Buena parte de mi consumo televisivo está marcado por mi condición de padre. A uno no le queda otro remedio que hacerse experto en pérfidas creaciones animadas como La princesa Sofía (sí, soy capaz de cantar el himno de Encantia, qué pasa), La Doctora Juguetes o Callie en el Oeste, aunque también es verdad que paso día y noche dando gracias al cielo porque ya pasó la época de Dora la Exploradora, esa enloquecedora tortura para adultos. Pues bien, en esa dieta tan poco recomendable, que para colmo es reiterativa hasta la memorización, se ha abierto últimamente un pequeño resquicio placentero. Sí, lo admito, hay un espacio infantil que espero todos los días con ilusión: se titula Big Block Singsong y se ha convertido, probablemente, en mi programa musical favorito de la televisión actual. También es verdad que no veo otro, ni sé siquiera si hay alguno más en la parrilla.
Big Block Singsong tiene un título la mar de descriptivo. Son bloques con cara, algo así como ladrillos de colores que entonan canciones de menos de dos minutos con letra edificante. Como lo emite Disney Junior, yo pensaba que se trataría de un subproducto de alguna gran corporación, pero resulta que es el esfuerzo artesano de dos cuarentones canadienses que fueron juntos al instituto: Warren Brown se ocupa de los dibujos y Adam Goddard compone e interpreta las canciones, que suelen gustarme mucho, con sus códigos prestados del country, el funk, el hip hop, la música disco, el tecnopop, el music hall, el glam o lo que se tercie. A menudo me hacen pensar en las miniaturas de They Might Be Giants, y alguna vez incluso me han recordado a los Kinks, pero claro, a lo mejor mi mente está todavía dañada por la exposición prolongada a La casa de Mickey Mouse. Porque esa también tiene tela y puede conducir a cualquiera al psiquiátrico, por mucho que su tema central sí sea de They Might Be Giants.