nuevo encargados de la organización, ya habían madurado lo suficiente para subirse al escenario.

Pero el que se ha incorporado a la leyenda es el primero. «Había cuarenta y tantos mancunianos de pelo largo y olor raro en aquella pequeña habitación, pero lo que hicieron fue asombroso: difundieron por el mundo la cultura de club, impulsaron la escena discográfica independiente, llevaron por todo el mundo un estilo de música», ha valorado David Nolan en una entrevista con la BBC. El concierto se ha recreado en películas como ’24 Hour Party People’ o ‘Control’ y ha sido objeto de documentales, mientras los eruditos del rock discuten si realmente ejerció de detonante o si, simplemente, fue un hito más en una transformación radical que habría sucedido de todos modos. Lo más curioso es que, más allá de la fascinación hipnótica que inspiraba Johnny Rotten en directo, el repertorio de los Pistols fue cualquier cosa menos revolucionario y sirve para desmentir a todos los que piensan que el punk funcionó como un borrón y cuenta nueva: cayeron versiones de los Monkees, los Stooges, los Who y los Small Faces.

Por Carlos Benito

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