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Singles: ¿infierno o paraíso?

Me divorcié y salí a la calle. No tenía ni idea de qué me iba a encontrar. Desde luego la calle, o, la vida de soltera no era para nada tal y como yo la recordaba.

Yo de pequeña, imagino que al igual que  tú, lector,  ví tanta película de amor donde tras salvar algún que otro contratiempo,  siempre por dar algo de ritmillo y emoción a la historia, los enamorados acababan juntos y aparentemente felices que pensé que así sería mi vida. Pero claro, es que dichas películas siempre acababan con la boda, ¡no se veía el después: el maravilloso o probablemente tormentoso después!

Cuando yo me casé creí que sería para siempre, ¡ignorante! ¡Pero si ya había tenido algún que otro noviete donde la historia no había salido adelante! ¿Qué me hacía pensar que esta vez si saldría? ¿El cura dándome su bendición? ¿Todos los invitados tirándome arroz? ¡Con el hambre que hay en el mundo!… y lo peligrosa que se hacía la salida de la iglesia pisando aquellos granos. Eran el presagio del casi inevitable final de esa historia.

Pero claro, esto no era una película. Y la vida continuaba tras el traumático divorcio, la división patrimonial y el empobrecimiento que conlleva el divorcio no era nada comparado con lo que me esperaba en la calle.

Yo, toda animosa empecé a echarme amigas y a salir de copitas… o de agüitas con estas amigas, solteras de siempre o divorciadas como yo. Y quien dice salir de copichuelas, dice salir de ligue.

Y ahí estaba yo… y mis nuevas amigas. Todas impecables, que la competencia es  dura, tacones de aguja que según va pasando la noche van destrozándote la planta del pie, sientes como si pisases alfileres. Ropita a la última,…en fin todas monas, arregladas y oliendo a perfume rico.

¿Y todo esto para? Para volver a repetir la historia. Encontrar el amor. Porque no nos rendimos y de tanto ver y leer historias sobre “el amor para siempre” creemos que algún día lo encontraremos.

Somos la envidia de todas nuestras amigas casadas, que nos ven guapas, estilosas, cada equis tiempo con un chico más, menos mono, follando más que ellas y con diversidad, porque no le debemos fidelidad a nadie… y  nadie nos la debe a nosotras, en esto último no caen. Ellas llevan con el mismo 20 años, y ya se han abandonado un poco o un mucho y abundas las tripillas, abunda la rutina, bajan los deseos amorosos,…

Pero lo que no saben es lo que cuesta estar ahí, en el mercado. Te gusta un chico, parece que le gustas a él,… te dices: “todo marcha”, ¡para nada! Ahora resulta que tiene novia, ¡que va, que está casado!, o no quiere nada estable. De esto tampoco se dan cuenta las amigas casadas o emparejadas. Antes, cuando éramos jóvenes nos enamorábamos y manteníamos algo estable durante algún tiempo.

Eso sí, ahora, tenemos cuatro o cinco follamigos, la variedad está asegurada, el polvo también y la rutina no existe.

Por otro lado, mientras nuestras amigas casadas adoran los días de partido, ¡por fin un día para ellas!, si hay suerte y no se tienen que hacer cargo de los churumbeles, nosotras solteras y sin compromiso,  odiamos esos días. ¡Oye, salen como miuras! Para un día que salen…¡quieren pillar cacho! Ese día es mejor quedarse en casa, no sufrir de los pies con los tacones, no gastar y ahorrar algo para el fin de que viene o  para ese vestidito nuevo que te quieres comprar,…

En comparación de nuevo con las casadas salimos más que nunca, viajamos más que nunca, hacemos cosas que jamás hubiéramos hecho, dígase hacer El Camino de Santiago, y somos las reinas de nuestra economía, las señoras de la casa y del mando a distancia de la tele, cuando no están nuestros hijos, claro.

Las casadas cuando marchan a la cama, con su partener, se ponen su pijama calentito, se desmaquillan, se dan su cremita de noche,… como nosotras las solteras ¡si esa noche dormimos solas! Porque si esa noche hemos pillado o viene uno de nuestros follamigos dormimos desnudas, por supuesto de desmaquillarnos nada de nada, en todo caso hasta retocamos el maquillaje antes de meternos al sobre y mientras hemos visto un ratito la tele o cenado estábamos impecables, como si iríamos a salir a la calle ya mismo, nada de con ropita de estar en casa y zapatillas.

Y muchas veces cuando hablamos entre nosotras nos decimos que en realidad eso de la pareja estable es un cuento, que en realidad con nosotras no va, que nunca hemos durado en anteriores parejas “para siempre” y que las parejas que tengamos van a ser “paréntesis” en nuestras vidas de singles empedernidas.

Y también nos vemos ante lo programado: el deseo de encontrar el amor de nuestra vida, ese amor para siempre y por siempre y lo que cada día nos brota más: el miedo a perder nuestra libertad y la posibilidad de estar y hacer lo que queramos sin dar cuenta a nadie.

Nos enfrentamos cada día a algo nuevo, la rutina casi no existe, el sentimiento de soledad a veces aparece y nos invade y por otro lado la sensación de fortaleza y de empoderamiento de tu vida es tan grande…

A veces me pregunto si podría volver a vivir con alguien, a estar solo con una sola persona, a renunciar a esa capacidad de decidir sin contar con nadie.

A veces me pregunto si vivo en la jungla o el infierno o si por el contrario escapé de allí.

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Por Lurdes Lavado y Mertxe Gil

Sobre el autor


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