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Carlos Benito

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Spacemen 3: “Tocad solo una nota” (un texto repescado)

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A priori, el concierto que ofrecieron Spacemen 3 el 19 de agosto de 1988 en el centro de artes Watermans no contaba con muchas papeletas para convertirse en un disco de culto. De hecho, tampoco inmediatamente después habría parecido una apuesta muy razonable: seguro que entre las personas que asistieron a aquella actuación, muchas de ellas de manera más o menos obligada, había muy pocas dispuestas a calificar con un notable o un sobresaliente lo que acababan de escuchar. A lo largo de aquella noche, ni siquiera faltaron unos cuantos despropósitos de gran calibre, que abarcan desde el desconcertante título de la velada hasta el inaudible sonido del bajo (a eso ya volveremos después). Y, sin embargo, aquel concierto se ha perpetuado a través de los años y las décadas gracias a sucesivas reediciones: la más reciente, a cargo del sello Superior Viaduct, es una lujosa versión en doble vinilo que salió en marzo.

Spacemen 3 siempre fueron un grupo atípico, por supuesto, pero aquella noche decidieron ofrecer una versión exagerada de sí mismos. A aquellas alturas habían editado dos álbumes: Sound Of Confusion, de 1986, en el que todavía no habían acabado de dar forma a su hipnosis alucinógena y sonaban a veces como una reinterpretación psicodélica y repetitiva de los Stooges, y The Perfect Prescription, de 1987, un cruce del gospel y la Velvet que muchos consideran su cumbre creativa. Pero el concierto de aquella noche llevaba título, y este era nada menos que An Evening Of Contemporary Sitar Music, es decir, algo así como una noche de música contemporánea de sitar. Spacemen 3 no tocaban el sitar, ni siquiera tenían uno, así que el instrumento indio estuvo ausente del concierto: «Podría haberse presentado, con la misma precisión, como una noche de música contemporánea de zanfoña y gaita, aunque eso tal vez habría ahuyentado a algunos espíritus temerosos», ha escrito el bajista Will Carruthers en su apasionante libro de memorias sobre aquella época, Playing The Bass With Three Left Hands.

El título ya orientaba la velada hacia lo contemplativo y experimental. Y, al fin y al cabo, el concierto no se celebraba en el habitual bar oscuro frente a un puñado de incondicionales, sino en un prestigioso centro de artes londinense con vistas al Támesis y a Kew Gardens. Así que Sonic Boom, uno de los dos líderes del grupo (el otro era Jason Pierce, que después encabezaría Spiritualized), impartió unas instrucciones muy sencillas mientras se desplazaban desde su ciudad, Rugby, hacia la capital. «’Tocad solo una nota’, nos había avisado Sonic cuando bajábamos por la M1. ‘Mantenedlo simple, una nota, sin florituras’. Con ‘florituras’ se refería a dos notas», resume Carruthers. Antes del concierto, el cuarteto se infló a fumar marihuana, según su costumbre (la primera edición del disco lista a un quinto componente como liador de porros), y al llegar la hora pusieron manos a la obra: en una especie de amplio recibidor, donde la gente hacía cola para ver la película El cielo sobre Berlín, interpretaron un tema de 45 minutos basado en una pulsación casi invariable de una nota, un drone obsesivo sobre el que otra guitarra va trazando pequeños dibujos melódicos. No había batería. En varias ocasiones, ofrecen cierta distracción con un apunte de su tema Honey, como una brevísima desviación temática, pero la cosa sigue adelante en una búsqueda obsesiva y minimalista del trance.

En la grabación que quedó de aquella noche, se escuchan de vez en cuando las conversaciones del público, un llanto de niño, incluso la voz que llama por megafonía a que los espectadores de la película ocupen sus butacas. Es, en fin, música ambiental no solo por sus efectos en el oyente, sino por su propio desarrollo original. Muy de vez en cuando, se hace notar la tercera guitarra, a cargo de Steve Evans. ¿Y qué hay del bajo? Ahí, quizá sea mejor dejar que el propio Carruthers narre el final del concierto, cuando por fin pudo abandonar la exigente tarea de tocar repetidamente la misma nota: «Intenté acostumbrarme al hecho de dejar de hacer lo que había estado haciendo durante casi cincuenta minutos. Sacudí mi brazo izquierdo, que estaba rígido y dolía, para desentumecerlo, y flexioné la garra de la mano con la que sostenía la púa. Comprobé que los demás músicos habían terminado y entonces fui a apagar mi amplificador. Me sorprendí bastante al comprobar que era imposible apagarlo. Era imposible apagarlo porque nunca lo había encendido. Esto me resultó desconcertante y embarazoso hasta que me di cuenta de que nadie, ni siquiera yo, que había estado sentado encima del amplificador, se había dado cuenta de que no estaba encendido».

La singular y tozuda noche de sitar acabó editada en disco, con el título de Dreamweapon: An Evening Of Contemporary Sitar Music, complementada en la mayoría de las versiones por varios temas particularmente alejados del rock, tomados de maquetas y ensayos. Lo de dreamweapon incorpora la pieza a un venerable corpus artístico, ya que remite a la obra de Angus MacLise, batería original de The Velvet Underground y colaborador de compositores como LaMonte Young o Tony Conrad. Pero los propios miembros del grupo parecen sorprendidos de que aquella noche en el centro Watermans se resista a perderse en el tiempo: «Se sigue vendiendo -escribe Carruthers-, aunque, hasta el día de hoy, sigo sin estar seguro de si era arte o no».

 

Temas

conciertos, Londres, Musi-K, reediciones, Spacemen 3, Will Carruthers

Por Carlos Benito

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