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Carlos Benito

Evadidos

Resina: la sangre del árbol, la voz de la madera (un texto repescado)

Karolina Rec, Resina

 

Dice la tradición que el chelo es el instrumento más similar a la voz humana, y quizá por eso su sonido nos resulta particularmente evocador, como si -antes incluso de emprender la melodía- nos llegase impregnado ya de sentimientos melancólicos. También es un instrumento muy propicio para los cambios de humor, ya que puede sonar acariciador y meditabundo y saltar de pronto a pasajes de furia atronadora y disonante, salpicados incluso de golpes bruscos o de ásperas fricciones. ¡Es terrible la ira del violonchelo! Ese potencial emocional y esa versatilidad expresiva lo han convertido en una herramienta muy apreciada por la música de vanguardia, en la que abundan los artistas que lo utilizan como única o primordial fuente de sonido: ahí están, por ejemplo, la islandesa Hildur Guðnadóttir, la estadounidense Helen Money, la francesa Colleen, el canadiense Alder & Ash o nuestra propia Mursego, empeñados en tareas como la de levantar arquitecturas sorprendentes mediante bucles de su instrumento.

Resina es el apelativo artístico de la polaca Karolina Rec, otro nombre que se ha incorporado a esta nómina de chelistas exploradores. Se bautizó con ese término (ella lo tomó del latín, con idéntico significado que en castellano) en referencia a la materia de su instrumento: la resina, explica siempre, es «la sangre del árbol», y su planteamiento creativo da especial importancia a la condición orgánica del chelo, a esa madera que una vez fue ser vivo y hoy condiciona el timbre de cada instrumento. De hecho, en sus composiciones suele utilizar la voz real que sale de la caja, sin alterarla por procedimientos electrónicos, aunque sí se sirve de técnicas poco ortodoxas y pedales de loops que le permiten superponer sucesivas capas melódicas. También se impone la obligación de que sus temas sean «interpretables 100%» en directo, aunque jamás los reproduzca exactamente igual.

Nacida en 1982, Karolina Rec empezó a estudiar piano a los 8 años, pero las circunstancias la empujaron hacia el chelo: a esas alturas era ya demasiado mayor para incorporarse a la rígida enseñanza reglada de Polonia, así que se vio obligada a elegir otro instrumento. Según ha relatado, lo único que tenía claro era que no quería tocar la flauta y que no le convencía la guitarra. Acabó con el chelo, y ya la primera lección supuso una suerte de revelación para ella, por el sonido «poderoso y natural» que producía ese artefacto de madera. Su carrera pasó por la clásica contemporánea (interpretó a los grandes referentes de su país, como Penderecki, Lutoslawski o Górecki) y por el rock alternativo (tocó en prestigiosas bandas polacas, como Kings Of Caramel o Cieslak i Ksiezniczki) y también compuso para teatro, pero no se lanzó como artista en solitario hasta 2016, cuando envió al sello 130701 una maqueta «impresionante», según describieron los responsables de la discográfica, una rama de FatCat dedicada a la música «posclásica».
Paseo por el bosque

De ahí salió su primer álbum, Resina, un sugerente disco que se inspiraba en su mudanza desde Gdynia hasta la capital polaca, Varsovia. «Había un sentimiento específico de suspensión entre el pasado y el futuro, lo conocido y lo desconocido. Gdynia es una ciudad costera llena de bosques asombrosos y por primera vez me sentí fuertemente conectada con la naturaleza», ha explicado en una entrevista con Fractured Air. De alguna manera, ese vínculo con el entorno y, muy especialmente, con los bosques se apreciaba en la música, que sugería de manera casi inevitable un itinerario contemplativo entre los árboles, entre lo nostálgico y lo ominoso, plasmado unas veces en pasajes abstractos y otras en estructuras más reconocibles y cercanas al formato de canción. Era un disco de chelo que reservaba una sorpresa para el último corte: allí, de manera inesperada, aparecía la voz de Karolina, loopeada y transformada en un coro que jugueteaba con las capas de su instrumento.

Ese final servía de alguna manera como prólogo para su nuevo álbum, Traces. En él, la voz tiene mayor presencia (entendida como un instrumento más, sin letras que coarten la imaginación del oyente) e incluso participa de manera esporádica un percusionista. Parte de la inspiración, esta vez, ha venido del lugar donde se grabaron los nueve cortes: un estudio en Wola, distrito de Varsovia arrasado en la Segunda Guerra Mundial. El título (rastros, vestigios) hace referencia a «los recuerdos, a los restos que sobreviven a la violencia o a los estragos del tiempo, a las partes que faltan o quedaron desfiguradas», según explica la nota de prensa. Y el violonchelo pasa de la pesadumbre poética de In o In In a la rabia ruidista de Leftover, tan humano una vez más.

 

Por Carlos Benito

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