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Carlos Benito

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La maldición de la fóvea

El otro día mencioné mi afición adolescente a Mike Oldfield, que allá por los trece años era lo suficientemente devota como para hacerme memorizar extraños nombres de personas que aparecían en los créditos de sus discos. Más allá de eso y de alguna foto setentera con más pelo que cara, no sabía nada más de toda aquella gente, porque entonces no había internetes que obrasen el prodigio de volver erudito al ignorante. La mayoría de esos nombres se me han quedado en la memoria, adornados por el misterio, y uno de ellos me lo volví a encontrar de sopetón la semana pasada: hablo de Clodagh Simonds, una de esas cantantes de voz céltica y presencia ultrahippie que animaban los primeros álbumes de Oldfield. Aparecía en mis dos favoritos, Ommadawn y Hergest Ridge, que les recomiendo incluso desde el escepticismo de la edad avanzada y el post-post-post-rock.

En fin, tiro de Wikipedia y les copio algún datillo fundamental de Clodagh Simonds, como por ejemplo que debutó a finales de los 60, cuando aún era una cría, en un grupo de folk progresivo llamado Mellow Candle. Pero yo quería hablarles de su presente, porque resulta que esta mujer ha vuelto después de décadas de silencio con un sugerente proyecto llamado Fovea Hex (¿sabían, por cierto, que en castellano existe la palabra fóvea? Yo no). Fovea Hex es un ente misterioso y multiforme, en el que han participado seres humanos notables como Brian Eno o Robert Fripp, y factura una especie de ambient celta más cercano a Nico que a Enya. Es una música en la que no ocurren muchas cosas, pero esa sensación de que todo es esencial se acaba agradeciendo. Claro que, vete a saber, a lo mejor me gustan estas cosas porque me eduqué escuchando las suites instrumentales de Mike Oldfield y no a Judas Priest o a Kiss.

Por Carlos Benito

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