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Carlos Benito

Evadidos

Guitarra se escribe con uve (un texto repescado)

Foto: Jordi Alemany

Foto: Jordi Alemany

 

Para las últimas generaciones, la guitarra Gibson Flying V ha quedado ligada de manera indisociable al rock duro y el heavy. Su forma radical y agresiva, que evoca más un arma o un proyectil que un instrumento, servía como expresión estética idónea para una música fuerte e inconformista. Pensamos en la Flying V y nos vienen a la cabeza bandas como Scorpions, cuyo guitarrista Rudolf Schenker (en la foto) es un apasionado coleccionista de este modelo, o los primeros Metallica sacando chispas a sus cuerdas. Pero, en realidad, la Flying V viene de mucho más atrás, de un tiempo en el que el heavy metal era inimaginable y el rock estaba todavía en su infancia.

El pasado enero se cumplieron sesenta años de la concesión de la patente para fabricar la Flying V y su hermana Explorer, también angulosa y rupturista. «Hoy resulta casi imposible entender de qué dramática manera estas guitarras confundieron las expectativas de los fabricantes de guitarras y los propios guitarristas. Siempre había existido la ley no escrita de que el cuerpo de una guitarra debía respetar una forma tradicional. Después de que apareciesen estos nuevos modelos, cualquier cosa parecía posible», ha escrito el experto Tony Bacon en el libro que les dedicó. La Gibson quería reivindicarse como firma innovadora después de que su archirrival, Fender, lanzase la entonces vanguardista Stratocaster. La apuesta fue más lejos de lo que nadie habría esperado: encargaron varios diseños y acabaron eligiendo la Flying V y la Explorer, que rompían con el tópico eterno y cursi de la guitarra con forma de cuerpo de mujer, heredado de sus ancestros acústicos.

La Flying V fue recibida con estupefacción y se quedó muy lejos del éxito. La revista Guitar Aficionado ha repasado las cifras de ventas de aquella década: en 1958 se facturaron ochenta y una unidades; en 1959, solo diecinueve. Ese mismo año se interrumpió la producción, con la excepción de veinte instrumentos más que se ensamblaron a principios de los 60 para aprovechar piezas sobrantes que habían quedado en los almacenes. Y eso que el modelo tuvo desde el principio sus fervientes partidarios, entre los que destacaron dos músicos de blues que lo adoptaron con entusiasmo: Lonnie Mack (que llamó a la suya Seven, porque era la séptima que se fabricaba) y Albert King (que bautizó a su primera Flying V como Lucy). King era zurdo y tocaba con una guitarra de diestro puesta del revés, sin siquiera reordenar las cuerdas: según algunos estudiosos, la Flying V le cautivó por su simetría, ya que el giro no afectaba a su forma, aunque otros sostienen que la eligió simplemente por su chocante apariencia, que aportaba una dimensión extra al espectáculo.

El interés por la guitarra en uve de Gibson se reavivó en la segunda mitad de los 60, debido en buena parte a una casualidad. The Kinks viajaron a Estados Unidos en 1965 (algo que no podrían hacer en los cuatro años siguientes, debido al veto de la Federación Americana de Músicos) y una compañía aérea extravió la guitarra de Dave Davies. El músico tuvo que acudir a una tienda de instrumentos de California, donde probó dos guitarras que no acabaron de convencerle. El dependiente sacó entonces un estuche polvoriento y le ofreció una Flying V del 58, con la que empezó a tocar el riff de All Day And All Of The Night. Davies, satisfecho al fin, decidió comprar aquella guitarra extraña (según algunas fuentes, pagó sesenta dólares; según otras, doscientos) y le dio una visibilidad sin precedentes, ya que apareció con ella en varias actuaciones televisivas e incluso en la portada del Greatest Hits! de los Kinks. La Gibson rediseñó el modelo y volvió a fabricarlo en 1966, pero también en esa ocasión se quedó muy lejos de arrasar: aunque el mismísimo Hendrix la adoptó (tuvo tres, incluida una que customizó con motivos psicodélicos) y Keith Richards tocó una en el concierto de los Stones en Hyde Park, la Flying V volvió a retirarse de la circulación en 1970.

Pero, en los 70, las huestes del rock duro abrazaron aquella guitarra iconoclasta, que más tarde pasaría como un precioso legado al heavy metal y sus derivados: bandas como Mountain, Uriah Heep, UFO, Van Halen, Kiss o Scorpions forman parte de la historia de la Flying V, junto a intérpretes ajenos al género como Marc Bolan, Billy F. Gibbons (ZZ Top), Steve Jones (Sex Pistols) o Lenny Kravitz. En el prólogo que escribió para un libro sobre el modelo, el exigente Gibbons elogia su «aire de misterioso atractivo», pero también su «tono poderoso». Sin él, por muy llamativa que fuese, jamás habría llegado a nada.

 

 

Por Carlos Benito

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